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lunes, 23 de septiembre de 2013

Las esclavas invisibles

Una prostituta salvadoreña se maquilla antes de salir a bailar en el club Calipso, en Cacahuatán, Chiapas. (E. P.)



Texto: Óscar Martínez Fotos: Edu Ponces y Toni Arnau
Febrero de 2009, estado de Chiapas.
Periodismo Humano

Lo más extraño para el observador es que termina por acostumbrarse. El miedo se convierte en impotencia, luego en rabia y al final en conformismo. La sordidez de las vidas de estas mujeres que conviven en los burdeles del sur de México se ve amortiguada por sus espeluznantes pasados. En ellos nada era normal, el sexo se parecía más a la violación; la familia, a los victimarios; y el cuerpo, a una tarjeta de salida de un infierno hacia el otro. Todo cruzado por esa fina red de coerciones a la que llaman trata. Centroamericanas migrantes atrapadas en la prostitución, lejos del Norte y de esa entelequia llamada el sueño americano.

Ríen con saña en la mesa del fondo. En una esquina de este galerón de metal, asbesto y malla ciclón, en la última mesa de plástico blanco, las tres mujeres se desternillan al recordar la noche anterior. La razón de la algarabía no queda clara. A unos metros de ellas, solo una frase logra escucharse completa: “Cayéndose andaba el viejo pendejo”. Y las risotadas vuelven a estallar. Es difícil imaginar que esas mismas mujeres escandalosas son las que luego llorarán al hablar de su pasado, al recordar cómo llegaron aquí.


Se ríen de un cliente que anoche, en su intento por bailar con una de ellas y alcanzarle una nalga, un pecho o una pierna, daba tumbos por el antro, hasta que terminó en el suelo.


El centro botanero (así llaman en la zona a estas cervecerías) donde resuenan las carcajadas es un predio techado de unos 50 metros de largo por 20 de anchura, con 35 mesas blancas y piso de cemento. Las 25 muchachas que trabajan aquí han empezado a llegar. Al fondo, desde la barra de cemento, ya se despachan baldes de cervezas y pequeños platos con trocitos de carne de res o diminutas porciones de sopa o alitas de pollo. La botana.


Las que ahora al mediodía aparecen por la calle de tierra que llega hasta la puerta del local son ficheras, meseras que trabajan por fichas. Literalmente. Círculos de plástico que les dan por cada cerveza que un cliente les invita. Al final de la noche, cuando falte poco para que el cielo claree, irán a la barra y cobrarán las fichas que se han ganado bailando con los clientes o sentándose en sus piernas o solo escuchándolos. Cada cerveza, si es para ellas, cuesta 65 pesos (unos 6 dólares). Y si no hay cerveza, no hay compañía. Pero las que se ríen al fondo son bailarinas. Esperarán a que llegue la noche para subir al escenario del antro de al lado, conectado al centro botanero por un traspatio terroso, y bailar dos piezas retorciéndose en el tubo de metal hasta quedar desnudas.


A este centro botanero lo llamaremos Calipso, uno más entre las decenas de antros que retumban cada noche en esta zona. No diremos dónde se ubica porque ese fue el trato para entrar en él. Pero el sitio exacto es lo de menos. Calipso está en una de las bautizadas como zonas de tolerancia de la frontera entre México y Guatemala. Está del lado mexicano. Todos son iguales, con las mismas dinámicas y la misma carne. Decenas de antros de prostitución y bailes eróticos que hacen de estos pueblos y ciudades sitios frecuentados por animales de la noche. Tapachula, Tecún Umán, Cacahuatán, Huixtla, Tuxtla Chico, Ciudad Hidalgo… Todas son poblaciones donde la diversión huele a baratos aceites de fruta mezclados con sudores, tabaco y alcohol. Todos son antros donde el sexo es lo que vende. Y todos, también el Calipso, son sitios en los que es muy complicado encontrar a una mexicana, pero donde las hondureñas, las salvadoreñas, las guatemaltecas y las nicaragüenses abundan. Aquí, a pesar de estar en México, la mercancía, como se suele llamar a las chicas, es centroamericana.


Espectáculo erótico en el club Calipso. Muchas de las centroamericanas que traban en esta zona son víctimas de trata de blancas (E. P.)
Los dueños manejan con hermetismo sus sitios. A fin de cuentas, emplean centroamericanas indocumentadas, y la mayoría de lugares tienen un ala con pequeños cuartuchos donde esas mujeres, tras bailar en la barra, tras fichar con un cliente, terminan encerradas con él, no sin que este antes pague en la barra por el servicio. Por ocuparla. Aquí, en esta frontera, las prostitutas, para decir que estaban en uno de esos cuartos, dicen “Me ocupé”. Como si hablaran de dos, una que maneja a la otra, como si el cuerpo que tuvo sexo con ese hombre fuera un títere que ellas ocuparon para el momento.

A Calipso llegué de contacto en contacto. De una ONG que pidió no mencionar su nombre en este reportaje a Luis Flores, representante de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), a Rosemberg López, el director de Una Mano Amiga, que trabaja en la prevención del VIH, y que conocía a la administradora del Calipso porque es uno de los antros donde lo dejan dar sus charlas. Él intercedió y ella cedió, luego de una conversación cara a cara y de repetir varias veces las razones, intenciones y temas de los que se hablaría con las muchachas.

Aun así, esta administradora es una aguja en este pajar. En otros bares ni a Rosemberg le permiten entrar, y ya ha habido intentos de linchamiento contra periodistas que han querido filmar las zonas de tolerancia. Esta administradora no solo accedió, sino que se encargó de decir a las muchachas que no tenían por qué desconfiar, que no se trataba de ningún policía encubierto. Una aguja.

El ostracismo se ha convertido en un firme candado ahora que un viejo pero desconocido fantasma atormenta a muchos dueños de bares queprostituyen a niñas y mujeres centroamericanas contra su voluntad. Desde que en 2007 se aprobó la ley para prevenir la trata de personas, las organizaciones civiles han aumentado su presencia en foros, y el título “trata de blancas” suena cada vez más. Y ese título no significa otra cosa que el tráfico de mujeres jóvenes para dedicarlas a la prostitución sin su consentimiento. Y ese fantasma es viejo porque la trata ocurre en esta frontera desde hace décadas. Pero sus mecanismos son finos, y su telaraña, difícil de descifrar.

Lejos de la imagen prejuiciosa que uno puede generarse –hombre mal encarado custodia a niñas enjauladas–, la trata en esta frontera es un complejo sistema de mentiras y coerciones que ocurre a diario y de espaldas a la vida de los habitantes de estos sitios. Por eso es tan importante hablar con las chicas de Calipso, porque ellas ayudan a entender sobre el terreno este mundo donde la trata es un fantasma. Víctimas o no, ellas contarán lo que deseen. Desconfiadas con toda razón y reservadas ante la palabra trata, una a una, esas tres mujeres que aún se desternillan se sentarán a regalar sus testimonios alrededor de una mesa.

Sola en el mundo

                                                                            (E. P.)

Las carcajadas más estruendosas sin duda son las de Érika, un nombre ficticio, como todos los de las prostitutas con las que hablaremos. Un fino chorro de voz con un deje infantil que aumenta en volumen hasta convertirse en una risa aguda que sale de una boca abierta de par en par y es acompañada por el palmeo de sus manos. Tez blanca, cabello rojizo, rizado, sostenido hacia atrás por una diadema. Hondureña, de Tegucigalpa. 30 años. Bailarina. Rolliza, de piernas y torso grueso, pero de cuerpo curvilíneo. Bajita y alegre. Burlona.
“A ver, papaíto, ¿qué es lo que va a querer? ¿En qué le podemos ayudar?”. Érika se sienta en la mesa. Pide una cerveza. Es la 1:30 de la tarde. Después de esta, tomará una tras otra hasta más allá de la medianoche.

Salió de su país con 14 años y dejó a los dos gemelos que parió cuando tenía 13. “Iba para el Norte.” Y el Norte en este camino siempre es Estados Unidos. “Lo que todos buscamos, una mejor vida.” Venía con otros cinco niños. A ellos “les pasaron accidentes, y mucho escuchamos que a las mujeres las violaban”. Érika prefirió quedarse en Chiapas. Lo hizo en Huixtla, un municipio de esta zona de burdeles, de este triángulo donde habita ese fantasma del que pocos, muy pocos hablan con claridad. Llegó un lunes o miércoles, no lo recuerda bien. Llegó al hotel Quijote a pedir trabajo.

—¿Pero cómo una niña de 13 años queda embarazada y decide migrar?
Érika voltea a ver hacia atrás, hacia la mesa de donde siguen saliendo risotadas. En Calipso hay otras dos mesas llenas. En una de ellas, los hombres ya bailan con dos ficheras, y las alitas de pollo y trocitos de carne son despachados con prisa desde la barra.

—Salgamos de aquí, no me gusta que me vean llorar mis compañeras.
En este mundo de piedra las lágrimas son un defecto.
Afuera es una calle de tierra que se dirige hacia otro antro. Un callejón sin salida. Adelante, un burdel más y una casa de huéspedes. Un eufemismo para llamar al complejo de cuartos donde las prostitutas llevan a sus clientes.
—Es que nunca conocí a mi familia. O sea, que yo soy de Honduras, pero soy de esa gente que no tiene papeles pues. Nunca tuve un acta de nacimiento. O sea, como si uno fuera un animal.

Le contaron que su mamá trabajaba en el mismo ambiente. “En la putería, como yo”. Dice que cuando era un bebé, su mamá la regaló a una señora que se llama María Dolores. Y de esa señora Érika se acuerda muy bien. “Esa vieja puta tenía siete hijos, y nosotros, mi hermanito gemelo y yo, no éramos como sus hijos, sino como sus esclavos.” Hermanito le dice siempre, aunque él sería un hombre de 30 años ahora, si no hubiera muerto cuando tenía 6.


¿Cómo era su vida? De esclava, como dice ella. Con cinco años, el trabajo de Érika era ir por las calles de su comunidad vendiendo leña y pescado. Si la niña regresaba con algo, si Érika no lograba venderlo todo, le esperaba María Dolores con un cable eléctrico y la azotaba hasta abrirle surcos en la espalda. Luego cubría esas heridas con sal, y obligaba a su hermano a que se las lamiera. Un día de esos, un día de lamer su espalda, su hermano murió ahí, en el suelo donde ambos dormían. De parásitos, dijeron. Érika está convencida de que esos parásitos salieron de los surcos de su espalda.


Llora y rechina los dientes con rabia. Al lado se estaciona una camioneta. Tres clientes más entran a Calipso.


—El día que mi hermano se murió yo también enfermé, me llevaron al hospital, y nunca más me llegaron a traer. Después de eso, empecé a vivir como un borrachito de la calle, entre basureros.

Cuarto de una mujer centroamericana que trabaja en el prostíbulo El Bambi, en Ciudad Hidalgo, Chiapas (T. A.)
Dos años anduvo así. Vendiendo esto, cargando aquello, pidiendo por ahí, durmiendo en cualquier esquina. A los 8 años se topó con María Dolores, la señora de los latigazos, que la convenció de volver a su casa. “Yo estaba chiquita, no entendía muy bien, así que me fui con ella”. Los golpes disminuyeron, pero la vida empeoró. Omar, uno de los hijos de la señora, tenía ya 15 años, y Érika empezó a ser violada por el muchacho.


—Por eso yo me pregunto: ¿cómo voy yo a entender de sexo normal si me acostumbré a que él me amarraba de pies y manos y entonces me hacía el sexo?


Sentada en un bordillo de la calle de tierra, sollozando afuera de Calipso, Érika empieza a dibujar el perfil de las migrantes centroamericanas que dan vida a la noche fronteriza. Muchas de ellas sin estudios, provenientes de una vida de desintegración familiar, maltrato y agresión sexual, llegan niñas a los burdeles, incapaces de distinguir entre lo que es y lo que debería de ser. Carne de cañón.


“Si no partís de la realidad social de nuestros países, no vas a entender”, me había explicado el guatemalteco Luis Flores, encargado en Tapachula de la OIM, que desarrolla proyectos en la zona y atiende a centroamericanas víctimas de trata. Convertidas en mercancía. “Vienen violadas, acosadas, de familias disfuncionales, donde muchas veces su padre o su tío las han violado. Muchas nos han dicho que ya sabían que en este viaje las iban a violar, que es una cuota que hay que pagar. Se calcula que ocho de cada diez migrantes mujeres de Centroamérica sufren algún tipo de abuso sexual en México, según el Gobierno guatemalteco (seis de cada diez, según un estudio de la Cámara de Diputados mexicana). Viajan con eso, sabiendo que las abusarán una, dos, tres veces… El abuso sexual perdió sus dimensiones. Desde ahí entendé el fenómeno de la trata. Saben que son víctimas, pero no se asumen como tal. Su lógica es: sí, sé que esto me pasa, pero ya sabía que me pasaría.”


Hay, como dice Flores, una expresión acuñada en este camino de los indocumentados: cuerpomátic. Hace referencia a la carne como una tarjeta de crédito con la que se puede conseguir seguridad en el viaje, un poco de dinero, que no maten a tus compañeros, un viaje más cómodo en el tren…


Érika, la niña violada desde los 8 hasta los 13, parió a sus dos gemelos cuando le faltaban seis meses para cumplir los 14. El relato de pandemónium sigue, como si su única continuidad posible fuera empeorar.


—Yo no sabía qué era el embarazo, solo sentía que engordaba. La señora me acusó de puta. Le dije que era de su hijo. Y me dijo que yo era como mi madre, una prostituta, y que yo también iba a dejar a mis hijos como perros. Entonces, me volvió a tirar a la calle. Me sacó desnuda, como por cinco cuadras, del brazo, hasta el parque, ahí me dejó, y desde ahí tuve que volver a empezar.


Y volver a empezar fue volver a la limosna, a la basura, a las esquinas. Ahí parió, en esas calles, y entonces decidió probar suerte. Dejó a sus hijos con una vecina de la que durante años fue su verdugo, y emprendió el viaje hacia Estados Unidos con otros cinco niños. Ahí es cuando, tras escuchar que este es un camino de muerte y vejaciones, tras ver a sus amigos mutilados, decidió quedarse. No sabe si fue un lunes o un miércoles cuando llegó al hotel Quijote.



Cuarto de una mujer centroamericana que trabaja en el prostíbulo El Bambi en Ciudad Hidalgo, Chiapas. (Toni Arnau)

“La mayoría empieza como meseras comunes. Luego se hacen ficheras y terminan prostituyéndose, generalmente llegan hasta ahí con engaños”, explica Flores una lógica que también se podía leer en el libro del investigador Rodolfo Casillas, “La trata de mujeres, adolescentes, niños y niñas en México, un estudio exploratorio en Tapachula”. En este texto también se establece el escandaloso rango de edad desde el que se prostituye a las niñas: “De 10 a 35 años, difícilmente de más. Aunque el problema de la trata se recrudece entre las que son menores de edad, principalmente las que tienen entre 11 y 16 años”.

Desde el restaurante del hotel Quijote Érika escuchaba propuestas.

—Llega un cabrón y me dice: “Vámonos, yo te consigo lugar en un bar, vas a ganar más”. Entonces si te apendejás, sí es un problema. Un montón de hombres te dicen eso: yo te alojo, te consigo papeles, te consigo trabajo, pero vas gastando en comida, transporte, hospedaje.

La bailarina hondureña se guarda sus detalles. Como la mayoría de testimonios de trata, se cuentan en tercera persona, y nunca se sabe si un relato de otra es un trozo de la autobiografía de la que habla. Incluso entre ellas la trata es un fantasma. Si le ocurrió, le ocurrió a otra.


Érika asegura que no se dejó engañar. “No me apendejé”. Que fue ella, por su propia voluntad, la que dejó el Quijote y se fue a un antro. Que aquella niña con un parto fresco se plantó frente a la dueña del local y le impuso sus reglas: “Yo vengo a trabajar de bailarina, pero no me vas a tener encerrada como a las demás. Yo no soy pendeja. Aquí trabajo cada noche, termina, y me pagan de una vez. Es que como me crié en la calle, sé defenderme”.

Entonces, hay que preguntar por las otras.
—¿Cómo tenían a esas otras mujeres?
—Estaban encerradas, no las dejaban salir. Solo un tiempo de comida les daban. El hombre que las llevó ahí les dijo: “Buena onda, vas a trabajar, pero tenés que pagar”. Es que la persona que te lleva pide un dinero por una al dueño del bar, y eso te lo va a sacar el del bar a ti. Te llevan a venderte, pues. A mí nunca me hicieron eso. A las demás sí, porque son pendejas.


(Toni Arnau)


Esta razón se repite como justificación de los testimonios: la culpa es de las que se dejan. Pero las que se dejan, como explica Flores, son muchachas inocentes, sin educación, que no saben de denunciar nada, que son fáciles de amenazar. ¡Si te escapás, llamo a Migración y te meten presa! “Es un problema de docilidad”, dice el guatemalteco. De 250 migrantes violadas que la OIM detectó en un proyecto de atención, solo 50 se dejaron asistir, no denunciar, sino ser asistidas médica y sicológicamente. El resto asumió que era inútil, que les volvería a pasar, que faltaba mucho camino.
El mundo de la migración, aunque hay actos de solidaridad entre migrantes centroamericanos, es un mundo de sálvese quien pueda. El camino es duro, y los momentos para la ternura son escasos. Muchas de las reclutadoras de carne nueva para los prostíbulos son las mismas centroamericanas que contra su voluntad llegaron a trabajar en ellos y que, años después, reciben algún dinero por ir a convencer a otras muchachas en sus pueblos, a prometerles lo que a ellas les prometieron: serás mesera y ganarás bien.

Flores tiene un nombre para esto: efecto espiral. “Yo, hondureña, salvadoreña, guatemalteca, llegué aquí a los 15, tuve que pasar por eso, y ahora tengo mi empresa que es hacerle eso mismo a otras.”

Érika recuerda con asco sus primeros días de prostitución. Aquellos cuando dentro del antro cerraba el trato con el cliente con el que fichaba, y se iban al motel de enfrente durante media hora. Con la habitación inundada por el olor a cerveza y sudor se dejaba hacer. Y ellos a veces creían que eran sus dueños por esa media hora, que ella era como una casa y ellos la habían alquilado durante ese tiempo, y la podían habitar como les placiera. Y recuerda que aquello, muchas veces, terminaba en lo que ella de niña tan bien conoció: golpes, insultos.

Se observa los ojos reflejados en el pequeño espejo circular que sacó de su cartera. Aspira con fuerza el cigarrillo mientras mira a la nada, como si cambiara de registro para volver de un pasado de ignorancia a un presente de costumbre. Lleva 16 años en esto. Desaparece la vulnerabilidad. Vuelve la misma mujer burlona y se despide chocando la mano y después el puño cerrado. Entra a Calipso contoneando su cuerpo blanco y curvilíneo.

Casillas y Flores explican que las hondureñas y salvadoreñas se cotizan bien en estos negocios porque, a diferencia de las mexicanas de esta zona indígena del Soconusco chiapaneco o de las pequeñas mujeres morenas de la autóctona Guatemala, las primeras tienen cuerpos menos compactos y tez menos oscura.
A las 3 de la tarde, Calipso está más lleno. Otro grupo de hombres regordetes ha llegado al centro botanero a ocupar otra mesa. La música pop de la rocola contrasta con el ambiente de bigotes espesos y barrigas prominentes. Keny entrega lo que lleva en una bandeja a una de las mesas, y la administradora la intercepta. Habla con ella un momento, y la salvadoreña de pequeños ojos negros y redondos camina hacia mi mesa.
Esto no ocurre en todos los lugares. Calipso, dentro de lo que cabe, es un buen sitio para trabajar. Aquí, los proxenetas no deciden sobre ninguna de las chicas. Si quieren hablar, hablan. Si quieren ocuparse, se ocupan. Nadie las obliga. En otros sitios, incluidos los lugares públicos, sobre cada centroamericana que se ofrece hay dos ojos puestos.

En una ocasión, recuerda Flores, mientras intentaba entrevistarse con estas mujeres, se acercó a una que hacía esquina en la plaza central de Tapachula. Le explicó que estaba recopilando entrevistas para su organización, que si podían hablar. La respuesta de la chica fue la de una persona bajo vigilancia. “No puedo, me pega mi patrón”, se excusó emulando con sus gestos la negociación con un cliente. Sonrisa, no, no, gracias, adiós.

Keny pide agua. Las cervezas las tomará más tarde. Hoy es viernes, y el rendimiento de la noche es casi tan importante como el del sábado para sacar buenos pesos. La diferencia es que el viernes llegan los oficinistas, que descansan los dos días del fin de semana; el sábado en la noche, en cambio, muchos obreros acuden a cerrar su semana de trabajo abrazados a una centroamericana.

Desterrada dos veces

La voz de Keny es un susurro. Un sonido reconfortante que proviene de algún lugar muy profundo de su caja torácica. Un punto ronca y desgastada, arrastra pausadamente su voz y cierra sus pequeños ojos negros cuando desea hacer un énfasis. Por ejemplo, cuando dice: “Estoy aquí porque no tengo a nadie en otro lado”. Y deja caer los párpados y se alacia su cabellera larga y negra.

Su vida estuvo marcada por ese enorme imán que tira desde arriba a Centroamérica. Cuando era apenas un bebé, su abuela emprendió camino. Cuando tenía 4 años, su papá se fue para el Norte. Cuando tenía 14, una mañana despertó, y su mamá tampoco estaba. Se fue para arriba. Cuando cumplió 15, su hermana mayor también fue atraída. Ella quedó en manos de unos tíos.

Sala de baile de El Bambi (T. A.)

Pero resume, y resume mucho, “esos tíos no me daban de comer, se quedaban el dinero que mi papá mandaba y me criaban a golpes”. Su abuela, que bajó uno de esos días con papeles estadounidenses, vio el régimen en el que su nieta vivía y prefirió sacarla de ese martirio y entregarla a unos amigos para que la cuidaran. El cambio no cambió nada. Con esa familia estuvo hasta los 16, cuando la señora murió de un infarto. A partir de entonces, el señor o la golpeaba o la tocaba. Llamó a su hermana mayor –tres años mayor–, que en su intento por llegar a Estados Unidos, recaló en Ciudad de Guatemala, con dos hijos más del que ya llevaba.

Ahí, en la Zona 7 de esa capital, vivió solo unos meses con su hermana y su cuñado. Un ataque de celos de su hermana terminó en una pelea, donde a Keny casi le arrancan un pecho con un cuchillo. “Me dejó irreconocible, y me tiré a la calle, a trabajar de mesera en una cantina.”

Trabajó en una y en otra. Llegó a Puerto Barrios, a probarse como bailarina en el Hong Kong, todavía con una camisa con el estampado de un dinosaurio de caricaturas en medio. Ahí, entre burlas, sus compañeras le enseñaron a bailar, a conquistar hombres cada noche, a fumar marihuana y crack, a maquillarse, a aspirar cocaína y a tomar, a tomar mucho. “Salí de ahí con camisas muy escotadas.”

Del otro lado de la frontera, del lado mexicano, una de las chicas del Hong Kong regresaba de tanto en tanto con más dinero del que ganaban las bailarinas en Puerto Barrios. “Es que en Huixtla pagan más”, les decía a las más jóvenes, como Keny, que tenía 17. Y se entusiasmó.
Terminó en México, en un antro de Cacahuatán, El Ranchón, durante años muy famoso, y ahora cerrado porque algunos clientes vendían droga. El Ranchón está por revivir este año. Ahora, se llamará Ave Fénix.

Keny lleva siete años moviéndose de lugar en lugar, de Huixtla a Tapachula y de ahí a Cacahuatán. De antro en antro en antro.
—¿Te prostituís o solo fichás?
—Lo hice al principio. No me gustó porque es estar con alguien por quien no sientes nada. No sabés qué persona te vas a encontrar adentro del cuarto. Hay quienes te golpean. Me ha pasado que ya estando en el cuarto se comienzan a poner agresivos, y una a veces se niega, y ellos empiezan con los golpes. Ahora solo me quedo con la bailada, las fichas, la bebida.

Las tarifas varían en esta frontera de prostitución. Una jovencita vale más que una vieja. Y aquí jovencita es sinónimo de menor de edad, y una vieja es la que pasa de los 30. Las demás son el montón.

Una de estas tardes, de regreso de una entrevista en Tapachula, abordé un taxi y pregunté al chofer por muchachas jóvenes, de unos 20 años, que se prostituyeran. Se llevó la mano a la frente, y respondió: “Tarde, amigo, con mi primo teníamos un negocio de muchachas. Las llevábamos a hoteles y casas, todas jovencitas, pero no de 20, de 14 o 15 te conseguíamos, mexicanas y hondureñas, y te las llevábamos a tu hotel. Dos horas por 1,500 pesos (unos 150 dólares). Yo me quedaba la mitad”.

Las tarifas varían. A más edad y más rasgos indígenas, se cobra lo más bajo, unos 400 pesos la media hora. A menos edad y tez más blanca, la tarifa puede llegar a 2,000 pesos. Flores, el de la OIM, tiene su propia ecuación: “Migrante más indígena más guatemalteca es igual a sirvienta o prostituta de bajo cobro. Migrante más hondureña más jovencita es igual a lo que llaman edecán o teibolera”.

En Calipso la música pop ha dado paso a canción norteña de El Gallo de Oro, Valentín Elizalde. La conversación continúa.
—¿Era cierto lo que te dijo tu colega en el Hong Kong? ¿Ganás más aquí que en Guatemala?
—Sí, definitivamente. A veces vengo a trabajar de mesera de día y bailarina en la noche, y hago unos 1,000 o 2,000 pesos diarios.

En la frontera hay una casa de atención a mujeres que han sido víctimas de violación y trata cuando subían hacia Estados Unidos. Sus encargados hablaron del tema, pero pidieron no ser identificados como institución. “Ya sabe, hay muchas mafias metidas en esto”, argumentaron. Dijeron que, de todos los casos atendidos, había dos razones principales por las que las mujeres decidían quedarse, no escapar. Uno de esos motivos es que siempre ganan más que lo que ganaban en Centroamérica. Luego de un mes de estar forzadas, explicaron, empiezan a resignarse, y a verle el lado amable, a ver que tienen dinero para mandar a sus casas, y se dejan caer en esta vida de noche, de vicios, y su vulnerabilidad inicial se convierte en un carácter de piedra. Y terminan revestidas por un caparazón que las protege de toda la porquería que tienen que enfrentar.
—¿Y tu familia sabe dónde estás?
—Me comunico solo con mi padre, pero no sabe en lo que estoy. Mi hermana lo sospecha. Cree que soy mesera, no saben que bailo, que he llegado a ocuparme. Tengo que irme a El Salvador, no quiero que mi hijo de 9 meses crezca y me vea así, pero por mi cuenta. Allá nadie sabe cómo soy. Aquí todos conocen lo que he hecho. Allá solo seré otra madre soltera. Mi familia no puede enterarse de esto. No lo entendería.


Cuarto de una mujer que trabaja en el prostíbulo El Bambi (T. A.)


La segunda razón por la que las mujeres no huyen, explicaron los encargados de esa organización fronteriza, es la vergüenza. El pasado. Explicar dónde estuvieron. Y el miedo. Que les descubran su mentira. Flores lo explica con otro ejemplo, con una amenaza que circula en estos bares: “Sacan a una niña indígena de su tierra, le dicen que va a ser mesera, y la venden como prostituta. Le quitan sus documentos y le aseguran que si escapa, que si no obedece, contactarán a su familia y le mostrarán fotos de ella en las piernas de un hombre en el bar. Dile a una guatemalteca que toda su aldea se enterará de que no era mesera, sino prostituta, y pídele que se regrese. Verás que no quiere”.

Desde su última frase, los pequeños ojos negros de Keny dejan caer un hilo de lágrimas que se limpia con una servilleta y con un sutil movimiento que impide que se le corra el maquillaje.

—En estos años, ¿te has encontrado con mujeres que están a la fuerza?
—Han venido por su propia voluntad, porque ellas quieren. He escuchado comentarios de mujeres que las venden, pero cuando ya ven el lugar, se quedan. He hablado con algunas de ellas, y me dicen que se quedaron porque les ha gustado el dinero. Entonces es por su propia voluntad.

Otra vez el fantasma. Otra vez la fina red que hace que la trata no parezca trata. Culpa de la muchacha. Ella quiso quedarse. Los métodos de chantaje de los tratantes se camuflan como propuestas en las mentes de mujeres acostumbradas a sufrir y a ser valoradas como mercancía. Al final, nadie tiene la culpa. Las cosas son como son. Así han sido siempre.
La trata es confusa hasta para aquellos para los que no debería serla. En Tapachula está una de las oficinas de la Fiscalía Especial para Delitos contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevintra). Solo hay tres en todo México. Eso a pesar de que en un informe publicado el 2 de febrero de este año, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito aseguró que en México la negligencia de las autoridades y el escaso reconocimiento del crimen hacen que la trata sea un delito en aumento. Solo tres oficinas en un país de 31 estados, a pesar de que el Instituto Nacional de Estadística y Geografía registra que alrededor de 20,000 niños y niñas son esclavizados en explotación sexual en este país.


Aunque por convenios internacionales México debería haberlo hecho en 2003, no fue hasta septiembre de 2007 cuando entró en vigor una ley que contempla la trata como un delito y obliga a las autoridades a prevenirla. Sin embargo, a esa ley aún no la acompaña el reglamento que dicta cómo deben operar los perseguidores de ese crimen ni tampoco se ha creado la comisión intersectorial que debería dictar estas normas y crear un sistema de información.
Desde su despacho, David Tamayo, el “fiscal anti-trata” de Tapachula, la ciudad atestada de bares y de historias de niñas obligadas a actuar como mujeres en la cama con un desconocido, contestó con quejas y tibiezas.

—¿Qué tan común es que reciban casos de trata de centroamericanas?


—Han llegado muy pocos. Este tipo de delito casi no se denuncia, porque quienes intervienen, Migración, y otras instituciones, no los canalizan acá, las deportan, y se pierden las denuncias. Es un fenómeno preocupante, pero fantasmal, no se ve. Solo de cuatro asuntos hemos conocido.
—¿Y cuántos procesos han ganado?
—Están en proceso todos.
—¿Puedo hablar con un fiscal que lleve un caso?

—No, es confidencial.
—Siendo fiscalía, ¿no actúan de oficio?
—No. Solo se politizan las cosas. Nuestra tarea es la divulgación de la ley y la prevención. La policía es la que trata de ser operativa. A veces nos avisan, a veces no. Por la cuestión de fuga de información. Es otro problema que enfrentamos, nunca nos avisan de los operativos. Los grupos delictivos están incrustados en las policías.
—¿Son redes criminales bien organizadas?

—Es característico de los cárteles. Abarcan todos los delitos de orden federal: secuestro, narcotráfico, trata de personas. No conocemos concretamente qué grupo es el que está en esto. Es imposible identificarlos.

Y eso es una mentira rotunda. Uno de estos días visité en Ciudad Hidalgo, el municipio bañado por las aguas del río Suchiate, a un miembro de la alcaldía. Le comenté que buscaba historias de mujeres en prostitución, y accedió a llevarme a un bar llamado Las Nenitas. Enclavado entre callejuelas de tierra, a las 2 de la tarde solo dos mujeres estaban tras la barra. Tesa nos atendió. Era una guapísima hondureña, alta y morena, enfundada en botas de plataforma, un pantalón ceñido y una blusa escotada hasta el escándalo. En Las Nenitas, contó el funcionario, todas se prostituyen. Comenté a Tesa mi interés en hablar con ella, sin mencionar la palabra trata. Dijo que sí, que hablaría conmigo otro día, y me dejó un número de teléfono que nunca contestó.
Al salir del bar, el funcionario explicó que el dueño del antro era un zeta muy reconocido en Ciudad Hidalgo. O sea, un miembro de esa banda criminal que opera por independiente y como brazo armado del Cártel del Golfo. Que cómo sabía eso, le pregunté. Contestó que Ciudad Hidalgo era muy pequeña, y que el dueño siempre que sale, porta un fusil AR-15 y se hace acompañar por tres guardaespaldas armados. Dijo que en la ciudad esa banda controlaba la trata, enviaba gente a reclutar muchachas a Centroamérica y a veces secuestraban migrantes y las vendían a camioneros como material de usar y tirar. Por una noche. “No diga mi nombre, por favor”, fue lo último que dijo el funcionario.

Respecto a lo que argumentó el fiscal de que es imposible identificar a esas bandas, habría que agregar que hay una abismal diferencia entre querer y poder. Entre intentar y temer.

Son las 4 de la tarde, y Keny se levanta de la mesa y se calza un delantal para llevar cervezas a los clientes. Hoy hará doble turno. Más tarde dejará el pantalón, las chancletas y el delantal, y los cambiará por unas sandalias de plataforma negras y un chillón traje amarillo, con botones en un costado, para poder arrancárselo sobre la pista de baile.

Connie regresa al antro y se cruza con Keny cuando esta se aleja. “Qué ondas, vieja”, se saludan. Connie no trabaja de mesera. Lo suyo es la noche. Fichera y bailarina. Vino esta tarde porque la administradora se lo pidió, y viene a lo que viene. A recordar.
Yo no me quedo aquí
Su mirada es de profunda desconfianza. “¿Qué quiere? Explíqueme dónde va a salir esto”. Connie es una mujer segura que se cubre las espaldas. Ya me lo habían advertido: es de armas tomar.

“Yo vine aquí con mis cinco sentidos, nadie me trajo”, apunta, enrumbando la conversación. Tiene 18 años, y cuando llegó, cuando dice que lo tenía todo calculado, era una niña de 15. Conversa menos que Keny y Érika, pero los detalles que regala poco a poco permiten desmenuzar otros aspectos del fantasma que recorre la frontera.

Dice que un compatriota suyo, un guatemalteco que trabajaba en esta zona como mesero, le dio la llave de salida. Le dio la idea para escapar de un mundo que ella quería dejar luego de ver la suerte que le espera a una joven de su edad en las calles de su barrio. Un mes antes de que hiciera la maleta rumbo a los prostíbulos de Tapachula, donde llegó primero, su hermano había caído muerto a media calle. Tres disparos. Era cobrador de una ruta de autobuses de la capital guatemalteca. Tenía 16 años y una pandilla lo quería reclutar. La Mara Salvatrucha, la pandilla más peligrosa del mundo según el FBI, le ofreció encargarse de extorsionar a los conductores de los autobuses. De ofrecerles seguridad a cambio de una cuota o inseguridad a cambio de su negativa. El hermano de Connie rechazó la propuesta. Ante la negativa, tres balazos: pecho, abdomen y cabeza.

—Ese mismo mes, la mara mató como a 15 niños en mi colonia, todos entre 14 y 16 años –recuerda Connie–. Yo ya no podía vivir en paz.
Mientras niños y niños caían abatidos por el plomo, su vida transcurría: su padre se emborrachaba cada noche y la acosaba, como hacía desde que ella tenía ocho años. Su madre, como Connie explica, se encargaba de “embarazarse y embarazarse”. Ella es la mayor de sus ocho hermanos.
Muchas niñas centroamericanas, explicaron los cónsules en Tapachula de El Salvador y Honduras, escapan de situaciones de marginalidad. De circunstancias que, traducidas a hechos, son el miedo a una pandilla o una vida familiar peor que la que podrían llevar como niñas de la calle. Son aquellas circunstancias que relativizan, que les permiten ver la prostitución, la violación, la trata, con los prismáticos de una realidad distorsionada. Una realidad donde los niños caen muertos por decenas, los padres son acosadores y los barrios, zonas de guerra.

Por eso, dentro de su mundo, Connie, que desde niña trabaja en prostíbulos, recorta la realidad y divide lo que le parece normal a lo que le parece inusual para responder a la pregunta de cuál es su peor recuerdo desde que llegó.
—Hubo un tiempo en que me fui a trabajar a Huixtla, a otro negocio de allá, y me detuvo Migración en Huehuetán. Me enfermé de los nervios, me dio depresión. Nunca había estado en un lugar así, con tanta gente. Era la única mujer entre tanto hombre, me acosaban. Eso es una prisión. El encargado de Migración me daba a entender que si yo le daba sexo, él me dejaba ir.
En Chiapas, según ha documentado la CNDH, ocurre que a veces las autoridades migratorias actúan como acosadores de las mujeres. ¿Quién quiere denunciar un caso de trata a un agente que te ofrece sexo a cambio de libertad? Y la negligencia no termina ahí. El Instituto Nacional de Migración, como ya explicaba el fiscal anti-trata, es el que muchas veces impide que estos testimonios de trata lleguen a un juzgado o a los cónsules.

El cónsul guatemalteco no quiso hablar del tema. Nelson Cuéllar, el salvadoreño, sí aceptó sentarse a explicar por qué hay cosas que aquí no funcionan. Dice que en sus tres años como funcionario en Tapachula solo ha visto dos casos de trata. Pero dice que en ambos, al final, frente al agente del Ministerio Público, eligieron no denunciar. Por lo demás, enterarse de la trata de blancas depende de la suerte, no de la cooperación de otros.

—Cuando hacen las redadas en centros de tolerancia no nos informan. Las repatrian a sus países. Migración debería de avisarnos antes de deportarlas, para entrevistarlas, ver si han sido víctimas. Pero las regresan como si fuera un migrante normal al que agarraron caminando. Es más, se maquilla todo por parte de ellos.
Una de estas calurosas noches fui a una zona de tolerancia muy popular en Tapachula: Las Huacas. Antes de eso, había conversado ingenuamente con el secretario de Seguridad Pública Municipal, Álvaro Monzón Ramírez. Solo a él le pedí autorización para poder establecer como base de esa noche el quiosco de la policía municipal que está frente a los prostíbulos. A nadie más. Cuando llegué a Las Huacas solo un antro estaba abierto. Los demás habían cerrado, algo inusual para la noche de un jueves. Al preguntar a un encargado que cerraba su negocio, me contestó: “Vinieron unos policías municipales a avisarnos de que hoy habría redada y de que vendrían policías con agentes de Migración y varios periodistas”.
La noche siguiente regresé a Las Huacas sin avisar a nadie. En esa ocasión, como a la 1 de la madrugada, todas las prostitutas centroamericanas del antro donde estaba corrieron en estampida hacia una puerta negra en el fondo que da a la nada, que las saca a un riachuelo que hace de traspatio de la zona. Luego, una de ellas me explicó que un agente de Migración había llamado a la dueña del antro de enfrente para avisarle de que habría operativo.

Connie pide su segunda cerveza y se muestra algo inquieta. Los clientes llegan poco a poco, a pesar de que todavía no anochece. Tiene dos hijos menores de cinco años y, a fuerza de baile y de cama, ha logrado traer a México a toda su familia. Toda: su madre, su padre, sus siete hermanos y una sobrina.
Aunque sean migrantes que apenas han cruzado el río Suchiate, algunas de las centroamericanas que dan vida a estos prostíbulos son el sustento de sus familias. Por eso, explica Connie, “muchos niños y niñas de Guatemala se vienen con gente que llega allá a ofrecer a uno que van a ganar buen dinero”.

Así, niñas y niños. Nada más el pasado 13 de febrero, policías federales y miembros de Fevintra allanaron una casa en Tapachula. Adentro encontraron encerrados a 11 niños, todos en un cuarto maloliente donde dormían en lonas, sobre el piso. Las autoridades acusaron al dueño de la casa, un mexicano de 41 años, de obligarlos a trabajar hasta 14 horas en las calles, como su ejército de esclavos, en la venta de globos, cigarros y golosinas. Lo acusan también de negarles agua y comida, y de propinarles golpizas si no vendían lo suficiente.
Es hora de dejar ir a Connie. La hora estelar se acerca, y pronto tendrá que subir al escenario o sacar fichas a varios hombres. Ella todavía es joven, y en una buena noche hace hasta 6,000 pesos. Keny, en cambio, con 24 años es una del montón, y en una buena noche saca la tercera parte de lo que obtiene Connie.

Antes de irse, Connie voltea a verme, y responde a una pregunta que al parecer quería que le hiciera. ¿A qué te dedicás ahora? ¿Qué harás en el futuro?

—Yo ya no me ocupo. Lo hice al principio, pero ya no, no me gusta. Y no pienso quedarme aquí. En unas semanas me voy. Mi novio me dice que él me va a sacar y que va a mantener a mi familia. No quiero que mis hijos me vean así.
Por desgracia, nada de eso pasará. Sé que Connie es una de las que se ocupa en el bar. Sé que hace solo unas noches entró al cuarto con un hombre y que lo volverá a hacer hoy. Y lamentablemente, cuando dijo lo que dijo, Connie no sabía que su novio la abandonaría unos días después.
La noche en Calipso arranca y sigue su curso normal por unas horas. El antro se divide en dos. A un lado del traspatio, el centro botanero, donde unos 40 hombres gritan, bailan con las ficheras o se las posan en sus piernas. Al otro lado, la luz neón y la pista de baile, donde diez hombres esperan el espectáculo. Cuando la noche avanza, el lado de las botanas se vacía, y el de la barra se llena con los clientes que se trasladan. Los que quieren seguir la noche.

En Calipso, Érika, Keny y Connie han tomado posiciones y se ganan el dinero como tienen que hacerlo desde que eran niñas, cuando llegaron aquí ya con experiencia en vivir vidas que se destartalan a cada vuelta de rueda.


Pasada la medianoche, Keny la salvadoreña baila sin ropa sobre el escenario e intenta controlar sus movimientos después de 23 cervezas. A Érika la hondureña 30 cervezas la han soltado y, subida sobre una mesa, restriega sus nalgas desnudas en la cara de un hombre bigotudo al que se le ha caído el sombrero. La ha invitado a unas cinco cervezas, cinco fichas, y es hora de empezar a compensarle. Connie la guatemalteca baila en mini falda y enormes tacones con el hombre prieto y barrigón con el que luego se irá a un cuarto.


Mañana, con otros nombres, con otros hombres, la escena volverá a empezar en Calipso y en decenas de antros de la frontera. Las centroamericanas volverán a agitarse. Como lo hacen todas las noches, como lo hacen desde niñas.








Fuente:http://enelcamino.periodismohumano.com


viernes, 28 de enero de 2011

Prostitución e izquierda



  Patrizia Lastra

Artículo publicado con el permiso del Colectivo Feminista Lanbroa y de Vindicación Feminista
Nadie que conozca de cerca el feminismo puede afirmar que sus reflexiones políticas acerca del fenómeno de la prostitución tienen un trasfondo moral. Hace ya mucho tiempo que el feminismo resolvió las cuestiones de índole moral, echó por tierra las convenciones clásicas acerca de la sexualidad e inició su andadura en busca de la identidad (sexual) de las mujeres. Al abordar el tema de la prostitución partimos de supuestos ideológicos muy dispares. Si además revestimos esta clara distancia ideológica con un lenguaje de confrontación, va a resultar muy difícil hallar puntos de encuentro básicos para entablar un debate fructífero. El debate está estancado en los mismos argumentos falaces a los que se recurre una y otra vez en defensa de la legalización de la prostitución.
Afirmar que algunas feministas pretenden victimizar a las prostitutas, hablar por ellas, avasallarlas o atentar contra su libertad individual significa arremeter contra la propia ideología feminista. Nosotras partimos de que todas las mujeres somos sujetos y agentes políticos con voz propia. No ponemos en duda que todas las personas tienen total libertad para hacer lo que quieran con su cuerpo, con su mente y con sus manos, para organizarse y para defender sus intereses laborales y sus opiniones. Tampoco se trata de someter a juicio nuestras elecciones individuales, mucho menos en estos momentos en los que tan difícil es guardar una mínima coherencia personal. Es muy triste que este conjunto de obviedades tenga que servir como punto de partida de una reflexión acerca de la prostitución por profundas que sean las diferencias ideológicas. Nuestro objetivo es principalmente cuestionar el negocio de la prostitución organizada, analizar quiénes son los verdaderos beneficiarios y, lo que es más importante, aportar un análisis político desde el feminismo del nuevo modelo social que está en juego.
Nadie que conozca de cerca el feminismo puede afirmar que sus reflexiones políticas acerca del fenómeno de la prostitución tienen un trasfondo moral. Hace ya mucho tiempo que el feminismo resolvió las cuestiones de índole moral, echó por tierra las convenciones clásicas acerca de la sexualidad e inició su andadura en busca de la identidad (sexual) de las mujeres. El mito del amor romántico fue precisamente uno de los primeros en caer. Las mujeres somos las primeras que hemos sufrido el azote de la moral judeocristiana, del amor platónico y del modelo de familia tradicional, pero también fuimos las primeras en rebelarnos contra este sistema de valores que tanto nos perjudicaba. El trabajo de identificar los mecanismos de represión (interna y externa) y deshacerse de prejuicios morales acerca del cuerpo se ha llevado a cabo básicamente desde el feminismo. Para muchas de nosotras este proceso, con todas sus contradicciones, divergencias y matices, constituye un camino recorrido para el que ya no existe vuelta atrás. Es imprescindible (re)conocer esta trayectoria para comenzar a pensar en otras claves.
Es hora de dejar atrás la época del destape si queremos iniciar un debate social serio sobre temas como la prostitución o la pornografía. El concepto de libertad sexual que equivale a liberar los instintos de represiones morales es totalmente obsoleto y fundamentalmente masculino. Sería conveniente que los hombres comenzaran a trabajar y a reflexionar sobre su propia sexualidad y sobre el modelo sexual imperante, si realmente tienen una firme intención de superar desigualdades. Reivindicar el «libertinaje» o «las perversiones» ha dejado de ser una transgresión para convertirse en norma. Todos nuestros deseos están ya materializados y disponibles en el mercado, desde el que no dejan de llegarnos invitaciones al placer. Lo verdaderamente preocupante es que en todas estas fantasías, listas para consumir, las mujeres seguimos encarnando representaciones al servicio del hombre en todas las variantes concebibles. La moda del amor libre y de la libertad sexual sigue favoreciendo invariablemente a los hombres. La libertad debiera serlo también para decidir no liberarse sexualmente según marcan las normas culturales vigentes.
Si bien es cierto que existen corrientes dogmáticas dentro de la izquierda, algunas no atañen precisamente a la moral. Existe una corriente nostálgica anti-clerical que aún cree que el principal enemigo a batir sigue siendo la Iglesia o la moral judeocristiana. En un mundo donde las fuentes de opresión son tan diversas y los mecanismos de poder y de explotación cada vez más complejos, la izquierda tiene contrincantes mucho más peligrosos y menos visibles que una Iglesia caduca que se cae por su propio peso. Más relevante es, por ejemplo, la crítica al esquema dialéctico del análisis de clase hecha por feministas y otros colectivos minoritarios por excluir y silenciar en su discurso y en sus prácticas otras formas de opresión. Estamos de acuerdo en que la izquierda tiene asuntos importantes que resolver, y uno de ellos pasa, sin duda, por eliminar cualquier funcionamiento sexista que detecte en su seno y adoptar variables feministas sin apropiarse de un discurso político autónomo, histórico y con un cuerpo teórico propio.
Apelar a la vez a la libertad del individuo y a la justicia social y/o establecer los grados de intervención del Estado siempre ha sido problemático, pero este es otro debate pendiente. Al hablar de feminismo, deslindar el terreno privado del ámbito público o pretender separar la acción política del plano íntimo es un grave error. Algo inherente a la lucha feminista es practicarla en el salón de casa, en el trabajo, en el entorno social, en la calle y en la cama. Supuestamente, hombres y mujeres somos totalmente libres para decidir sobre nuestro cuerpo en igualdad de condiciones. Sin embargo, el hecho de que sean mayoritariamente mujeres las que se prostituyen y de que los hombres sean los compradores es ya un indicador claro del tipo de modelo sexual imperante. La prostitución es una realidad social que la mayoría de los hombres acepta como algo natural e inamovible. Los hombres de derechas prefieren que permanezca en la sombra para mantener el juego de la doble moral que sustenta su visión del mundo. Los hombres de izquierdas desean que se legalice en defensa de los derechos de las trabajadoras y para liberar al resto de los seres humanos del yugo de la moral retrógrada. Ambos planteamientos son conservadores y evitan analizar el fenómeno de forma global, porque esto implicaría sacar a la luz ciertos mecanismos de poder inaceptables desde una óptica feminista.
No existen suficientes garantías de que la legalización vaya encaminada a proteger los derechos de las prostitutas y no a preservar los intereses económicos de una industria muy bien asentada. Es importante buscar otros enfoques y determinar claramente la responsabilidad social de las partes implicadas. El modelo sueco exime de toda responsabilidad a la prostituta y penaliza legalmente al cliente. Otro problema muy paradigmático es la paternidad no reconocida de muchas hijas e hijos de prostitutas. Aunque se legalice la prostitución, el hombre-cliente seguirá clasificando su descendencia en legítima o ilegítima, exento de toda responsabilidad y con el consiguiente perjuicio social y económico para madres e hijos e hijas, que seguirán sin poder exigir ningún tipo de compensación. Sabemos que, bajo la máscara de la igualdad formal, siguen funcionando esquemas de desigualdad y opresión en todos los ámbitos. Queremos hacer un análisis serio sobre las implicaciones que puede tener la legalización de la prostitución sobre el colectivo de mujeres. Consideramos que la prostitución no puede desvincularse de otras formas de opresión. Existen demasiados datos acerca de los abusos, el maltrato y la violencia que sufren muchas mujeres inmersas (voluntaria o involuntariamente) en este negocio que no deben obviarse, y que no creemos que solventará la legalización. Los poderes económicos que controlan este mercado y su posición a favor de la legalización también merecen todo un capítulo aparte.
Sólo queda aclarar que no es lícito plantear el debate como una guerra abierta contra las prostitutas cuando lo que se pretende es hacer un análisis del fenómeno de la prostitución en toda su complejidad. Cualquiera que conozca bien las «artimañas del patriarcado» debería ser consciente de que la más habitual y peligrosa ha sido siempre la de sembrar la discordia entre mujeres. Incluso desde una postura ideológica contraria, nos gustaría leer otro tipo de reflexiones a favor de la legalización. Queremos que se expongan argumentos que hagan avanzar el debate, que detallen concretamente medidas a corto y largo plazo destinadas a mejorar las condiciones socioeconómicas de las prostitutas. En este contexto, tenemos que ver cómo son una vez más los hombres quienes enarbolan la bandera de la libertad, en nombre de las mujeres y de toda la humanidad, esta vez a favor de la prostitución.
Publicado en Gara.

martes, 7 de diciembre de 2010

Una mirada feminista a la prostitución

 

Cristina Garaizábal
(Hetaira. Colectivo en Defensa de los Derechos de las Prostitutas)

 
1. Feminismo y prostitución
Hablar de feminismo y prostitución es hablar de dos realidades conflictivas. No tanto porque el feminismo esté reñido con esta realidad, sino porque en general, las prostitutas se han visto poco acogidas por las feministas.
Las prostitutas se sentían censuradas por las feministas y a la inversa, las feministas sentían que la sola existencia de la prostitución era un agravio para todas las mujeres.
¿A qué ha sido debido este malentendido? Por un lado las prostitutas pretendían que apoyáramos sus reivindicaciones como prostitutas. Por otro, a las feministas, apoyar a las prostitutas en sus reivindicaciones nos parecía que era apuntalar la ideología patriarcal, al aceptar la existencia de la prostitución sin cuestionamiento. Poníamos como condición “sine qua non” para nuestro apoyo, el NO A LA PROSTITUCION. Desde estas posiciones era difícil un acercamiento pues, de manera implícita, criticábamos a las putas por el hecho de serlo y nos hacíamos eco de la consideración generalizada de que ése es el peor oficio que una mujer puede desempañar, y no sólo por las condiciones en las que se desarrolla, sino por lo que significa para las mujeres en general que unas cuantas vendan su cuerpo y, particularmente, a través del sexo.

En esta situación confluían múltiples elementos:
* Por nuestra parte desconocíamos la realidad de las prostitutas (así como muchas otras situaciones por las que pasaban las mujeres) y teníamos cierta tendencia a hablar de generalidades sin escuchar a quienes están viviendo esas situaciones
* La consideración de la sexualidad como algo “sagrado”, como algo que compromete más que cualquier otro tipo de actividad. Una opinión tan buena o mala como cualquier otra, pero en absoluto generalizable.
* La idea de las prostitutas como “víctimas” por excelencia
* El juicio de que esta actividad comporta indignidad: valoración moral de quiénes las ejercen
* Las prostitutas, por su parte, se sentían cuestionadas y juzgadas por nosotras, lo que les llevaba a victimizarse o bien a evitar el contacto con las feministas.
Cuando creamos Hetaira, nuestra finalidad  no era tanto hacer actividades para las prostitutas sino crear junto  con ellas una organización, un espacio de intercambio entre mujeres, donde pudiéramos cuestionar el estigma que pesa sobre ellas.
Posibilitar, cuidar y alimentar esta alianza entre mujeres nos parece lo fundamental de nuestro trabajo. Y nos lo parece así porque para nosotras luchar contra el estigma que tienen las putas es cuestionar uno de los pilares de la ideología patriarcal: la idea de que existen “buenas” y “malas” mujeres. Una idea que, pese a todos los cambios que se han producido en este terreno, nos divide y cataloga a las mujeres en función de nuestra sexualidad. Socialmente se espera de las mujeres que seamos las controladoras de nuestro deseo y del deseo sexual masculino, que seamos recatadas sexualmente, no promiscuas... En definitiva, que tengamos una sexualidad mucho menos explícita que la de los hombres. Si cumplimos con este mandato, en materia sexual, se nos considera “buenas”. Si,  por el contrario, nos lo saltamos y exigimos el derecho a auto-determinarnos sexualmente, a hacer con nuestra sexualidad lo que nos plazca, sin someternos a lo que se espera de nosotras, somos “malas “. En el modelo sexual que se nos propone  socialmente,  las prostitutas aparecen y representan a las “otras”, las que no son buenas, las que condensan en sí todo lo prohibido, lo que no pueden hacer las mujeres “buenas”.
Pero ¿por qué se considera “malas mujeres” a las prostitutas? Porque:
. son “sexuales”, manifiestan la sexualidad abiertamente e incitan a los hombres
. son independientes económicamente: cobran por lo que hacen y son ellas las que ponen el precio
. pueden tener capacidad de negociar tanto el tipo de servicio como el precio
. son transgresoras: rechazo de las normas
¿Qué es lo que se castiga de las prostitutas? Se diría que más que por mantener relaciones sexuales lo que se castiga es que cobren por ello. Se supone que las mujeres están siempre dispuestas y “encantadas” cuando un hombre las reclama sexualmente (“hacer un favor”), con lo cual, en el disfrute está la recompensa. No se tolera que la recompensa sea abiertamente económica, más cuando esta recompensa económica no es como favor por parte de los hombres (diferencia con las amantes) sino algo fijado de antemano por la prostituta: “Si quieres una relación sexual, paga” (con lo que significa de poder para ellas ser las que deciden el precio).
La estigmatización de las putas es un elemento fundamental de la ideología patriarcal, es un instrumento de control para que las mujeres nos atengamos a los estrechos límites que aún hoy, encorsetan la sexualidad femenina. Las putas representan todo aquello que una mujer “decente” no debe hacer. Su criminalización sirve para escarmentar en cabeza ajena,
En el imaginario colectivo la puta representa lo prohibido. En el de las mujeres, parece que simboliza el límite que no podemos traspasar a riesgo de autoconsiderarnos indignas. Pero ¿cuántas de nosotras no ha fantaseado con ser una puta, con hacer, precisamente todo aquello que está prohibido? La transgresión de lo prohibido suele ser un acicate importante del deseo sexual.
Parece que podemos acercarnos a las putas si las imaginamos indefensas, pobres víctimas de la situación o de la maldad de los hombres pero ¿qué pasa cuando las vemos autoafirmadas y orgullosas de lo que hacen? ¿por qué nos ataca tanto la imagen de la puta sin complejos, que se autoafirma en ello?
Desde una perspectiva feminista, nos parece fundamental acabar con la etiqueta de “malas mujeres” ligada al comportamiento sexual. Y a pesar de que una de las consignas del movimiento feminista ha sido la de “somos malas, podemos ser peores” a estas alturas no tenemos claro si hemos sido conscientes de lo que significa y si realmente lo tenemos asumido. Uno de los objetivos fundamentales de nuestro trabajo en Hetaira es cuestionar y acabar con la etiqueta de “malas” y el estigma que esta etiqueta lleva aparejado, cuya expresión por excelencia son las prostitutas.
Pero tenemos que ser conscientes de que este estigma no afecta solo a las putas, sino que recae también sobre las lesbianas, las promiscuas, las transexuales, las que les gusta el sado-masoquismo consensuado... es decir, sobre todas aquellas que se atreven a desafiar los mandatos sexuales que aún hoy, a pesar de todos los avances, siguen rigiendo para las mujeres, y algunos también para los hombres. Un estigma, además, que pende cual espada de Damocles sobre todas. No en vano aún es muy mayoritario llamar puta, de manera insultante, a aquellas mujeres que manifiestan comportamientos sexuales “incorrectos” desde el punto de vista de la moral dominante o que simplemente se atreven a desafiar la situación de subordinación en la que nos encontramos (de hecho, en los primeros momentos del movimiento feminista, había gente que consideraba que las feministas éramos todas unas putas)

2. Nuestros planteamientos teóricos
 Los planteamientos que subyacen a nuestro trabajo feminista tienen que ver con las polémicas que se han dado sobre este tema dentro del feminismo. Creo que todas partimos de una preocupación común: luchar contra la situación discriminatoria que sufren las mujeres que ejercen la prostitución, en la perspectiva de incorporar esta problemática a las preocupaciones feministas y crear así un movimiento fuerte. Ahora bien en la forma de abordar el tema se han ido consolidando dos posiciones que, en estos momentos, difieren en aspectos fundamentales.
Por un lado quienes consideran que la prostitución es una forma privilegiada de ejercicio del poder patriarcal y que es una forma de esclavitud sexual para las mujeres, en las que éstas sólo pueden ser víctimas o cómplices de los hombres. No diferencian entre prostitución forzada y por decisión propia, pues una situación de esclavitud nunca puede ser voluntaria. En consecuencia, las prostitutas son vistas siempre como las víctimas por excelencia y el ejercicio de la prostitución como algo degradante e indigno en sí mismo. Para ellas la alternativa es la abolición de la prostitución y la reinserción de las prostitutas independientemente de lo que éstas quieran, o dicho de otro modo, dando por sentado que esto es lo que quieren todas ellas.
Por otro lado estamos quienes consideramos que la prostitución es un trabajo, una actividad que puede ejercerse de maneras muy diferentes. Pensamos que es importante diferenciar quienes lo hacen obligadas por terceros y quienes lo hacen por decisión individual aunque obviamente condicionada por las situaciones personales, como todo lo que hacemos en la vida. Para nosotras la existencia de la prostitución tiene que ver no sólo con la situación de desigualdad de las mujeres en relación a los hombres sino también con la pobreza, con las desigualdades Norte/Sur, con las sociedades mercantiles,  etc. Concebimos a las prostitutas con toda su dignidad y con capacidad para decidir sobre sí mismas y sobre sus condiciones de vida, aunque a veces lo tengan difícil.  Son trabajadoras a las que se les debería de reconocer los mismos derechos que tienen el resto de trabajadores. Consecuentemente nuestra alternativa pasa por descriminalizar la prostitución regulando las relaciones comerciales cuando implican a terceros y reconocerles sus derechos como trabajadoras. Siendo fundamental que cualquier política que se desarrolle en este terreno cuente con la voz de las propias prostitutas.
  3. Prostitución e inmigración
  Existe el tráfico internacional de personas, fundamentalmente mujeres, destinado a mantenerlas en situaciones asimilables a la esclavitud: personas que ni siquiera tienen la oportunidad de abandonar su lugar de trabajo o residencia, aunque sea para mendigar, para buscarse la vida en la calle, aún a riesgo de morir, pero en libertad. Este tráfico está dirigido a un mercado de trabajo clandestino que abarca todo tipo de actividades. Y no deje de ser preocupante que cuando se habla de ello sólo se piense en el que va dirigido a la prostitución.
Existen mafias que obligan a mujeres, niños y niñas a prostituirse, en régimen de esclavitud. Las fuerzan y obligan a trabajar bajo amenazas y chantajes, las mantienen encerradas, sacándolas sólo para prostituirse bajo una estrecha vigilancia, las maltratan si no hacen lo que se les ordena, no tienen libertad para moverse ni para escoger la clientela o los actos sexuales que venden... Su situación la podemos comparar con la de los esclavos. Y, no nos engañemos, en el mantenimiento de esta realidad  tan dramática e injusta están implicados gobiernos, instituciones públicas y gente poderosa.
Esta realidad es intolerable y debe ser perseguida con muchos más medios y más ahínco de los que se emplean en la actualidad. Es fundamental desenmascarar a los verdaderos culpables, no basta con penalizar a clientes y proxenetas de poca monta. Si este tráfico de mujeres, niños y niñas se da y crece cada día es porque existen poderosos intereses económicos y políticos que lo permiten y facilitan.
También en los últimos años estamos asistiendo a un aumento considerable de la inmigración a nuestro país. Los inmigrantes en nuestro país se han convertido en mano de obra barata y sobreexplotada. Entre las posibilidades de trabajo que la gente inmigrante encuentra en nuestro país  está, también, la prostitución. Las personas que vienen a trabajar en la industria del sexo son diversas y aunque fundamentalmente sean mujeres -transexuales algunas-, también vienen hombres y son personas de toda clase, de diferentes edades, niveles culturales, etnias, países, costumbres... La mayoría de ellas saben a lo que vienen aunque no tengan muy claras las condiciones en las que van a desarrollar su trabajo ni cómo van a vivir aquí. Pero sólo una minoría viene engañada.
Una pequeña parte de este flujo migratorio entra en nuestro país en condiciones de legalidad. Dadas las condiciones restrictivas que impone la Ley de Extranjería para regular la entrada y el acceso a la ciudadanía de las personas extranjeras (especialmente de aquellas que vienen de los países del llamado tercer mundo) la mayoría de inmigrantes entran en el país de manera ilegal, intentando burlar los obstáculos de todo tipo que ponen los gobiernos europeos, incluido el español, a la inmigración.
Ante esta situación parece evidente que, la mayoría de las veces, no van a conseguir entrar de manera individual sino que tienen que recurrir a otros para conseguirlo. En ocasiones son familiares que ya están aquí los que les facilitan el viaje; en otros casos, de manera excepcional, es gente solidaria que les ayuda desinteresadamente. Pero la mayoría de las veces recurren a gentes que lo hacen a cambio de dinero.
Es la ley de la oferta y de la demanda, sagrada en las sociedades capitalistas, la que posibilita que esto se dé. Con frecuencia las cantidades que pagan por entrar aquí son abusivas y les endeudan durante una larga temporada. Son muchos los que se aprovechan de esta situación.  
Pero, a no ser que consideremos mafiosos a banqueros, patronos, mercaderes y tanta gente que se aprovecha de las necesidades de las personas para acumular dinero, es conveniente distinguir entre lo que son las redes que posibilitan la entrada ilegal de emigrantes de lo que son las mafias. El término mafia se refiere a aquellas estructuras organizadas que extorsionan a las personas, mediante chantaje, coacción y violencia, para obligarles a hacer algo en contra de su voluntad. Y esto, aunque se da en algunos casos, no puede hacerse extensible a la forma como mayoritariamente entran los inmigrantes en nuestro país.  
4. La prostitución no es sinónimo de esclavitud sexual  
Cuando se habla de tráfico de mujeres, niños y niñas se habla fundamentalmente de aquellas mujeres que llegan aquí para ejercer la prostitución, sin diferenciar entre quien viene por decisión propia a ello y quién ha venido engañada y chantajeada. Asímismo, tampoco se especifica al tratar este tema las diferentes condiciones en las que se puede ejercer la prostitución o trabajar en la industria del sexo. De manera que la mayoría de las veces se habla indistintamente tanto de tráfico de mujeres como de la esclavitud sexual, presuponiendo que todas las inmigrantes han sido traídas aquí, de manera engañada, para trabajar como prostitutas en unas condiciones de esclavitud.
Por el contrario, la mayoría de mujeres inmigrantes que vemos ejerciendo la prostitución callejera o las que lo hacen en muchos locales que hay en las ciudades, presentan una realidad muy diferente. Han venido, en la mayoría de los casos, sabiendo a lo que venían, a través de redes que les han facilitado el viaje y la entrada, aunque hayan tenido que pagar cantidades desorbitadas por ello. Ejercen la prostitución como forma de sobrevivencia económica. Ellas lo consideran un trabajo, una actividad que les da un dinero para vivir aquí e incluso para enviar una parte a su país. En la mayoría de los casos, es un modo de vivir duro, que cuesta esfuerzo y supone, demasiadas veces, aguantar penalidades varias.
Pero, a pesar de estos sufrimientos, muchas prefieren seguir ejerciendo la prostitución a trabajar en otra actividad y no digamos ya a volver a su país. Entre otros motivos porque saben que, tal y como está la situación económica y el mercado laboral especialmente para las mujeres, las posibilidades de encontrar otro trabajo no son muchas. Incluso, al no tener muchas de ellas legalizada su situación aquí, no les parece que corran más riesgos en la prostitución (dada la alegalidad que la rodea) que en cualquier otro trabajo.
La mayoría decide dedicarse a la prostitución (o a la industria del sexo) porque ganan más y no tienen que estar aguantando a nadie que les diga lo que tienen que hacer. La prostitución les permite una independencia económica y una libertad de la que no gozarían con los otros trabajos a los que podrían acceder en su situación.
Obviamente, esta decisión está condicionada, como todas las decisiones que los seres humanos tomamos en la vida, por múltiples factores sociales, culturales y personales. No voy a entrar aquí en juzgar ni tan siquiera nombrar las múltiples motivaciones que pueden llevar a alguien a prostituirse. Creo que éstas son muy variadas y ciertamente las fundamentales son de orden económico, de supervivencia. Pero incluso creemos que dentro de las diferentes formas de trabajar en el comercio sexual (prostitución de calle o en lugares cerrados, sex-shops, saunas, industria pornográfica....) no es cierto que siempre las inmigrantes estén en el escalón más bajo. Por el contrario, se mueven a todos los niveles y el comercio sexual les ofrece distintas oportunidades que de otra forma no tendrían, ya que muchas de ellas gozan de un nivel cultural alto, como demuestran algunos estudios sobre la industria del sexo (Laura Agustin).
Por mucho que nos parezca un trabajo bastante duro, poco gratificante e incluso terrible para muchas personas, sobre todo mujeres, creemos que es necesario respetar la decisión de quien no desea abandonar la prostitución. Si dejamos de lado las valoraciones morales que cada cual tenga sobre la sexualidad y el sexo, nos podemos dar cuenta de que hay muchos trabajos míseros y que causan daños irreparables en la salud (minería, por ejemplo) sin que dejemos por ello de plantearnos la necesidad de que se realicen en las mejores condiciones posible, mientras no sea posible acabar con ellos. Y desde luego a nadie se le ocurre pensar en que se decrete su abolición y que las personas que trabajan en ellos deban ser reinsertadas socialmente.
Para nosotras no es conveniente hablar de prostitución como sinónimo de esclavitud sexual. Si no tenemos en cuenta las decisiones que toman las prostitutas, si las victimizamos pensando que siempre ejercen de manera obligada y forzada; si consideramos que son personas sin capacidad de decisión... todo ello implica no romper con la idea patriarcal de que las mujeres somos seres débiles e indefensos, necesitados de protección y tutelaje. Además, la experiencia demuestra que la puesta en práctica de políticas abolicionistas profundiza el abismo entre las prostitutas y el resto de la sociedad aumentando el estigma, la exclusión y la marginación social que muchas padecen.
Desde una perspectiva feminista creemos que no se trata tanto de discutir sobre porcentajes de prostitutas que ejercen de una u otra manera. De lo que se trata es de dotarnos de un marco teórico que nos permita hacer análisis que sirvan para el empoderamiento de las prostitutas, para que éstas se sientan cada vez más como sujetos de su propia vida y con derecho a mejorar las condiciones en las que se desarrolla su trabajo.

5. Sobre  proxenetas y clientes
Para nosotras al principio y hoy en día aún, para muchas feministas, los proxenetas, al igual que los clientes, han sido siempre el caballo de batalla contra el que siempre nos hemos manifestado, pensando que las leyes contra éstos favorecen los intereses de las prostitutas.
En nuestro trabajo feminista con prostitutas nos hemos dado cuenta que estas ideas no responden al sentir de las prostitutas y las discusiones con ellas nos han hecho ver algunas cosas que queremos trasladaros pues creemos que son temas complicados, que merecen que les dediquemos algo de atención, antes de pronunciarnos en contra.
En relación a los proxenetas nos preocupa especialmente la idea, que se manifiesta frecuentemente, de que detrás de una  prostituta siempre hay un proxeneta. Entre otros factores porque ellas reaccionan con enfado ante esto diciéndonos que no se corresponde con la realidad y eso nos obliga a cuestionarnos qué refleja esta aseveración. Así, dándole vueltas se diría que esta afirmación resulta insultante para ellas porque parte de presuponer  que las prostitutas son mujeres totalmente dependientes de los hombres y que se dejan comer el coco fácilmente para realizar una actividad que no quieren. Pero la realidad es bastante más compleja y variopinta y no parece que victimizándolas consigamos ver y apoyar las estrategias que utilizan para autoafirmarse y sobrevivir en una realidad bastante dura. Además, las leyes en contra del proxenetismo no cuentan con la simpatía de las prostitutas.    
La figura del proxeneta se define legalmente por el aprovechamiento económico. Pero, bajo esta figura se esconden realidades muy diferentes: los compañeros sentimentales que pueden estar en paro, los hijos que estudian gracias al dinero que la madre obtiene con la prostitución, la prostituta, ya vieja, que cuida de los hijos pequeños y recibe un dinero por ello, los que venden café o tabaco a las que se mueren de frío ejerciendo en la calle, los empresarios y dueños de bares, saunas o clubes y obviamente las mafias de prostitución forzada. Como se puede entender estas realidades tan diferentes no pueden ser tratadas bajo la misma figura penal.
Meter en prisión a compañeros, maridos o amantes porque muchas mujeres soporten situaciones que, desde fuera, nos parezcan intolerables, si no hay violencia, no es la solución. Cuando media una relación afectiva, con las dependencias que implica y el fantasma de la soledad rondando siempre hay que hilar más fino. Siempre hemos defendido que, en esos casos, es necesaria la autoafirmación de las mujeres para que no aguanten lo que consideran que no deben aguantar. Y creemos que ese baremo es válido para todas las mujeres, las prostitutas y las que no se dedican a la prostitución. Tratar a estos compañeros sentimentales como proxenetas implica ponérselo más difícil y exigir más que al resto de las mujeres precisamente a aquéllas que, por el trabajo que realizan y por el estigma social que sufren, sienten más la soledad afectiva y tienen más dificultades para establecer relaciones amorosas satisfactorias
En cuanto a los clientes nos preocupa especialmente la idea, bastante generalizada de  que quien paga domina y esclaviza. Si escuchamos lo que dicen las prostitutas de los clientes parece que entre éstos existe una gran variedad de comportamientos y actitudes a la hora de dirigirse hacia ellas. Ciertamente nos podemos encontrar con algunos que acuden en plan prepotente y dominante, pero al calor de sus testimonios, son los menos. La mayoría demuestra otra actitud.
Pero nos gustaría aprovechar este marco para reflexionar sobre las ideas que subyacen detrás de estas aseveraciones. Nosotras pensamos que, además del desconocimiento de la realidad, existe un prejuicio muy fuerte en contra de los hombres y particularmente cuando se habla de temas relacionados con la sexualidad. Se puede decir que la prostitución, como institución, está mayoritariamente al servicio de los hombres, pero eso no implica que los hombres en concreto que la utilizan lo hagan siempre de manera prepotente y agresiva. Por eso somos contrarias a medidas como las aprobadas en Suecia que penalizan a los clientes y proxenetas.  

6. El reconocimiento de derechos  

Desde nuestro punto de vista las posiciones abolicionistas, por impracticables e impositivas, son las que más favorecen a las mafias, pues, como se ha demostrado también en otros asuntos, son precisamente las condiciones de clandestinidad y de falta de derechos reconocidos, las que favorecen que los poderosos campen por sus respetos y los sectores más desfavorecidos (en este caso las mujeres y niñas) queden totalmente desprotegidos frente a los abusos y la sobre-explotación.
Tampoco estamos de acuerdo con las políticas reglamentaristas que tienen como objetivo fundamental controlar y ordenar la prostitución según los intereses estatales.
Nos guste o no, la prostitución es una realidad que forma parte de nuestras sociedades y que no parece que vaya a desaparecer a corto plazo. No tener esto en cuenta es taparse los ojos ante la realidad y significa no actuar sobre ella, ni modificarla un ápice.
El feminismo siempre ha defendido la autonomía de las mujeres y su empoderamiento para poder luchar contra las diferentes formas de opresión y discriminación que sufrimos. Siempre hemos dicho también, lo hartas que estamos de tutelas de todo tipo y de ser consideradas seres indefensos y ciudadanas de segunda categoría.
En los debates sobre prostitución, estas premisas también deben de estar presentes. No se trata sólo de ver qué número de mujeres ejerce en condiciones de esclavitud y cuántas como opción personal. El conocimiento de la realidad es importante y ésta nos demuestra que hay de todo, que la prostitución es una realidad diversa y que diversas son las condiciones de trabajo y las vivencias de las prostitutas. Pero, más importante aún es saber qué hacer para cambiar esto y qué mensajes lanzamos en primer lugar a las prostitutas y también al resto de la sociedad.
Sabemos que las que trabajan por opción propia sufren también abusos económicos y sexuales, menosprecio y discriminación. Luchar contra esto exige aumentar su conciencia, su auto-estima, y su seguridad personal. Para ello es imprescindible reconocer su oficio y hablar de profesionalidad. Como Carla Corso manifiesta en su autobiografía Retrato de Intensos Colores, “si trabajas como prostituta desde hace veinte años, para ti es un trabajo. Por lo tanto no importa de qué forma se quiera considerar este trabajo, para bien o para mal; si no quieres que te engañen, tienes que aprender bien las reglas, las artimañas, las estrategias, los trucos, las estratagemas o las técnicas más sofisticadas.... El verdadero salto a la profesionalidad se da cuando aprendes, claramente, cuáles son las relaciones que estás dispuesta a mantener, es decir, lo que quieres dar al cliente. Y siempre es lo menos posible, pero nunca es igual de una prostituta a otra. Profesionalidad quiere decir poner un límite muy preciso al tipo de relación que quieres tener”.
Si pretendemos hacer del feminismo un instrumento que sirva para que mujeres de diferentes situaciones puedan luchar contra las discriminaciones específicas que sufren, y del movimiento feminista un lugar de confluencia y debate que aúna esta diversidad, no podemos seguir considerando a las prostitutas sujetos pasivos y alienados, planteando que sólo dejar de ejercer es lo consecuentemente feminista. Por el contrario, darles voz y protagonismo reflexionando conjuntamente con ellas y atreviéndonos a ser consideradas, también nosotras “malas mujeres” parece que puede ser un camino más apropiado para buscar soluciones y mejoras en este terreno. Las diferentes propuestas feministas no son, hoy por hoy, más que propuestas. Hasta que las afectadas las hagan suyas y las pongan en práctica es imposible de saber cuáles son más acertadas o menos.  
            Por la experiencia de otros países estamos convencidas de que las leyes específicas contra el tráfico de mujeres no sirven para mejorar las condiciones de vida y de trabajo de millones de mujeres que se ven forzadas a emigrar para trabajar en lo que sea, sino que son utilizadas, la mayoría de las veces para expulsar a las mujeres que han entrado de forma ilegal. Siendo la prostitución un trabajo estas mujeres, en la medida que tienen trabajo podrían ser legales. Pero mucho nos tememos, al calor de lo que está pasando, que estas leyes, en última instancia sirven, fundamentalmente para criminalizar la prostitución y la inmigración.
La utilización de abstracciones teóricas como “tráfico de mujeres”, “violencia de género” o “esclavitud sexual” tienen grandes resonancias emocionales pero son poco explicativas de las situaciones complicadas y complejas de las personas que pasan por ellas. Para actuar sobre la realidad es necesario diferenciar bien las situaciones que queremos mejorar y proponer medidas específicas para cada caso. Este tipo de abstracciones ocultan, además, las vivencias y las tácticas que utilizan las mujeres para vivir y luchar por su autonomía. Incluso en las situaciones más lamentables y dramáticas, las personas tenemos un margen de actuación y de decisión propia. El feminismo debe apostar por ampliar este margen de decisión y autonomía y eso no es posible desde la victimización.
La prostitución plantea un reto al feminismo: ser capaz de promover el orgullo entre las prostitutas y, a la vez, aspirar a una sociedad en la que las relaciones sexuales y sociales, en general, no estén mercantilizadas. Es un reto difícil, sin duda, pero también apasionante, pues solventarlo bien tiene repercusiones no sólo para las prostitutas sino también para la libertad sexual de todas las mujeres, independientemente del trabajo o la situación social que tengamos cada una de nosotras.  
 Críticas a algunas medidas que se están tomando contra el tráfico de mujeres
Nos parece intolerable e injusto las medidas adoptadas en algunos países europeos y discutidas en la Comisión Europea de otorgar un permiso de residencia temporal de 3 meses a aquellas personas que denuncien las mafias “para testificar en los juicios contra éstas” sin plantearse la posibilidad de que las mujeres inmigrantes detenidas en las redadas contra las mafias puedan optar por quedarse en el país para trabajar en otro trabajo o seguir en la prostitución en mejores condiciones.
Asimismo nos parecen inaceptables las medidas que figuran en el III Plan para la Igualdad de Oportunidades que se pronuncia en el mismo sentido y cuya preocupación fundamental parece ser la de castigar a los culpables y “rehabilitar” a las prostitutas, sin darles más opciones que la vuelta a su país de origen.
Aún más inaceptable nos parece que se recurra al Tratado de la ONU firmado por el gobierno franquista en el año 49 y que considera condenable moralmente todo lo que rodea la prostitución. Una resolución, que desde nuestro punto de vista impide el reconocimiento de ésta como una actividad lícita, así como el reconocimiento de derechos para quien trabaja en ella.
Por el contrario nos parece imprescindible el reconocimiento legal de la prostitución como trabajo, pues esta es la única manera  de separarla del mundo del delito. La forma concreta de este  reconocimiento debe contar con las prostitutas y debe tener siempre presente la defensa de sus intereses pues son ellas la parte más desfavorecida en este trabajo.
Otro aspecto muy importante: no nos parece necesario que exista una legislación especial para defender a las prostitutas de los abusos o las agresiones que puedan sufrir. Creemos que con la legislación actual es suficiente. Es más nos preocupa especialmente la última reforma que se ha hecho del Código Penal en su Título VIII que introduce un nuevo apartado en el artículo 188 que se refiere explícitamente al tráfico de personas con fines de explotación sexual. Este artículo, como recordaran ustedes, penaliza a “quien directa o indirectamente favorezca la entrada, estancia o salida del territorio nacional de personas, con el propósito de su explotación sexual empleando violencia, intimidación o engaño, o abusando de una situación de superioridad o de necesidad o vulnerabilidad de la víctima”.
* Para quien obliga a otra persona a prostituirse ya está el Código Penal que lo tipifica como delito.
* Igualmente, los abusos o agresiones físicas, psíquicas o sexuales ya existen en el C.P. otros artículos  que permite su denuncia y castigo.
* Para los abusos económicos y las malas situaciones de trabajo son necesarias leyes laborales que defiendan los derechos de las trabajadoras del sexo.
* Meter en prisión a compañeros, maridos o amantes porque muchas mujeres soporten situaciones que, desde fuera, nos parezcan intolerables, si no hay violencia, no es la solución. Cuando media una relación afectiva, con las dependencias que implica y el fantasma de la soledad rondando siempre hay que hilar más fino. Siempre hemos defendido que, en esos casos, es necesaria la autoafirmación de las mujeres para que no aguanten lo que consideran que no deben aguantar. Y creemos que ese baremo es válido para todas las mujeres, las prostitutas y las que no se dedican a la prostitución. Tratar a estos compañeros sentimentales como proxenetas implica ponérselo más difícil y exigir más que al resto de las mujeres precisamente a aquéllas que, por el trabajo que realizan y por el estigma social que sufren, sienten más la soledad afectiva y tienen más dificultades para establecer relaciones amorosas satisfactorias.  
Nuestra intervención feminista
Paso ahora a plantear algunos elementos que forman parte del trabajo de Hetaira.  
1. La lucha contra el estigma. En el trabajo que venimos desarrollando desde hace años hemos podido constatar que lo que mayoritariamente genera las malas vivencias de las prostitutas, sus angustias, la baja autoestima etc. no son tanto las prácticas sexuales que desarrollan en el ejercicio de su trabajo sino las condiciones sociales en que lo ejercen y el menosprecio de la sociedad hacia ellas. El estigma que implica ser considerada una puta lleva a que toda su vida se vea reducida a esta categoría  y que todos sus actos sean juzgados desde este prisma, aplicándose varas de medir más estrictas y prejuiciadas para ellas que para otros sectores sociales (por ejemplo: si una mujer trabaja asalariadamente limpiando casas y su marido está en paro despierta la solidaridad de la gente, por el contrario si la mujer se dedica a la prostitución siempre se presupone que sus compañeros afectivos son chulos que las explotan). Este estigma conlleva diferentes problemáticas:
* Un fuerte sentimiento de culpabilidad que convive con el deseo de legitimidad. La búsqueda de legitimidad y el apoyo que se reciba en este proceso suele ser un elemento central para superar el estigma. De ahí la importancia de la organización y de asumirse como tal, siendo importantísimo en este proceso la reivindicación de la prostitución como un trabajo, primer paso en su proceso de legitimación.
* El secreto con el que se desarrolla la actividad, secreto que implica abandono de la ciudad de origen, miedo a ser descubiertas y sobre todo mucha soledad. Esta soledad conlleva frecuentemente la idealización de las relaciones afectivas (que a menudo son fantaseadas a lo “Pretty Woman”) pero, junto con la conciencia de la dificultad de encontrarlas, entre otras cosas por su condición de putas. Cuando estas relaciones afectivas se dan se vuelcan en ellas haciendo regalos y manteniéndolos a “cuerpo de rey”, y el miedo a perderlas provoca en muchos casos, dependencias afectivas y la tendencia a ceder siempre para que el otro esté contento y no las abandone. Pero hay que tener en cuenta que estos problemas no son exclusivos de las mujeres que ejercen la prostitución.
Las respuestas ante el estigma son también variadas y pasan por fases diferentes:
* La negación del hecho de que obtienes ingresos ejerciendo la prostitución. Esta respuesta la encontramos frecuentemente entre los sectores de prostitutas ocasionales, entre aquellas que están en programas de “reinserción laboral” o entre algunos sectores de mujeres inmigrantes.
* La búsqueda de justificaciones a su situación, la dramatización de las propias vidas y la victimización consiguiente, que parece descargar algo la responsabilidad individual.
* La elaboración de la experiencia y llegar a asumirse como tal que implica no avergonzarse y reivindicarse con dignidad trabajadora del sexo.  
2. Promover lazos de solidaridad y apoyo entre ellas que sirvan de embrión organizativo. Por lo que sabemos de la experiencia de otros países el tipo de organización de prostitutas que ha funcionado es más parecido a una red que una organización estable de tipo sindical. La movilidad, el tipo de trabajo tan competitivo y con horarios muy dispares, las condiciones de vida difíciles para un amplio sector de prostitutas de calle, los diferentes intereses entre ellas (que frecuentemente provocan enfrentamientos) la dificultad para identificarse como prostitutas, etc. hace que la conciencia colectiva esté muy poco desarrollada y que sólo se manifieste en momentos  concretos, ante agresiones que les afectan de forma colectiva. Nos preocupa especialmente la diversidad de intereses entre ellas y las contradicciones que de ello se derivan : cómo aprender a resolver las diferencias, a encontrar los puntos que unen por encima de los que las dividen, aprender a mediar, negociar... todo ello nos parece imprescindible para que puedan tener voz propia y actúen  como sujetos sociales, especialmente en aquellas problemáticas que les afectan directamente. Por ejemplo la lucha contra Tele Madrid para que respeten el derecho a la imagen de las prostitutas o cuando el asesinato de una prostituta en el metro de Antón Martín o las discusiones llevadas con algunas inmigrantes y las de aquí para acercar posiciones.  
3. Formar liderazgos, capacitarlas para las apariciones públicas: cursos de formación en habilidades sociales, preparación con ellas de intervenciones a través de dramatizaciones, etc.  
4. Apoyo concreto en sus problemas cotidianos a través de las asesorías que tenemos en el local y de salir con una furgoneta por las zonas de prostitución repartiendo condones, un folleto al estilo cómic en el que se explican las enfermedades de transmisión sexual y los cuidados necesarios para prevenirlas y ofreciendo nuestro apoyo legal.  
5. Mediar en los conflictos. Tanto en los que se dan entre ellas debido a los diferentes intereses y problemas que padecen y que provocan enfrentamientos de todo tipo (las toxicómanas frente a las que no lo son, las inmigrantes frente a las de aquí, las de clubes frente a las de la calle...) como en los conflictos que se dan con el vecindario, la administración , etc. Por ejemplo cuando la situación de conflicto en Méndez Álvaro.  
6. Promover ideas sobre los derechos que tienen. También en una doble vertiente, por un lado favorecer entre ellas el debate sobre sus problemáticas, intentando elaborar alternativas. Por ejemplo organizamos un debate sobre la legalización de la prostitución y las propuestas que avanzaron Álvarez del Manzano y Ruiz Gallardón en las últimas elecciones. Por otro, llevar estos debates a la sociedad, a sectores sociales que están implicados de una u otra manera en el trabajo con ellas (trabajadoras sociales, psicólogos...) Por ejemplo a través de cursos en la Escuela Universitaria de Trabajo Social.


Fuente: Pensamiento Critico