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lunes, 28 de diciembre de 2015

El hembrismo: Un mito producto de los miedos machistas





Vanesa Rivera de la Fuente

En la mitología griega una gorgona era un despiadado monstruo femenino. Su poder era tan grande que cualquiera que intentase mirarla quedaba petrificado. Las gorgonas son a veces representadas con alas de oro, garras de bronce y colmillos de jabalí. Llevaba un cinturón de serpientes entrelazadas como una hebilla y confrontadas entre sí. La única manera de matarla era cortándole la cabeza

¿Espeluznante, no? Pues la misma sensación genera en las personas el mito moderno asociado al desarrollo del feminismo: La hembrista. Siendo un mito “comme il faut” nunca nadie la ha visto, pero todos y todas le tienen terror. Es la suma de todos los miedos del patriarcado y de las mismas mujeres a otras.

Sin embargo, si analizamos la cuestión en estricto rigor, ni la hembrista (ni la feminista radical, ni la feminazi) existe como ser diabólico que deambula por ahí tratando de petrificar hombres con la mirada o exterminarlos en cámaras de gas. Son leyendas urbanas pertenecientes a la mitología patriarcal, rebozada en el caldo de la ignorancia supina.

Definiendo el hembrismo

Al googlear el término “hembrismo” la mayoría de las definiciones son bastante escuetas al señalarlo como opuesto al machismo. Bueno, respetando la definición, el hembrismo sería lo opuesto al machismo, ergo, para saber de qué se trata, hay que ver qué es el machismo.

El machismo, expresión derivada de la palabra “macho“, se define en el DRAE como la “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”. El machismo engloba el conjunto de actitudes, conductas, prácticas sociales y creencias destinadas a justificar y promover el mantenimiento de conductas percibidas de manera tradicional como heterosexualmente masculinas y discriminatorias contra las mujeres.

Si el hembrismo es lo contrario del machismo, sería tentativamente: “un conjunto de actitudes y creencias destinadas a justificar y promover el mantenimiento de conductas percibidas como heterosexualmente femeninas y también, discriminatorias contra los varones”. ¿No es esto extraño? Para ser un movimiento tan poderoso que subyuga o pretende subyugar a los hombres y los violenta en la casa, el campo y los juzgados, su desarrollo teórico es muy básico y, oh casualidad, se define por ser reflejo opuesto del machismo, así como lo femenino ha sido definido, desde siempre, como el reflejo opuesto de lo masculino.

Machismo son actitudes, ideas y conductas socializadas, ampliamente aprendidas, con un fuerte refuerzo cultural, por lo tanto, aceptadas y normalizadas. El machismo, entonces, cuenta con un sistema que permite su reproducción. ¿Dónde está el sistema cultural, la práctica social, el respaldo de la tradición, la estructura de apoyo que permite la reproducción de supuesto hembrismo? ¿Quien dice que “las mujeres son así, es normal, es su naturaleza” cuando exhiben conductas que les ganan la etiqueta de hembristas.

Como dice Beatriz Gimeno sobre el mismo concepto: “¿Hay un movimiento, una ideología, un pensamiento, una teoría, unos textos…que defienda que los hombres deben ser sometidos a la desigualdad en la que nos hayamos las mujeres? ¿Que deben ser despojados de sus derechos económicos o políticos, que deben cobrar menos, que se merecen ser objeto de violencia por parte de las mujeres; que deben ser recluidos en sus casas, salir del mundo laboral, del espacio público?”


¿En qué lugar existe un sistema de dominación destinado a subyugar a los hombres, apoyado por las leyes, financiado por la banca global, controlando el poder político y los medios de comunicación para cosificar a los hombres y violentarlos por ser tales? El hembrismo, supuestamente, contribuye a mantener conductas heterosexualmente femeninas; sin embargo, siempre que se califica a alguien de hembrista lo hacemos porque esa mujer ha mostrado conductas asociadas a lo masculino: violencia, agresividad, sentido de la competencia, ambición de poder, etcétera. La contradicción evidente de esto confirma la impronta machista en la raíz del concepto.
¿Qué sistema, ideología, teoría, defiende el mantenimiento de conductas heterosexualmente femeninas? ¿Qué sistema está en la posición privilegiada de definir qué es femenino o no, qué es masculino o no y qué es hembrista o no?



Es penoso que todavía tengamos que dañarnos unas a otras con etiquetas inventadas por el patriarcado. Como si no nos bastara con las canónicas de: santa, madre, virgen, bruja, loca y puta. Ahora está de moda decir “yo soy feminista y quiero la igualdad, no como esas hembristas/feminazis”. Esto es equivalente a decir “yo soy una dama, no como esas mujeres sueltas que andan por ahí” . O sea, “las otras son más malas”. Esto es patriarcado introyectado de alta pureza. Destaco la palabra “otras”, porque es este tipo de elaboraciones lo que nos mantiene en la situación de alteridad que nos impide construir un “nosotras”.

¿Para qué analizar este concepto de hembrismo? Porque a las mujeres nos han educado históricamente para desconfiar de nuestro propio poder y descalificar el poder de las otras mujeres y para confrontarnos por la aprobación masculina. El hembrismo es un invento machista para que las mujeres rechacemos la emancipación de otras, cuando ellas no complacen al patriarcado. Nos hace creer que es malo rebelarse ante la discriminación de género y que existen mujeres rebeldes buenas y malas, de acuerdo al grado de aprobación que el sistema les concede.

El hembrismo es usado para reforzar la socializacion negativa de las mujeres. Hemos aprendido que sólo bajo la protección y guía de la autoridad masculina estamos seguras que debemos desconfiar de otras mujeres (porque como decía mi abuela, son roba maridos, porque traicionan, porque las mujeres somos volubles y es sólo sometiéndonos que logramos balance, control y tranquilidad). Entonces las hembristas son un peligro para el sistema, porque no buscan su aprobacion y amenazan la socializacion negativa que permite dividir y controlar a las mujeres.

Las mujeres que no tienen sororidad con sus pares o compiten por el poder sin escrúpulos, tienen una lógica patriarcal en su manera de ver el mundo, pero no son hembristas. Son reproductoras del machismo, tanto como aquellas que las acusan de hembrismo. Por lo tanto, lo cuestionable en este caso es el patriarcado y sus modelos de naturalización de las relaciones humanas desiguales, pero no el feminismo.

Descalificar los procesos de autonomía de otras mujeres, es ejercer violencia simbólica con un estereotipo que demoniza la conciencia del poder de las mujeres, como una conducta agresiva extrema. Llamar hembrista a otras mujeres es estar de acuerdo que el patriarcado tiene aún el derecho de definir y decirnos qué feminismos aceptar, que procesos de emancipación son más legítimos o no, qué mujeres son buenas y cuáles malas dentro de los movimientos o no. Implica admitir que es correcto excluir mediante etiquetas y estereotipos a aquellas mujeres cuyo tránsito hacia su propia liberación parece más amenazante que el de las otras.

La hembrista, si es que existiera, no sería jamás un peligro para las mujeres que buscan autonomía, sino para el sistema de opresión, sus opresorxs y reproductorxs. El hembrismo es el mito inventado por el machismo para no admitir su miedo a la mujer sin miedo.

jueves, 19 de noviembre de 2015

EL NEOMACHISTA. 10 FRASES PARA DETECTARLO


Marta Guelfo Márquez 
En ocasiones resulta muy cansado cargar con la perspectiva de género a todas partes. Cuando se entra en contacto con el feminismo, cuando entra a formar parte de nuestra vida de verdad, cuando se mezcla con nuestra identidad y con nuestra personalidad, pocas veces hay vuelta atrás.
Las gafas violetas nos permiten no solo ver, sino observar, analizar, descubrir, cuestionar, señalar, y sobre todo, explicar. Aplicando la perspectiva de género, descubrimos explicaciones a muchas situaciones y hechos que, aparentemente, no tenían una respuesta evidente:  los puestos de poder, los estereotipos, el canon de belleza, el espacio público, la violencia de género, la brecha salarial y un largo etcétera precisan ser cuestionados y analizados desde la perspectiva de género.
Cuando aplicamos esta perspectiva  a un nivel macrosistémico, lejano y abstracto es más sencillo conseguir consenso, puesto que la desigualdad resulta más evidente y afecta menos (aparentemente) a la vida diaria. Reconocemos fácilmente y aceptamos que es cierto que no tenemos presidentas, que hay un tipo de violencia específica sobre las mujeres, o que las madres cargan con todo el peso de los cuidados. Pero ¿qué pasa cuando aplicamos esta perspectiva a nivel microsistémico, en lo cercano y tangible?Cuando cuestionamos y señalamos el machismo que nos afecta día a día, que está cerca, que forma parte de nuestra vida… es cuando toca lidiar con El Neomachista.
Manel Fontdevila
Hoy en día no es fácil declararse abiertamente machista, puesto que es una palabra que se relaciona con valores no deseados e incluso antiguos. Y eso no es por casualidad, es el fruto de la lucha de las mujeres durante siglos. Por eso el machismo se viste de nuevas formas, es menos evidente y trata de hacerse más sutil, pero su objetivo sigue siendo mantener los privilegios propios del patriarcado.
No es fácil lidiar día a día con El Neomachista. Pero como en muchas ocasiones es más fácil llegar a las personas a través del diálogo sereno, paciente, inteligente e incluso desde el humor, es bueno disponer de un decálogo de detección y respuesta ante sus comentarios. Con ustedes, El Neomachista:
1) Yo no soy feminista ni machista, yo creo en la igualdad: Este es un error muy frecuente producto del desconocimiento. El feminismo es un movimiento que reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. El machismo se conforma por actitudes, conductas y creencias de superioridad del hombre con respecto a la mujer.
2) También hay violencia de género contra los hombres: la violencia de género no se da de la mujer hacia el hombre porque no existe un sistema ideológico y cultural que oprima al hombre, sino a la mujer. La violencia de género se da en la pareja o expareja, del hombre hacia la mujer y tiene sus raíces en el patriarcado, el androcentrismo, el sentimiento de posesión y la idea tradicional de amor romántico. Conforma un fenómeno social que se da en todas las culturas y que provoca sólo en nuestro país 50, 60 ó 70 mujeres asesinadas al año por sus parejas o exparejas. Supone por tanto una situación de emergencia que precisa respuestas educativas, sociales y políticas concretas.
Tuit polémico, machista e innecesario de la cuenta de la Guardia Civil en Twitter.
Tuit polémico, machista e innecesario de la cuenta de la Guardia Civil en Twitter.
3) Existen muchas denuncias falsas: Según la Fiscalía General del Estado, el porcentaje de denuncias falsas en materia de violencia de género es de un 0,018%. Esta cifra habla por sí misma.
4) Eres una feminazi radical: No existe tal cosa. La palabra feminazi ha sido inventada por el neomachismo para demonizar y ridiculizar al movimiento feminista. Esta palabra ha sido utilizada incluso por neomachistas de renombre como Arturo Pérez-Reverte para atacar al feminismo.
feminazi

5) El lenguaje inclusivo es una tontería, acabaremos diciendo sillas y sillos: El uso del lenguaje es importante en cuanto que con él construimos nuestro pensamiento y nuestra representación mental. Aquello que no se nombra, no se ve, y lo que no se ve, no existe. Nuestro lenguaje se ha regulado en base a los valores sociales y culturales dominantes patriarcales y androcéntricos, y es por esto por lo que debe ser cuestionado. Utilizar como argumento el femenino y el masculino en cualquier sustantivo es un intento de ridiculizar el lenguaje no sexista, que no tiene fundamento puesto que no hay que diferenciar el género en aquellos sustantivos que no tienen sexo biológico ni género.
6) Sois muy pesadas con eso del feminismo: sí, hay días que nos levantamos y nos da por pelear y reivindicar nuestros derechos y nuestro lugar en cualquier ámbito de nuestras vidas. Incluidos en aquellos contextos y situaciones en los que la desigualdad no es fácilmente apreciable.
micromachismo metro
La ilustración es de Javitxuela, @javi_txuela, que tiene también página de Facebook.
7) No es acoso, es un piropo: un piropo es algo agradable que se dice a la cara de alguien conocido con respeto y con la intención de animar y/o agradar a la persona a la que se le está diciendo o mostrarle afecto. Silbar y/o gritar por la calle a una mujer desconocida algo relacionado con su aspecto, su cuerpo y su ropa es acoso verbal.
Campaña "No me llamo nena" )Madrid 2014).
Campaña “No me llamo nena” (Madrid 2014).
8) Me da igual que sea un hombre o una mujer, lo que importa es la persona: este argumento es muy repetido en organizaciones políticas o sociales cuando se trata el tema de la paridad en listas o en cargos. Por cuestiones relacionadas con la educación, la socialización, los estereotipos y la falta de referentes es probable que el protagonismo, el liderazgo y el poder de las organizaciones acabe siendo masculino. Herramientas paritarias como las listas cremallera fomentan una participación más igualitaria y representativa.
9) También debería existir un día del hombre: el 8 de marzo fue declarado el día Internacional de la Mujer Trabajadora por la ONU en 1975. Conmemora las luchas de las mujeres obreras que reivindicaban sus derechos y la igualdad en la sociedad. Actualmente aún vivimos en una sociedad que oprime a la mujer y en la que la desigualdad en el ámbito laboral, económico, político y familiar sigue siendo evidente, por lo que seguimos peleando y reivindicando nuestros derechos cada día y, en especial, el 8 de marzo.
10) Ya hemos conseguido “la igualdad”: creer que las mujeres ya estamos en igualdad de condiciones en todas las esferas de la vida es un error frecuente. La infrarrepresentación política, la brecha salarial, las mujeres asesinadas por sus parejas, el techo de cristal o el sobrecargo de los cuidados nos indican todo lo contrario: vivimos en una sociedad desigual.
Cuando la perspectiva de género toca de cerca es cuando verdaderamente se evidencia la amenaza a los privilegios, es cuando duele y es cuando el cuestionamiento provoca respuestas a la defensiva de El Neomachista.
Por eso el feminismo molesta; por eso el feminismo, como dice Nuria Varela, es un impertinente que cuestiona el orden establecido. Pero es justo ahí, en la medida en que señala, cuestiona y nos permite explicar incluso las formas más sutiles de opresión, cuando el feminismo se hace necesario para avanzar hacia una sociedad igualitaria. Es por esto que el feminismo es necesario porque nos hace crecer, el feminismo es necesario para ser felices.

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Marta Güelfo Márquez

Psicóloga, interprete de lengua de signos, activista social y feminista. Forma parte del círculo de Podemos de El Puerto de Santa María (Cádiz).

jueves, 27 de noviembre de 2014

Patriarcado versus el sentido holístico de la existencia:



                                                                
                                   
Por Yolanda Aguilar
 
Contradicción necesaria de trascender, desde nuestra propia experiencia corporal, no solo desde nuestros discursos

                                                                            
“La sociedad patriarcal está construida a partir de la ignorancia de cada persona sobre sí misma, y por consiguiente, a partir de la ignorancia de cada persona sobre las y los demás[1]
                                                                   

Para nadie de las que estamos reunidas aquí es un secreto que el Patriarcado es el sistema que funda todos los tipos de relaciones de poder que establecen los seres humanos desde hace 10,000 años. Los institucionaliza, los naturaliza, los normativiza, los ha ido estableciendo dependiendo de las necesarias adecuaciones que requieren los regímenes políticos, económicos, sociales y los grupos culturales a las que mujeres y hombres hemos pertenecido por siglos.

Desde Oriente hasta Occidente, el Norte o el Sur, se establecen diferentes modos de producción; se instituyen modelos jerárquicos que determinan regímenes sociales, políticos diversos; Estados basados en poderes que dividen las clases sociales, los credos religiosos, las ideologías, las pertenencias étnicas, genéricas, étareas, las opciones sexuales, etc. Todas y todos los seres humanos que nos hemos construido culturalmente desde entonces, hemos nacido, crecido y formado en la constitución cultural del Patriarcado. No hay quien se salve o haya nacido inmune.

Pero en realidad qué es éste sistema que ha determinado tanto nuestro sentido de la existencia, nuestras formaciones culturales, eróticas, biopsicosociales, emocionales, físicas, políticas, familiares, estructurales, espirituales, etc? Cómo se ha conformado? Por qué se inició?

Es necesario comprender su origen, pues ésta es la única forma en que es posible comprender la trascendencia que tiene superarlo, desde nuestra experiencia personal/relacional y social. Empecemos por ello.

Aunque las feministas nombremos que es el Patriarcado el sistema que nos interesa derrumbar pues funda todos los tipos de desigualdades sociales, NO ES SUFICIENTE CON OPONERSE A EL o a las desigualdades sociales que funda, ni siquiera es suficiente con nombrar a los grupos sociales que discrimina, victimiza y violenta. También desde la oposición permanente estamos en la lógica binaria que es la que funda el sistema. O se es blanco o negro y no hay matices. No nos damos cuenta que el blanco o el negro son colores que están hechos de la luz y que incluyen por tanto en sí mismos a los otros colores.

Tampoco es tan trascendental que digamos cómo lo hace, porque cada una de nosotras podría contar su propia historia y reconocer el patriarcado en su memoria personal, emocional, biopsicosexual, mental, espiritual, familiar o social. Sin embargo lo que sí es fundamental es que de-construyamos el patriarcado en nuestros cuerpos, en nuestras mentes y en nuestro corazones. No como un discurso político o ideológico, sino como una apuesta revolucionaria de transformación personal, relacional y social que va más allá de lo racional, de nuestros discursos, de nuestra imagen pública como feministas.

En realidad, de lo que se trata es de hacer un ejercicio honesto desde cada una de nosotras, inclusive sin que ello signifique un protagonismo político evidente, sino un ejercicio para reflexionar cada una, cómo ha de-construido el patriarcado en su vida. Y no me refiero a las decisiones trascendentales, de ruptura, grandes decisiones políticas, evidentes cambios, activismos políticos protagónicos, etc.
Ni siquiera me refiero solamente a cómo han podido cambiar sus relaciones con las mujeres, con los hombres, con su madre, con su padre, sus hijas e hijos, sus parejas, sus colegas feministas, sus seres queridos ausentes, sus amigas y amigos. Me refiero a lo que cada una ha transformado para sí misma, consigo y con nadie más. Cómo ha transformado su relación con su propia existencia, con su sentido de ser, cómo se cuida, cómo se erotiza, cómo disfruta y en general, como se conecta con la vida desde la trascendencia de su ser.

Que conste que no me estoy refiriendo ni al ejercicio de sus propios derechos, ni a si ya paró la violencia en sus vidas, o si reproducen o no la maternidad o la pareja desde la posesión, o a si su sexualidad la consideran tan sólo desde la genitalidad. Me refiero a cómo cada una ha aprendido desde lo más profundo a Bien-tratarse, a respetarse.

En ese sentido es que retomo, la reflexión acerca del origen del Patriarcado que plantea Riane Eisler en el Caliz y la Espada[2]

Reexaminar la sociedad humana desde la perspectiva genérico-holística, surge como resultado de una nueva teoría de la evolución cultural...o de la transformación cultural. Esta teoría propone que bajo una superficie de la gran diversidad en la cultura humana, subyacen dos modelos de sociedad:

El primero que denomina modelo dominador, que es lo que generalmente se designa como patriarcado: La jerarquización de una mitad de la humanidad sobre la otra (desde todas las perspectivas y puntos de vista); el segundo, en el cual las relaciones sociales se basan primordialmente en el principio de vinculación, este modelo puede describirse como el Modelo Solidario. En este modelo, la diversidad no se equipara con la inferioridad o superioridad.

La Teoría de la Transformación Cultural propone además que el curso original de la corriente principal de la evolución cultural fue hacia la solidaridad, pero que tras un período de caos y casi total quiebre cultural, se produjo un vuelco social básico.

Y continúa: “En esta bifurcación cardinal, se interrumpió la evolución cultural de las sociedades que adoraban a las fuerzas del universo generadoras y mantenedoras de la vida, simbolizadas por el antiguo cáliz o grial”. En lugar de ello, el patriarcado instituyó el poder mortífero de la espada, el poder de quitar o dar la vida, el de imponer la dominación.

En otras palabras, lo que se institucionalizó a partir de las relaciones de dominación de unos contra otras y otros, fue un sistema complejo de relaciones de poder que a su vez conectó a la cultura occidental sobre todo, con el sufrimiento -como aprendizaje fundamental de dolor interminable-, en la medida en que el maltrato es el vínculo fundamental en que se establecen las relaciones entre los seres humanos.

El patriarcado, por supuesto, se fue modernizando según los estadios históricos que le tocó ir viviendo a la humanidad, y eso, finalmente nos lleva a considerar que en rasgos generales todas las instituciones, religiones, familias, relaciones, leyes, formas de ciudadanía, tipos de sexualidades, opciones diversas, grupos étnicos, ideologías, espiritualidades, formas de vernos, discursos políticos, formas culturales, conformaciones comunitarias, etc. Han estado permeadas por un tipo de pensamiento y actuación patriarcal que nos incluye y que por lo tanto, a partir de nuevos estadios de conciencia, nos invita a hacer ejercicios de humildad para con nosotras mismas. No desde la omnipotencia, sino desde el reconocimiento de que cada una de nosotras tiene algo que cambiar, resolver, desapegarse, decidir, transformar. Nadie mejor que otra, todas en sus tiempos, desde sus espacios, desde una experiencia corporal única y particular. Cada una desde sí misma.
En ese sentido, es importante recordar que nadie se hace así misma sin ser parte del medio social y que el medio social está determinado por historias individuales que la conforman.
 En ese sentido, me gustaría debatir acerca de los matices que tiene esto de retomar el “estar afuera” como método de deconstrucción de lo nombrado patriarcal.


1. Si el Patriarcado tiene 10,000 años de existencia, ni siquiera el feminismo se salva de nacer, crecer y desarrollarse en ese sistema. Es decir, al surgir como ideología, en realidad lo que se pretende es desmontar la maquinaria del sistema que al mismo tiempo lo originó. De tal manera que como se entenderá, el feminismo es limitado en lo que puede hacer sólo, pues no parte del afuera desconocido, sino del conocimiento y reproducción del sistema – del cual mujeres y hombres somos parte-, para desmontarse asimismo.

Esto significa desde mi perspectiva, que si el Patriarcado surgió como un sistema que se estableció a partir del miedo al poder creativo de la vida, de la sexualidad, de la fertilidad de las mujeres, al poder de conexión de todos los seres del Universo, del erotismo como lugar y espacio sagrado, es entonces fundamental reconocer que las feministas debamos empezar por trabajar la conexión profunda de nuestra sexualidad sagrada. Es decir, el erotismo entendido no solo como genitalidad, sino como globalidad[3] y por lo tanto, como integración sanadora de nuestro ser. En otras palabras, el vínculo entre sexualidad y espiritualidad, entendidas éstas no desde la ideología que nos moviliza, sino desde procesos de transformación que nos conectan en lo personal/relacional y social de manera holística.

2. Si bien el Feminismo nace a partir de la experiencia cotidiana de las mujeres, reconociendo cómo hemos vivido la opresión de género en su sentido más amplio, la violencia en todas sus expresiones, su carácter sexual y la explotación, el racismo, la discriminación y la injusticia de maneras que han sido las más extremas y despiadadas, tan solo porque somos mujeres. En el camino, desde los discursos de género, transversalidad o inclusivo desde el feminismo, se nos ha olvidado que el lugar de las mujeres en las sociedades matrizticas (pre-patriarcales) fue de gran autoridad, de dignidad, reconocida y honrada. De sabiduría vinculada al cuerpo, las plantas, la sexualidad, la sanación, la fertilidad[4], etc.

La gran victoria del Patriarcado es que ha “minorizado a las mayorías” como dice Marta Casaus[5], esto significa que no solo las ha explotado, oprimido, violentado, discriminado, sino que las ha satanizado a tal punto que las ha convencido de que su condición es naturalmente vulnerable. En otras palabras, ha creado los mecanismos que contribuyen a la reproducción del pensamiento opresor entre los mismos seres que viven las consecuencias de esa opresión.

En otras palabras, respecto de las mujeres, el mismo hecho que el feminismo en Guatemala se haya dedicado a luchar contra la violencia hacia nosotras, contra la desigualdad social, contra la pobreza de las mujeres, contra, contra, contra todos los males de la sociedad que aquejan a las mujeres, nos ha situado en la posición de las organizaciones que, como dice una amiga “anunciamos en lugar de denunciar”.

En ese sentido, mi mayor crítica, es que así como la victimología “toma, entiende, asume, comprende a la persona a partir de que le son violados sus derechos, …lo que la hace limitada porque parte de la persona cuyos derechos han sido violados, en lugar de partir de la persona como portadora de dignidad, en todo momento”[6]. El feminismo, se ha quedado en el anuncio que plantea que las mujeres hemos sido oprimidas, discriminadas y violentadas, etc. lo que ha hecho que al final de cuentas, sin proponérselo, ni siquiera nos demos cuenta que hemos hablado por ya demasiado tiempo de la demanda en lugar de la oferta, es decir, hemos nombrado, renombrado, hecho énfasis, en la carencia de las mujeres, en su “vulnerabilidad”, en su victimidad[7], en lugar de nombrar la profunda fuerza que hay en cada una y en todas, que es en primera instancia, lo que nos hace seguir viviendo cada día. A esa fuerza interior, llámesele como se le llame es lo que hemos nombrado como empoderamiento. Solo que lo hemos vaciado de contenido al adscribirlo solamente a los factores externos del contexto social, olvidándonos que es de ese “espacio sagrado” del que parte nuestra fuerza y nuestro sentido de existencia, razón por la cual existieron los modelos solidarios de la Pre-historia, antes que se impusiera el patriarcado. Es por esa misma razón que el patriarcado nos violenta.

En ese sentido, mi mayor preocupación, respecto de lo nombrado en el feminismo guatemalteco y las mujeres, es que muchas veces potenciamos más la opresión de la que hemos querido salir, que la propuesta a la que aspiramos. Es la potenciación de la propuesta y no la de la carencia la que nos ubicará en un contexto en dónde sea posible vivir sin que medien opresiones.

Creemos realmente en eso? ¿O también hemos llegado a creer que las relaciones de poder, son la única forma de vivir y convivir entre seres humanos?
Voy a poner algunos ejemplos:

  • Aún existen organizaciones de mujeres y algunas feministas que han dado los miles de talleres, cursos, pláticas, etc. impartiendo conocimientos acerca de lo que es “el género” como construcción social, y en esa misma manera de enseñar lo que se pretende cambiar, se han quedado en explicar que porque somos diferentes, es que “somos” desiguales.  Recuerdo hace 20 años cuando empezamos a formarnos en “la perspectiva de género”, esa fue una de las formas en que lo aprendimos o en que lo tergiversamos, lo paralizante de seguirlo haciendo es que no permite subvertir el orden del patriarcado, sino solamente, nombrar la desigualdad, darle nombre, pero sin ningún tipo de propuesta.

  • Ya no se trata de nombrar lo desigual solamente, sino que se trata de potenciar la propuesta y la propuesta es compleja, de-constructora de lo discursivo para nombrar y transformar procesos que partan del empoderamiento corporal y, por tanto, de los procesos de transformación desde lo personal hasta lo relacional y lo social.

  • En el caso de la propuesta de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, me parece que ha pasado lo mismo. Hasta ahora, lo que más se trabajado son los daños o el impacto que ha generado la violencia en las mujeres, sin embargo, a pesar que la violencia sexual es considerada como la síntesis política de la opresión de las mujeres[8] y el principal instrumento para garantizar la permanencia del contrato sexual establecido como fundamento del patriarcado[9], es muy preocupante darse cuenta que desde el activismo político y en la reflexión de las organizaciones aún no se profundiza acerca de la manera cómo las mujeres hemos internalizado la violencia de género, inclusive las mismas mujeres que se dedican a luchar contra ella.
Es obvio, que la violencia genera violencia, y en muchas de nosotras que trabajamos por muchos años desde esa perspectiva, puedo decirles con certeza que no solo ha habido agotamiento, extenuación y muchas veces frustración, sino que además ha habido daño acumulado manifestado claramente en el deterioro de la salud, la alegría o la esperanza.

No es extraño encontrar además que las mismas mujeres que trabajan en el tema, reciban ellas mismas violencia o en todo caso, se hagan daño a partir de “atender” o escuchar a otras mujeres, que al igual que ellas, no han sanado sus propias heridas. Creo que lo peor de todo, es que no existe una conciencia clara acerca de por qué se está en estos temas, les puedo asegurar que no es solo para que se acabe la violencia, muchas veces las mismas mujeres que trabajan los temas buscan respuestas propias para resolver heridas personales.

Ello no es bueno, ni malo. Simplemente nos refiere al hecho que como mujeres hemos acumulado violencias en nuestra memoria corporal, que, así como las otras mujeres, necesitamos nosotras trabajar.

Como en alguna ocasión reflexione desde mi experiencia personal:

“Necesitaba parar y paré para recolocarme en un lugar interior. Cada quien escoge su lugar interior, y es desde ese espacio personal en donde se aprende a negociar consigo misma y/o con el entorno. Hasta ese momento, yo había estado respondiendo a laberintos que me cuestionaban desde el exterior mi propio recorrido interior, pero no tenía las herramientas necesarias para desarrollar tal introspección.

En la distancia y como resultado de años de búsqueda, empecé a encontrarme con heridas ocultas en mi cuerpo emocional, empecé a reconocerme con un cuerpo que había seguido funcionando desde la paralización de las emociones que dolían, entendí que no había cerrado duelos y que tendría que aprender a vincularme con la alegría, permaneciendo en el bienestar”[10]

Les parece conocido? A partir de entonces, fue cuando asumí que sanar implicaría un compromiso personal y parte de mi responsabilidad colectiva.

Estas son algunas de mis inquietudes, la intención es generar debate, contribuir a la meditación desde otra perspectiva y construir junto a uds. esa nueva propuesta que parte de nosotras, y se retroalimenta de la experiencia colectiva.

Quisiera para terminar, proponerles que cada una se pregunte:

1. ¿Por qué cada hago lo que hago dentro del feminismo? ¿Qué relación tiene eso con mi propia historia y mis propios procesos de transformación personal?

2. ¿Qué heridas de mi historia personal y social he ido sanando desde el feminismo? ¿Qué mecanismos he utilizado para amortiguar o contener, o para soltar y desapegarme?

3. ¿Es acaso mi posición feminista una verdad absoluta para defenderme de quienes opinan de manera diferente o ha sido una herramienta para transformarme y conectarme con el entorno de manera integral?
4. ¿Me siento agredida o violentada con lo que hago por alguna razón especial? ¿Cómo tiene que ver eso con mi historia personal y la construcción de mi intimidad?

5. ¿Acaso mi introspección desde el erotismo no tiene que ver con mi sentido sagrado de la existencia?

6. ¿Qué planteo desde el discurso que no se corresponde con mi lenguaje corporal?
Las invito a que desde la complejidad del análisis de la realidad, nos interpelemos. Esa puede ser una de las vías para construir la propuesta integral que nos permita seguir caminando.




[1][1] Aguilar, Yolanda. Tesis de Maestría. Inédita. Alcalá de Henares, Madrid, 2008.
[2] Eisler, Riane, El Caliz y la Espada. Nuestra Historia nuestro futuro. Santiago de Chile, Cuatro Vientos Edit. 10° edición, 2006. Introducción.
[3] Sanz, Fina. Psicoerotismo femenino y masculino. Ed. Kairos, 1999; Los vínculos amorosos, ed. Kairos, 2000.
Madrid, España.
[4] Auel, Jean M. Los Hijos de la Tierra. Colección. Ed. Oceano, México, DF. 1985
[5] Cazaus, Marta. El Genocidio, la máxima expresión de racismo en Guatemala. Una reflexión histórica y una reflexión. En: Dossier Guatemala. Universidad de Buenos Aires, Argentina, 2010.
[6] Reyes, Anantonia. Apuntes sobre visiones de los Derechos Humanos. Notas.
[7] Paniagua, Walter. La victimidad. Una aproximación desde el proceso de resarcimiento en la Región Ixhil del Noroccidente de Guatemala. Tesis de Doctorado en Psicología Social. Inédito, 2010.
[8] Aguilar, Yolanda; Fulchiron, Amandine. El carácter sexual de la cultura de violencia contra las mujeres. En: Las violencia en Guatemala. Algunas Perspectivas. Proyecto Cultura de Paz, UNESCO. Guatemala, 2005
[9] Consorcio Actoras de Cambio. Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado. ECAP-UNAMG. F&G Editores. Guatemala, 2010.
[10] Aguilar, Yolanda. Centro Q’anil. Tesis de Master en Autoconocimiento, sexualidad y Relaciones Humanas en Terapia de Reencuentro. Univ. Alcalá de Henares, Madrid, 2008.

jueves, 7 de junio de 2012

Hacia un entendimiento del Patriarcado como sistema de opresión





[V.I.R.U.T.A] Visionaria Insumisa Rebelde (Unión Trabajadoras Autónomas)

GENERO CON CLASE.

Para la mayoría de las personas la lucha feminista se presenta como una lucha “antihombre”, la equiparan al machismo, creen que busca la superioridad de las mujeres por sobre los hombres, etc. Lo anterior, demuestra la ignorancia que se tiene en torno a la connotación y la importancia que ha tenido la lucha feminista, en tanto emancipadora para nosotras las mujeres, como también en su gran aporte a la teoría de las clases sociales. Creemos que para lograr entender la lucha feminista y su aporte, es importante el develamiento del sistema patriarcal como sistema de opresión esencialmente hacia las mujeres, pero que aporta elementos de manera sustancial a la generación y conformación de los más diversos sistemas económicos de explotación.

En los años 70’s las feministas radicales logran, luego de años de tener la sensación de que había un “algo” en donde se sustentaba la opresión hacia las mujeres, dar un cuerpo teórico al sistema patriarcal hasta ese momento no considerado en las diferentes perspectivas de cambio social. No obstante, el prominente desarrollo de la crítica y la producción en torno a esta herramienta teórico/práctica, hasta el día de hoy se encuentra denostada e invisibilizada.

En definitiva ¿qué es el patriarcado?
Para responder esta pregunta podemos citar a Dolores Reguant, quien señala que “es una forma de organización política, económica, religiosa y social basada en la idea de autoridad y liderazgo del varón, en la que se da el predominio de los hombres sobre las mujeres; del marido sobre la esposa; del padre sobre la madre, los hijos y las hijas; de los viejos sobre los jóvenes y de la línea de descendencia paterna sobre la materna.



El patriarcado ha surgido de una toma de poder histórico por parte de los hombres, quienes se apropiaron de la sexualidad y reproducción de las mujeres y de su producto, los hijos, creando al mismo tiempo un orden simbólico a través de los mitos y la religión que lo perpetúan como única estructura posible”[1]. De esta definición se puede extraer principalmente que es un sistema que se ha ido conformando paulatinamente, profundizando sus raíces con cada sistema económico con los cuales ha convivido. Además, de sufrir un proceso de naturalización, a tal modo, de pasar inadvertido en nuestra cotidianeidad sin ser cuestionado en casi ninguna esfera de la sociedad; demás está mencionar los aportes que han hecho grandes “genios” de la humanidad (Aristóteles, Tomas de Aquino, Proudhon, Napoleón, Einstein, entre otros) en la tarea de dar sustento “científico” al paradigma en donde lo masculino es la medida de todas las cosas generando la subordinación de las mujeres.

Otras definiciones que encontramos son más polémicas, pues, definen el patriarcado como un “…pacto -interclasista- por el cual el poder se constituye como patrimonio del genérico de los varones”[2]. Por otro lado, Marta Fontela asevera que “el patriarcado puede definirse como un sistema de relaciones sociales sexo–políticas basadas en diferentes instituciones públicas y privadas y en la solidaridad interclases e intragénero instaurado por los varones, quienes como grupo social y en forma individual y colectiva, oprimen a las mujeres también en forma individual y colectiva y se apropian de su fuerza productiva y reproductiva, de sus cuerpos y sus productos, ya sea con medios pacíficos o mediante el uso de la violencia”[3]. Sin duda, estas afirmaciones son altamente polémicas puesto que plantean un pacto interclasista, que destaca la transversalidad que tiene este sistema de opresión a través de las clases sociales. De ahí el surgimiento de consignas tales como: “No hay nada más parecido a un machista de izquierda que uno de derecha”. Ambas definiciones establecen un pacto entre hombres, que aunque estén en desigualdad de

condiciones económicas, es decir, pertenecientes a diferentes clases sociales, van cediendo en algunos puntos, siendo capaces de articularse en función del patriarcado. Como bien plantea la feminista-socialista Heidi Hartmann, para un análisis del patriarcado dentro de las sociedades capitalistas: “el salario familiar es un pacto patriarcal interclasista entre varones de clases sociales antagónicas a efectos del control social de la mujer”[4]. Haciendo hincapié en la perspectiva histórica del surgimiento del capitalismo, en donde, la mano de obra femenina fue relegada al ámbito privado.


Un poco de historia…

El sistema patriarcal surge alrededor de 10.000 años atrás, vinculando su origen con el proceso de sedentarización y el cambio de mentalidad de sociedades colectivizadas horizontales a sociedades individualistas jerárquicas y la consecuente aparición de las clases sociales. Así lo grafica Marcela Lagarde, quien establece que “la opresión de las mujeres es parte de los fenómenos que confluyeron en la conformación de la sociedad de clases y que contribuyeron a mantenerla”[5], es decir, las prácticas patriarcales anteceden al surgimiento de las clases, al ser un paso elemental de un cambio de mentalidad de sociedades igualitarias a sociedades que se basan en la opresión y explotación de parte de su población para funcionar. Es por lo anterior que las feministas establecen que hay una vinculación directa entre el patriarcado y los diversos sistemas económicos, pues ha sido parte esencial de su conformación (como el esclavista y el feudal), estableciendo actualmente una clara alianza con el sistema capitalista. “Las sociedades patriarcales de clases encuentran en la opresión genérica uno de los cimientos de reproducción del sistema social y cultural en su conjunto”[6].

Y he aquí donde radica la importancia del aporte del feminismo, pues entrega una teoría trascendental a la lucha de clases, volviéndola claramente una aliada epistémica, ya que es capaz de entregar la base teórica para entender la opresión especifica de las mujeres. Opresión que sin duda, no hallaba respuesta en la sola teorización de las clases sociales. Esta miopía teórica da como resultado que muchas de las “grandes” luchas sociales que han sido llevadas a cabo por el “pueblo” no han significado lo mismo para hombres que para mujeres, presentándose muchas veces como perpetuación de los roles asignados socialmente a nosotras.

Así también, la teoría del patriarcado, es capaz de definir relaciones estructurantes de poder en la sociedad, es decir, cuando hablamos de relaciones patriarcales, no nos referimos solamente a las que se dan como una opresión de los hombres hacia las mujeres, sino que también, cuando estamos ante situaciones autoritarias, de violencia, jerarquías, etc., pues todos ellos constituyen elementos centrales de sociedades patriarcales-clasistas. En relación a lo anterior, ya no podemos pensar análisis, por ejemplo, del Estado, la política, los partidos políticos, sin considerar el profundo arraigo patriarcal que tienen dichas instituciones, por lo anterior, la lucha feminista es intrínsecamente antipartidista y antiestatal.

Por ello se torna interesante comenzar a incorporar este sistema de análisis a nuestros discursos y propuestas de cambio de sociedad, sino seguiremos condenando a la mitad de la humanidad a una constante opresión, “las discriminaciones sobre las mujeres surgen no sólo en su relación con el sistema económico, sino también con el sistema de una dominación masculina hegemónica. No se trata de privilegiar el género o la clase, sino de entrelazar estos ejes de dominación”[7].

Vemos necesario, entonces, comenzar a cuestionar nuestras prácticas más cotidianas e ir aportando en la construcción de sistemas integrales que den respuesta a la totalidad del colectivo social, ya no más fragmentada ni priorizando unas luchas por sobre otras.

Finalmente, se puede afirmar que uno de los grandes aportes de la teoría patriarcal es que descubre y quita el manto de “biológico” y “natural” a la opresión de las mujeres volviéndola transformable y cuestionable.

[1] Reguant, citado en Varela, Nuria, Feminismo para Principiante, España, p. 177.

[2] Amorós, Celia. Mujer, participación, cultura política y Estado. Ediciones de La Flor. Argentina. 1990. p. 10.

[3]Fontela, Marta. “Diccionario de estudios de Género y Feminismos”. Editorial Biblos. 2008. http://www.nodo50.org/mujeresred/spip.php?article1396.

[4] Amorós, Celia, op. cit., p. 10.

[5] Lagarde, Marcela. Los cautiverios de las mujeres: madreesposas, monjas, putas, presas y locas. México. 1997. p. 96.

[6] Lagarde, op. cit., p. 95.

[7] Feminismo(s) y Marxismo: ¿una boda “mal lograda”?. Texto de Manuela Tavares, Deidré Matthee, Maria José Magalhães, Salomé Coelho.