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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Abriendo brecha en la búsqueda de justicia: Violencia sexual contra mujeres q´eqchís en Guatemala






Luz Méndez Gutiérrez
En este artículo se narran y se analizan las historias de lucha por la justicia que han emprendido dos grupos de mujeres indígenas del pueblo q´eqchí de Guatemala, quienes viven el municipio de El Estor, departamento de Izabal. El primer grupo está conformado por quince mujeres de la comunidad Sepur Zarco, que interpusieron en el sistema de justicia de Guatemala una demanda penal por esclavitud sexual en un destacamento militar durante el conflicto armado. El segundo grupo lo integran once mujeres de la comunidad Lote Ocho, quienes presentaron en Canadá una demanda legal contra una empresa minera transnacional, por violaciones sexuales perpetradas por sus agentes de seguridad en Guatemala.

Elementos del contexto

Los acontecimientos que se relatan en este artículo tuvieron lugar en la región del Valle del Río Polochic, la cual abarca varios municipios de los departamentos de Alta Verapaz e Izabal, en el nororiente de Guatemala. Esta región es rica en recursos naturales, como fértiles tierras, abundante agua, petróleo, níquel y otros minerales. En esta región se vive actualmente un proceso de reconcentración de la tierra para la producción de agro combustibles, tales como la palma africana y la caña de azúcar, así como la intensificación de la extracción minera. Dichas actividades se han impulsado a costa de nuevos despojos de tierras a la población campesina, generando conflictividad social, violencia y profundización de la aguda desigualdad en la estructura de tenencia de la tierra. Según el último censo agropecuario, el 57% de la tierra se halla en poder del 2% de propietarios, mientras que, en el otro extremo, el 3% de la tierra corresponde al 45% de propietarios (INE, 2004).

Al finalizar el conflicto armado, que duró más de 30 años, la Comisión de Esclarecimiento Histórico, reveló que durante ese período, en el marco de las graves y masivas violaciones a los derechos humanos contra la población civil, la violación sexual fue una práctica generalizada y sistemática realizada por agentes del Estado en el marco de la estrategia contrainsurgente, llegando a constituirse en una verdadera arma de terror, en grave vulneración de los derechos humanos y del derecho internacional humanitario (CEH, 1998: 13)

Después de la firma de los Acuerdos de Paz en 1996 hubo avances importantes en la construcción y fortalecimiento de la institucionalidad democrática. Para los movimientos sociales esto significó la apertura de espacios para la participación ciudadana y la incidencia política, que ha dado como resultado la construcción de un marco legal favorable a los derechos humanos. Sin embargo, durante los años recientes se ha dado un proceso de involución, afectando especialmente al sistema de seguridad. Actualmente uno de los grandes problemas que afronta la ciudadanía son los altos índices de violencia delincuencial. En esto inciden viejos problemas socioeconómicos, políticos e institucionales no resueltos, así como el incremento de la economía criminal, particularmente el narcotráfico. En ese contexto, el feminicidio y otras formas de violencia contra las mujeres se han incrementado.

Los hechos de violencia sexual contra mujeres q´eqchís

Las mujeres de Sepur Zarco. En el marco del conflicto armado, mujeres del pueblo q´eqchí de varias aldeas de Izabal y Alta Verapaz fueron víctimas de esclavitud sexual en el destacamento instalado por el ejército en la aldea Sepur Zarco. En agosto de 1982 las mujeres fueron violadas sexualmente por los soldados, en sus casas, frente a sus hijos e hijas. Unos días antes miembros del ejército habían secuestrado y desaparecido de manera forzosa a los esposos de las mujeres. Ellos eran campesinos que se habían organizado para obtener los títulos de propiedad de sus tierras. A partir de ese momento las mujeres fueron sometidas a esclavitud sexual y esclavitud doméstica en el destacamento militar, durante períodos que van de seis meses a seis años. Organizadas por “turnos”, ellas fueron forzadas a presentarse cada dos días al destacamento, en el cual fueron violadas en forma sistemática y múltiple. A la esclavitud sexual se sumó la esclavitud doméstica, ya que tenían la obligación de preparar la comida y lavar los uniformes de los soldados. La explotación económica llegó al extremo de ser forzadas a proporcionar el maíz y el jabón, lo cual implicó que los hijos de las mujeres fueron sometidos a niveles extremos de pobreza y hambre (Méndez, 2012).



Las mujeres de Lote Ocho. 
El 17 de enero de 2007 un número indeterminado de mujeres de la comunidad Lote Ocho fue víctima de violación sexual, durante el desalojo violento de tierras perpetrado por agentes de la seguridad privada de la Compañía Guatemalteca del Níquel (CGN), conjuntamente con agentes de la Policía Nacional Civil y el ejército. La CGN era en esa época subsidiaria de la empresa minera transnacional HudBay Minerals, cuya sede se encuentra en Canadá. Cuando los agentes de la seguridad privada y estatal llegaron a la comunidad Lote Ocho, los hombres se hallaban realizando labores agrícolas en el campo. Los agentes atraparon a las mujeres en sus casas o en los alrededor cuando éstas trataban de huir, y las violaron delante de sus hijos. Muchas de ellas fueron violadas en forma múltiple, incluso por diez hombres.

Los dos grupos de mujeres fueron víctimas de múltiples violaciones a los derechos humanos. A las mujeres de Sepur Zarco, además de la violencia sexual y el asesinato o desaparición forzada de sus esposos, los soldados les destruyeron sus casas, cosechas y otros bienes materiales. Lo mismo ocurrió en la comunidad Lote Ocho donde los guardias de la CGN y los agentes del Estado quemaron las casas y las siembras. Mujeres de ambos grupos fueron forzadas a refugiarse en las montañas para escapar de la represión. Durante el desplazamiento murieron varios hijos e hijas de mujeres de Sepur Zarco, producto de enfermedades y la falta de alimentos.

Las secuelas

Las secuelas de la violación sexual son profundas y de larga duración. Entre las consecuencias físicas, las mujeres protagonistas de estas historias tuvieron abortos, embarazos forzados, incapacidad de volver a concebir, dolores que les han durado por muchos años, así como otras enfermedades.
 
Entre las secuelas psicosociales destacan el impacto del silencio y la estigmatización. Las mujeres de Sepur Zarco guardaron silencio durante 25 años sobre la violencia sexual vivida. Las mujeres de Lote Ocho también callaron durante varios años sobre la violación sexual. El tener que mantener en silencio hechos de tan profundo impacto en sus vidas, ha sido una pesada carga para ellas. La estigmatización social, que ha afectado a los dos grupos, ha tenido una especial crudeza para las mujeres de Sepur Zarco. El rechazo y los señalamientos contra ellas en su propia comunidad, en donde incluso han sido calificadas como “las mujeres malas”, les ha causado gran sufrimiento.

La violación sexual es el único crimen por el cual socialmente la vergüenza y la culpa recaen en los hombros de las propias víctimas y no en los perpetradores. Allí se halla la principal raíz del silencio forzado y la estigmatización social. Además, tales impactos son resultado del hecho que la violación sexual no se interpreta como una violación a los derechos humanos, como un problema social y político, sino como algo que corresponde al ámbito de la esfera privada.

Pasado-presente: el continuo de violencia sexual contra mujeres indígenas
La investigación en curso sobre acceso a la justicia para mujeres indígenas y campesinas, revela la existencia de patrones similares en la violencia sexual perpetrada contra mujeres q´eqchís en el pasado y el presente. Aún cuando median treinta años entre unos hechos y otros, las mujeres de los dos grupos fueron violadas en forma atroz, masiva y múltiple. Para comprender este continuo de violencia es necesario analizar la forma en que se entrelazaron en la vida y los cuerpos de las mujeres la opresión de género, el racismo contra los pueblos indígenas, así como la conflictividad agraria, que para el grupo de Sepur Zarco se expresó en el contexto del conflicto armado.

El despojo de tierras y la violación sexual de mujeres indígenas son dos problemas estructurales que han estado íntimamente entrelazados en la historia de Guatemala. Este vínculo despojo de tierras-violación sexual se halla en la base de las violaciones sexuales contra las mujeres de Sepur Zarco y Lote Ocho. Las mujeres de los dos grupos identifican que las condiciones contextuales que dieron origen a la violencia sexual que sufrieron están íntimamente vinculadas a las luchas comunitarias por la defensa de sus tierras. Las mujeres de Sepur Zarco explican que la violencia sexual de la cual fueron objeto es resultado de la represión contra los campesinos indígenas que se organizaron para obtener los títulos de propiedad de sus terrenos. La violencia vino porque luchamos por la tierra. (SZ.1-9). Para las mujeres de Lote Ocho el despojo de tierras y la violación sexual son dos violaciones a los derechos humanos que sufrieron de forma simultánea. Durante el segundo desalojo fue cuando nos hicieron el daño, en este segundo desalojo fue cuando fuimos violadas (L8.3-1).

En efecto, durante los hechos de violencia contra las mujeres de Lote Ocho y Sepur Zarco la violación sexual fue utilizada como mecanismo de control y sometimiento, como un medio de intimidación y castigo hacia las mujeres y sus comunidades, las cuales se habían organizado para defender sus tierras ancestrales. En ambos casos la violación sexual fue una herramienta para el despojo de tierras a la población campesina indígena. Además, la violencia sexual de la cual fueron objeto las mujeres de Sepur Zarco fue utilizada como arma de guerra en el marco de la política contrainsurgente del Estado durante el conflicto armado.

La dominación de género o sistema patriarcal jugó un papel central durante los hechos de violencia contra los dos grupos de mujeres, ya que aportó una ideología, así como un conjunto de normas y prácticas sociales que asignan a las mujeres una condición social de subordinación, mientras que otorga a los hombres una posición de supremacía. La violencia contra las mujeres constituye un componente estructural del sistema de dominación de género. Una de las características distintivas de este tipo de violencia es que se halla no sólo legitimada sino también normalizada socialmente. En los imaginarios patriarcales los hombres socialmente tienen el derecho de poseer y controlar a las mujeres, para lo cual el repertorio de mecanismos utilizados incluye la utilización de la violencia. La lógica patriarcal de concebir a las mujeres como propiedad de los hombres fue funcional a la política contrainsurgente durante el conflicto armado. El cuerpo femenino, que también se interpreta como territorio, fue utilizado para afirmar dominio y demostrar poder sobre otros hombres. La misma lógica aplica respecto a las violaciones sexuales contra las mujeres durante los desalojos de tierras en la época actual.

El racismo contra los pueblos indígenas ha facilitado la perpetración de la violencia sexual contra las mujeres indígenas, al profundizar su condición de inferioridad social. En Guatemala el 41% de los habitantes se identifica como indígenas y el 59% como no indígenas (INE, 2002). Los pueblos indígenas están compuestos por 23 grupos etnolingüísticos, mayoritariamente provenientes del pueblo maya. Una de las mayores riquezas de Guatemala es su diversidad étnica, cultural y lingüística. Sin embargo, históricamente estos pueblos han sido sometidos a un acendrado racismo, el cual se halla especialmente arraigado en la elite económica dominante. No obstante, el racismo ha penetrado todas las clases y grupos sociales, llegando a naturalizarse de tal manera que incluso las clases subalternas lo utilizan como elemento de recreación de su propia identidad (Casaúz, 2008: 20).

Abriendo brecha en la búsqueda de justicia

Las mujeres de los dos grupos buscaron justicia por senderos diferentes. En ese caminar las principales estrategias que han utilizado han sido la organización de grupos de mujeres –lo que les permitió contar con un espacio de confianza para hablar sobre la violencia sexual–, así como la construcción de alianzas con organizaciones feministas y de derechos humanos, a nivel nacional e internacional. Estas organizaciones han trabajado conjuntamente con los dos grupos de mujeres, desde una visión de transformación social.


Las mujeres de Sepur Zarco, en el marco de la justicia transicional, participaron en un proceso de construcción de memoria histórica y tomaron parte en el Primer Tribunal de Conciencia sobre violencia sexual durante el conflicto armado. Además, en 2011 presentaron una demanda penal en el sistema de justicia de Guatemala por los crímenes de lesa humanidad cometidos contra ellas por agentes del Estado durante el conflicto armado.

Por su parte, las mujeres de Lote Ocho acudieron a cortes canadienses para obtener resarcimiento y justicia por los delitos de violación sexual perpetrados por agentes de la seguridad privada de la Compañía Guatemalteca del Níquel (CGN), que era subsidiaria de la transnacional canadiense HudBay Minerals cuando ocurrieron los hechos de violencia contra las mujeres. Ellas presentaron la demanda conjuntamente con la viuda de un profesor que fue asesinado y un joven que fue herido y dejado parapléjico por guardias privados de la CGN durante otros desalojos violentos de tierras. Se trata entonces de tres demandas presentadas en el sistema de justicia de Canadá.

A la fecha los dos grupos de mujeres han tenido avances importantes en la búsqueda justicia. Un juzgado de Guatemala aceptó dar curso a la querella penal presentada por las mujeres de Sepur Zarco y un tribunal de alto riesgo escuchó los testimonios de las demandantes, en calidad de prueba anticipada, durante 2012. Por otro lado, un tribunal de Ontario, Canadá emitió en 2013 un fallo aceptando conocer la demanda legal presentada por las mujeres de Lote Ocho, así como los otros demandantes, contra HudBay Minerals.

Los dos grupos de mujeres son protagonistas de procesos legales sin precedentes. Con sus luchas estas mujeres q´ueqchís están abriendo brecha para el acceso de las mujeres a la justicia, en los ámbitos nacional e internacional. La relevancia del caso de Sepur Zarco se halla en que es la primera vez que un tribunal nacional conoce crímenes de esclavitud sexual durante un conflicto armado. Casos de otros países han sido conocidos en cortes internacionales. Esto constituye un valioso aporte a las luchas para poner fin a la violencia sexual durante conflictos armados, una de las más generalizadas y más silenciadas violaciones a los derechos humanos en situaciones de guerra. El significado del fallo de la Corte de Justicia de Canadá proviene del hecho que es la primera vez en la historia legal de ese país que se admite juzgar a una empresa canadiense por su conducta en otros países. Con esto se lanza un fuerte mensaje para impedir que empresas extractivas transnacionales canadienses violen los derechos humanos en Guatemala y otros países.

Los procesos legales aquí expuestos aún no han concluido. Son muchos los obstáculos y retos que las mujeres enfrentan en el camino que emprendieron para alcanzar justicia. En primer lugar se halla el contexto de violencia y conflictividad agraria en la región donde viven. Además, las mujeres de Sepur Zarco se sienten permanentemente amenazadas por el hecho de que conviven en las mismas comunidades con varios de los perpetradores de la violencia sexual que vivieron. Por su parte, las mujeres de Lote Ocho están siendo sometidas a enormes presiones y chantajes por parte de la Compañía Guatemalteca del Níquel con el fin de que retiren la demanda legal en Canadá.

No obstante, lo avanzado hasta ahora por estos grupos de mujeres, renueva las esperanzas de que es posible organizarse y construir alianzas para romper el silencio y luchar para poner fin a la impunidad por violación sexual y otros graves crímenes cometidos contra las mujeres y sus comunidades. En el largo plazo lo que se busca es construir una sociedad justa, con respeto a los derechos humanos y sin violencias de ningún tipo.

Bibliografía:
Casaús Arzú, Marta Elena (2008). Genocidio, ¿la máxima expresión de racismo en Guatemala? Guatemala: F&G editores.
Comisión de Esclarecimiento Histórico 5–CEH– (1998). Memoria del Silencio, Las violaciones de los derechos humanos y los hechos de violencia. Tomo III, Guatemala.

Méndez, Luz (2012). No me quiero morir sin alcanzar justicia. Esclavitud sexual durante el conflicto armado en Guatemala. Programa de las Américas. http://www.cipamericas.org/es/archives/8127

Instituto Nacional de Estadística –INE (2002). XI Censo Nacional de Población y VI de Habitación. Guatemala.

Instituto Nacional de Estadística –INE (2004). IV Censo Nacional Agropecuario, Tomo I. Guatemala.

Sobre la autora

Luz Méndez Gutiérrez es investigadora y activista social, cuyo trabajo se enfoca en la erradicación de la violencia contra las mujeres y la plena participación de las mujeres en procesos de justicia y paz. Tiene una maestría en administración pública y especialización en estudios de género. Actualmente coordina el proyecto de investigación Acceso a la justicia para mujeres indígenas y campesinas en Colombia y Guatemala, una iniciativa colaborativa entre el Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial –ECAP–, en Guatemala, así como la Universidad Javeriana y el Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia, en Colombia. 
 
 
 FUENTE: 
  [1] Artículo publicado en el boletín internacional Múltiples No. 20, octubre 2013, Just Governance Group, Canadá. Este artículo refleja algunos de los hallazgos de la investigación Acceso a la justicia para mujeres indígenas y campesinas en Colombia y Guatemala.

viernes, 2 de agosto de 2013

“Sé que la justicia es mía aunque me la nieguen"

Rosa Elvira Coc, representante de las 11 mujeres sobrevivientes a violencia sexua
Cristina Chiquin 
Prensa Comunitaria 

El 22 de julio de 2013 la Jueza Carole Brown de la Corte Superior de Justicia de Ontario, Canadá, emitió un fallo aceptando que en ese país se juzgue a la empresa HudBay Minerals, por los graves crímenes cometidas en Guatemala por la CGN, (La Compañía Guatemalteca de Níquel) subsidiaria de HudBay[1]
Esta empresa está ubicada en el municipio de El Estor, departamento de Izabal.

Las demandas  fueron interpuestas en Toronto Canadá por 11 mujeres Q’eqchi’es que fueron víctimas de violaciones sexuales masivas y múltiples durante los desalojos  violentos cometidos por agentes de la seguridad privada de la CGN, la policía nacional civil y el ejército de Guatemala, hechos cometidos el 17 de enero del 2007, en la comunidad Lote 8, en el Estor Izabal.

Las otras demandas son por el asesinato del profesor Adolfo Ich y por los disparos que recibió y dejaron parapléjico al joven Germán Chub durante una protesta pacífica realizada el 27 de septiembre del 2009 para detener otro desalojo de tierras que tenía lugar en la comunidad Las Nubes, de El Estor, y que fue reprimida por las mismas fuerzas de seguridad.

Las tres demandas que se interpusieron fueron apoyadas  por la empresa de abogados Klippenstein`s  y Derechos en Acción.


Ante la búsqueda de justicia, la empresa ha lanzado una campaña de desinformación y de presión contra los demandantes, Angélica Choc, viuda de Adolfo Ich; y Germán Chub.

La CGN, ha llevado un conjunto de presiones, chantajes e intimidaciones a la comunidad de lote 8,  así como ofrecimientos engañosos para que se retiraran las demandas, las presiones fueron dirigidas especialmente contra las mujeres  que fueron violadas sexualmente.


El ofrecimiento de la empresa fue que se daría dinero y empleo, a las personas de la comunidad de lote 8 a cambio de que las mujeres retiraran la demanda por violación sexual, a pesar de ello las mujeres se han mantenido firmes en la búsqueda de justicia.

Luz Méndez de la Unidad Nacional de Mujeres Guatemaltecas expresó:

“Durante muchos años los abogados de la empresa, pidieron que no se Juzgará en Canadá, pero eso no fue aceptado ya que se buscaba tener garantía de tener justicia y esta no se podía garantizar en Guatemala”
“El hecho trascendental, es que es la primera vez que esto ocurre en Canadá, es decir es la primera vez que se acepta una demanda de víctimas por los hechos cometidos por las empresas de  Canadá en otro País”

Rosa Elvira Coc, representante de las 11 mujeres sobrevivientes a violencia sexual expresó:

“Para este Gobierno de Guatemala nosotros no somos nada, no somos personas, para la justicia en Canadá  pareciera que si hay una luz en donde se nos puede respetar, nuestra dignidad, nuestros derechos como indígenas”

“La empresa en el Estor está ofreciendo cosas a cambio de que nosotras nos sigamos con esto”

Rosa Elvira, comentó de cómo ella ha sido víctima de amenazas por estar en la búsqueda de justicia
“Aunque han sido muchas las amenazas que he recibido, me han dicho que donde me encuentren me van a matar pero no por eso voy a detener esa lucha, voy a seguir hasta donde llegue mi vida”

Muchas otras mujeres sufrieron violaciones sexuales sin embargo, únicamente 11 de ellas fueron las que decidieron denunciar,  La mujeres sobrevivientes de violación sexual han estado en permanente lucha por su territorio, vida y bienes naturales, enfrentándose a diversas amenazas y violaciones de derechos por parte de la empresa CGN.


Germán Chub, expreso también su sentir ante el resultado obtenido en Canadá:

“Aquí en Guatemala no somos escuchados, lo que pedimos es que se haga justicia, que se sepa lo que nos ha pasado”

Angélica Choc, viuda de Adolfo Ich,  agradeció la presencia de los medios de comunicación y a las organizaciones especialmente a derechos en Acción por el acompañamiento durante este proceso.

Por otro lado expreso el dolor que siente, ante el despojo que hacen las empresas extractivas contra el pueblo de Guatemala.  También les dio su sentido pésame a las familias de los tres estudiantes asesinados dentro de las instalaciones de La Compañía Guatemalteca de Níquel.[2]

“yo sé el dolor que están pasando, el mismo dolor que yo he pasado después del asesinato de mi esposo por el jefe de seguridad de la empresa CGN, quien es Maynor Padilla, y esa demanda penal la llevo en Guatemala, pero qué pasa,  y es que no se hace justicia”

“Sé que la justicia es mía aunque me la nieguen, porque no estoy inventando ni mintiendo ante los tribunales”


Angelica Choc, de esta manera también expresó que la lucha y la resistencia por la vida y el territorio sigue y denuncio que ante esto las empresas lo que han hecho es reprimir, desalojar y asesinar al pueblo.

“Todo a causa de qué, solo por defender nuestro territorio, por defender Guatemala, por  defender la tierra que nos alimenta a todos nosotros, porque todos aquí comemos frijol y tortilla, yo se que esa tierra es de nosotros”

De esta manera se dio a conocer el logro del fallo obtenido  en Toronto Canadá, y se denuncio las amenazas y presiones que la empresa sigue ejerciendo sobre las comunidades de Lote 8  y las Nubes, así como en otras comunidades del Estor, Izabal.

A pesar del rechazo de las comunidades y de las permanentes violaciones de derechos humanos, asesinatos  e intimidaciones que hace la Compañía de Níquel, esta continua en la región subsidiada por nuevas empresas extranjeras como lo es la compañía rusa Solway Investment Group.

Este fallo ante una corte interncional marca un precedente, pero la justicia en los tribunales nacionales no llega al pueblo de Guatemala. El mismo Gobierno sigue criminalizando la lucha social y sigue operando a favor de las empresas trasnacionales y la oligarquía, dejando a un lado la vida y los derechos del pueblo a decidir sobre sus territorios.

Las mujeres  siguen siendo quienes a través de sus voces, sus cuerpos y sus vidas, siguen defendiendo su territorio y sus comunidades. El silencio que han querido imponer sobre los pueblos y las mujeres se rompe gracias a su fuerza, al caminar en la búsqueda de justicia y del respeto de la vida.

al finalizar la actividad un grupo de jóvenes de Peronia, realizo una obra de teatro en solidaridad con la lucha de los pueblos que resisten por la defensa de su territorio. 




martes, 23 de julio de 2013

Irma Alicia Velásquez Nimatuj a Ricardo Méndez Ruiz, Presidente Fundación contra el Terrorismo




 Irma Alicia Velásquez Nimatuj

Como mujer k'iche', académica, antropóloga y periodista reconozco, el poder de la prensa y la importancia de las columnas de opinión como espacios claves para fortalecer la democracia en países profundamente desiguales, injustos y racialmente segregados como Guatemala. Posiciones ideológicas opuestas pero argumentadas y respetuosas no son un delito, por el contrario, son claves para discernir nuevos caminos que nos lleven a repensar nuestro país en base a necesidades colectivas. 

Por eso, su Campo Pagado del 15 de julio pasado, como respuesta a mi columna de opinión del 8 de julio en elPeriódico, lo asumí con desconcierto por el tono intimidatorio y amenazante hacia mí persona, no solo por el contenido del texto, sino porque implicó un acto simbólico que busca infundir terror, silenciar y censurar, características del sector más conservador que opera a nivel nacional con absoluta impunidad.


No me avergüenzo de mis orígenes ni de mis actos. Soy una mujer crítica de mi propia condición privilegiada y como feminista consciente sé que lo privado también es público, por eso, a pesar de mi profunda convicción política, jamás podría arrogarme un papel que nunca he desempeñado en la historia de mi país. 

Por el respeto a la memoria de mujeres y hombres mayas, mestizos y ladinos que entregaron su vida y cuya valentía y decisión admiro al renunciar a todo e incorporarse a los diferentes niveles de los procesos de resistencia que vivió Guatemala entre 1960 y 1996, yo no me adjudicaré un rol que no tuve en los movimientos revolucionarios, sería inescrupuloso de mi parte.


Mi único "delito" es haberme negado a reproducir los roles de servidumbre que el machismo y el racismo le asignan a la mujer indígena en este país. He dedicado más de 30 años de mi vida a estudiar con seriedad, un enorme privilegio en un país en donde de 10 mujeres indígenas 8 son analfabetas. Trabajo y pago impuestos desde los 18 años y mi educación universitaria fue costeada totalmente por mis padres. Posteriormente, mi preparación doctoral en el extranjero la construí con 14 becas que obtuve compitiendo a nivel nacional e internacional, lo cual puede comprobarse en las universidades e instituciones académicas otorgantes.


Como profesional escojo hacer públicas mis opiniones que son técnicas y basadas en años de experiencia de trabajo y acompañamiento a comunidades rurales pobres. Conozco casi todo el interior del país, no por pasatiempo, sino porque es el único camino para construir un desarrollo equitativo y justo. 

El conocimiento obtenido no lo he usado para promover actos terroristas, incentivar la muerte, buscar la impunidad, fomentar la violencia, redactar amenazas o para escalar puestos dentro de los gobiernos o de organismos mundiales en donde ya habría acumulado una considerable riqueza material. 

No señor Méndez Ruiz, yo soy una de las bisnietas de doña Cleotilde Cojulum, heredera de una línea comercial, y de don Agustín Ajqui, uno de los 52 principales k'iche' que se rebelaron ante la aniquilación de la Alcaldía Indígena en 1894 y que trabajó como agricultor y comerciante, y luchó hasta su muerte en Sociedad El Adelanto buscando la igualdad educativa para los indígenas de este país.


Este es mi país señor Méndez Ruiz, esta es mi tierra, aquí nací y aquí voy a luchar con lo que tengo: mis ideas y mi pluma. 

Aquí me rebelaré en contra de las injusticias, levantaré mi voz en contra de los atropellos que cometen la mayoría de empresas extractivas, escribiré de las miserias en que el Estado mantiene a más del 70 por ciento de mis hermanas y hermanos indígenas rurales y denunciaré la ignominia que impide que las mujeres indígenas pobres puedan tener una vida digna. 

¿Es ese mi delito para que usted impunemente me denigre y me acuse de falsedades?

Si usted y la Fundación Contra el Terrorismo tienen pruebas de que como profesional he cometido corrupción, malversación de fondos o tráfico de influencias estoy dispuesta a someterme a los tribunales de justicia de Guatemala, pero no acepto que usted me amenace y me difame públicamente. 

Y como, ni uno solo de los datos, fechas y montos que usted publicó son reales será en los tribunales de justicia en donde usted tendrá que demostrar cada una de sus injurias, calumnias, difamaciones y mentiras vertidas en contra de mi honor y el honor de mi familia. Y ante sus señalamientos yo lo responsabilizo públicamente a usted y a la Fundación Contra el Terrorismo de cualquier acción violenta pública o solapada que de aquí en adelante pueda ocurrirme a mí o a algún miembro de mi familia.


Irma Alicia Velásquez Nimatuj, Doctora en Antropología Social, Universidad de Texas en Austin.