miércoles, 11 de enero de 2017

El olvido en la memoria de Rogelia Cruz Martínez

Autor: Juan Carlos Vázquez Medeles

En la escritura histórica del proceso armado en Guatemala, la cercanía temporal fricciona con diversos espectros que oscilan en dicho quehacer. Los obstáculos políticos, culturales, epistémicos e individuales que implica la memoria se plantean como un desafío a vencer en la reconstrucción, interpretación o reinterpretación de los hechos. En el estudio del periodo una de las particularidades centra el interés en el rescate de personajes memorables, cuya participación ha sido matizada desde las cuestiones ideológicas que se insertan en la producción intelectual. Diversos nombres provenientes de la primera ola guerrillera permanecen en el imaginario colectivo con relación al desarrollo del conflicto armado guatemalteco,1 tal es el caso de Rogelia Cruz Martínez, quien fue Miss Guatemala en 1959 y murió asesinada en 1968 por su participación con la organización político-militar denominada las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR).

El trabajo que abordamos permitirá ubicar el proceso de construcción de Rogelia Cruz como personaje relevante e icónico de la lucha revolucionaria, así como destacar la importancia que tuvo en el itinerario de los acontecimientos y su influencia como parte de una constelación concerniente a la dinámica de la organización a la que perteneció. Al tomar en cuenta las limitaciones para reconstruir históricamente un escenario de posguerra y aprovechando las posibilidades que abre el repaso historiográfico, recurrimos a las fuentes orales y hemerográficas como ejercicio memorístico enfocado en la participación y presencia de la reina de belleza en el acontecer guatemalteco, para considerar las contradicciones y fricciones entre la memoria y la historia, que apuntalan a situarse como aporte en la recuperación de la memoria histórica.

La rebeldía
En la segunda mitad del siglo XX, el devenir histórico guatemalteco permaneció convulso por la violencia política que generó el conflicto armado interno, mismo que enmarcó la confrontación durante 36 años y cuya génesis convergió en un escenario latinoamericano donde se instauraban las ideas revolucionarias del triunfo del Movimiento 26 de Julio (M26-7) en Cuba y la influencia ideológica que trasladó consigo; ello impulsó la emergencia de los primeros brotes rebeldes en el país centroamericano y las líneas político-ideológicas que fueron seguidas durante el periodo del enfrentamiento.

La fecha del 13 de noviembre de 1960 significó la materialización del descontento de un sector de la institución castrense guatemalteca,2 puesto que se llevó a cabo la asonada militar a través de la Logia del Niño Dios;3 su sometimiento provocó que algunos de los principales protagonistas tuvieran que salir del país, aunque tiempo después volvieron para encabezar incipientes grupos insurrectos. Uno de ellos, el Frente Alejandro de León Aragón-Movimiento 13 de Noviembre (MR13), inició sus acciones armadas en enero de 1962 y fue encabezado por los tenientes Marco Antonio Yon Sosa (El Chino) y Luis Turcios Lima (Herbert) quienes, en conjunción con otros grupos políticos guatemaltecos, consolidaron el movimiento armado.4

Dichos grupos se conjugaron con la tendencia radicalizada del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), matizada por una línea política beligerante y antecedida por su III Congreso -celebrado del 20 al 22 de mayo de 1962-, donde señalan estar "en disposición de utilizar cualquier forma de lucha en consonancia con la situación concreta".5 Posteriormente, el PGT preparó al grupo denominado Movimiento 20 de Octubre (dirigido por el exjefe de las fuerzas armadas, Coronel Carlos Paz Tejada),6 que se identificó con la Revolución de Octubre de 1944. La improvisación y la inexperiencia de los combatientes impidieron la consolidación de la guerrilla de Concuá, que el 11 de marzo fue desarticulada y desmovilizada.7 Años más tarde reaparecieron algunos miembros, uno de ellos -Rodrigo Asturias (Gaspar Ilom)- comandó la Organización del Pueblo en Armas (ORPA).

En diciembre de ese año los grupos político-militares guatemaltecos conformaron las Fuerzas Armadas Rebeldes con la conjunción del MR13, el Frente Revolucionario 12 de Abril (formado por estudiantes), el Movimiento 20 de Octubre y el PGT, quien a través del Frente Unidad Revolucionaria (FUR) desarrolló el aparato político como instancia legal. Por su parte, el MR13 quedó al frente de la cuestión militar en la que Marco Antonio Yon Sosa fue designado jefe de las nuevas FAR.8

En la historia inmediata de Guatemala el levantamiento militar del 13 de noviembre de 1960 significó la apertura de un calendario de 36 años, donde el enfrentamiento ideológico derivó en matices bélicos y violencia institucionalizada. En este calendario existen nombres que dan cohesión a dicho evento y a la propia lucha revolucionaria. Sin embargo, la dinámica fue extendida en la primera ola guerrillera, donde las organizaciones político-militares se replantearon a sí mismas al penetrar en la conciencia guatemalteca. A la par, los nombres de esos oficiales levantados fueron el referente de los individuos que configuraban el ideario insurgente. Por su parte, la Sierra de las Minas9 se constituyó como la geografía donde el combatiente materializaba las ideas de transformación. Sin duda la mujer, complemento de los ideales, estuvo presente en su realización, siendo Marta Aurora de la Roca y Clemencia Paiz Cárcamo las primeras que tomaron el fusil en pro de su patria.10 Pero, más allá de lo que representó la montaña para el movimiento revolucionario, la ciudad fue parte de la geografía donde se movilizaron los grupos guerrilleros, y es aquí donde la vida de una mujer aprehende -con h- la revolución y la embellece. Pero volvamos atrás, aun antes de la asonada militar del 13 de noviembre.

Mientras Cuba conformaba el gobierno devenido del triunfo revolucionario del M26-7, Estados Unidos buscó detener la consolidación de este gobierno y lo abatió con medidas económicas y proyectos que inmiscuían a los países latinoamericanos, como las medidas ofrecidas por la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL) y su desarrollismo11 como paradigma económico, que penetró en Guatemala con la imagen de modernización que dibujaban dichas medidas.

Así, a principios de junio de 1959, la Dirección General de Turismo de Guatemala y la Cervecería Centroamericana, S. A., convocaron a la elección de Miss Guatemala, otorgando a la ganadora un premio de mil quetzales y los gastos pagados para el certamen Miss Universo en Long Beach, California.12 Al tiempo que el diario El Imparcial daba seguimiento del concurso en sus páginas, denunciaba las "Actividades comunistas de algunos centroamericanos, en Bonn, Alemania",13 donde Otto Castillo14 destacaba como delegado del VII Festival de la Juventud.

El 20 de junio del mismo año Rogelia Cruz Martínez se inscribió como participante del concurso de belleza, junto a otras 50 mujeres, aproximadamente.
Las actividades del certamen comenzaron el domingo 28 de junio, en la Posada Belem en Antigua Guatemala, siguieron con un desfile alegórico el sábado 4 de julio por la Sexta Avenida de la Zona 1, centro histórico de la ciudad, y culminaron con la coronación, el sábado 11 de julio, de Rogelia como Miss Guatemala, con apenas 17 años de edad. El embajador estadounidense, Lester D. Mallory, fue quien le colocó la banda simbólica como parte del atuendo correspondiente.15

Mientras el estallido de bombas sorprendía a la embajada estadounidense y al arzobispado, y la cacería de presuntos comunistas se iniciaba en la capital, la reina de belleza guatemalteca participaba en Long Beach, del 18 al 25 de julio. El imaginario popular configuró la idea de que el discurso de presentación no respondió a los usos y costumbres de dichos eventos, puesto que ella habló de la Guatemala que sentía -no de la que los organizadores querían mostrar-, como parte de la construcción de un paradigma de la mujer guerrillera. Todo ello mientras los cubanos conmemoraban el sexto aniversario del asalto al cuartel Moncada y Guatemala recordaba el segundo aniversario luctuoso de Carlos Castillo Armas,16 declarando el 26 de julio fecha máxima del anticomunismo.17 Y 15 meses después, la Logia del Niño Dios inauguraría el calendario del conflicto armado interno guatemalteco.

La reina
Rogelia nació el 31 de agosto de 1941, hija del pianista Miguel Cruz Franco18 y de Blanca Martínez; ambos progenitores perecieron en 1955 en un lapso de dos meses, por lo cual ella y sus hermanas menores empezaron a vivir con su abuela materna. Sus estudios primarios los realizó en la Escuela Dolores Bedoya de Molina, posteriormente estudió en el Instituto Normal Central de Belén para Señoritas de Guatemala, de donde egresó con el título de Maestra en Educación Primaria, en octubre de 1959,19 tan sólo unos meses después del certamen de Long Beach. Posteriormente ingresó a la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC) para estudiar Arquitectura. No obstante, su representación de Guatemala duró poco, y mostró su descontento al salir a las calles durante los acontecimientos que enfrentó la dinámica de su país.

[…]

Aunque los proyectos modernizadores beneficiaron a un sector de la población, la necesidad de una fuerza motora en la incipiente industrialización impactó en la enseñanza institucional, de modo que los planteamientos educativos fueron dirigidos a la formación de mano de obra calificada, capaz de enfrentar las exigencias del mercado.20

Sin embargo, la modernidad desarrollista del gobierno guatemalteco llegó al sector rural de manera insignificante, en donde se develaron las contradicciones del modelo económico y la pobreza acrecentó, dando pie a fricciones que agudizaron el conflicto bélico entre los actores sociales, pero sin que ello fuera determinante en la lucha política del país. Se vislumbraron las desarticulaciones inherentes21 en Guatemala, que la mostraron como una sociedad dependiente, lo que acentuó las incongruencias de las relaciones económicas, sociales y políticas, y exhibió así las disparidades de los efectos de la modernización. En breve, se trató de un crecimiento concentrador y excluyente.22

Las disparidades del modelo desarrollista ocasionaron una crisis social en la ciudad capital. En tanto, la combatividad de la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU) y el Consejo Superior Universitario (CSU) de la USAC impulsó el llamamiento a la huelga general, que desembocó en el asesinato de tres estudiantes23 y acrecentó el descontento de la población ante la arremetida del gobierno de Ydigoras Fuentes en las llamadas Jornadas de Marzo y Abril de 1962 en las que, según Moisés Evaristo Orozco Leal, Rogelia Cruz formó parte del Comité Clandestino, integrado por estudiantes de diversos centros educativos, incluso instituciones privadas. La represión condujo a las armas a sectores universitarios organizados, como el Frente Unido Estudiantil Guatemalteco Organizado (fuego), del que se desprendió el Movimiento 12 de Abril como grupo guerrillero.24

La preocupación de Rogelia por transformar la realidad de su patria debió ser la razón que la llevó a incorporarse a la lucha revolucionaria, donde, en palabras de Julio César Macías (César Montes):

Ella colaboraba transportando armas, transportando gente y dando su casa, ella vivía con gemelas, sus dos hermanas eran gemelas, y las educaba como si fuera madre de ellas, pero Rogelia era una persona que se preocupaba por ella, por sus hermanas, por sus estudios, y todavía por la lucha. Nos daba cobertura, en esa casa yo llegué a vivir, y usaba eventualmente Turcios Lima. Era un encanto de mujer con una cultura muy especial, no era la típica reina de belleza de ahora que no saben hilar por lo redondo, sino que era una mujer muy culta. Y ella, siempre durante la lucha anduvo con una pastilla de cianuro en la bolsa, porque nosotros en esa época habíamos decidido que uno no podía dejarse capturar.25

Ella, Rogelia, fue partícipe del primer ciclo revolucionario, mismo que enfrentó pugnas ideológicas en su seno ante la cuestión de la línea política a seguir.26 Militó mientras la contrainsurgencia guatemalteca dio los primeros golpes devastadores al movimiento, en la intersección de diversos factores como la candidatura de los hermanos Méndez Montenegro,27 el pacto con los militares para asumir la presidencia por parte de Julio César, y la eliminación de aproximadamente 33 militantes del PGT28, hecho conocido como el caso de los 28 desaparecidos.29

Algunos dirigentes del movimiento revolucionario lograron escapar a la abatida de marzo, así las FAR secuestraron a tres personajes con presencia política importante: el presidente del Organismo Judicial, Romeo Augusto de León; el vicepresidente del Congreso, Héctor Menéndez de La Riva; y el secretario de Prensa de la Presidencia, Baltasar Morales de la Cruz -en la operación murieron Luis Fernando Morales, hijo de este último, y Pointán Canizales, su chofer-30. No obstante, con la fuga de uno estos personajes, la falta de respuesta y el desinterés por parte del gobierno, los guerrilleros decidieron liberar a los otros dos retenidos. Fernando Morales de la Cruz, hijo de Baltasar Morales, contradice la versión al señalar un intercambio de detenidos, y destaca la relación estrecha de su tía Rogelia con los acontecimientos, ubicándolos aproximadamente en agosto de 1966, mes de cumpleaños de la reina de belleza:

A la vuelta a la manzana de nuestra casa, durmió también José María Ortiz Vides, uno de los comandos urbanos involucrado en el secuestro y los asesinatos, y capturado posteriormente, y después canjeado por mi padre, como regalo de cumpleaños de mi tía Rogelia de sus compañeros guerrilleros. Ortiz Vides estuvo preso en el Segundo Cuerpo de la Policía, que queda en la once avenida, a 70 metros de la casa de Rogelia, y a 100 de la de Luis Fernando, todo en una misma manzana.31

Posteriormente, enfrentó el duelo por la muerte del comandante Luis Turcios Lima en un accidente automovilístico; la separación de las FAR y el PGT; y el asesinato del poeta Otto René Castillo, quien murió torturado y quemado en el cuartel militar de Zacapa, en la Sierra de las Minas, junto a Nora Paiz, cuando ambos pertenecían al Comité de Propaganda y Educación del Frente Guerrillero Édgar Ibarra, lejos de imaginarse que ella sería una víctima del sistema que institucionalizaba la violencia.

El calvario
El 27 de agosto 1965 Rogelia, junto con una de sus hermanas, fue detenida por infringir el decreto número 9, Ley de defensa de las instituciones democráticas. Sin embargo, al no demostrarles dicho "crimen", la auditoría de guerra las dejó en libertad. Su situación cambiaría drásticamente en noviembre de 1967, cuando Rogelia conducía su automóvil acompañada de una niña,32 presumiblemente con rumbo a Quetzaltenango, donde Leonardo "Nayito" Castillo Johnson -hijo de Leonardo Castillo Flores, dirigente histórico del PGT y desaparecido en marzo de 1966- la esperaba. Como relata José Cruz, primo de Rogelia:

Mi prima, Rogelia Cruz Martínez tuvo un accidente en la carretera panamericana yendo de Chimaltenango a Quetzaltenango, en donde una niña pequeña que iba con ella, murió en un accidente, ella volcó, aparentemente la niña jugando le tapó los ojos, ella iba manejando y la niña le tapó los ojos por atrás, eso la llevó a un vuelco en un pequeño carro que tenía, un Ford Anglia, carrito pequeño de fabricación inglesa. Ella fue capturada por la policía y fue internada en la cárcel de Chimaltenango. Mi familia inmediatamente puso manos a la obra para liberarla, y después de ciertos trámites y acciones, más o menos de un mes que estuvo presa, fue liberada a finales de diciembre de 1967. [...] Estando en la casa de mi tío, Antonio Cruz Franco, en la Av. Bolívar llegó "Nayito" Castillo Johnson, que era el responsable de las Fuerzas Armadas Revolucionarias del PGT, las FAR que se formaron después de la división de las FAR (Rebeldes) con el PGT, y dijo que ellos la iban a cuidar mejor y se la llevó. Días después supimos que en una casa de la Colonia, Jardines de Tikal había sido secuestrada Rogelia junto con otra mujer. En cuanto se supo del secuestro de Rogelia, mi tío Antonio comenzó a interponer recursos de exhibición ante la Corte Suprema de Justicia, recuerdo que íbamos toda la familia a hacernos presentes para exigir el aparecimiento de Rogelia, ahí en ese edificio, recuerdo lo sombrío de esas gestiones donde nadie respondía nada, donde el Estado de derecho era prácticamente inexistente, en donde nos veían más bien como apestados, como personas que no tenían que ser tomadas en cuenta o recibidas.33

El recurso de exhibición fue publicado en el Diario Imparcial,34 destacando dos aspectos: por un lado subraya las amenazas dirigidas a Rogelia distribuidas en volantes el 14 de diciembre de 1967, por pertenecer al movimiento revolucionario, aun antes del referido accidente. Por el otro lado, la incomodidad de las autoridades que interpretaron el habeas corpus como una ofensa en la que: "se denigra y atenta contra la dignidad de los jueces y magistrados del organismo judicial y contra la majestad de la justicia".35 Pese a la indignación de los miembros de la institución, al día siguiente la situación se agravó, como es relatado por José Cruz:

Tenía yo 17 años, estaba yo en vacaciones, algunos amigos nos habían invitado para que fuéramos a jugar boliche y en eso recibimos la noticia que había aparecido el cadáver de Rogelia en Escuintla, y de ahí, nunca más volví a jugar boliche. [...] para nosotros fue una prueba emocional y un evento muy impactante en la formación de nuestra conciencia política y personal. El agudo sentimiento de injusticia, el sentimiento de exigir venganza y reparación [...].36

El cuerpo fue dejado bajo un puente del arroyo Culajaté, en el kilómetro 84 de la carretera que une a Escuintla con Santa Lucía Cotzumalguapa. El brutal asesinato apenas se vislumbraba en los medios escritos,37 a la vez que se combinaba con notas de presuntos ajusticiamientos de la FAR.38

No obstante, el impacto alcanzó dimensiones imposibles de ocultar, y los resultados de la autopsia fueron el golpe que recibió la población:

a) Un trauma cráneo-encefálico, sin fractura pero que la fuerza del golpe que lo produjo pudo ser la causa de muerte; b) un edema agudo del pulmón; c) rastros de un tóxico metálico, que pudo haber causado envenenamiento [...] En las manos y en los pies presentaba señales que podían atribuírsele a grilletes.

El presidente Julio César Méndez Montenegro mandó un telegrama al jefe de la Policía Nacional pidiéndole que: "Active por todos los medios a su alcance investigación hecho criminal víctima señorita Rogelia Cruz Martínez. A toda costa debe esclarecerse. Manténganme informado".39 El jefe policiaco a quien era destinado el mensaje fue señalado como uno de los más cruentos torturadores de los años sesenta, el coronel Máximo Zepeda Martínez, quien además fue cónsul en Tapachula, Chiapas. El ejército guatemalteco le otorgó el grado de general. Zepeda Martínez fue señalado como el responsable directo en el caso de los 28 desaparecidos y miembro dirigente del grupo paramilitar Nueva Organización Anticomunista (NAO) del cual llevó a cabo la consigna del grupo: "Comunista visto, comunista muerto". La crueldad con que se caracterizaron sus acciones fue paralizada por miembros del PGT40 el 22 de marzo de 1980, cuando lo ajusticiaron. A dicho personaje se le atribuye el asesinato de Rogelia.

El cuerpo de Rogelia fue llevado al Cementerio General,41 acompañado tanto por su familia como por personas de diversos sectores de la sociedad guatemalteca. Durante el sepelio algunos oradores dirigieron sus palabras para despedir a la reina de belleza, desde representantes de la AEU -como el orador Carlos Orantes Trócoli- hasta el poeta Alberto Velázquez, quien escribió para ella un adiós titulado: Un anatema y un miserere, uno de sus versos dice: "Mañana otros crímenes nefandos borrarán el horror del presente multiplicado crimen".42 Que quizá, era lo que se esperaba, el olvido de la población, dejando el escarmiento a la mujer guerrillera, donde el impacto inmediato de los testigos y conocidos de la víctima era parte del método contrainsurgente conocido como overkill (sobrematar),43 con lo cual la violencia descargada al cuerpo, agonizante o muerto, es extrema para ejemplificar la voluntad de aniquilar al opositor. Sólo que en este caso, como diría César Montes:

Fue muy duro para nosotros, que la habíamos conocido personalmente, pero fue muy duro para el país, porque era decirle al país: "Miren, ni a la reina de belleza vamos a respetar, ni a la Miss Guatemala, nada". El que pensó que al matarla la eliminaba, la inmortalizó [...] se equivocó.44

César Montes no estaba equivocado, la sociedad guatemalteca repudió el hecho. Y la organización político-militar a la que perteneció Rogelia, también tendría sus propias reacciones ante el asesinato de la reina de belleza.

La enmienda
Los actos seguidos por parte de Leonardo "Nayito" Castillo Johnson, pareja sentimental de Rogelia, así como miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR-Revolucionarias)45 llevaron a la muerte del coronel del Estado Mayor John Daniel Webster y el comandante de la sección naval Ernest A. Munro, agregados militares de la Embajada estadounidense.46 José Cruz percibió dichas acciones como una situación punitiva, explicando que:

Nayito se lanzó a una cacería […]

Pese a la dinámica que tuvo la primera ola guerrillera, los acontecimientos previos de la contrainsurgencia -principalmente el asesinato de los miembros del buró político del PGT en marzo de 1966-, mostró la estrategia de inteligencia castrense a través del programa Public Safety División de USAID al mando del coronel Rafael Arriaga Bosque.55 Posteriormente, los asesinatos selectivos fueron parte de dicha táctica. En tanto que la reacción impulsiva de Leonardo Castillo Johnson tras la muerte de Rogelia Cruz trastocó la seguridad de las autoridades guatemaltecas, se desató la persecución de presuntos "facciosos" ante la relevancia política de los occisos. Así, el presidente Julio César Méndez Montenegro declaró el mismo día de las acciones un Estado de alarma por 30 días, en el cual limitó las garantías individuales de la ciudadanía, disponiendo una serie de artículos en los que se apoyaron para hacer una gran cantidad de detenciones, como lo refiere el artículo 6°: "Las personas contra quienes existieren indicios fundados de que actúan para alterar el orden público, podrán ser detenidas sin necesidad de mandato judicial o apremio".56

[…]

El asesinato de Rogelia Cruz Martínez devino en una madeja violenta de acontecimientos, entre la pugna ideológica que enfrentó Guatemala, con un saldo humano costoso. Las FAR continuaron perdiendo cuadros de importancia política para su estructura, lo cual las orilló a un repliegue estratégico para su fortalecimiento. Así el reordenamiento estructural fue obligado, lo cual se reflejó en su iv Congreso desarrollado a finales de 1969, donde la organización optó por la estrategia de guerra revolucionaria popular (de carácter prolongado).60

El icono
En el espectro cultural revolucionario es patente la presencia de sus protagonistas, y la configuración de paradigmas obtiene, a través de los mártires, la personificación de la ideología. En ellos se materializa la praxis ética y política por la cual se está dispuesto a trasponer el proyecto utópico sobre la vida. Al mismo tiempo, como Enrique Camacho Navarro expone, dicha creación icónica es:

Una aproximación al imaginario que se construye desde la resistencia, desde la rebeldía, no sólo incluye la percepción que se tiene por parte de los detentadores del poder: también debe ponerse atención en la imagen que el propio rebelde ofrece de sí mismo. Su figura, antepuesta a la fuerza dominante, está ubicada a la cabeza de aquel imaginario con el que se pretende sustituir al imaginario "oficial".61

No obstante, la muerte es el punto de trascendencia para los iconos revolucionarios, que implica la reproducción de la imagen del nuevo mártir como resultado del enfrentamiento político violento. En el caso del asesinato de Rogelia se ha dicho mucho, se ha escrito poco sobre lo que ella representa y lo que es para el movimiento insurgente. Fue una mujer que pisó las pasarelas para ser elegida como una de las más bellas, en un espacio de comercialización de cuerpos, ideas, costumbres, en aras de un imaginario de Nación proyectado desde el Estado y, sin duda, para poner cuñas en el ambiente político internacional; sin embargo, encontró en la lucha la dignidad y, con ella, entregó su vida.
Un aspecto implícito en la construcción iconográfica dentro de la consolidación identitaria es la situación de género, la cual, en un enfrentamiento político con tintes bélicos en la sociedad latinoamericana -en particular en Guatemala-, asienta la simbolización del cosmos a partir de una jerarquización patriarcal, en la que no sólo se percibe de esta manera, sino que se reproduce y se reacomoda consecuentemente desde esta concepción. Para Ricardo Melgar Bao, el despliegue simbólico, dentro de lo que llama el proceso ritual,62 se vincula a dicha apreciación homocéntrica:

La construcción cultural de las virtudes violentistas en las guerrillas latinoamericanas, exaltan un patrón de simbolización fuertemente masculinizado, que juega con la equivalencia entre lo viril y lo heroico, combatir como ofrendar o perder la vida es cosa de machos, independientemente de que haya o no guerrilleras ejemplares o heroicas. Los referentes femeninos tienen que ver con el reposo del guerrero y su soñada "muerte chiquita" o la más temida muerte real.63

La reconstrucción de la vida de los revolucionarios, en este caso de Rogelia Cruz, semeja las hagiografías que narran hazañas gloriosas y la reivindicación del camino del santo, donde su comportamiento es ejemplar y fervoroso del ideal cristiano. El martirio, como preámbulo del deceso, enfatiza la violencia corporal a que fueron sometidos para consolidarse como paradigma del buen religioso (creyente)64 o del buen revolucionario (militante).65 Beatriz Cortez indaga en la obra de Roque Dalton para enfatizar el culto a la muerte del guerrillero latinoamericano, donde los difuntos sobrepasan la vida de los vivos como parte de un virtuosismo inherente al martirio, y señala que: "Derivado de la teología cristiana y aumentado por los principios revolucionarios, el culto a la muerte promovía la cultura del sacrificio".66 En el mismo sentido, Melgar Bao puntualiza que:

Al interior del universo guerrillero cobra visibilidad la ceremonialización de la muerte, uno de cuyos capítulos centrales tiene que ver con la construcción de su martirologio en un complejo proceso de repolitización, resemantización y apropiación de sentidos y valores propios de la religiosidad.67

La eternización de la vida de Rogelia, y de todo guerrillero caído, emerge en el momento de su deceso para transitar a su no muerte, en la que permanecerá la experiencia como parte del panteón revolucionario, con la reproducción de su imagen en el espectro cultural propio de la resistencia para evocarse como compañero de lucha, entre el misticismo religioso y el ideario teórico marxista, encontrando un sentido en la cultura latinoamericana, en la que -sin duda- el proceso de asunción de la muerte, rompe el esquema ideológico para fortalecer el sentido popular de la trascendencia.68 "La propia narrativa letrada y militante apela a la hibridación de estas mitologías del renacer del guerrillero".69 Probablemente el sufrimiento físico de Rogelia durante la tortura fue demasiado, la mímesis que abstrae Mario Roberto Morales de ese momento plantea una posibilidad bajo este sentido:
Soy la hoja seca desprendida para siempre del árbol a fin de ejercer su papel en este sacrificio sin testigos: puedo, sin embargo, arrojarles mi propio cadáver mutilado a los ojos a quienes se conmueven con el dolor ajeno. De qué puedo preocuparme, si soy el lirio del campo que no necesita más vestido ni más alimento que este atuendo glorioso y esta dádiva de malograda entrega a la muerte como quien se interna emocionado en un pasaje hacia otra manera de vivir [...] Si habrá testigos.70

Es aquí que la trascendencia de la reina de belleza empezó, su nombre se convirtió en sinónimo de lucha, de la belleza de la participación revolucionaria y del ímpetu femenino como parte de la transformación. Rogelia Cruz se apropió de plazas, más allá de las disputas estudiantiles, y con sólo decir o leer "Otto está vivo, Rogelia está viva, vos estás muerto", la congruencia, la dignidad y el sacrificio estuvieron presentes, homenajeada por un grupo de artistas que elevó su imagen a través del pincel del artista plástico Arnoldo, El Tecolote, Ramírez Amaya.

[…]

Por su parte, en el momento de la realización de los murales y tras el enfrentamiento con las autoridades universitarias y elementos de la policía, se puso atención a lo que sucedía en el interior de la USAC75 a partir de un conjunto de artistas y estudiantes universitarios. Es Ramírez Amaya quien continúa la narración:

Hacía un año, empezamos Palma Lau y yo, como al mes se integró el "Bolo" Flores, como a los tres meses éramos cuarenta, a los seis meses éramos seiscientos, y el día ese, irreverencia al tope, ¡marimbas! pero los murales ya no se pudieron hacer tampoco con la misma calidad [...] el slogan de la Universidad dice: "Id y enseñad a todos", entonces le dimos vuelta y decía: "Id y aprender de todos" y con el logotipo de Coca-Cola decía: "sino, Comer-Caca", ese es mío, ese es el que más escándalo hizo, el del gorila, había otro mural que decía: "Mujer, en tu lucha debes incluir el fusil" y estaba el retrato de Rogelia Cruz, yo hice un retrato de Rogelia Cruz desde una fotografita pequeña logré sacarla y el ojo bellísimo [...].76

La polémica sobre la realización de los murales llegó a la prensa capitalina;77 por un lado las declaraciones de quienes rechazaron la acción -como el rector Rafael Cuevas del Cid, el escritor Manuel José Arce y Francisco Mencos, secretario general de la Asociación de Estudiantes de Humanidades- oscilaron en señalar el hecho con una carga de oportunismo político y resentimiento ante la salida del equipo de la revista Alero, mismo que llevó a cabo la muralización. Por otro lado, las declaraciones de quienes manufacturaron el proyecto separaron los conceptos artísticos y pusieron énfasis en la carga ideológica de los dibujos, así como en el significado dentro de un sistema de comunicación colectiva y formación política.78

Sin embargo, debido a la ubicación de los murales y al impacto que causaron los mensajes alusivos al estudiantado, a rectoría y a la izquierda sin compromiso, la imagen de Rogelia Cruz Martínez pasó desapercibida en los medios escritos. Solamente quedó la mención de la frase pintada en el muro de la Facultad de Ciencias Económicas: "Otto está vivo, Rogelia está viva. Vos estás muerto", que además fue recubierta de pintura días después. Así, el muro perteneciente a la Facultad de Derecho y que alberga la Plaza Rogelia Cruz se mantuvo discreto durante años, y la referencia de la participación de la mujer en el movimiento revolucionario guatemalteco fue convirtiéndose en una inherencia con la reina de belleza.

El iconotexto que integra el mural tiene un mensaje claro y contundente, "Mujer: En nuestra lucha falta el fusil", en un contexto que devenía del debilitamiento del PGT, puesto que éste sufrió un golpe el 26 de septiembre de 1972, al desarrollarse un movimiento para aniquilar a sus miembros. Mientras el Comité Central (CC) conmemoraba el 23 aniversario de su fundación, fueron aprehendidos los dirigentes Bernardo Alvarado Monzón, Secretario General del Partido, y los dirigentes Hugo Barrios Klee, Mario Silva Jonama, Carlos Alvarado Jerez, Carlos René Valle y Valle, Miguel Ángel Hernández y Fantina Rodríguez. En tanto el ejército incrementó su participación en la economía, la administración política, el desarrollo industrial y la infraestructura de pertrechos militares.79

Es necesario tomar en cuenta las dificultades que afronta la reconstrucción histórica en el proceso de la configuración icónica, donde el tiempo y las representaciones despliegan significados diversos al acentuar la carga simbólica proyectada, como es patente en la contraposición con la percepción en 1977 de Guillermo Toralla, quien destaca en su discurso el machismo imperante del sancarlista recién graduado como una generalización del universitario guatemalteco, exponiendo que: "Nos interesa destacar, sin embargo, el papel ceremonial, casi mágico, que tienen los murales como exaltadores de un espíritu combativo, dentro de un grupo que no reúne las condiciones necesarias para la lucha revolucionaria";80 en particular, expone que: "En el caso de las mujeres, como grupo, tal conciencia no existe".81

El periodo precedente a la muralización fue percibido como un reacomodo de las fuerzas político-militares en que la autocrítica era manifiesta, y el desarrollo de una formación ideológica más sólida acompañó el inicio de la década de los años setenta. Ante el escenario que marcó el repliegue militar de la primera oleada guerrillera, el autor del mural dedicado a Rogelia expresa:

¿Qué sentido tuvo la muerte de Rogelia? No aflojó el gobierno [...] en un movimiento que está bien consolidado, la muerte de una reina de belleza le puede dar vuelta a un país [...] la muerte de Rogelia no trascendió en nada, no porque el gobierno fuera tan agresivo, no. Aquí se ha hablado mucha paja, mucha paja, la muestra es que ahora los cerotes que echaron pija toda la vida son diputados y son tan comemierda [...] Entonces, mucha gente cayó por gusto, pienso que Rogelia es una víctima de nuestros propios errores, de nuestra propia subestimación de quiénes éramos, no era la gran mierda [...] Pérdidas grandes por causas superfluas, no me refiero a todo el heroísmo, si volviera a nacer hago lo mismo, pero no hay que sobrestimar la babosada.82

Al iniciar el segundo ciclo guerrillero, el panteón de los mártires de la década de los años sesenta otorgó el nombre de Rogelia Cruz Martínez, desde los muros universitarios hasta el hacer histórico de los agentes que remontaron la lucha revolucionaria, con una imagen que sirvió como ejemplo y concientización para el devenir guatemalteco.

El arma de guerra
En el martirio de Rogelia Cruz Martínez, la inmolación que sufrió puede verse como un arma de guerra utilizada en el conflicto armado interno guatemalteco que buscó implantar el terror en la organización a la que perteneció. La apropiación del cuerpo de la reina de belleza por parte de sus agresores, encabezada por el jefe de la Policía -coronel Máximo Zepeda Martínez-, fue a través de la violencia extrema característica del periodo.

Si bien la desaparición colectiva, que significó el caso de los 28 desaparecidos, mostró la estrategia contrainsurgente implantada para desarticular el movimiento revolucionario, el asesinato del poeta y militante de las FAR, Otto René Castillo, mostró la crueldad desplegada contra el cuerpo del enemigo, principalmente cuando éste era un personaje público y con notabilidad en el fortalecimiento del trabajo ideológico. Su muerte, junto con la de Nora Paiz el 19 de marzo de 1967 en la aldea de Los Achiotes -Departamento de Zacapa, Guatemala- se dio mediante la excesiva tortura cometida por sus captores, quienes lo gilletearon83 mientras le hacían recitar su poema Vamos Patria a caminar, posteriormente su cadáver fue quemado y los restos enterrados.84

El cuerpo del enemigo fue despreciado, prevaleciendo la supremacía racional e intelectual que simbolizó la ideología del sistema dominante, mediante la humillación se proyectó el asentamiento de dicha ideología y la justificación de su permanencia. Cuando el cuerpo femenino fue el instrumento utilizado como botín de guerra, la violencia sexual se introdujo como un elemento más en la tortura infringida. El escenario político en pugna osciló entre el lugar donde la tortura se realizó y el cuerpo ultrajado en dos dimensiones, la individual y la colectiva.85 Es decir, en Rogelia Cruz Martínez y la organización político-militar en la que militó, las FAR.

El sufrimiento de Rogelia mediante la tortura y la consumación del acto sexual sobre ella fueron convertidos en un trofeo por parte del agresor. Nuevamente, el imaginario popular y la recreación de los hechos en la transmisión oral en que se fue asentando la historia del asesinato -donde la lucha interpretativa contrapuso al "otro", quien era el enemigo-, plasmó la representación de un Máximo Zepeda que se ufanaba de la acción cometida por él y sus subordinados en los lugares que frecuentaba para beber, relatando a detalle la violación y los golpes proyectados hacia su víctima. Tanto la belleza física como el simbolismo que implicó ser Miss Guatemala, acrecentaron la necesidad de apropiación del cuerpo de la mujer, parte de la trivialidad masculina exaltada por el jefe policiaco, lo que reflejó en la batalla ideológica otras dimensiones internas, como el machismo inherente de la lucha militar: "Es aquí que consideramos que en América Latina una cadena semántica inclusiva vincula la violencia, la crueldad y la muerte bajo los órdenes etnoclasistas excluyentes y opresoras de cada país".86

Así, la dimensión colectiva fue trastocada al ser la receptora del sufrimiento de Rogelia, en donde la humillación se desprendió con el uso de la fuerza, la impunidad y la impotencia frente a los hechos. También se simbolizaron, a través del cuerpo de Rogelia, las ideologías en combate donde las instituciones militares y policiacas expresaron el poder que les otorgó el Estado guatemalteco. Los acontecimientos evidenciaron la incapacidad de las FAR para proteger a sus miembros, principalmente la reina de belleza, quienes vieron en su sacrificio una profanación que era necesario afrontar.

La memoria
La reconstrucción de la memoria, como parte del quehacer histórico, está relacionada con la dificultad que enfrentan las fuentes para sustentar dicho proceso, principalmente en los escenarios que resistieron a situaciones de violencia, además de la cercanía relativa de los acontecimientos. La tarea se complica ante las subjetividades en torno a ello, como bien afirma Arturo Taracena:

[...] los estudios históricos contemporáneos orientados hacia el tema de la memoria histórica, muchos de estos estudios han sido concebidos casi exclusivamente como un ejercicio -de hecho indispensable- para la reparación para las víctimas, dejando de lado que también deben de ir en la dirección de contribuir a explicar la complejidad de lo sucedido.87

[…]

El discernimiento en la configuración del personaje histórico e icono revolucionario que abarca Rogelia Cruz, implica considerar las líneas historiográficas antes mencionadas, como la creación de nuevas fuentes, como bien señala José Domingo Carrillo:
En la búsqueda de la reinterpretación de la historia de los treinta y seis años de guerra, las fuentes orales han probado ser un recurso valioso para profundizar en el conocimiento de los contextos locales que moldearon las formas asumidas por las guerrillas en las diferentes regiones de Guatemala.91

[…]

Si bien la génesis del movimiento revolucionario guatemalteco fue originada con la participación del Frente Unido del Estudiantado Guatemalteco Organizado (FUEGO), proveniente de las Jornadas de Marzo y Abril en 1962 -lo que hacía presente a los universitarios en la conformación de las FAR-, Rogelia fue quien individualizó esta presencia, como paradigma de la mujer revolucionaria.

La concepción que lleva a construir el hombre nuevo guevarista como arquetipo del hombre liberado, en donde el campo conformado desde la revolución permite el desarrollo de la libertad, es reflejo del hacer histórico de Cruz Martínez. Como lo señaló Ernesto Guevara en su Carta abierta a la juventud, la revolución tiene un camino a seguir, que es otorgar el paso a la ideología marxista-leninista, donde el hombre para alcanzar su verdadera condición humana se liberará de su enajenación y se reapropiará "de su naturaleza a través del trabajo liberado y la expresión de su propia condición humana a través de la cultura y el arte". Lo que alcanza su plenitud en la transición del socialismo al comunismo, donde la condición mercancía-hombre propia del capitalismo, cesa de existir.93

La transición de Rogelia, que oscila entre la participación en el certamen de belleza Miss Universo de 1959 a la militancia política en las FAR, cumple simbólicamente la ruptura de esa condición mercancía-hombre, transformando su cuerpo de la trivialidad estética construida bajo los cánones del status quo, al sacrificio revolucionario que implica comprometerse con la lucha. El escritor Mario Roberto Morales, en su obra El ángel de la retaguardia, entremezcla en su narración la agonía de Rogelia antes de perecer, donde el desprendimiento del cuerpo es paulatino para llegar a la liberación total -en la que permanecerá para siempre-, y pone voz a los pensamientos de la mujer torturada: "Puedo, sin embargo, arrojarles mi propio cadáver mutilado a los ojos a quienes se conmueven con el dolor ajeno".94

[…]

No obstante, la memoria histórica referente a Rogelia Cruz Martínez quedó reducida a dar nombre a diversas organizaciones, colectivos estudiantiles y movimientos con demandas particulares, con una visión de género o proyectos dentro del sistema político guatemalteco. Esto también puede apreciarse en el abandono que tenía el lugar donde descansan sus restos, el panteón familiar de los Cruz Franco -en el Cementerio General de Guatemala-, donde carecía de identificación hasta que en diciembre de 2010 varias organizaciones y familiares de la mártir colocaron una placa en su tumba, en homenaje a su nombre.

La muerte de Rogelia quedó impune, sin embargo la inmortalización de la mujer guerrillera, comprometida en la lucha revolucionaria y la construcción del hombre nuevo-mujer nueva, en la sociedad socialista como utopía alcanzable por medio de la estrategia que siguieron las FAR, es inherente a la imagen y vida de Rogelia. En definitiva, la Miss Guatemala 1959 embelleció el martirologio revolucionario guatemalteco como paradigma de sacrificio, conciencia política y coherencia ideológica que todo militante marxista está dispuesto a afrontar en el camino de la transformación.


Fuente: http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0188-28722012000200005

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Mitos y realidades del embarazo no deseado

Ana Pizarro


Mito: Todas las mujeres por naturaleza son madres, o desean serlo. 
Realidad: No todas las mujeres pueden quedar embarazadas. De hecho son muchas las mujeres que no pueden o deciden no embarazarse, por razones de salud, económicas, son estériles, porque el embarazo se contrapone con su proyecto de vida, etc. 

Mito: Las mujeres si quisieran, evitarían un embarazo no deseado. 
Realidad: Muchas mujeres se enfrentan diariamente a un embarazo no deseado. La mayoría de ellas se vieron forzadas a una relación sexual sin consentimiento, o bien no utilizaron un método anticonceptivo, o bien su pareja no aceptó, se negó o no le gusta usar preservativo. Muchas mujeres se enfrentan a una pareja violenta cuando se niegan a sostener relaciones sexuales sin el uso de condón, o bien cuando las parejas se dan cuenta que están planificando. 

Mito: Antes no se tenía información sobre los métodos anticonceptivos, pero ahora sí. 
Realidad: Si bien ahora se cuenta con más información sistematizada o mediada, sobre los métodos anticonceptivos, las dosis y consecuencias, eso no implica que se tenga disponibilidad o acceso para su uso y compra. En muchos centros de salud el desabastecimiento es notable o bien no es suficiente para cubrir la demanda. 

Mito: Ante un embarazo no deseado, la mejor opción es la adopción 
Realidad: Si bien esta podría ser una opción, no todos los y las niñas son adoptadas. En Guatemala 65,000 mujeres anualmente se enfrentan ante la decisión de abortar, sin embargo en Consejo Nacional de Adopciones autorizó del 2014 al 2016 únicamente 234 adopciones. 

Mito: Las mujeres (indígenas y mestizas) traen al mundo los hijos e hijas que Dios les mande. 
Realidad: El quedar embarazadas y parir no es designio divino. En el mejor de los casos debería ser una decisión, basada en la información científica, contexto social y cultural de la familia o mujer. Un embarazo que no se desea, ya sea por decisión o por causa de violencia sexual no puede ser bienvenido. 

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Misoginia en el movimiento feminista





Por Insu-Jeka


Habitualmente nos referimos al término misoginia como el odio y desprecio contra las mujeres, expresándose como una manifestación de la cultura patriarcal, cuyo efecto social es posicionarnos como seres humanas inferiores. 


La misoginia forma parte de nuestra vida cotidiana, está presente en las actitudes y comportamientos que nos atribuyen a las mujeres para descalificarnos y desacreditarnos, asimilable a lo que los griegos llamaron estigma para referirse a las marcas o signos que se hacían en el cuerpo de una persona, y que representaban los males que esta poseía, con el fin de exhibirla públicamente a fin de ser evitada por los demás. Posteriormente, Goffman[1], en los años sesenta, aborda este concepto como la identidad social deteriorada, planteando que existen medios establecidos en la sociedad para categorizar a las personas; para el propósito de este texto, sería nacer Mujer en la civilización patriarcal. Es decir, cargar con la marca de nuestra diferencia sexual nos convierte en personas estigmatizadas en relación a nuestra historia, nuestros saberes, nuestro cuerpo y nuestra relación con el mundo y nosotras mismas. 


Una de las expresiones más complejas y explícitas de misoginia es hacia nuestro cuerpo con todo lo que significa la feminidad patriarcal. En otras palabras, es la construcción que han hecho los hombres de nosotras como cuerpos sexuados mujeres y las imposiciones sistémicas que nos colocan en una posición no solo de inferioridad, sino de apropiación y manipulación de nuestro placer, nuestro deseo y del ejercicio de la maternidad bajo la institución de la heterosexualidad obligatoria, en la que se sostiene el sistema social y simbólico que configura la existencia femenina, desarticulando, a través de la estigmatización, cualquier aproximación a nuestra existencia lesbiana[2]. 


De la misma manera, la intervención de las relaciones entre mujeres ha sido histórica y conocida, sobre todo, por quienes hemos tomado conciencia de estas estrategias patriarcales y cómo han sido exitosas en la construcción de un orden simbólico que nos deja en la imposibilidad de expresarnos en esta cultura (de los hombres) con palabras propias y desde nuestra experiencia, “atrapadas” en la tergiversación de nuestros relatos.[3] 


Esto ha traído la consecuencia de que no solo la misoginia sea una práctica sistemática de los hombres hacia las mujeres como modo de relación social, sino que opera más profundamente entre las mujeres, y es precisamente allí su mayor logro al engendrar la desconfianza entre nosotras, por tanto, una predisposición a no “fiarse”, no “aliarse”, no “cuidarse”, no “amarse”, sino, más bien, a relacionarse desde la competitividad, la envidia, la descalificación, o cualquier otra expresión que da cuenta de una distancia entre las mujeres. Pese a que han existido experiencias de relaciones muy sólidas entre mujeres, el patriarcado siempre se las arregla para intervenirnos, y es principalmente a través del rumor (ya lo escribimos por ahí hace un tiempo con Franulic)[4] como se propaga este odio por las mujeres en grupos feministas. 


La misoginia entre mujeres es un tema que han ido visibilizando de manera más frecuente algunas compañeras de grupos o colectivos, que han sido atacadas a través de las redes sociales por otras colectividades e identidades anónimas que, por un lado, propagan el desprecio y la hostilidad con discursos ofensivos y descalificadores y, por otro, explicitan su misoginia con el descrédito y la estigmatización, ya no solo desde el nicho posmoderno/trans/gay, sino que, lamentablemente, desde sectores donde participan, principalmente, mujeres feministas. 


Estas acciones son una muestra real del odio que el patriarcado ha engendrado en cada una de nosotras (desde la práctica más invisible hasta la más evidente) y también, de que no hemos avanzado NADA en su eliminación. Por el contrario, algunas compañeras parecen creer que de esa forma hacen resistencia al patriarcado. Consideran legítimo exponer al maltrato a la otra compañera, es como enviar a la otra a la hoguera o a la guillotina, como si no fuera ya suficiente que los hombres (y no el machismo) nos sigan matando y cortando en pedazos; son ahora las compañeras feministas quienes nos lanzan piedras y nos matan simbólicamente. Es el silenciamiento de otras voces que algunos feminismos no quieren y necesitan borrar. 

Entre tanto, siguen borrando siglos y siglos de relaciones entre mujeres, e instalando la misoginia entre mujeres donde unas sancionan a las otras. Pareciera ser que la caza de brujas no fuera un antecedente suficiente para seguir ejerciendo calumnias y juicios en contra de las mujeres. Ya me preguntaba hace un tiempo, ¿qué mujer se desarrolla en la cultura/civilización patriarcal por fuera de la misoginia? ¿Cómo lo harán estas feministas para haber llegado a ese podio y poseer el martillo de la verdad y la justicia? ¿Qué harán después?, ¿nos enviarán a la cárcel y nos encerrarán en los hospitales psiquiátricos? No olvidemos que muchas de las feministas más radicales terminaron su vida llenas de rechazos a sus ideas y de ocultamiento a su pensamiento, condenadas al silencio y a la soledad por negarse a negociar con la institucionalidad y transar con un feminismo que niega a las mujeres y su genealogía, promoviendo la misoginia. 

Solo espero que las mujeres que deseamos ser feministas no canalicemos este legado patriarcal de rechazo a nuestro propio cuerpo, a la sexualidad y a las compañeras amorosas, amistosas y políticas. Yo quiero que una compañera feminista se alegre cuando otra mujer ejerza libertad (y no en el sentido de "el cuerpo es mío" o "hago lo que quiero", sino, más bien, en hacer elecciones conscientes sobre su vida, que incluye cambios, separaciones, y a veces re-nacimientos). 

Yo quiero que una compañera feminista respete tanto a otra mujer que escriba, piense y produzca conocimiento como cuando lee (o leyó) a Foucault, Marx, Bourdieu, Galeano, Aristóteles, Castaneda, entre muchos otros. 

Yo quiero que una compañera feminista no desprestigie, ofenda y maltrate a otra mujer que haga política feminista (aunque quiera ser presidenta de la república). 

Yo quiero que una compañera feminista celebre a que otra mujer se rodee de personas que le hacen bien y se separe de aquellas que la dañan. 


Yo quiero que una compañera feminista abrace a una mujer cuando cometa errores (impuestos por el patriarcado) y reciba apoyo para que pueda resolverlos, dialogando con afecto, comprensión y sororidad. 

Yo quiero que una compañera feminista no enjuicie y rumoree acerca de otra mujer. 

Yo quiero que una compañera feminista no obligue o inste a otra mujer a seguir dogmas para sentirse validada y aceptada por el grupo. 

Yo quiero que las feministas cantemos, dancemos y salgamos a la calle cuando las mujeres comencemos a ser seguras de nosotras mismas, porque hemos recuperado nuestra historia, nuestro cuerpo y hayamos logrado establecer relaciones entre mujeres sin misoginia, con confianza y libertad. Ese día, sin duda, celebraremos… 


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[1] Es un estudio psicosocial de Erving Goffman del año 1963, quien toma el concepto de estigma, analizándola como una ideología para explicar la inferioridad de ciertas personas que salen de lo normalmente aceptado. 





[2] Ver en “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana” de Adrienne Rich. 


[3] Para mayor profundidad en “La tergiversación de la experiencia” de Andrea Franulic, 2013. www.andreafranulic.cl


[4] Ver “De aquí no sale: algunas reflexiones sobre el rumor” en www.andreafranulic.cl