viernes, 8 de julio de 2016

Siguen vendiéndonos el amor romántico...

Por: Nancy Martínez

Ayer vi la película Me before you 2016 (Antes de ti), con Emilia Clarke y Sam Claflin, esta es una adaptación fílmica del libro de la autora Jojo Moyes (2012), que lleva el mismo nombre.  Puedo decir que sí, durante su recorrido la sensación que me invadía era bastante entretenida, en ciertos momentos fue una historia predecible y al final, lloré.  El sentimiento que el personaje de Lou Clark produjo en mí, fue de tristeza, por la vivencia de ese amor frustrado que se fue proyectando hacia el final de la película.

Sin embargo, hoy por la mañana, mientras desayunaba, repasaba las distintas imágenes que me fue dejando esta película, y empecé a sentir cierto escozor.  Si bien es una película rosa y actual, con una colección de canciones muy interesantes en su soundtrack, es una historia tradicional.  El personaje de Lou Clark, mujer de 26 años, poco educada, la menor de la familia en edad de trabajar y posibilidad de independencia, es el típico papel de la mujer “ideal”.  Es la chica que deja sus sueños por el bienestar familiar, la que es tomada por “tonta-ingenua” por su poca aptitud laboral y profesional en acceder a mejores espacios sociales y laborales en la vida.  Y si terminamos con el sello de, una mujer comprometida con una pareja ególatra que pasa la vida pensando en sus sueños y sus deseos de éxito, con quien solo comparten el sexo en silencio, porque los demás aspectos en su vida están anulados.

Todo esto, nos lleva a encontrarnos con Will Traynor, joven apuesto de 35 años aproximadamente, quien posee una de las mayores fortunas de la región, su familia es dueña de un castillo y trágicamente queda cuadripléjico por un accidente automovilístico que gira su vida 180 grados.  El personaje es de un hombre en total pena (tristeza y agonía física), que se comporta de manera errática, autoritaria y malhumorada, quien está sujeto a los cuidados que tanto su madre como un equipo de profesionales puede otorgarle.  Dentro de ese equipo aparece Lou, esta chica con aspecto afable y único, quien viste de manera auténtica y creativa.  Es ella quien le da la razón de vida, por su aspecto tan tierno y capacidad de hacerle sonreír. 

Sí, es una historia de un amor romántico idealizado por la sociedad, donde una mujer con poco acceso educativo y profesional, entra a servir a un hombre con poder económico y social.  Pareja que encuentra el amor en desigualdad y hasta en un punto desesperado, pero que aparenta ser un sentimiento sincero en donde ella está dispuesta a cuidarle y ser su razón de vida, en esta situación de desventaja. 

Lo que más me queda de esta película es la última frase de Lou hacia Will, cuando este le pregunta si se quedará hasta el final y ella responde, “hasta que tú quieras”.[1]  Dentro del contexto y por lo que acontece en la historia, es esperable que lo diga.  Sin embargo, si en el inconsciente nos queda este tipo de amor incondicional, es algo peligroso.  Sí, porque esto es el modelo que se reproduce de la mujer abnegada que es idealizada en la sociedad porque aguanta todo el maltrato de su pareja y hasta infidelidades, porque está con él, hasta que este decida lo contrario y la deje, sin dinero y en posiciones de desventaja por haber sido esa mujer que dedicó su vida entera en cuidar y amar al otro, sin crearse un cuarto y vida propia…



[1] Traducción  propia de:
     Will: would you stay?
     Lou:  as long as you want me to…

martes, 5 de julio de 2016

El mito del instinto maternal y su relación con el control social de las mujeres

Esta publicación surge de la selección de algunos fragmentos de los capítulos de mi trabajo final de grado de la Licenciatura en Psicología, titulado “El mito del instinto maternal y su relación con el control social de las mujeres”.
Quisiera agradecer enormemente a la Prof. Adj. Lic. Elina Carril Berro, quien me acompañó como tutora durante el proceso de elaboración del mismo.


Introducción

“La maternidad, además, más que cualquier otro aspecto de género, ha sido sometida con insistencia a interpretaciones esencialistas y se la considera una prueba de lo «natural», universal e inalterable. Todo eso constituye las claves para fundar nuestras sospechas”. Mojzuk
El objeto del trabajo es responder la siguiente interrogante: ¿Cómo interviene el mito del instinto maternal en el control social de las mujeres? Esta pregunta será contestada a través de diferentes autores/as a quiénes se pondrán en diálogo, contrastando sus diversas opiniones y visiones.
El pensamiento occidental ha construido determinados fenómenos sociales como esencias, esto obstruye la posibilidad de cuestionar las prácticas y criterios en relación al género, las identidades, las sexualidades, etc. La concepción de esencia en cierta medida tranquiliza, produce la fantasía de una existencia per- se a la edificación de los roles y papeles, que los sujetos[1] habitan.
En este sentido, el mito del instinto materno trae aparejado (y se introduce) en problemáticas vigentes tales como: el aborto, la elección de la no maternidad, maternidades subversivas[2], etc. Si naturalmente las mujeres nacen con dicho instinto, saben cuál es su destino. O directamente, las mujeres que optan por la maternidad, estarán bajo la mira, sus labores serán controladas, se hace necesario ser buena madre, es paradójico, ¿No es acaso natural?
Es destacable que la verdadera mujer está asociada directamente a la maternidad. La artificidad del mito se puede ver en aquellas mujeres que deciden interrumpir su embarazo, matan a sus hijos recién nacidos, etc. Todas estas acciones aparecen tipificadas como criminológicas o antijurídicas. Es por ello que legitimar la elección de la no-maternidad se hace un desafío necesario.
El control sobre el cuerpo y la subjetividad de las mujeres se produce en el seno de un sistema patriarcal (término resignificado por Kate Millet)[3]. Diferentes instituciones sociales y tecnologías de poder se encargan de manufacturar cuerpos y mentes disciplinares. Lo primero que se asocia al pensar en seres humanos es la representación ensamblada a categorías tales como mujer/varón. Es así, que a lo que llamamos humanidad, es fácilmente reductible a una lógica binaria imperante desde la antigüedad, que se puede ver reflejada en el discurso social que establece la idea de las buenas madres, produciendo inescindiblemente a las malas madres. Las últimas no cumplen con diferentes expectativas, generando tensión, pues interpelan a las normativas de género, así como a su propia realidad.

La maternidad como construcción cultural. El género

La maternidad, tal como la concebimos en el siglo XXI, mantiene el orden social- heterosexual y legitima la “esencia” femenina que completa a las mujeres. Es una construcción cultural multideterminada que se organiza a través de normas. Éstas se establecen de acuerdo a las necesidades de los grupos sociales y se enmarcan en una época definida de su historia.
Pierre Bourdieu (citado por Scott 2008) plantea que “la división del mundo” implica “las diferencias biológicas y especialmente aquellas que se refieren a la división del trabajo de la procreación y reproducción”, opera como “las que están mejor fundadas en ilusiones colectivas”. Estos relatos establecen un control diferencial sobre los recursos materiales y simbólicos, el género se implica en la concepción y construcción del poder: “es el campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder” (Scott, 2008, p.68). Asimismo es una categoría que media entre la diferencia biológica y las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos.
El género como categoría de análisis, permite conocer complejos procesos sociales para explicar cómo se estructuran y expresan los ámbitos de lo femenino y lo masculino y cuáles son los símbolos y características que los definen y representan como construcciones culturales opuestas y simétricas. (Quezada, 1996, p.21)
El género como categoría analítica aparece en la agenda académica en el siglo XX. El feminismo que toma esta categoría, siendo el más destacado hasta la actualidad, se denominó como “la segunda ola”. Surgió en la década de los setenta’ en América Latina, y en los años sesenta en Europa Occidental y en Estados Unidos. Nace en un contexto de lucha política y cultural a nivel internacional: rebeliones anticolonialistas del tercer mundo, críticas anti-psiquiatría, revueltas estudiantiles, reivindicaciones en cuestiones de etnia, etc. Mojzuk (s.f) al hacer referencia exclusiva al feminismo y a la maternidad, dirá que:
Hoy por hoy, es difícil hacer un balance preciso de las consecuencias de las reivindicaciones feministas que datan de los años 60 y que siguen la avanzadilla de Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Con Kate Millet, las teorías freudianas quedaron cuestionadas y las experiencias vitales de las propias mujeres desmintieron lo que el psicoanálisis promulgó como características esenciales de la personalidad femenina: pasividad, masoquismo, narcisismo. Muchas de las feministas de esa época fueron tachadas de meras «reivindicadoras», con el carácter deformado por la socialización inadecuada, con su naturaleza verdaderamente femenina reprimida (…) Ni la abnegación ni el gusto por el dolor pueden formar por más tiempo la imagen de la capacidad maternal (…) Una vez más se señalaba a “las feministas rabiosas o «viriles reprimidas»” (Badinter, 1981) como incendiarias de ese calentón discursivo. (p.29)
Se hace referencia a las obras teatrales escritas por Federico García Lorca: “La casa de Bernarda Alba” (1936) y “Yerma” (1934), como ejemplos que si bien son producto de un artista en particular, no dejan de reflejar las vivencias de distintas mujeres en relación a la maternidad.
El contexto donde se desarrollan estas historias es en España, en un momento en que la sociedad era violenta y el papel de las mujeres secundario. La protagonista de la primera obra mencionada, Bernarda (quien encarna el personaje de una mujer viuda), es un ejemplo interesante para tratar el tema de maternidad, justamente porque interpela al instinto maternal, a la ternura natural de las madres que es aparentemente histórica. Yerma por su parte es una mujer que termina siendo su propia enemiga, el sentimiento que la invade es angustia. El mandato social es que toda mujer casada debe ser madre. A medida que pasa el tiempo se va sintiendo “mala” por no lograr su destino natural, se siente “seca”, palabra que alude a la esterilidad.
Las mujeres en la actualidad deben invitarse a generar autonomía, comprender la importancia de sus elecciones y que éstas sean placenteras. En relación a ello, las dos mujeres que aparecen en las obras de Lorca, están perseguidas por los fantasmas de la maternidad y el deber ser. No se trata aquí de hablar sobre las buenas madres o malas madres, sino de la escasa decisión de estas mujeres sobre sus vidas.

Desarrollo de la historia de las mujeres y de la (s) maternidad (es)

Como es sabido, la historia representa una visión y el pensamiento de quiénes la han escrito: varones de clase media pertenecientes a pueblos dominantes erigidos según el modelo androcéntrico, referentes de los espacios públicos; mientras las mujeres de los privados, quedando al margen de todo “texto”.
Excluidas, silenciadas, invisibles, las mujeres fueron ignoradas en el ámbito doméstico y privado; también en el económico, social, político y cultural. La mayoría de las veces fueron imaginadas, descritas o relatadas en forma parcial, y generalmente a través de un intermediario porque el registro directo estuvo supeditado a su acceso a la escritura. (Guardia, 2005,p.13)
El siglo XX transita por diferentes escenarios. Los cambios producidos a nivel demográfico promueven el surgimiento de las políticas natalistas, la maternidad se ve como una obligación, como un deber biológico, se invita a las mujeres a parir y se producen medidas represivas que condenan el aborto y la anticoncepción. En relación a las últimas décadas del siglo XX, Lagarde (2013) dirá que:
Las transformaciones del siglo XX reforzaron para millones de mujeres en el mundo un sincretismo de género: cuidar a los otros a la manera tradicional y, a la vez, lograr su desarrollo individual para formar parte del mundo moderno, a través del éxito y la competencia. El resultado son millones de mujeres tradicionales-modernas a la vez. Mujeres atrapadas en una relación inequitativa entre cuidar y desarrollarse. (p. 2).
El patrón (sistema) sexo – género (concepto acuñado por Gayle Rubin) se ha encargado de diagramar cuerpos y de producir sujetos cuyos destinos pareciesen estar definidos ontológicamente según la etnia, edad, sexo, clase social, etc. Es evidente que se han diseñado las categorías sociales para que sutilmente se consiga controlar a los cuerpos (y a las mentes). No se puede dejar de tener en cuenta la violencia histórica y política con la que se ejerció el poder, siempre desde una lógica androcéntrica. Lagarde (2013), en este sentido, dirá que “cuidar es en el momento actual, el verbo más necesario frente al neoliberalismo patriarcal y la globalización inequitativa” (p.2).
La cultura patriarcal que construye el sincretismo de género fomenta en las mujeres la satisfacción del deber de cuidar, convertido en deber ser ahistórico natural de las mujeres y, por tanto, deseo propio y, al mismo tiempo, la necesidad social y económica de participar en procesos educativos, laborales y políticos para sobrevivir en la sociedad del capitalismo salvaje. (Lagarde, 2013, p.2)

Las madres responsables del futuro de la humanidad

El sistema sexo-género ha designado a las mujeres el ámbito de la reproducción biológica. El diagrama social y cultural otorga a las mujeres – madres grandes responsabilidades. El dispositivo[4] que controla socialmente a las madres es el mismo que vigila a la humanidad en su conjunto. Por control social se entiende:
La capacidad del grupo social para lograr que sus miembros sigan determinados comportamientos y para sancionar los comportamientos prohibidos. El control social es la expresión más directa del poder del grupo sobre sus miembros. Poder social y control social son términos que se coimplican, pues quien tiene el poder ejerce el control y viceversa, quien ejerce el control es el que tiene el poder. (Robles, 1997, p.165)
El control social actúa como corrector de las desviaciones que se producen y como reproductor del status quo. En este sentido, Silvana Darré (2013) dirá que:
De modo constante se refuerza la idea de que la madre es la única responsable de las cualidades de su descendencia y, por extensión, también responsable del futuro de la humanidad (sea bajo la idea de nación, de futuro de la raza, de canon de salud física o mental, de la felicidad de las nuevas generaciones, o del orden social en general)”. (p.13)
El ser humano al nacer necesita de un otro que lo cuide, que lo proteja. Es evidente que un bebé no puede crecer ni desarrollarse por sus propios medios, en un principio es absolutamente dependiente. Las madres son designadas socialmente para cumplir estas funciones de cuidado, estableciéndose en ellas (desde el inicio) una dosis importante de culpa: son responsables de un individuo pequeño y vulnerable, ello puede generar una destacada carga para estas mujeres. Lagarde (2013) expresa que:
La fórmula enajenante asocia a las mujeres cuidadoras (…) el descuido para lograr el cuido. Es decir, el uso del tiempo principal de las mujeres, de sus mejores energías vitales, sean afectivas, eróticas, intelectuales o espirituales, y la inversión de sus bienes y recursos, cuyos principales destinatarios son los otros. Por eso, las mujeres desarrollamos una subjetividad alerta a las necesidades de los otros, de ahí la famosa solidaridad femenina y la abnegación relativa de las mujeres. (p. 2)
El ideal de la crianza perfecta que las tecnologías médicas venden, así como las revistas, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto, hacen que el asunto sea aún más culpógeno para las mujeres – madres. Alcanzar ese ideal es prácticamente imposible, por el simple hecho de tratarse de seres humanos. Por tanto, las madres se enfrentan a una variedad de frustraciones que deben transitar para apropiarse de su rol materno y entenderse como seres que pueden fallar, aunque esto implica un trabajo de duelo (reacciones afectivas frente a una pérdida) por un ideal.
Desde los discursos populares y médico – científicos se les transmite a las mujeres – madres determinadas prescripciones, incluso antes de que nazcan sus hijos. Se le suscita a las madres estar atentas y al servicio de las necesidades de su bebé durante las veinticuatro horas del día (al menos los tres primeros meses de vida), asimismo se inculca la lactancia exclusiva hasta los seis meses como mínimo (la OMS recomienda amamantar hasta los dos años), en relación a lo último, “Knibielhler (1993) plantea que las sociedades occidentales no han tenido una respuesta clara acerca de la naturaleza de la madre que amamanta; si se trata de una hembra (apelación al instinto) o de una madre (cultura/afecto)” (Darré, 2013, p.80).
En la actualidad, todos los síntomas, los logros y éxitos que los niños presentan en diversos ámbitos, son analizados en relación al vínculo con la madre. Todo ello da la señal que las madres pareciesen ser las únicas responsables de su futuro, por lo tanto del futuro de la humanidad en su conjunto. Pueden fracasar el resto de los vínculos del individuo pequeño pero si hay una madre “competente”, es suficiente. Como se mencionaba anteriormente, los bebés y los niños deben ser cuidados porque lo necesitan para sobrevivir y establecer vidas saludables, el problema radica en que sean exclusivamente las madres las encomendadas de tan destacada labor; la de formar ciudadanos.

La madre omnipotente

“Madre hay una sola” – “Con mi madre no te metas” – “Mi vieja es lo más grande que hay” – “Yo por mi vieja doy la vida” – “Mi madre lo dejó todo por mí” – “Mi madre es un ejemplo de mujer, siempre se sacrificó por todos” – “Tengo la mejor mamá del mundo” – “Más allá de nuestras diferencias, ella es mi madre” – “Una madre siempre quiere lo mejor para sus hijos” – “El amor de madre es el único realmente incondicional” – “A mí sólo me manda mi madre” – “Mi madre me arruinó la vida”.
Las frases que aparecen a priori son representativas de nuestro imaginario social y explicitan el lugar de omnipotencia que se les confiere a las madres. Se podría pensar y validar desde aquí la siguiente lógica de pensamiento: a mayor poder, mayor vulnerabilidad:
La figura de la mujer-madre es casi la de cualquier fármaco: cura y veneno al mismo tiempo. Cura si la dosis de presencia y soporte es la correspondiente y veneno si desborda los parámetros de la soportabilidad…(Muñoz, 2009, p.7)
Diferentes discursos institucionales se encargan de mantener viva la noción de la madre todopoderosa, el psicoanálisis es uno de ellos. En algunas de sus teorías, sobre todo en las más ortodoxas, posee una notoria tendencia a responsabilizar a las madres de la salud – enfermedad, de la felicidad – infelicidad de sus hijos. Evidentemente, el psicoanálisis se encuentra atravesado por conceptos de salud y enfermedad que continúan reproduciendo la sujeción de las mujeres en tanto madres.
Puedo parafrasear a Maud Mannoni al decir que la institución psicoanalítica ha producido con el significante maternidad el mismo efecto que la institución psiquiátrica con los diagnósticos: un abuso de poder basado en la perversión del saber cuyas repercusiones no han quedado sólo en el pensamiento de los psicoanalistas, sino que se han traducido en modalidades de trato, de subjetivación y de educación de las mujeres en tanto posibles madres. (Muñoz, 2009, p.3)

Discursos sobre la buena madre y la mala madre

Como es posible acreditar, nuestra cultura está atravesada por un pensamiento binario que divide, escinde, discrimina y adjudica diversos juicios de valor a las polaridades que fabrica. Tal como nos expresa Héritier (1996): “Es preciso considerar las oposiciones binarias como signos culturales y no como portadoras de un sentido universal. El sentido reside en la existencia misma de estas oposiciones y no en su contenido; tal es el lenguaje social y del poder” (p.221). La armadura simbólica del pensamiento filosófico y médico griego, que siglos después continúa viva, se puede visualizar por ejemplo con Aristóteles, Anaximandro e Hipócrates.
Las voces del saber también han perpetuado el lugar de las mujeres, a través de una lógica binaria y excluyente. No basta con traer hijos al mundo, hay que saber cómo hacerlo, hay que ser buena madre. El discurso que habla de las madres negligentes, aquellas que por ejemplo descuidan a sus hijos, los rechazan, los abandonan, denota la custodia sobre dicha labor. Como es posible visualizar, mantener conformes a los vigilantes de las crianzas de niños no es un tema simple, sobre todo porque implica la fiscalización de las mujeres en tanto madres. Tal como expresa Teresa de Lauretis (2000) desde que el género aparece como omnipresente y el análisis que éste promueve ya no se puede volver a la inocencia de la biología o de la naturaleza.
Para pensar el valor concedido al cuerpo de la mujer, se propone hacer referencia sobre un debate actual en estas latitudes: la despenalización del aborto (en Uruguay se despenalizó la interrupción voluntaria del embarazo antes de las doce semanas de gestación). Es de esperarse que en estos asuntos se filtren dogmas religiosos, teorías biologicistas (científico – hegemónico), etc. Tal como dirá Wittig (1978) “no hay nada abstracto en el poder que tienen las ciencias y las teorías, el poder de actuar en forma material y concreta sobre nuestros cuerpos y mentes, aun cuando el discurso que las produce sea abstracto” (p.1).
El cuerpo gestante es el de la mujer, y éste es su propiedad, por lo tanto debe ser quien tenga la última palabra (y la primera).

Legitimando la no maternidad como elección

Varios relatos aparecen asociados a la maternidad, al ser mujer. El cuerpo denominado femenino históricamente ha significado un útero para ser fecundado. Un cuerpo y una subjetividad al servicio de otro. Es sabido que en la actualidad muchas mujeres no desean tener hijos. La maternidad no es concebida por ellas como un plan vital. Es un tema complejo, las mismas mujeres generalmente consideran que una de sus obligaciones primordiales es la de ser madres.
Asimismo, la maternidad obligatoria produce extrema vulnerabilidad en las mujeres, en relación a los logros personales, como sujetos deseantes y capaces de producir (más allá de reproducir – se) en ámbitos laborales, educativos, etc.
Hablar de la maternidad voluntaria es también cuestionar todos los esencialismos de género construidos por las sociedades patriarcales, que atribuyen particularmente a las mujeres una capacidad “innata” para dedicarse al cuidado de otras personas, despreciando el cuidado para sí mismas. Por el contrario, ahora sabemos que el deseo es una construcción socio-cultural mediada por la cultura, la cual actúa de manera específica en los individuos y colectivos humanos; es decir, que mientras miles de hombres desprecian la función nutricia que comporta la paternidad, miles de mujeres se ven obligadas a asumir una responsabilidad desmedida en el cuidado de las criaturas lo cual les impide el reconocimiento y la emergencia de otras identidades distintas a la de ser madre (Programa Feminista La Corriente, 2011, p.60)

Maternidades subversivas. En el ojo de la tormenta

Por maternidad (es) subversiva (s) entiendo a las maternidades en soltería por elección y a las maternidades lesbianas: maternidades que se apartan de las relaciones de dependencia con los varones.
El conflicto que de inmediato se genera, tanto en las maternidades lesbianas como en las maternidades en soltería por elección, es el que no participe un varón en la composición familiar, también se establece desde aquí una doble moral, por un lado los hombres son imprescindibles en las familias y por otro, son justificados si se desligan de la crianza de sus hijos.
Si el lesbianismo de por sí se muestra en varias ocasiones como invisible, más complejo es aún pensar en las maternidades lesbianas. En la actualidad existen distintos métodos de reproducción asistida, que se utilizan como recursos para procrear. Claramente, estos se encuentran “bajo la mira”, ya que interpelan en cierta medida el orden de lo natural, de lo biológicamente esperado. Dependerá quién los utilice y con qué necesidades. Es justificable que lo haga una pareja heterosexual cuando le es imposible gestar por diversas razones; pero si quienes recurren a ellos son parejas de lesbianas sería diferente, como así también lo sería si lo hiciesen las mujeres que eligen experimentar una maternidad en soltería.

Conclusiones

El mito del instinto maternal interviene significativamente en el control social de las mujeres, produciendo subjetividad. Las representaciones sociales en torno a la maternidad se ven atravesadas por diferentes instituciones como el Estado, la iglesia, los agentes de salud, los agentes jurídicos, entre otros. Mientras este mito se mantiene vivo, permanece también intacta la subordinación de las mujeres, negándoles así una identidad por fuera de la función materna. Este mito dictamina que toda mujer debe, necesita y desea ser madre. La maternidad mantiene el orden social – heterosexual y legitima la esencia femenina, que completa a las mujeres.
La maternidad hoy, para muchas mujeres, parece seguir estando por encima de todo. En muchos casos, continúa asociada a la completud, a la realización personal. Al todo, sin agujeros ni fisuras. Muchas mujeres ven en un hijo la posibilidad de llenar el vacío, de satisfacer la insatisfacción. El ideal de un hijo como sinónimo de completud. Un hijo como el pasaporte para el título de mujer buena, completa, integral. Y fecunda. (Winocur, 2012, p.49)
Los fenómenos de la experiencia humana pueden comprenderse como socio – históricos y culturales, dependiendo de sus escenarios y contextos. Surge de ésta manera un complejo dilema pues, al abarcar los afectos como elementos constitutivos de la experiencia, se produce la imposibilidad de cuestionar lo establecido, generándose la ilusión de un orden natural. No se desea, ni se ama indiscriminadamente. Los sentimientos humanos están condicionados por la cultura, los individuos se encuentran permeados por el pensamiento dominante, y en muchas ocasiones esto es invisible. Los sentimientos vivenciados por los sujetos son entendidos como ahistóricos, asociales y exclusivamente individuales. La maternidad, en este sentido, es concebida de forma separada del contexto socio-histórico-cultural.
Se piensa que el amor materno (como hecho instintivo) se manifiesta desde la infancia de toda mujer. Las niñas juegan a ser madres, establecen hábitos de cuidado, etc. Por citar un ejemplo de ello, Susanita, uno de los personajes principales de la historieta popularmente conocida “Mafalda” (del humorista gráfico Quino) se muestra como una niña que desde su infancia reproduce el estereotipo de futura mujer tradicional, desea casarse con un burgués, dedicarse a las tareas del hogar y tener muchos hijos, siendo uno de sus pasatiempos favoritos jugar a la mamá con Mafalda.
Las mujeres – madres pareciesen ser las únicas responsables del futuro de la humanidad, estableciéndose desde aquí nuevamente control sobre las mujeres. De ellas depende la felicidad – infelicidad de sus hijos, así como su salud – enfermedad, de esta manera se hace necesario ser buena madre para que el engranaje de la máquina social continúe funcionando. Al sistema patriarcal le es redituable localizar (y producir) un culpable que paradójicamente sea al mismo tiempo la víctima. Este es el lugar que comprobadamente se le asigna a las mujeres – madres. Las mujeres que no cumplen con una “óptima” maternidad serán condenadas por no lograr su misión esencial. No es un dato menor que la formación de los ciudadanos quede en manos exclusivamente de las mujeres, pues debería ser la sociedad en su conjunto que participase en los procesos de la construcción de la ciudadanía.
El feminismo ha contribuido notoriamente en la deconstrucción de la concepción que circula a nivel patriarcal sobre la maternidad, si bien no es posible singularizar a dicho movimiento (ya que las visiones en relación a la maternidad son variadas) es de destacar que ha realizado valiosos aportes. Por un lado, aquellas posturas feministas que desarticulan el concepto de la buena madre cuestionando el instinto maternal y a la maternidad como el principal eje de la identidad femenina. Sin embargo, algunas feministas reconstruyen el concepto de la maternidad como una cualidad propia de las mujeres y un potencial de lo femenino. Tubert (citada por González de Cháves, 1993) expresa que “la teoría feminista, al revelar el carácter construido de la maternidad, demuestra que el imaginario social sobre la misma está configurado por diversas representaciones que identifican la maternidad con la feminidad proporcionando un ideal común para todas las mujeres” (s.p)
Otro aspecto a destacar es, la dificultad que atraviesan las mujeres al tomar la decisión de abortar o no que denota la instalación existente del mito del instinto maternal en sus subjetividades y el control social que ello implica. Uno de los grandes desafíos que atraviesan las mujeres es poder tomar decisiones sobre sus propios cuerpos y sobre sus vidas, desligándose del supuesto destino biológico.
Hacer que la maternidad signifique un posible devenir para las mujeres y no un punto fijo de partida para llegar a ser plenamente mujer es todo un proyecto de emancipación. Esto requiere superar el miedo a la igualdad que paraliza a tantas mujeres, asumir nuestra parte del mal que nos abre las puertas al poder real y desprenderse de la mística del poder materno”. (Mojzuk, s.f,p.6)
Por otra parte, es la heterosexualidad quien garantiza la reproducción humana, mientras que el mito del instinto materno condena a las mujeres a estar atrapadas en una de sus principales prisiones. En relación a esto, las maternidades lesbianas o las maternidades en soltería por elección pueden presentarse como líneas interesantes de análisis, pues su independencia de los varones pareciese producir madres “artificiales”. Es cierto que la verdadera mujer está asociada a la madre, aunque la verdadera madre está asociada indisolublemente a la heterosexualidad, a la relación de dependencia con un hombre; otro fundamento que da la pauta de que la noción de instinto maternal posee demasiadas prescripciones como para ser natural, acrecentándose así las sospechas. Y es en este sentido que estas maternidades pecan de subversivas.
“Se ha construido una ideología de la maternidad que está compuesta por un conjunto de estrategias y prácticas discursivas que, al definir a la feminidad, la construyen y la limitan, de manera tal que la mujer desaparece tras su función materna que queda configurada como el ideal”. Garay
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Referencias:

  1. Se usará el genérico masculino a los efectos de facilitar la lectura.
  2. Por maternidad (es) subversivas entiendo a las maternidades en soltería por elección y a las maternidades lesbianas: maternidades que se apartan de las relaciones de dependencia con los varones
  3. “Para Millet este sistema forma caracteres, asigna roles, codifica la posibilidad de acceso a los recursos y asigna espacios en función del género, regulando hasta los más mínimos detalles de la vida cotidiana y de la producción simbólica” (Fernández, 2013, p. 28).
  4. Foucault (1991) lo define como “…un conjunto debidamente heterogéneo, que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales, filantrópicas; en resumen: los elementos del dispositivo pertenecen tanto a lo dicho como a lo no dicho. El dispositivo es la red que puede establecerse entre estos elementos”.
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Fuente: http://articulando.com.uy/instinto-maternal-control-social/

jueves, 9 de junio de 2016

Discurso feminista y literatura: antecedentes bibliográficos


Claudia Gómez Cañoles


Resumen

Frente al discurso androcéntrico, albergado en la estructura histórica de la tradición occidental, el feminismo toma posiciones civiles y genealógicas que a nivel del discurso permitan elaborar estrategias de resistencia al patriarcado. En esta nota se explica cómo la literatura se convierte en una herramienta para ejecutar esas estrategias y subvertir la línea de dominación masculina que existe en los textos de la tradición literaria.
Antecedentes históricos del discurso feminista:
El feminismo se introduce en la historia a través de tres posiciones práctico-discursivas. El primero es el feminismo de la igualdad que se da en el siglo XIX y parte del XX, el cual es impulsado por una lucha política para consolidar derechos civiles que les son negados a la mujer, como el derecho a voto, donde se busca la igualdad desde la equiparación jurídico-formal y la ocupación legitima de sus propios territorios político- económicos. Ello se concreta en el libre acceso a la educación y al proceso productivo, mediante la incorporación al trabajo. Actualmente, se sigue buscando mejoras en lo que se refiere a la igualdad de oportunidades, en relación a las diferencias de sueldos entre hombres y mujeres, a la reivindicación de derechos reproductivos y a la protección legal contra la violencia sexual. El segundo es el feminismo de la diferencia o radical que postula una re-definición y re-apropiación simbólica del ser mujer; este feminismo re-situará los atributos contenidos en la abstracción de la tradición occidental del hombre-universal, en un nuevo espacio práctico discursivo que tiene en el concepto de género su más firme referente. La equiparación de género y sexo permite, la constitución de una subjetividad singular femenina y con ello el restablecimiento de la genealogía femenina como necesidad de orden simbólico y social. El tercero es el post-feminismo el cual surge como una reacción frente al feminismo esencialista que si bien, pretende hacer una genealogía femenina, cae igualmente en la trampa universalizadora al hablar desde la mujer blanca y heterosexual dejando fuera las “diferencias dentro de las diferencias”, como son el discurso de las lesbianas o de las minorías étnicas. Este post-feminismo, ya no es solo un discurso en defensa de las mujeres sino de las minorías étnicas y sexuales que son igualmente marginadas por el poder hegemónico. 1
Antecedentes filosóficos del discurso feminista:
Enmarcado en el asunto de los discursos es necesario definir lo que entendemos por ello, según Joan Scott discurso es “una estructura histórica, social e institucionalmente específica de enunciados, términos, categorías y creencias” o también “formas de organizar los modos de vida, las instituciones, las sociedades; formas de materializar y justificar las desigualdades; pero también de negarlas” (Cit. en Luna 2002: 25) Ante esto, surge la pregunta de ¿quiénes son los gestores de la enunciación?, ¿qué es lo que se reproduce al momento de formular un tipo de discurso?, ¿en nombre de quiénes se habla? ¿de la humanidad en general?. Esto me lleva a dar cuenta que históricamente se ha utilizado un tipo de discurso basado en la metafísica occidental, el cual fue puesto en duda y de-construido por Derrida, quien va a referirse al logocentrismo entendiendo por ello que el significado está contenido en la palabra (Logos), la cual es vista desde la presencia: “la metafísica occidental prefiere el discurso a la palabra escrita, precisamente porque el discurso presupone la presencia del sujeto hablante, que puede ser así considerado origen unitario de su discurso” (Moi 1999: 117), es lo que Derrida llama metafísica de la presencia, esto retrotrae el hecho de que en el intento de los filósofos de describir lo fundamental, lo han tratado como centro, fuerza, base o principio, con lo cual surgen las oposiciones tales como significado/forma, alma/cuerpo, positivo/negativo, etc. El logocentrismo asume la prioridad del primer término como centro y el segundo en relación al primero como derivado. Esta tesis es tomada por las feministas al postular su discurso, las cuales sostienen que al hablar de discurso se habla de poder, de sujetos que se escudan en un modo específico de racionalidad, la cual se basa en una lógica binaria o dualista que es llamada por Helene Cixous “pensamiento binario machista”. Esta racionalidad opone actividad/pasividad, razón/ intuición, cultura/naturaleza, inteligible/ sensible, etc. “Al corresponder a la oposición subyacente hombre/mujer, estas oposiciones binarias están muy relacionadas con el sistema de valores machistas: cada oposición se puede interpretar como una jerarquía en la que el lado femenino se considera el negativo y el más débil” (Moi 1999: 114)
Otro aspecto del cual se ha servido el discurso feminista es la llamada “crisis del sujeto” (Colaizzi 1990: 14), que surge de la revisión epistemológica de los presupuestos de la razón occidental. Desde antaño se utilizan términos comohombre para referirse a la humanidad en general. Esta tradición se fundamenta en el Cogito cartesiano, sintetizado en la máxima: “pienso luego existo” aludiendo al ser del hombre, a su propia interioridad. Este “sujeto” ¿se refiere tanto a hombres y mujeres?. La contribución del discurso feminista es el del posicionamiento de los discursos, es decir, asumir la posición sexuada de la que hablamos. En palabras de Gayatri Spivak “a menos que no seamos consciente de que no se puede evitar tomar posición, tomamos posición sin darnos cuenta” (Cit. en Coalizzi 1990: 13). Con ello pone en cuestión la universalidad y totalidad implícita en la concepción del sujeto, por el contrario, ve que este sujeto está sexualmente marcado y coincide con los hombres o sujetos físicamente masculinos. El discurso feminista surge al tomar voz propia y deslegitimar la tesis del hombre, que históricamente ha hablado en nombre de la humanidad. Este discurso es llamado androcéntrico o falocéntrico, entendiendo por ello un discurso enunciado por los hombres y reproducido históricamente por ellos dejando fuera a la mujer. De la oposición cultura/naturaleza, se ha visto como el hombre se asimila a la cultura siendo el productor, el que organiza, controla y unifica. En cambio, a la mujer se la ha asimilado a la naturaleza, madre, reproductora. Esta oposición señala el ámbito de lo público-hombre y lo privado-mujer, relegándose a la mujer al hogar y al hombre al trabajo.
El concepto de género
Para comprender a cabalidad la postura discursiva del feminismo es necesario ver el concepto de género, el cual es una categoría central de la teoría feminista. Se pone en tela de juicio que la diferencia sexual, la cual es dada biológicamente, sea la base cultural para las diferencias que marcan a un hombre de una mujer, es decir, que la atribución de características que se le otorgan a una mujer y un hombre se deriven de ese hecho biológico. En este sentido, el género sería una derivación de la diferencia sexual. Por lo tanto, lo que se cuestiona es la relación causal que se daría entre sexo-género, lo cual llevaría a un determinismo biológico. Por el contrario, las feministas postulan que el género correspondería a “la construcción social, cultural y psicológica impuesta sobre la diferencia sexual biológica” (Muñoz 1999: 16), lo cual significa que el género se construye culturalmente, y que depende de los contextos y del significado que se le dé a aquel. Esto implica que “es siempre mediado a través de otras categorías como la raza, la etnicidad, la religión, la clase social, el lugar de origen, la preferencia sexual” (Muñoz 1999: 16). De ello resulta que la construcción del género no constituye una materialidad social fija, sino que es más bien, un proceso en constante fluctuación, moldeado por la especificidad histórica, y que por ende, el sujeto de la enunciación ya no será abstracto o universal sino un individuo particular, posicionado sexualmente desde una particularidad, como puede ser mujer negra- indígena- burguesa, etc.
Lo crucial es comprender que a través de la tesis biologista de la diferencia sexual se pretende moldear un tipo de sociedad específico, en el cual, los roles y funciones están determinados por esa lógica, la mujer será el sexo débil y el hombre el sexo fuerte, esto es una señal de cómo ha funcionado el estigma bajo la diferencia sexual en el discurso androcéntrico. Las feministas al cuestionar este modelo ven la disparidad entre los sexos y las estrategias de poder que utilizan los hombres para mantenerse dentro de este orden establecido.
Discurso feminista y literatura:
“El lenguaje empieza siempre con el enunciar, y enunciando afirma”, dice Blanchot (Cit. en Colaizzi 1990: 110). Pues bien, es en la afirmación de sí como mujeres, que se da la escritura de género, lo cual significa posicionarse en el orden del discurso, en virtud de la diferencia, con respecto al discurso androcéntrico; es incorporar la totalidad de la experiencia de aquella (social, psicológica, espiritual y estética) en textos que van desde la denuncia hasta lo lírico intimista, con el fin de subvertir las convenciones lingüísticas, sintácticas y metafísicas de la escritura patriarcal.
Ahora bien, la escritura de género surge en relación al discurso androcéntrico o falocéntrico. Una de las características del lenguaje femenino es su bitextualidad, es decir, al escribir la mujer se apropia del discurso androcéntrico para subvertirlo. En otros términos, responde a una doble voz, dialogiza con el falocentrismo y con el ginocentrismo; los textos se expresan de modo indirecto, surgen “como palimpsestos, obras cuyas superficies ocultan y oscurecen niveles de significación más profundas, menos accesibles” (Moi 1999: 70), y esto es posible porque las mujeres usan códigos que corresponden a la estructura del patriarcado y categorías ligadas al discurso de género.
Willy Muñoz expone en su texto Polifonía de la marginalidad la bitextualidad como una estrategia literaria. Analiza a varias autoras latinoamericanas, entre ellas a Luisa Valenzuela y su cuento Si esto es la vida, yo soy caperucita roja, el autor señala: “Valenzuela no crea un lenguaje sino que subvierte el verbo masculino que había sentenciado a la mujer a un espacio lingüístico tangencial y devaluado, marginalidad que le impedía labrar su propia realidad escritural y coartaba su experiencia misma. Al usurpar y tomar posesión del lenguaje, la mujer codifica otro orden social, uno en el que ella es libre de codificar y demandar la satisfacción de sus deseos.” (Muñoz 1999: 27) Valenzuela re-escribe el cuentoCaperucita Roja utilizando la parodia para mostrar una nueva interpretación de la caperucita, el cuento está destinado a las niñas que pasan a la adolescencia y al cuidado y temor que deben tener del lobo (hombre que desvirgina) a las niñas. Deben escapar del deseo. En la versión de Valenzuela Caperucita es una niña inteligente que juega con su sexualidad y con el lobo, al cual convertirá en un perro amaestrado si ella quiere. (Muñoz 1999: 90) En este texto se muestra como la autora transgrede la versión de Perrault y los hermanos Grimm, los cuales codifican una historia que ideológicamente se suscribe a los intereses patriarcales, los que deifican la asimetría entre los géneros sexuales. El recurso que utiliza es ironizar con el lenguaje, valiéndose de él para transformarlo en un nuevo discurso.
Sandra Gilbert y Susan Gubar se refieren al fenómeno de la voz dual que caracteriza a la escritura de mujer. Para ellas “la estrategia literaria de las mujeres consiste en asaltar y revisar, destruir y reconstruir las imágenes de la mujer que hemos heredado de la literatura masculina […]” (Moi 1999: 70) en la que están representadas según la lógica binaria como la santa y la puta, el ángel y el monstruo, la dulce heroína y la loca rabiosa; las escritoras si bien, se identifican con estas autodefiniciones que los escritores les han traspasado, alteran su significado en virtud de su propia identificación con él, y han recreado, según Gilbert y Gubar, estas figuras tanto en novelas del siglo XIX como en el siglo XX.
En la literatura femenina se reconocen estrategias estilísticas y temáticas propias de la escritura de mujer, la feminista Hélene Cixous afirma que este estilo propiamente femenino, es fragmentario, múltiple, disperso, ajeno a la lógica binaria: “los textos femeninos son textos que tratan de la diferencia, […] luchan contra la lógica falocéntrica dominante, rompen las limitaciones de la oposición binaria.” (Moi 1999: 118) En la literatura de Virginia Woolf se ve esta reacción en contra de esta lógica absolutista, su discurso no es homogéneo, sino fragmentado y relativo en términos estructurales, para ello se vale del monólogo interior, del fluir de la conciencia que le permitió el acceso a los sentimientos, a la reflexión, a la vida interior. Las temáticas que trata Woolf en sus textos se refieren a la crítica del orden patriarcal, al mundo masculino descubierto por las mujeres, en el cual se las considera inferiores, carentes de inteligencia y valentía. En el texto Un Cuarto Propio se pregunta por la situación de las escritoras mujeres y ella señala que “para escribir novelas, es necesario que una mujer cuente con dinero y un cuarto propio” (Woolf 1993: 7) esta afirmación que puede parecer contingente, oculta el estado de cosas que envuelve a la mujer de su tiempo, a la desigualdad a la que ella ha sido sometida, al ser confinada al espacio privado, a la casa y la familia y no poder trabajar en profesiones remuneradas ni recibir una educación para poder igualarse al hombre:
Las mujeres sienten lo mismo que los hombres, necesitan ejercer sus facultades y un campo para sus esfuerzos (…) ellas sufren la rigidez de las reglas, de un absoluto estancamiento (…) decir que ellas deben confinarse a hacer pasteles y tejer calcetas, a tocar el piano y bordar carteras. Es insensato condenarlas, o reírse de ellas, si buscan hacer más o aprender más de lo que la costumbre ha estimado necesario para su sexo. (Woolf 1993: 72).
Annette Kolodny postula dos estrategias estilísticas propia de las novelas escritas por mujeres que son la percepción reflexiva y la inversión; la primera se refiere a “cuando un personaje se descubre a sí mismo o encuentra partes de sí mismo en actividades que no había planeado, o en situaciones que no lleva a comprender del todo” (Cit. en Moi 1999: 81 ) y la segunda estrategia se da cuando “ las imágenes literarias tradicionales y estereotipadas de la mujer aparecen del revés en novelas de mujeres, como elemento cómico para revelar su escondida autenticidad o como connotación de su opuesto” (Cit. en Moi 1999: 81). Esto también se da en el cuento Si esto es la vida, yo soy caperucita roja que analiza Muñoz, se invierte la imagen de la niña entregada por las tradiciones, tanto la de los hermanos Grimm y la de Perrault:
Mi madre me ha prevenido, me previene. Cuídate del lobo, mi tierna niñita cándida, inocente, frágil vestida de rojo (…) ¿donde vas caperucita con esa canastita tan abierta, tan llena de promesas?, me pregunta el lobo, relamiéndose sus fauces. Andá a cagar le contesto, porque me siento grande, envalentonada” (Cit. en Muñoz 1999: 90).
La autora invierte la imagen de la niña inocente y temerosa mostrando una niña desafiante y valiente.
Hablar de discurso feminista, implica hablar desde la diferencia, lo cual significa posicionarse como mujer, legitimar un discurso que aborde las experiencias de ella, en los aspectos psicológicos, sociales, espirituales y políticos. El tránsito a la enunciación se puede comprender a través de la figura de la mujer-reflejo, la que ha sido a través de la historia una imagen en el discurso falocéntrico Ella al contemplarse en el espejo ve un reflejo, un Otro que no es, esa imagen es la construcción que el patriarcado ha reproducido y ha transmitido a través de la historia, la mujer-sexo débil, la mujer-reproductora, la mujer-sensible, etc. Cuando ella se apropia del discurso se mira sí misma a través del espejo y no se reconoce, de ahí surge la escritura de mujer. El espejo se ha quebrado, no hay imagen que ver sólo el recuerdo de lo dicho, la voz masculina que ella revisa, destruye y re-construye. Al emerger el discurso feminista, surge la voz femenina, se da el espacio de enunciación al cual no había tenido acceso, con ello subvierte el discurso androcéntrico. En el discurso literario la escritora re-construye a su vez las imágenes que le ha heredado la literatura masculina y encuentra el espacio de enunciación para re-significar, a través de su mirada de mujer, el mundo, las cosas, sus relaciones con los otros, etc.




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Notas al pie de página:


1. Para mayores antecedentes Cfr. los trabajos de Judith Butler y Giulia Colaizzi.

Fuente:  http://www.humanidades.uach.cl/documentos_linguisticos/document.php?id=138