miércoles, 3 de diciembre de 2014

El Mujerismo vuelve estar de moda


Nuestra responsabilidad no es juntarle votos a la masculinidad en constante crisis La doble militancia mental, tributaria de la cultura establecida.
Se buscan las debilidades del sistema, en vez de nuestras potencialidades, para constituir un “polo de referencia civilizatorio”.

Margarita Pisano (*)

El patriarcado busca a las mujeres y a la maternidad como recursos de reposición de los valores cuando su sistema civilizatorio vislumbra una crisis. Entonces, el mujerismo vuelve a estar de moda como reserva moral y ética: el madrerismo; y esto no debemos confundirlo con avances civilizatorios. El día que ya no le sirvamos como “madres buenas”, nos volverá a quemar simbólicamente en la plaza pública. Los intentos de declararnos “tontas”, “putas” y “malas madres” son históricos, negarlos es volver a lo mismo. Nuestra responsabilidad no es juntarle votos a esta masculinidad en constante crisis. 

El mujerismo imperante, tanto de derechas como de izquierdas, no representa un proyecto de cambio civilizatorio. Debemos desarrollar nuestro ojo atento y conocedor del sistema para evitar el maltrato moderno-medieval con que se castiga a las mujeres pensantes, autónomas e independientes, y evitar la socialización académica que neutraliza la capacidad política, filosófica y transformadora de sus conocimientos. Los asesinatos no son sólo físicos –contra los cuales reaccionamos duramente- también son simbólicos: nos asesinan como seres humanas pensantes, matando nuestra historia y la posibilidad de otras civilizaciones no misóginas; perpetuando, así, el asesinato físico de mujeres. 

La masculinidad impone el modelo femenino-femenil-feminista dentro de su cultura, conformando un todo. Pobre de la que se sale de esta feminidad simbólica que nos tiene atrapadas en la búsqueda de las legitimidades que conceden la masculinidad y sus instituciones, pues será sancionada, descalificada y clasificada como patriarcal y agresiva, BASTA CON QUE ESTÉ EXPRESADA CON PASIÓN; lo femenil es lo apolítico y neutro, es lo permitido. Las mujeres somos personas y, como tales, no nos dejan vivir el espíritu crítico ni la pasión política, salvo la creada por los varones. El modelo se come la imaginación de las mujeres y su historia de “mozas insolentes”. 

No estamos avanzando hacia una civilización “otra”, que nos contenga horizontalmente a todas y todos. Los proyectos políticos se sostienen en los valores religioso-familistas y construyen poderes mágicos, inamovibles y de dominio, incapaces de modificarse a sí mismos en profundidad, porque morirían. Las religiones se re-pintan con varios libros sagrados para poder sostener sus hegemonías esencialistas y las diferentes ideologías políticas. En este contexto, es imposible cambiar el mundo. Solamente un nuevo proyecto civilizatorio podrá ir disolviendo los deseos de dominio inscritos en todas las personas, a imagen y semejanza de los todo poderosos.

La “cultura” feminista debería poder convocar con proyectos civilizatorios propios, libres de misoginia, y no continuar con las mismas demandas de hace 30 o 1000 años, por muy remozadas que estén; esto no es más que un espejismo masculinista. La negación de la historia con nombres y apellidos de mujeres, nuestra historia, es un retroceso con responsabilidades concretas (no es un problema de amores), somos por excelencia las anónimas, reconocemos algunos nombres sólo a través del heroicismo patriarcal, invalidando nuestra propia existencia. Sin Historia y un lugar político específico, los avances para las mujeres están suspendidos en el tiempo y el espacio. Esto confirma mi sospecha de los sucesivos fracasos de los movimientos sociales, que han logrado sólo superficialmente afectar el sistema vigente. El gran fracaso es el apego a la feminidad-masculinidad, a ese nicho cómodo de la NO libertad.

Nos falta consistencia y confianza en nuestras capacidades creativas y sólo nos quedamos con las necesidades de salir a la calle y sacar las viejas banderas reivindicativas. El feminismo se quedó pegado en el maternalismo de dobles y triples militancias –unas más fracasadas que otras- fatales para las mujeres, sobre todo, la doble militancia mental, la peor, la tributaria de la cultura establecida. La prioridad en este momento es pensar nuestro movimiento, desprendido de la cultura vigente (afuera), como un lugar político legítimo de discusión, de construcción de nuestros valores, de cambio de nuestros deseos; empezar a construir nuestra propia historia, que de tan oculta y manipulada que está, la tendremos que inventar. 

La equivocación política de sectores mayoritarios de feministas es la estrategia de los resquicios (el lobby y sus entremeses): la búsqueda de las debilidades del sistema, no de nuestra imaginación y potencialidades para constituir un “polo de referencia civilizatorio”. Las féminas siempre hemos estado en esa parte oscura del poder, en la fisura del alma de los hombres y sus instituciones. La imagen del resquicio, sombrío y húmedo, es por donde serpean las alimañas. Aquí es donde ciertos sectores feministas-masculinistas proponen y hacen su política “al modo” parejil y familista. Esto tranforma el esqueleto en cartílago, porque tienen que agacharse, arrastrarse y trepar por estos resquicios del poder, nunca expuestas, no expresadas, sin dejar rastros. 

El lugar oscuro, o bien, la vitrina de la venta, el entablado y los eternos tacos a los que nos vuelven a subir y desvestir. Esta estrategia de las fisuras no es privativa del cuerpo de las mujeres: la masculinidad inventó la feminidad. Los hombres se han metido en los resquicios del poder para negociar con otros hombres, pero ellos salen y se instalan a dirigir el mundo, como héroes luminosos, como dioses, con nombre y apellido, perpetuando la historia oficial.

Hay ejemplos clarísimos del borrón de la historia: desaparecimientos, desapariciones y desaparecidas (cosa común en el patriarcado). ¿Dónde quedaron las rebeldes tomas de conciencia de las mujeres de la Edad Media? ¿Dónde quedó el Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe de Cartagena-Chile (1996)? ¿desapareció en el Golfo de Penas? Ese encuentro propuso que cada mujer tomara la decisión de estar y elegir, transparentemente, desde dónde quería hacer su política, nacida de esta historia en construcción y no de otras militancias con sus propias historias instaladas y ya legitimadas, que aunque tengan deseos de cambio, no cambian los deseos .

Es ésta la construcción simbólica femenina-femenil-fémina-femme... feminista. En esta sopa espesa se bate el mujerismo-madrerismo patriarcal; sin pasión por las ideas propias –sí por las de los hombres, sus creaciones e instituciones- y sin conciencia de todo este “natural” servilismo, volvemos a estar de moda, una y otra vez, en los ires y venires de las crisis patriarcales.

(*) Movimiento Rebelde del Afuera

Fuente: http://www.mpisano.cl/

martes, 2 de diciembre de 2014

Veinte años después en Ciudad Juárez. Entre feminicidio, desaparición forzada y trata de mujeres



 Emanuela Borzacchiello
Revista con la A 
Mexico 
 
Qué sentido tiene seguir usando la categoría de “feminicidio” si a la denuncia no sigue justicia, si al grito de la sociedad civil sigue el silencio de las desapariciones forzadas, qué eficacia tiene denunciar la violencia
¿Ciudad de Juarez sigue siendo la ciudad más peligrosa del mundo? En México hoy en día el nivel de violencia, en lugar de bajar, sube. Entonces, cabe preguntar: ¿Qué sentido tiene seguir usando la categoría de “feminicidio”? ¿Si a la denuncia no sigue justicia, si al grito de la sociedad civil sigue el silencio de las desapariciones forzadas, qué eficacia tiene denunciar la violencia?
En el marco del Capítulo México del Tribunal Permanente de los Pueblos, las comisiones organizadoras de las audiencias “Feminicidio y Violencias de Género” analizaron y visibilizaron cómo el feminicidio se ha extendido de manera capilar a otros Estados del país, al tiempo en que las redes de secuestro, trata y esclavitud sexual de mujeres, muy especialmente de niñas y niños, también crecen. Cada escenario se presta a una lectura ambivalente y la geografía del dolor cambia en manera constante. Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF), el Estado de México ocupa el primer lugar en feminicidios con 7.745 feminicidios, de los cuales 95% quedan en la impunidad. Hoy en día Juarez no es “la más peligrosa”, pero sigue siendo el lugar emblematico donde estallan con más fuerza todas las brutalidades de un sistema politico-económico neoliberal y currupto.
En Juarez, la sociedad civil sigue protestando y organizándose. La Red Mesa de mujeres, integrada por diez organizaciones juarences, presentó al Tribunal Permanente un informe respecto de la situación actual en Juárez. En el Tribunal Permanente de los Pueblos entrevistamos a las integrantes de la Red.
¿En estos últimos veinte años cómo cambia el perfil de las víctimas?
Desde 1993 hasta 2007, las primeras víctimas son mujeres entre 14 y 25 años, aproximadamente el 90% de ellas son trabajadoras de la industria de la maquila, habitantes de la zona poniente de la ciudad, pobres, que buscan una alternativa de trabajo. De 2007 a la actualidad, este perfil cambia: la mayoría son estudiantes o personas que están solicitando trabajo; la zona donde desaparecen la mayoría está localizada en el primer cuadro del centro, zona que se ocupa para trasladarse hasta el centro de la ciudad o la zona oriente.
¿Cuáles elementos podemos identificar que menoscaban el derecho a la debida diligencia en materia de sanción e investigación?
Son sobre todo tres: en primer lugar, la desaparición de mujeres en el Estado de Chihuahua no es un delito y, por lo tanto, se levanta solamente un reporte de extravío o de “ausencia”. Por muchos años, ni siquiera ésto se pudo realizar porque en muchos de los casos solamente existía el reporte de extravío, pero no se daba pie a la investigación. La segunda circustancia es que la carga de la investigación está a cargo de las familias que reportan a sus hijas como desaparecidas. Las modalidades de actuación de la policía con las familias no mejoró. Uno de los comentarios que reciben por parte de los agentes estatales o de los ministerios públicos (encargados de levantar las actas de denuncia y darles seguimiento) es: “¿señora ahora qué me trae de nuevo? porque yo no tengo nada de nuevo”. Eso es lo que reciben y, entonces, asumen el alto riesgo de la investigación en centros nocturnos, en bares, en hoteles, buscando a sus hijas desaparecidas, llevando las fotografias de sus hijas para poderlas localizar ellas mismas. En tercer lugar, es que no hay una coordinación entre la Fiscalía general del Estado de Chihuahua con la Secreteria de Seguridad Pública General y con la Secretaría de Seguridad Pública Municipal”.
¿Qué efectos producen estas circustancias?
El total de los casos recibidos, desde 2008 a marzo de 2014, es de 2.222, de los cuales tenemos corroborados sólo 123 reportes vigentes de mujeres desaparecidas. Además, hemos verificado que el Protocolo de Búsqueda Inmediata, denominado Protocolo Alba, se utiliza de manera discrecional, según cómo quieren aplicarlo el Ministerio Público y la Agencia de Investigación. Juarez es el símbolo, si en la Ciudad no se van a parar los feminicidios eso seguirá en otros Estados, como lo estamos viendo en la actualidad.
La Red asiste a muchas madres de víctimas, entre ellas la madre de Luna, que desapareció en 2010, quien explica:
“Como todas las madres de las chicas desaparecidas, nos volvemos investigadoras, llevamos informaciones a las autoridades, llevamos nombres, direcciones, llevamos, a veces, hasta a la persona, pero no hay resultados. No pasan las informaciones. No las utilizan. A mi hija la llevaron por dos años en el centro, prostituyéndola en los bares, en los hoteles, drogada y nadie vio nada. Nosotros la buscábamos también en el centro, pero nunca la vimos. Yo fui hasta los hoteles donde tienen atrapadas a jóvenes, allí me dijeron que había muchas niñas, y cuando fuimos la encargada del hotel dijo que no había visto a nadie. Hoy sabemos que allí la tenían y la sacaban a prostituirse afuera del hotel. Nosotras queremos seguir luchando para que no haya más familias destruidas. Tenemos que seguir de pie”.
Entrevista realizada por Redacción (México)

REFERENCIA CURRICULAR
Emanuela Borzacchiello es investigadora italiana y experta en estudios de género. En la actualidad, vive y trabaja entre Ciudad de México y Madrid. Sus principales temas de investigación son la violencia feminicida y derechos sexuales y reproductivos. En 2012 colaboró con el Senado de la Republica Italiana para construir un marco legislativo respecto del delito de feminicidio: “DDL 3390 recante norme per la promozione della soggettività femminile e il contrasto al femminicidio”.
REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA
Ensayo: “Feminicidio: la potencia de la palabra, de la imagen y de la practica”, en el libro Regina José Galindo. Estoy viva. Milano, Skira editore, 2014.

Estar expresadas

Fotografía: francesca woodman



Para Jeka

Don’t let me be, don’t let me be misunderstood…
(Nina Simone)

 
Por Andrea Franulic 
La misoginia es un dispositivo patriarcal que está a la base del constructo de la feminidad. No solo funciona para perpetuar la violencia simbólica y material de los hombres contra las mujeres, sino también para mantenernos a las mujeres divididas entre nosotras. La misoginia siembra el desprecio por nosotras mismas y boicotea permanentemente la construcción de nuestro amor propio. De esta manera, proyectamos este desprecio contra las otras mujeres, instalando la desconfianza entre nosotras e impidiendo la construcción de la complicidad profunda que necesitamos para sanarnos.
Como telón de fondo, se dibuja la traición de la madre. La maternidad es una institución patriarcal. La madre es la primera mujer que nos traiciona (M. Pisano), porque su función es transmitir la palabra y la ley del padre, sus valores y su juego de creencias. Ha habido siglos de repetitivos adoctrinamientos y violencias para que esto sea así. Ella nos enseña la misoginia, tal como se la enseñó otra mujer a ella. Así, la historia de los machos ha permanecido incólume.
Adrienne Rich escribe sobre la “heterosexualidad obligatoria”. La heterosexualidad es otra institución patriarcal, unida a la anterior –también obligatoria- y a todas las existentes que, en conjunto, velan por mantener el tejido ideológico del sistema. La “heterosexualidad obligatoria” funciona eficientemente con mecanismos y estrategias que operan a distintos niveles. El propósito de dicho aparataje no es solo obligarnos a ser heterosexuales en esta cultura, como único modelo amatorio y erótico, rancio y sadomasoquista. También el objetivo es mantenernos divididas a las mujeres, en una constante desconfianza entre nosotras y en la reiteración de la traición materna en nuestras prácticas cotidianas.
Tanta obligatoriedad violenta, no siempre explícita, muchas veces solapada, se debe a que adscribirnos a un único modelo sexual y amatorio es antinatural, más aún si este modelo está sostenido en la dominación y en la erotización del poder sobre otro cuerpo, en la erotización del sadomasoquismo. Y vivir no queriéndonos a nosotras mismas y entre nosotras es contra-vida. Me refiero a querernos fuera del romántico-amoroso y más allá del lesbianismo, que se atrapa en las mismas estructuras de poder patriarcal, pues los referentes de relaciones entre mujeres que son diferentes a los establecidos por los machos, han sido sepultados sistemáticamente en la cultura.
Por eso, el feminismo radical a fines de los sesenta dice “lo personal es político”, lo dice Kate Millet. Margarita Pisano, referente de mujer pensante más próximo, habla de “lo íntimo, privado y público”. Es decir, nuestras prácticas políticas trascienden lo público, pues implican develar el poder que opera en nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y nuestras relaciones humanas cotidianas y afectivas. Y esto, el feminismo radical lo expresó antes y mejor que Foucault, y de manera más profunda que otras ideologías emancipatorias, por ejemplo el anarquismo. Este es el pensamiento que proviene de la experiencia de las mujeres, quienes reconocen, en sus vivencias históricas y corporales, la piedra angular de toda expresión de dominio.
Entonces, plantearnos cómo relacionarnos de otra manera y ensayar otros modos de relación humanos, en especial entre nosotras, es una práctica política clave. Pisano profundiza sobre esto y propone el “estar expresadas” como un ensayo para modificarnos en la interacción concreta, que involucra el hacer política. Esto es, “estar expresadas” en lo íntimo, privado y público/político. Yo entiendo el “estar expresadas” como una acción política de rebeldía, porque su ejercicio (no siempre fácil de realizar) rompe con el silencio histórico femenino.
El “estar expresadas” implica entregarle a la otra persona los datos de la realidad. Estos pueden abarcar informaciones cotidianas, prácticas, domésticas, o bien, los deseos, las intenciones, las emociones y sentimientos, las ideas y puntos de vista u opiniones de cada quien. Requieren de honestidad, especialmente con una misma. Luego, declarar a la otra persona en horizontalidad, en la capacidad de entender, pensar y decidir, sin ayudismo, buenismo, proteccionismo ni cristianismo. Dejar fuera estos ismos hipócritas. Los datos de la realidad se expresan en primera persona singular, porque son asumidos; una se hace cargo y responsable de lo que siente y piensa. También se necesita valentía, pues, al “estar expresadas”, nos exponemos y nos arriesgamos a no ser comprendidas ni queridas. El intercambio dialógico puede ser o no apacible; lo que no debe ser es hiriente. En estas condiciones, tanto el encuentro como la ruptura son consecuencias válidas.
Y siempre genera movimiento, jamás estancamiento. El “estar expresadas” es un rechazo a la práctica de la acumulación: de cosas no dichas, de frustraciones, de cuentas pendientes. Interviene en las relaciones, por eso es una acción política, e infunde un movimiento siempre vital; la interacción se agiliza, se modifica. Al hablar, no solo sacudimos el letargo, también los prejuicios. La sensación es la libertad. Este programa ético tiene raigambre existencialista, beauvoiriana, esto es, confía en la capacidad humana de construir cultura, en la voluntad humana de la trascendencia a partir del acto creativo y de la palabra. Rompe, por lo tanto, con las ideas pre-concebidas, con lo dado, con las creencias, con la idea de dios, con todo aquello que nos desresponsabiliza como seres humanas completas en nosotras mismas.
El “estar expresadas” abre un diálogo que nos compromete en una interacción consistente y continua con la otra persona; no se trata de lanzar un dardo y luego esconder la mano. Entregarle datos de la realidad a quien está en una interlocución con nosotras significa construir un piso firme para que esa persona pueda caminar junto a mí, segura y confiada. No es un gesto de amor al prójimo, eso es basura cristiana, que siembra la culpa y el sacrificio. Es un gesto de amor propio. Yo estoy expresada por mí, desde mí, y porque me interesan algunas personas –no todas, ni toda mujer por “ser” mujer- con quienes puedo construir mundo: político, amistoso y/o amoroso. Las mujeres estamos hartas de caminar por la cuerda floja, por cáscaras de huevos, por suelos movedizos y resbaladizos. Nuestra historia en el patriarcado ha sido esa. Hemos tenido que sobrevivir a base de estrategias y manipulaciones sentimentales. Y de silencios.
La acción de expresarnos no es mágica. Como dice Pisano, es un ensayo. Es necesario experimentar. Simultáneamente, deben ocurrir varias cosas. Por ejemplo, recuperar nuestros cuerpos expropiados para servir el mundo de los machos. Empezar a escuchar nuestros cuerpos, confiar en nuestras percepciones, darnos cuenta de su incomodidad, ponerle palabras a dicha incomodidad, hacerles caso. En este sentido, para “estar expresadas”, tenemos que conocernos, saber lo que nos pasa, cuáles son nuestros deseos, cuándo y cómo operan en nosotras los prejuicios, miedos, fantasmas y demonios instalados por una cultura fracasada. Por eso, la salida también es política y no solo individual. Pues conocernos implica tener un análisis crítico, una mirada holista de la cultura que habitamos. Pero, además, conocernos históricamente, poseer un conocimiento profundo de la historia de las mujeres, sus rebeldías y dolores, que es el prisma que falta para comprender la historia de la humanidad, que hasta ahora ha sido una tergiversación escandalosa de nuestras realidades. Necesitamos ese suelo firme histórico, además.
2013
Referencia bibliográfica:
Pisano, M. (2012). El recetario del buen amor. En M. Pisano, Julia, quiero que seas feliz. Santiago: Editorial Revolucionarias.

lunes, 1 de diciembre de 2014

La Puya por la Vida



Cortometraje inspirado en la defensora de derechos humanos y activista guatemalteca Yolanda Oqueli.

Yolanda sufrió un atentado que puso en riesgo su vida y tuvo que separarse de su familia para mantenerlos a salvo. Una de las balas que recibió no pudo ser extraída. 

En Guatemala hay 15 licencias de para la explotación de la tierra, válidas por aproximadamente 25 años, lo que afectara a más de 45,000 familias. 

Las comunidades de San José el Golfo y San Pedro Ayampuc llevan dos años de Resistencia Pacífica “La Puya” contra el proyecto minero “El Tambor Progreso VII Derivada” que es propiedad de la empresa Radius Gold y Kappes Kassiday & Asociates -KCA- con la subsidiaria Exploraciones Mineras de Guatemala S.A EXMINGUA. Durante su lucha las mujeres y hombres que resisten ante este proyecto se han tenido que enfrentar a las amenazas, intimidaciones, persecuciones jurídicas, atentados contra su vida, y con personas que han sido contratadas por la empresa –conocidos como “los mineros”– y que en varias ocasiones han intentado romper con la resistencia.

Dirección: Ana Lucía Ponciano 
Asistente de Dirección: Jonhatan De la Rosa.
Corto realizado por estudiantes de Casa Comal , en Ciudad de Guatemala 



jueves, 27 de noviembre de 2014

Patriarcado versus el sentido holístico de la existencia:



                                                                
                                   
Por Yolanda Aguilar
 
Contradicción necesaria de trascender, desde nuestra propia experiencia corporal, no solo desde nuestros discursos

                                                                            
“La sociedad patriarcal está construida a partir de la ignorancia de cada persona sobre sí misma, y por consiguiente, a partir de la ignorancia de cada persona sobre las y los demás[1]
                                                                   

Para nadie de las que estamos reunidas aquí es un secreto que el Patriarcado es el sistema que funda todos los tipos de relaciones de poder que establecen los seres humanos desde hace 10,000 años. Los institucionaliza, los naturaliza, los normativiza, los ha ido estableciendo dependiendo de las necesarias adecuaciones que requieren los regímenes políticos, económicos, sociales y los grupos culturales a las que mujeres y hombres hemos pertenecido por siglos.

Desde Oriente hasta Occidente, el Norte o el Sur, se establecen diferentes modos de producción; se instituyen modelos jerárquicos que determinan regímenes sociales, políticos diversos; Estados basados en poderes que dividen las clases sociales, los credos religiosos, las ideologías, las pertenencias étnicas, genéricas, étareas, las opciones sexuales, etc. Todas y todos los seres humanos que nos hemos construido culturalmente desde entonces, hemos nacido, crecido y formado en la constitución cultural del Patriarcado. No hay quien se salve o haya nacido inmune.

Pero en realidad qué es éste sistema que ha determinado tanto nuestro sentido de la existencia, nuestras formaciones culturales, eróticas, biopsicosociales, emocionales, físicas, políticas, familiares, estructurales, espirituales, etc? Cómo se ha conformado? Por qué se inició?

Es necesario comprender su origen, pues ésta es la única forma en que es posible comprender la trascendencia que tiene superarlo, desde nuestra experiencia personal/relacional y social. Empecemos por ello.

Aunque las feministas nombremos que es el Patriarcado el sistema que nos interesa derrumbar pues funda todos los tipos de desigualdades sociales, NO ES SUFICIENTE CON OPONERSE A EL o a las desigualdades sociales que funda, ni siquiera es suficiente con nombrar a los grupos sociales que discrimina, victimiza y violenta. También desde la oposición permanente estamos en la lógica binaria que es la que funda el sistema. O se es blanco o negro y no hay matices. No nos damos cuenta que el blanco o el negro son colores que están hechos de la luz y que incluyen por tanto en sí mismos a los otros colores.

Tampoco es tan trascendental que digamos cómo lo hace, porque cada una de nosotras podría contar su propia historia y reconocer el patriarcado en su memoria personal, emocional, biopsicosexual, mental, espiritual, familiar o social. Sin embargo lo que sí es fundamental es que de-construyamos el patriarcado en nuestros cuerpos, en nuestras mentes y en nuestro corazones. No como un discurso político o ideológico, sino como una apuesta revolucionaria de transformación personal, relacional y social que va más allá de lo racional, de nuestros discursos, de nuestra imagen pública como feministas.

En realidad, de lo que se trata es de hacer un ejercicio honesto desde cada una de nosotras, inclusive sin que ello signifique un protagonismo político evidente, sino un ejercicio para reflexionar cada una, cómo ha de-construido el patriarcado en su vida. Y no me refiero a las decisiones trascendentales, de ruptura, grandes decisiones políticas, evidentes cambios, activismos políticos protagónicos, etc.
Ni siquiera me refiero solamente a cómo han podido cambiar sus relaciones con las mujeres, con los hombres, con su madre, con su padre, sus hijas e hijos, sus parejas, sus colegas feministas, sus seres queridos ausentes, sus amigas y amigos. Me refiero a lo que cada una ha transformado para sí misma, consigo y con nadie más. Cómo ha transformado su relación con su propia existencia, con su sentido de ser, cómo se cuida, cómo se erotiza, cómo disfruta y en general, como se conecta con la vida desde la trascendencia de su ser.

Que conste que no me estoy refiriendo ni al ejercicio de sus propios derechos, ni a si ya paró la violencia en sus vidas, o si reproducen o no la maternidad o la pareja desde la posesión, o a si su sexualidad la consideran tan sólo desde la genitalidad. Me refiero a cómo cada una ha aprendido desde lo más profundo a Bien-tratarse, a respetarse.

En ese sentido es que retomo, la reflexión acerca del origen del Patriarcado que plantea Riane Eisler en el Caliz y la Espada[2]

Reexaminar la sociedad humana desde la perspectiva genérico-holística, surge como resultado de una nueva teoría de la evolución cultural...o de la transformación cultural. Esta teoría propone que bajo una superficie de la gran diversidad en la cultura humana, subyacen dos modelos de sociedad:

El primero que denomina modelo dominador, que es lo que generalmente se designa como patriarcado: La jerarquización de una mitad de la humanidad sobre la otra (desde todas las perspectivas y puntos de vista); el segundo, en el cual las relaciones sociales se basan primordialmente en el principio de vinculación, este modelo puede describirse como el Modelo Solidario. En este modelo, la diversidad no se equipara con la inferioridad o superioridad.

La Teoría de la Transformación Cultural propone además que el curso original de la corriente principal de la evolución cultural fue hacia la solidaridad, pero que tras un período de caos y casi total quiebre cultural, se produjo un vuelco social básico.

Y continúa: “En esta bifurcación cardinal, se interrumpió la evolución cultural de las sociedades que adoraban a las fuerzas del universo generadoras y mantenedoras de la vida, simbolizadas por el antiguo cáliz o grial”. En lugar de ello, el patriarcado instituyó el poder mortífero de la espada, el poder de quitar o dar la vida, el de imponer la dominación.

En otras palabras, lo que se institucionalizó a partir de las relaciones de dominación de unos contra otras y otros, fue un sistema complejo de relaciones de poder que a su vez conectó a la cultura occidental sobre todo, con el sufrimiento -como aprendizaje fundamental de dolor interminable-, en la medida en que el maltrato es el vínculo fundamental en que se establecen las relaciones entre los seres humanos.

El patriarcado, por supuesto, se fue modernizando según los estadios históricos que le tocó ir viviendo a la humanidad, y eso, finalmente nos lleva a considerar que en rasgos generales todas las instituciones, religiones, familias, relaciones, leyes, formas de ciudadanía, tipos de sexualidades, opciones diversas, grupos étnicos, ideologías, espiritualidades, formas de vernos, discursos políticos, formas culturales, conformaciones comunitarias, etc. Han estado permeadas por un tipo de pensamiento y actuación patriarcal que nos incluye y que por lo tanto, a partir de nuevos estadios de conciencia, nos invita a hacer ejercicios de humildad para con nosotras mismas. No desde la omnipotencia, sino desde el reconocimiento de que cada una de nosotras tiene algo que cambiar, resolver, desapegarse, decidir, transformar. Nadie mejor que otra, todas en sus tiempos, desde sus espacios, desde una experiencia corporal única y particular. Cada una desde sí misma.
En ese sentido, es importante recordar que nadie se hace así misma sin ser parte del medio social y que el medio social está determinado por historias individuales que la conforman.
 En ese sentido, me gustaría debatir acerca de los matices que tiene esto de retomar el “estar afuera” como método de deconstrucción de lo nombrado patriarcal.


1. Si el Patriarcado tiene 10,000 años de existencia, ni siquiera el feminismo se salva de nacer, crecer y desarrollarse en ese sistema. Es decir, al surgir como ideología, en realidad lo que se pretende es desmontar la maquinaria del sistema que al mismo tiempo lo originó. De tal manera que como se entenderá, el feminismo es limitado en lo que puede hacer sólo, pues no parte del afuera desconocido, sino del conocimiento y reproducción del sistema – del cual mujeres y hombres somos parte-, para desmontarse asimismo.

Esto significa desde mi perspectiva, que si el Patriarcado surgió como un sistema que se estableció a partir del miedo al poder creativo de la vida, de la sexualidad, de la fertilidad de las mujeres, al poder de conexión de todos los seres del Universo, del erotismo como lugar y espacio sagrado, es entonces fundamental reconocer que las feministas debamos empezar por trabajar la conexión profunda de nuestra sexualidad sagrada. Es decir, el erotismo entendido no solo como genitalidad, sino como globalidad[3] y por lo tanto, como integración sanadora de nuestro ser. En otras palabras, el vínculo entre sexualidad y espiritualidad, entendidas éstas no desde la ideología que nos moviliza, sino desde procesos de transformación que nos conectan en lo personal/relacional y social de manera holística.

2. Si bien el Feminismo nace a partir de la experiencia cotidiana de las mujeres, reconociendo cómo hemos vivido la opresión de género en su sentido más amplio, la violencia en todas sus expresiones, su carácter sexual y la explotación, el racismo, la discriminación y la injusticia de maneras que han sido las más extremas y despiadadas, tan solo porque somos mujeres. En el camino, desde los discursos de género, transversalidad o inclusivo desde el feminismo, se nos ha olvidado que el lugar de las mujeres en las sociedades matrizticas (pre-patriarcales) fue de gran autoridad, de dignidad, reconocida y honrada. De sabiduría vinculada al cuerpo, las plantas, la sexualidad, la sanación, la fertilidad[4], etc.

La gran victoria del Patriarcado es que ha “minorizado a las mayorías” como dice Marta Casaus[5], esto significa que no solo las ha explotado, oprimido, violentado, discriminado, sino que las ha satanizado a tal punto que las ha convencido de que su condición es naturalmente vulnerable. En otras palabras, ha creado los mecanismos que contribuyen a la reproducción del pensamiento opresor entre los mismos seres que viven las consecuencias de esa opresión.

En otras palabras, respecto de las mujeres, el mismo hecho que el feminismo en Guatemala se haya dedicado a luchar contra la violencia hacia nosotras, contra la desigualdad social, contra la pobreza de las mujeres, contra, contra, contra todos los males de la sociedad que aquejan a las mujeres, nos ha situado en la posición de las organizaciones que, como dice una amiga “anunciamos en lugar de denunciar”.

En ese sentido, mi mayor crítica, es que así como la victimología “toma, entiende, asume, comprende a la persona a partir de que le son violados sus derechos, …lo que la hace limitada porque parte de la persona cuyos derechos han sido violados, en lugar de partir de la persona como portadora de dignidad, en todo momento”[6]. El feminismo, se ha quedado en el anuncio que plantea que las mujeres hemos sido oprimidas, discriminadas y violentadas, etc. lo que ha hecho que al final de cuentas, sin proponérselo, ni siquiera nos demos cuenta que hemos hablado por ya demasiado tiempo de la demanda en lugar de la oferta, es decir, hemos nombrado, renombrado, hecho énfasis, en la carencia de las mujeres, en su “vulnerabilidad”, en su victimidad[7], en lugar de nombrar la profunda fuerza que hay en cada una y en todas, que es en primera instancia, lo que nos hace seguir viviendo cada día. A esa fuerza interior, llámesele como se le llame es lo que hemos nombrado como empoderamiento. Solo que lo hemos vaciado de contenido al adscribirlo solamente a los factores externos del contexto social, olvidándonos que es de ese “espacio sagrado” del que parte nuestra fuerza y nuestro sentido de existencia, razón por la cual existieron los modelos solidarios de la Pre-historia, antes que se impusiera el patriarcado. Es por esa misma razón que el patriarcado nos violenta.

En ese sentido, mi mayor preocupación, respecto de lo nombrado en el feminismo guatemalteco y las mujeres, es que muchas veces potenciamos más la opresión de la que hemos querido salir, que la propuesta a la que aspiramos. Es la potenciación de la propuesta y no la de la carencia la que nos ubicará en un contexto en dónde sea posible vivir sin que medien opresiones.

Creemos realmente en eso? ¿O también hemos llegado a creer que las relaciones de poder, son la única forma de vivir y convivir entre seres humanos?
Voy a poner algunos ejemplos:

  • Aún existen organizaciones de mujeres y algunas feministas que han dado los miles de talleres, cursos, pláticas, etc. impartiendo conocimientos acerca de lo que es “el género” como construcción social, y en esa misma manera de enseñar lo que se pretende cambiar, se han quedado en explicar que porque somos diferentes, es que “somos” desiguales.  Recuerdo hace 20 años cuando empezamos a formarnos en “la perspectiva de género”, esa fue una de las formas en que lo aprendimos o en que lo tergiversamos, lo paralizante de seguirlo haciendo es que no permite subvertir el orden del patriarcado, sino solamente, nombrar la desigualdad, darle nombre, pero sin ningún tipo de propuesta.

  • Ya no se trata de nombrar lo desigual solamente, sino que se trata de potenciar la propuesta y la propuesta es compleja, de-constructora de lo discursivo para nombrar y transformar procesos que partan del empoderamiento corporal y, por tanto, de los procesos de transformación desde lo personal hasta lo relacional y lo social.

  • En el caso de la propuesta de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, me parece que ha pasado lo mismo. Hasta ahora, lo que más se trabajado son los daños o el impacto que ha generado la violencia en las mujeres, sin embargo, a pesar que la violencia sexual es considerada como la síntesis política de la opresión de las mujeres[8] y el principal instrumento para garantizar la permanencia del contrato sexual establecido como fundamento del patriarcado[9], es muy preocupante darse cuenta que desde el activismo político y en la reflexión de las organizaciones aún no se profundiza acerca de la manera cómo las mujeres hemos internalizado la violencia de género, inclusive las mismas mujeres que se dedican a luchar contra ella.
Es obvio, que la violencia genera violencia, y en muchas de nosotras que trabajamos por muchos años desde esa perspectiva, puedo decirles con certeza que no solo ha habido agotamiento, extenuación y muchas veces frustración, sino que además ha habido daño acumulado manifestado claramente en el deterioro de la salud, la alegría o la esperanza.

No es extraño encontrar además que las mismas mujeres que trabajan en el tema, reciban ellas mismas violencia o en todo caso, se hagan daño a partir de “atender” o escuchar a otras mujeres, que al igual que ellas, no han sanado sus propias heridas. Creo que lo peor de todo, es que no existe una conciencia clara acerca de por qué se está en estos temas, les puedo asegurar que no es solo para que se acabe la violencia, muchas veces las mismas mujeres que trabajan los temas buscan respuestas propias para resolver heridas personales.

Ello no es bueno, ni malo. Simplemente nos refiere al hecho que como mujeres hemos acumulado violencias en nuestra memoria corporal, que, así como las otras mujeres, necesitamos nosotras trabajar.

Como en alguna ocasión reflexione desde mi experiencia personal:

“Necesitaba parar y paré para recolocarme en un lugar interior. Cada quien escoge su lugar interior, y es desde ese espacio personal en donde se aprende a negociar consigo misma y/o con el entorno. Hasta ese momento, yo había estado respondiendo a laberintos que me cuestionaban desde el exterior mi propio recorrido interior, pero no tenía las herramientas necesarias para desarrollar tal introspección.

En la distancia y como resultado de años de búsqueda, empecé a encontrarme con heridas ocultas en mi cuerpo emocional, empecé a reconocerme con un cuerpo que había seguido funcionando desde la paralización de las emociones que dolían, entendí que no había cerrado duelos y que tendría que aprender a vincularme con la alegría, permaneciendo en el bienestar”[10]

Les parece conocido? A partir de entonces, fue cuando asumí que sanar implicaría un compromiso personal y parte de mi responsabilidad colectiva.

Estas son algunas de mis inquietudes, la intención es generar debate, contribuir a la meditación desde otra perspectiva y construir junto a uds. esa nueva propuesta que parte de nosotras, y se retroalimenta de la experiencia colectiva.

Quisiera para terminar, proponerles que cada una se pregunte:

1. ¿Por qué cada hago lo que hago dentro del feminismo? ¿Qué relación tiene eso con mi propia historia y mis propios procesos de transformación personal?

2. ¿Qué heridas de mi historia personal y social he ido sanando desde el feminismo? ¿Qué mecanismos he utilizado para amortiguar o contener, o para soltar y desapegarme?

3. ¿Es acaso mi posición feminista una verdad absoluta para defenderme de quienes opinan de manera diferente o ha sido una herramienta para transformarme y conectarme con el entorno de manera integral?
4. ¿Me siento agredida o violentada con lo que hago por alguna razón especial? ¿Cómo tiene que ver eso con mi historia personal y la construcción de mi intimidad?

5. ¿Acaso mi introspección desde el erotismo no tiene que ver con mi sentido sagrado de la existencia?

6. ¿Qué planteo desde el discurso que no se corresponde con mi lenguaje corporal?
Las invito a que desde la complejidad del análisis de la realidad, nos interpelemos. Esa puede ser una de las vías para construir la propuesta integral que nos permita seguir caminando.




[1][1] Aguilar, Yolanda. Tesis de Maestría. Inédita. Alcalá de Henares, Madrid, 2008.
[2] Eisler, Riane, El Caliz y la Espada. Nuestra Historia nuestro futuro. Santiago de Chile, Cuatro Vientos Edit. 10° edición, 2006. Introducción.
[3] Sanz, Fina. Psicoerotismo femenino y masculino. Ed. Kairos, 1999; Los vínculos amorosos, ed. Kairos, 2000.
Madrid, España.
[4] Auel, Jean M. Los Hijos de la Tierra. Colección. Ed. Oceano, México, DF. 1985
[5] Cazaus, Marta. El Genocidio, la máxima expresión de racismo en Guatemala. Una reflexión histórica y una reflexión. En: Dossier Guatemala. Universidad de Buenos Aires, Argentina, 2010.
[6] Reyes, Anantonia. Apuntes sobre visiones de los Derechos Humanos. Notas.
[7] Paniagua, Walter. La victimidad. Una aproximación desde el proceso de resarcimiento en la Región Ixhil del Noroccidente de Guatemala. Tesis de Doctorado en Psicología Social. Inédito, 2010.
[8] Aguilar, Yolanda; Fulchiron, Amandine. El carácter sexual de la cultura de violencia contra las mujeres. En: Las violencia en Guatemala. Algunas Perspectivas. Proyecto Cultura de Paz, UNESCO. Guatemala, 2005
[9] Consorcio Actoras de Cambio. Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado. ECAP-UNAMG. F&G Editores. Guatemala, 2010.
[10] Aguilar, Yolanda. Centro Q’anil. Tesis de Master en Autoconocimiento, sexualidad y Relaciones Humanas en Terapia de Reencuentro. Univ. Alcalá de Henares, Madrid, 2008.