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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Misoginia en el movimiento feminista





Por Insu-Jeka


Habitualmente nos referimos al término misoginia como el odio y desprecio contra las mujeres, expresándose como una manifestación de la cultura patriarcal, cuyo efecto social es posicionarnos como seres humanas inferiores. 


La misoginia forma parte de nuestra vida cotidiana, está presente en las actitudes y comportamientos que nos atribuyen a las mujeres para descalificarnos y desacreditarnos, asimilable a lo que los griegos llamaron estigma para referirse a las marcas o signos que se hacían en el cuerpo de una persona, y que representaban los males que esta poseía, con el fin de exhibirla públicamente a fin de ser evitada por los demás. Posteriormente, Goffman[1], en los años sesenta, aborda este concepto como la identidad social deteriorada, planteando que existen medios establecidos en la sociedad para categorizar a las personas; para el propósito de este texto, sería nacer Mujer en la civilización patriarcal. Es decir, cargar con la marca de nuestra diferencia sexual nos convierte en personas estigmatizadas en relación a nuestra historia, nuestros saberes, nuestro cuerpo y nuestra relación con el mundo y nosotras mismas. 


Una de las expresiones más complejas y explícitas de misoginia es hacia nuestro cuerpo con todo lo que significa la feminidad patriarcal. En otras palabras, es la construcción que han hecho los hombres de nosotras como cuerpos sexuados mujeres y las imposiciones sistémicas que nos colocan en una posición no solo de inferioridad, sino de apropiación y manipulación de nuestro placer, nuestro deseo y del ejercicio de la maternidad bajo la institución de la heterosexualidad obligatoria, en la que se sostiene el sistema social y simbólico que configura la existencia femenina, desarticulando, a través de la estigmatización, cualquier aproximación a nuestra existencia lesbiana[2]. 


De la misma manera, la intervención de las relaciones entre mujeres ha sido histórica y conocida, sobre todo, por quienes hemos tomado conciencia de estas estrategias patriarcales y cómo han sido exitosas en la construcción de un orden simbólico que nos deja en la imposibilidad de expresarnos en esta cultura (de los hombres) con palabras propias y desde nuestra experiencia, “atrapadas” en la tergiversación de nuestros relatos.[3] 


Esto ha traído la consecuencia de que no solo la misoginia sea una práctica sistemática de los hombres hacia las mujeres como modo de relación social, sino que opera más profundamente entre las mujeres, y es precisamente allí su mayor logro al engendrar la desconfianza entre nosotras, por tanto, una predisposición a no “fiarse”, no “aliarse”, no “cuidarse”, no “amarse”, sino, más bien, a relacionarse desde la competitividad, la envidia, la descalificación, o cualquier otra expresión que da cuenta de una distancia entre las mujeres. Pese a que han existido experiencias de relaciones muy sólidas entre mujeres, el patriarcado siempre se las arregla para intervenirnos, y es principalmente a través del rumor (ya lo escribimos por ahí hace un tiempo con Franulic)[4] como se propaga este odio por las mujeres en grupos feministas. 


La misoginia entre mujeres es un tema que han ido visibilizando de manera más frecuente algunas compañeras de grupos o colectivos, que han sido atacadas a través de las redes sociales por otras colectividades e identidades anónimas que, por un lado, propagan el desprecio y la hostilidad con discursos ofensivos y descalificadores y, por otro, explicitan su misoginia con el descrédito y la estigmatización, ya no solo desde el nicho posmoderno/trans/gay, sino que, lamentablemente, desde sectores donde participan, principalmente, mujeres feministas. 


Estas acciones son una muestra real del odio que el patriarcado ha engendrado en cada una de nosotras (desde la práctica más invisible hasta la más evidente) y también, de que no hemos avanzado NADA en su eliminación. Por el contrario, algunas compañeras parecen creer que de esa forma hacen resistencia al patriarcado. Consideran legítimo exponer al maltrato a la otra compañera, es como enviar a la otra a la hoguera o a la guillotina, como si no fuera ya suficiente que los hombres (y no el machismo) nos sigan matando y cortando en pedazos; son ahora las compañeras feministas quienes nos lanzan piedras y nos matan simbólicamente. Es el silenciamiento de otras voces que algunos feminismos no quieren y necesitan borrar. 

Entre tanto, siguen borrando siglos y siglos de relaciones entre mujeres, e instalando la misoginia entre mujeres donde unas sancionan a las otras. Pareciera ser que la caza de brujas no fuera un antecedente suficiente para seguir ejerciendo calumnias y juicios en contra de las mujeres. Ya me preguntaba hace un tiempo, ¿qué mujer se desarrolla en la cultura/civilización patriarcal por fuera de la misoginia? ¿Cómo lo harán estas feministas para haber llegado a ese podio y poseer el martillo de la verdad y la justicia? ¿Qué harán después?, ¿nos enviarán a la cárcel y nos encerrarán en los hospitales psiquiátricos? No olvidemos que muchas de las feministas más radicales terminaron su vida llenas de rechazos a sus ideas y de ocultamiento a su pensamiento, condenadas al silencio y a la soledad por negarse a negociar con la institucionalidad y transar con un feminismo que niega a las mujeres y su genealogía, promoviendo la misoginia. 

Solo espero que las mujeres que deseamos ser feministas no canalicemos este legado patriarcal de rechazo a nuestro propio cuerpo, a la sexualidad y a las compañeras amorosas, amistosas y políticas. Yo quiero que una compañera feminista se alegre cuando otra mujer ejerza libertad (y no en el sentido de "el cuerpo es mío" o "hago lo que quiero", sino, más bien, en hacer elecciones conscientes sobre su vida, que incluye cambios, separaciones, y a veces re-nacimientos). 

Yo quiero que una compañera feminista respete tanto a otra mujer que escriba, piense y produzca conocimiento como cuando lee (o leyó) a Foucault, Marx, Bourdieu, Galeano, Aristóteles, Castaneda, entre muchos otros. 

Yo quiero que una compañera feminista no desprestigie, ofenda y maltrate a otra mujer que haga política feminista (aunque quiera ser presidenta de la república). 

Yo quiero que una compañera feminista celebre a que otra mujer se rodee de personas que le hacen bien y se separe de aquellas que la dañan. 


Yo quiero que una compañera feminista abrace a una mujer cuando cometa errores (impuestos por el patriarcado) y reciba apoyo para que pueda resolverlos, dialogando con afecto, comprensión y sororidad. 

Yo quiero que una compañera feminista no enjuicie y rumoree acerca de otra mujer. 

Yo quiero que una compañera feminista no obligue o inste a otra mujer a seguir dogmas para sentirse validada y aceptada por el grupo. 

Yo quiero que las feministas cantemos, dancemos y salgamos a la calle cuando las mujeres comencemos a ser seguras de nosotras mismas, porque hemos recuperado nuestra historia, nuestro cuerpo y hayamos logrado establecer relaciones entre mujeres sin misoginia, con confianza y libertad. Ese día, sin duda, celebraremos… 


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[1] Es un estudio psicosocial de Erving Goffman del año 1963, quien toma el concepto de estigma, analizándola como una ideología para explicar la inferioridad de ciertas personas que salen de lo normalmente aceptado. 





[2] Ver en “Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana” de Adrienne Rich. 


[3] Para mayor profundidad en “La tergiversación de la experiencia” de Andrea Franulic, 2013. www.andreafranulic.cl


[4] Ver “De aquí no sale: algunas reflexiones sobre el rumor” en www.andreafranulic.cl

martes, 2 de diciembre de 2014

Estar expresadas

Fotografía: francesca woodman



Para Jeka

Don’t let me be, don’t let me be misunderstood…
(Nina Simone)

 
Por Andrea Franulic 
La misoginia es un dispositivo patriarcal que está a la base del constructo de la feminidad. No solo funciona para perpetuar la violencia simbólica y material de los hombres contra las mujeres, sino también para mantenernos a las mujeres divididas entre nosotras. La misoginia siembra el desprecio por nosotras mismas y boicotea permanentemente la construcción de nuestro amor propio. De esta manera, proyectamos este desprecio contra las otras mujeres, instalando la desconfianza entre nosotras e impidiendo la construcción de la complicidad profunda que necesitamos para sanarnos.
Como telón de fondo, se dibuja la traición de la madre. La maternidad es una institución patriarcal. La madre es la primera mujer que nos traiciona (M. Pisano), porque su función es transmitir la palabra y la ley del padre, sus valores y su juego de creencias. Ha habido siglos de repetitivos adoctrinamientos y violencias para que esto sea así. Ella nos enseña la misoginia, tal como se la enseñó otra mujer a ella. Así, la historia de los machos ha permanecido incólume.
Adrienne Rich escribe sobre la “heterosexualidad obligatoria”. La heterosexualidad es otra institución patriarcal, unida a la anterior –también obligatoria- y a todas las existentes que, en conjunto, velan por mantener el tejido ideológico del sistema. La “heterosexualidad obligatoria” funciona eficientemente con mecanismos y estrategias que operan a distintos niveles. El propósito de dicho aparataje no es solo obligarnos a ser heterosexuales en esta cultura, como único modelo amatorio y erótico, rancio y sadomasoquista. También el objetivo es mantenernos divididas a las mujeres, en una constante desconfianza entre nosotras y en la reiteración de la traición materna en nuestras prácticas cotidianas.
Tanta obligatoriedad violenta, no siempre explícita, muchas veces solapada, se debe a que adscribirnos a un único modelo sexual y amatorio es antinatural, más aún si este modelo está sostenido en la dominación y en la erotización del poder sobre otro cuerpo, en la erotización del sadomasoquismo. Y vivir no queriéndonos a nosotras mismas y entre nosotras es contra-vida. Me refiero a querernos fuera del romántico-amoroso y más allá del lesbianismo, que se atrapa en las mismas estructuras de poder patriarcal, pues los referentes de relaciones entre mujeres que son diferentes a los establecidos por los machos, han sido sepultados sistemáticamente en la cultura.
Por eso, el feminismo radical a fines de los sesenta dice “lo personal es político”, lo dice Kate Millet. Margarita Pisano, referente de mujer pensante más próximo, habla de “lo íntimo, privado y público”. Es decir, nuestras prácticas políticas trascienden lo público, pues implican develar el poder que opera en nuestros cuerpos, nuestra sexualidad y nuestras relaciones humanas cotidianas y afectivas. Y esto, el feminismo radical lo expresó antes y mejor que Foucault, y de manera más profunda que otras ideologías emancipatorias, por ejemplo el anarquismo. Este es el pensamiento que proviene de la experiencia de las mujeres, quienes reconocen, en sus vivencias históricas y corporales, la piedra angular de toda expresión de dominio.
Entonces, plantearnos cómo relacionarnos de otra manera y ensayar otros modos de relación humanos, en especial entre nosotras, es una práctica política clave. Pisano profundiza sobre esto y propone el “estar expresadas” como un ensayo para modificarnos en la interacción concreta, que involucra el hacer política. Esto es, “estar expresadas” en lo íntimo, privado y público/político. Yo entiendo el “estar expresadas” como una acción política de rebeldía, porque su ejercicio (no siempre fácil de realizar) rompe con el silencio histórico femenino.
El “estar expresadas” implica entregarle a la otra persona los datos de la realidad. Estos pueden abarcar informaciones cotidianas, prácticas, domésticas, o bien, los deseos, las intenciones, las emociones y sentimientos, las ideas y puntos de vista u opiniones de cada quien. Requieren de honestidad, especialmente con una misma. Luego, declarar a la otra persona en horizontalidad, en la capacidad de entender, pensar y decidir, sin ayudismo, buenismo, proteccionismo ni cristianismo. Dejar fuera estos ismos hipócritas. Los datos de la realidad se expresan en primera persona singular, porque son asumidos; una se hace cargo y responsable de lo que siente y piensa. También se necesita valentía, pues, al “estar expresadas”, nos exponemos y nos arriesgamos a no ser comprendidas ni queridas. El intercambio dialógico puede ser o no apacible; lo que no debe ser es hiriente. En estas condiciones, tanto el encuentro como la ruptura son consecuencias válidas.
Y siempre genera movimiento, jamás estancamiento. El “estar expresadas” es un rechazo a la práctica de la acumulación: de cosas no dichas, de frustraciones, de cuentas pendientes. Interviene en las relaciones, por eso es una acción política, e infunde un movimiento siempre vital; la interacción se agiliza, se modifica. Al hablar, no solo sacudimos el letargo, también los prejuicios. La sensación es la libertad. Este programa ético tiene raigambre existencialista, beauvoiriana, esto es, confía en la capacidad humana de construir cultura, en la voluntad humana de la trascendencia a partir del acto creativo y de la palabra. Rompe, por lo tanto, con las ideas pre-concebidas, con lo dado, con las creencias, con la idea de dios, con todo aquello que nos desresponsabiliza como seres humanas completas en nosotras mismas.
El “estar expresadas” abre un diálogo que nos compromete en una interacción consistente y continua con la otra persona; no se trata de lanzar un dardo y luego esconder la mano. Entregarle datos de la realidad a quien está en una interlocución con nosotras significa construir un piso firme para que esa persona pueda caminar junto a mí, segura y confiada. No es un gesto de amor al prójimo, eso es basura cristiana, que siembra la culpa y el sacrificio. Es un gesto de amor propio. Yo estoy expresada por mí, desde mí, y porque me interesan algunas personas –no todas, ni toda mujer por “ser” mujer- con quienes puedo construir mundo: político, amistoso y/o amoroso. Las mujeres estamos hartas de caminar por la cuerda floja, por cáscaras de huevos, por suelos movedizos y resbaladizos. Nuestra historia en el patriarcado ha sido esa. Hemos tenido que sobrevivir a base de estrategias y manipulaciones sentimentales. Y de silencios.
La acción de expresarnos no es mágica. Como dice Pisano, es un ensayo. Es necesario experimentar. Simultáneamente, deben ocurrir varias cosas. Por ejemplo, recuperar nuestros cuerpos expropiados para servir el mundo de los machos. Empezar a escuchar nuestros cuerpos, confiar en nuestras percepciones, darnos cuenta de su incomodidad, ponerle palabras a dicha incomodidad, hacerles caso. En este sentido, para “estar expresadas”, tenemos que conocernos, saber lo que nos pasa, cuáles son nuestros deseos, cuándo y cómo operan en nosotras los prejuicios, miedos, fantasmas y demonios instalados por una cultura fracasada. Por eso, la salida también es política y no solo individual. Pues conocernos implica tener un análisis crítico, una mirada holista de la cultura que habitamos. Pero, además, conocernos históricamente, poseer un conocimiento profundo de la historia de las mujeres, sus rebeldías y dolores, que es el prisma que falta para comprender la historia de la humanidad, que hasta ahora ha sido una tergiversación escandalosa de nuestras realidades. Necesitamos ese suelo firme histórico, además.
2013
Referencia bibliográfica:
Pisano, M. (2012). El recetario del buen amor. En M. Pisano, Julia, quiero que seas feliz. Santiago: Editorial Revolucionarias.

martes, 3 de junio de 2014

De aquí no sale: reflexiones sobre el rumor




Por Andrea Franulic y Jessica Gamboa


Yo le suplico haga algo aprenda un paso, una danza, algo que la justifique que le dé el derecho de estar vestida de su piel, de su pelo. Aprenda a caminar y a reír (…) al fin que tantas estén muertas y que usted viva sin hacer nada de su vida (Charlotte Delbo, 1970).

Hemos querido escribir sobre el Rumor. Claro que no somos las primeras en hacerlo. Las disciplinas patriarcales han realizado teorizaciones sobre el tema (la psicología experimental, la psicología social, el psicoanálisis, la teoría de la comunicación y la sociología). No nos basaremos en ellas. Nuestro interés radica en los textos que hemos podido encontrar en la teoría feminista, debido a que las mujeres somos y hemos sido el principal objeto de rumor en el contexto de una cultura misógina. Eso explica que, incluso en espacios feministas, el rumor aparece como una práctica recurrente para desacreditar a las mujeres pensantes y que se destacan por un trabajo consistente.


Dentro de la teoría feminista, encontramos escritos de Audre Lorde (2003) sobre la Tergiversación que, desde nuestra mirada, es una versión chueca y sesgada que el patriarcado hace circular sobre la vida de las mujeres, ¿y qué es el rumor sino una versión chueca de alguna realidad? También Margarita Pisano escribe sobre los “Secretos, chantajes y rumores… los prejuicios” (2004). Y alude al concepto en su libro Julia, quiero que seas feliz (2012) y en su Biografía política (2009) que escribe junto con Andrea Franulic, donde se describe su propia experiencia como objeto de rumor en el proceso de desmontaje del proyecto de Casa de la Mujer La Morada. Hace muy poco tuvimos la suerte de acceder a un fanzine de unas mujeres anarco-feministas, titulado Coletânea sobre sororidade autocrítica ou sobre violência entre feministas (2013) que se inicia con un epígrafe muy inspirador de la feminista radical Phyllis Chesler y que compartimos a continuación:

“No comience rumores sobre otra mujer. Si usted oye un rumor, no lo haga circular. Deje que se quede con usted. No es ético castigar y sabotear a otra mujer que usted envidia o teme, calumniando sobre ella o colocando a otras mujeres en contra de ella.”


El fanzine contiene artículos de diversas feministas.  Leyéndolo, encontramos unos “comentarios de amigas” sobre el texto “Secretos, chantajes y rumores… los prejuicios” de Margarita Pisano, que también aparece publicado en el fanzine. De estos comentarios,desprendemos que una de las características del rumor, más bien, de quienes lo ejercen, es la ausencia, vacío o carencia de una identidad propia. Preferimos dejar de lado el concepto de identidad (por no estar de acuerdo con esta categoría de análisis) y hablaremos de una ausencia de proyecto de vida propio o vacío de contenido de la propia existencia y, por ende, de la necesidad de rellenar ese vacío asumiendo la vida de otra. Desde esta carencia y mediante el rumor, se establecen alianzas en la sombra con quienes también gravitan en el vacío de un sentido de vida y confluyen en el deseo de acceder a una situación de privilegio y de poder, desplazando a quien entorpece dicho propósito, generalmente personas que aportan con un trabajo concreto y de calidad.


El rumor ha sido una práctica patriarcal sistemática como táctica de guerra, con el fin de colonizar territorios, obtener poder, ganar elecciones, conseguir ganancias en la bolsa, heredar bienes, destruir liderazgos, negociar tratados, acceder a información privilegiada, intercambiar mujeres, traficar armas, etc. Es y ha sido utilizado desde las derechas más fascistas hasta las izquierdas más revolucionarias. Las tácticas de guerra se heredan, se aprenden, se sofistican y se naturalizan. El feminismo no ha escapado a ello, principalmente se ha visto intervenido por el patriarcado de izquierda. Patético resulta -por nuestra falta de historia y genealogía, por los costos que tiene articular un trabajo autónomo y por la ardua tarea de legitimarnos entre mujeres- que el rumor perpetúe la misoginia y desarme la producción de las mujeres. Este costo para nosotras es profundo, nos deja vagando en la nada.


Celia Amorós (1987), pese a ser una feminista de la igualdad, desarrolla acertadamente el concepto de las Idénticas para referirse a la relación entre las mujeres en la cultura patriarcal. Plantea que todas las mujeres cumplimos la misma función social en el patriarcado, es decir, las funciones propias de la feminidad, y en este sentido, las mujeres somos reemplazables unas por otras y, lo que es peor, somos desechables. Cuando una mujer se sale del papel de ser una idéntica y rompe con los designios de la feminidad, sobresaliendo, genera misoginia, envidias y miedos en las demás; se transforma en una amenaza para el grupo. A las mujeres no se les perdona tan fácilmente ejercer la capacidad de pensar, tampoco se les perdona hablar y escribir con inteligencia. Es más aceptado y aplaudido que se destaquen por las labores de lo doméstico, o por prácticas del hacer, donde silenciosamente repiten una y otra vez un destino no creativo.


El rumor ha invadido históricamente la vida de las mujeres. Tenemos ejemplos de persecuciones sembradas por el rumor. Solo por nombrar un hecho muy emblemático, recordamos la matanza de las denominadas brujas, llevada a cabo entre los siglos XIV-XVII en la Europa occidental y central. Bastaba con hacer correr el rumor de que esta o aquella tenían pactos con el diablo para que fuesen acusadas de brujas, torturadas, ahorcadas o quemadas vivas en la hoguera de la plaza pública. Las brujas fueron utilizadas como chivos expiatorios por los hombres.


 Haciendo la analogía, podemos decir que la víctima del rumor funciona como un chivo expiatorio, lo decimos en un sentido literal y metafórico. La situación de debilidad, vulnerabilidad y sobre-exposición que afecta a la víctima es utilizada con el objetivo de expiar en ella las propias miserias no asumidas, de manera catártica. Así como para justificar la falta de autocrítica, las propias equivocaciones, las carencias y las inseguridades de todo tipo. Esto se relaciona con lo dicho en párrafos anteriores: el rumor sirve de vehículo para tapar los propios vacíos. Las mujeres, adoctrinadas en la moral y las buenas costumbres, castigan al chivo expiatorio para proyectar en él sus propias dependencias: al amor, al alcohol, a la droga, a los hombres o a sus instituciones. Y así, se sienten puras y sabias.


Identificamos dos roles en la práctica de la circulación de los rumores. El primero se sustenta y opera desde el lugar del Poder. En este caso, la persona posee una inseguridad encubierta que la perturba y su móvil es defenderse del miedo que le genera la pérdida de ese poder, del prestigio y los privilegios. El segundo, el más descrito hasta ahora, es aquel que funciona desde la Mediocridad. Este rol puede resultar más peligroso, pues aquí “el fin justifica los medios” con el afán de concretar intereses aspiracionales que pueden ser de diversa índole: desde intereses económicos hasta de tipo psicológico como el querer “ser alguien”. Este rol nos recuerda, nos evoca, tiene un parecido a lo que la filósofa Hannah Arendt (2003) llama la Banalidad del Mal. Porque, según ella, los crímenes cometidos contra la humanidad, las torturas y genocidios, son ejecutados por seres mediocres, no pensantes, que solo siguen órdenes y reglas mecánicamente, obedeciendo… milicos de derecha y de izquierda.


 Albert Camus en su libro El hombre rebelde (2005) establece la diferencia entre el resentido y el rebelde. El primero tiene un ansia voraz por “pertenecer a” y “ser” aquello que critica. En tanto el rebelde se arriesga con su soledad. Quien ejerce rumor, sobre todo desde el rol de la mediocridad, desea compulsivamente pertenecer y busca las complicidades necesarias para cumplir esta meta. En otras palabras, el rumor es una práctica arribista. Por ende, se actúa desde el resentimiento, la condescendencia y la zalamería… jamás desde la rebeldía. Como contrapunto, a quien es víctima del rumor se le hace el vacío, se la deja de hablar, atrapándola en una espesa niebla, rodeada de un halo invisible de desconfianzas, marcada por el estigma que la encasilla y la achata, absorbiéndole las fuerzas pensantes y creativas, como si estas sobraran en este mundo deshumanizado. Mientras, el resto realiza un pacto sectario de silencio.


Quien padece el rumor sufre un tipo específico de maltrato: el aislamiento, la incomunicación, el sentimiento de culpabilidad, la amenaza del chantaje y la paranoica y confusa vivencia de no saber cómo, cuándo, por qué, qué y quiénes. Sufre una alteración en el uso del lenguaje, pues teme usar las palabras, que son el principal puente de comunicación entre las personas. Como escribimos por ahí: “La palabra ‘rumor’ viene de ‘ruido’ que, a su vez, viene del latín ‘rugitus’ (rugido). Esto, según el diccionario etimológico de Corominas (2000). Si interpretamos un poco y sin complejos con la obviedad, diríamos que ‘hacer ruido’ o ‘rugir’ son contrarios a hablar, a usar las palabras. Si interpretamos un poco más, usar las palabras para entendernos nos hace humanas, nos hace sentir bien cuando encontramos puentes de profunda conexión. El rumor deshumaniza.”


 Ahora bien, cuando se recibe un rumor, hay elecciones: nos hacemos cómplices en la circulación de este y colaboramos en dejar en el vacío a la persona en cuestión, o bien, ponemos los límites a la versión. Por tanto, el recibir un rumor no es un acto pasivo. Quien elige no enganchar ni prestar oídos al rumor, lo detiene y puede, inteligentemente, preguntarse sobre las otras versiones de la misma realidad entre dicha. Pues la neutralidad en el lenguaje no existe. Por eso es justa la posibilidad de poner en duda las versiones y las fuentes: mínimo ejercicio que se realiza con la prensa hegemónica, por ejemplo. Si esta versión proviene de quien detenta un poder o es considerada una persona legítima, es más difícil desmentirla. Y en este caso, la versión del rumor toma las características de una Historia oficial. No está demás recordar que, en el patriarcado, la historiografía ha elaborado una versión oficial del mundo con todos sus sesgos e invisibilizaciones, ahí pues las mujeres perdimos nuestra historia.  


Podemos identificar algunos tópicos del rumor que se condicen con los tópicos de la Historia oficial. En primer lugar, la Mitigación y la Exageración. La mitigación consiste en ocultar, disminuir, ablandar o bajarles el perfil o, incluso, bromear sobre las propias equivocaciones; puede ir acompañada de un cierto grado de autocompasión. La exageración, en cambio, se utiliza contra la otra persona; se exageran los errores de la otra persona. Algunas veces la exageración va acompañada de mitomanía y megalomanía. El “exageracionismo” es un recurso del rumor.


 Un segundo tópico fundamental es la Descontextualización, donde la información que circula es una información descarnada, es decir, extirpada de su contexto original, vital, que contenía personas con cuerpos y miradas, entre quienes existía intimidad y confianza y un recorrido propio y auténtico de la relación particular. Así como existían momentos, lugares y circunstancias específicos; sentidos y propósitos, angustias y alegrías. La información es extraída del contexto y de la experiencia que le dio vida y se utiliza con fines utilitarios. Sin embargo, no hay información en el aire, los mensajes cambian su sentido y su destino radicalmente según el contexto donde se usen, nunca vuelven a ser el mismo mensaje ni vuelven a tener el mismo significado. La descontextualización, como recurso o tópico del rumor, se basa en el chantaje y usa falsos testigos, esto es, personajes que, revestidos de un empoderamiento prestado, se atribuyen o auto-conceden el beneplácito del juicio sancionador fundado en la más profunda ignorancia de la historia cuestionada. Esta acción muchas veces se enmarca en la triste historia de la traición entre mujeres.


 Como toda Historia oficial, la falta de honestidad desde donde circula la versión, la tergi-versión de la realidad, se disfraza de discursos salvadores, buenos y mesiánicos, incluso basados en el amor. Los cuales en realidad esconden las inseguridades, los despechos, los posicionamientos y las acomodaciones más oscuros. Esta táctica perturba y confunde las verdaderas y reales fuentes de la dominación (Denise Thompson, 2003).

 Otros tópicos reconocibles son Frases Hechas que sirven para finalizar el relato del rumor, tal vez como parte de la estructura del Rumor si lo identificamos como un género discursivo en sí mismo. Estas frases son: “no lo comentes por ahí”, “de aquí no sale”, “te pido prudencia”, “te lo cuento porque yo lo viví”, “te lo cuento a ti porque en ti confío”, etc. En esta misma línea, contamos con refranes o dichos populares, siempre impregnados del imaginario patriarcal, regados de lugares comunes (prejuicios), que se usan para sembrar el miedo. Para nuestro específico tema del rumor, se nos vienen a la mente las inquisidoras y compungidas sentencias que dicen “cuando el río suena es porque piedras trae”, “por algo le pasó”, “no hagas lo que no quieres que te hagan a ti”, “todo se paga en esta vida”, “todo cae por su propio peso”.

De perogrullo está decir que las famosas y neoliberales “redes sociales” son terreno fértil para difundir el rumor: la vitrinización y el inmediatismo del facebook, del chat, de los correos electrónicos, etc. Estos sistemas son facilitadores para la vertiginosa circulación de los rumores y para el amenazador chantaje, porque en general les sirven a las personas que, des-corporizadas, se esconden y protegen tras el medio tecnológico, a veces tras su anónimo e impersonal uso.

La misoginia es una pesada realidad para todas. La reflexión sobre la falta de solidaridad o de affidamento debe ser más profunda y comprometida. Es fundamental que la imagen del espejo que nos arroja la otra, nuestra igual, no se utilice como lo hace la madrastra de Blancanieves, sino como una entrada hacia los sólidos puentes hechos de palabras, esos que les dan cabida a la confianza y al entendimiento, pero solo cuando real y verdaderamente existe horizontalidad.

martes, 23 de agosto de 2011

SECRETOS, CHANTAJES Y RUMORES… LOS PREJUICIOS



Margarita Pisano
Los prejuicios son el territorio de las culturas esencialistas, basadas en las ideas inamovibles del dominio y la superioridad. Se heredan de generación en generación y se instalan, falseando la Historia.
Los prejuicios son 'juicios envasados y establecidos' por esta macrocultura. Su función es no dejarnos pensar ni elaborar ideas propias y apartarnos de nuestras capacidades de libertad.
Los prejuicios son leyes implícitas de bordes oscuros, difíciles de detectar; líneas de fuego intransitables en las que se dispara a quien quiera salirse del sistema para mantenerlo inerte y 'creyente' en sus costumbres e ideas.
El sistema entreteje con los prejuicios su tela de araña, atrapando las posibilidades reales de construir una civilización otra.
La cultura vigente cuenta con un 'aparato de propaganda': museos, bibliotecas, iglesias, monumentos, ruinas, ciencias, cultura... "¡Consuma 'masculinidad-feminidad'!"
Los prejuicios anidan en el odio histórico contra las mujeres (misoginia).
Los secretos, chantajes (*) y rumores están basados en los prejuicios, anidados en el sentido común instalado de todas las personas y su "orgullo".
Los secretos, chantajes y rumores se temen, porque te difaman, te dejan en el ostracismo... te suicidan.
Sin existencia previa de los prejucios no sería posible el chantaje ni el rumor.
Los prejuicios son chantajes sociales que "sirven" a los poderosos y sus intereses (con nombres y apellidos).
"Tenemos una parte masculina y otra parte femenina"
Margarita Pisano
Septiembre de 2004
Noviembre 2004
Los grupos de privilegiados forman las instituciones como mecanismos de poder para mantener sus privilegios y prejuicios. El resto de sus integrantes son los cómplices y creyentes arribistas.
El rumor no tiene defensa: es maligno, amébico y, especialmente, posmoderno.
Tan sumergidas están las personas en esta cultura que sus discursos casi no se distinguen entre sí. El contorno entre unos y otros se pierde: es el prejuicio del desprejuicio.
El control de la sexualidad y de los cuerpos se basa en silencios, rumores y chantajes.
El prejuicio no es sólo un problema individual, es sostenido por conjuntos de seres humanos y sus relaciones de poder.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Apuntes sobre misoginia


Andrea Franulic Depix / Movimiento Rebelde del Afuera 

El negro Manuel Antonio hoy cree que es mayordomo, pero todo ha sido un sueño. Y cuando se pone el traje que le regaló el patrón, sueña que ya no es de esclavo... (Nicomedes Santa Cruz) Este escrito parte de mi experiencia y habita las palabras políticas de Margarita Pisano(1), con las cuales me comprometo plenamente. Se basa en lo que hablé en la IIIª Escuela Feminista (2001) organizada, entonces, por el Movimiento de Mujeres Feministas Autónomas; hoy, Movimiento Rebelde del Afuera.

Allí hablé de la misoginia, pues creo es fundamental que nosotras la entendamos, puesto que cruza todos los espacios de nuestras vidas: el íntimo, privado y público, impidiéndonos vivir bien... impidiéndome vivir bien. Misoginia es el odio y el miedo profundos a las mujeres; la palabra viene del griego misogynes que quiere decir “yo odio a las mujeres”. Es el motor de la feminidad(2), que la hace girar sobre sí misma, generando amor-admiración hacia los hombres y su sistema, y desprecio-invisibilización hacia las mujeres. En conceptos literarios, su leitmotiv.

Desde hace siglos habitamos una cultura misógina: pensada, creada, organizada y ejercida por los varones. Debido a quizá qué terror masculino ancestral, hacia un cuerpo que sangraba cada ciclo y tenía la capacidad de parir. No me referiré al origen de esta cultura patriarcal y misógina, pero sí quiero acotar que comparto la hipótesis de la existencia previa de civilizaciones más humanas y vitales presididas por consejos de mujeres.
Hoy en día, las mujeres continuamos manifestando nuestra esclavitud hacia los varones y su sistema, al reproducir relaciones misóginas entre nosotras. Trampas de la masculinidad, que desfiguran a los verdaderos responsables y nos transforman en sus cómplices, sino en culpables.

Para sortear estas trampas, conocerlas y sanarnos de ellas, quiero iniciar el análisis y una posible deconstrucción de la misoginia entre mujeres. Y porque también pienso que -desde nosotras- es posible inventar una civilización más humana y relaciones más dignas y felices, si logramos relacionarnos sin misoginia, es decir, si logramos salirnos de la feminidad y, por lo tanto, de la masculinidad; en otras palabras, si dejamos de servir material, emocional e ideológicamente al sistema. ¿Cómo se hace? En primer lugar, un poco de harina cernida y unas dos cucharaditas de azúcar flor. En segundo lugar, entender que no hay fórmulas ni recetas dadas; sí, una experiencia entre mujeres que se conoce, comprende, analiza, interpreta, estudia, comparte, conversa, converge, diverge, emociona, proyecta, identifica, reconoce y así, así, así. Y no me refiero a una experiencia de complicidades “femeninas”, sino a experiencias-conocimientos-sabidurías de mujeres que se han atrevido a pensar desde Afuera del sistema.

Esta experiencia es la que a mí me ha servido para ir descolonizando mi mirada y poder ver todo aquello que a las mujeres nos han negado y robado, lo que nos mantiene atrapadas; ver, por ejemplo, que mi cuerpo de mujer, arrumbado en el silencio, estaba traspasado de miradas ajenas, que le habían dicho cómo moverse, cómo vestirse, cómo sentir, cómo hablar y cómo callar; cómo seducir y cómo pensar. Qué creer y valorar; con quién y cómo erotizarse; a qué temer, cómo amar... Un cuerpo que, en definitiva, debía vivir en función-proyección de otros-espejos, y no de una misma. ¿Por qué, entonces, habría de quererme?
Esta vida prestada ha marcado tanto a las mujeres que casi carecen (carecemos) de amor propio. El amor propio tiene que ver con la voluntad de pensar un proyecto de vida y de humanidad propio; tiene que ver con ser persona. Es una ética distinta, no prefijada por las leyes de Zeus. Y si una no se ama a sí misma DE VERDAD, más acá del ego (que, a veces, ejerce de armadura de inseguridades, miedos y complejos), es muy fácil despreciar –o proteger, que es la otra cara del desprecio- a las otras. La misoginia se aprende y te la enseña otra mujer.

El sistema patriarcal masculinista es tan eficiente que domina por medio de sus esclavos; esta eficiencia le ha costado mucha sangre, por cierto. Sus esclavos más efectivos han sido y son las mujeres, quienes transmiten el mandato de sumisión/admiración a los varones y su modelo de sociedad. La madre, junto a sus palabras y silencios, valora la obediencia que se espera de nosotras. El silencio es un lugar históricamente femenino y muy violento; nos educan por medio y dentro de él. Es el arma del oprimido, una cola de alacrán que envenena el alma: porque si no me expreso, mi cuerpo se enferma y muere contenido.
Las madres son las primeras mujeres con quienes nos relacionamos en la vida y nos traicionan, al exigirnos –a veces muy ambiguamente, pues también lanzan dardos de rebeldías- que padezcamos las mismas miserias que ellas han padecido. Esta traición fundamental contribuye a la enseñanza de no amar a las mujeres y continúa CON MUCHA FUERZA E INSISTENCIA en las palabras de la profesora y de la tía; luego, en las de las amigas y, muy pronto, en las de una misma.

Las relaciones misóginas entre mujeres pueden tomar varias formas, explícitas o no, desde la envidia y competencia encubiertas o manifiestas, hasta el amor más febril o protector. Esta descalificación puede tomar, incluso, el disfraz de la broma; da lo mismo. Cualquiera de estas expresiones es funcional al sistema y justifica la misoginia más allá de los argumentos.

La envidia entre mujeres ha sido representada en los mitos patriarcales y en los cuentos de hadas que de ellos derivan; de esta manera, las proyecciones femeninas de los varones se han cristalizado en el ámbito de lo sagrado y lo intocable, refrendando los modelos que han ido construyendo en la realidad. La envidia entre mujeres gira, generalmente, en torno al reconocimiento sexual o intelectual de un varón (o una mujer) que elige. La elegida entre todas es una excepción entre las esclavas... la más obediente. Como dice Adrienne Rich: “...la obediente hija del padre que hay en nosotras es solamente una yegua de tiro.”(3) Esta envidia alcanza para desconocer las ideas rebeldes de aquéllas que no les interesa ser “las elegidas”.

Por otro lado, las protecciones ayudistas(4) entre mujeres dejan intacto el sistema de dominación al que nos vemos sujetas. Una mujer que protege a otra mujer extiende la creencia en su propia debilidad hacia las demás, es decir, se protege a sí misma, y en este nicho de inseguridades y sufrimientos, nada cambia; más bien, entrega poder y, en el fondo, admira a quienes controlan a través del miedo. Este sistema legitima las relaciones protectoras-traidoras entre mujeres, porque en ellas, las mujeres no se reconocen como iguales-pensantes, sino como madres, cuya única función es amar sin amor propio.
Lo que no es funcional y aterra a los sistemas de poderes masculinos es que las mujeres PENSEMOS JUNTAS, fuera de sus lógicas y condicionamientos. Para nosotras y no para ellos. Para analizar y deconstruir el sistema existente. ¿Estamos dispuestas a creer en nuestras capacidades humanas y a legitimar nuestras ideas rebeldes,aquéllas que no apelan al sentido común instalado? ¿Estamos dispuestas a romper las cadenas de este “cuento de hadas”?. Porque si esto no sucede, seguiremos repitiendo las relaciones culturales de dominio/sumisión que roen nuestras dignidades, parchándolas con falsas protecciones, engañándonos y sembrando la desconfianza entre nosotras.

Texto presentado en Santiago de Chile, año 2003
(1) Arquitecta, pensadora y crítica de la cultura vigente. Fundadora de La Morada y La Radio Tierra. Además, del Movimiento Feminista Autónomo y el Movimiento Rebelde del Afuera. Ha publicado tres libros y diversos artículos y ensayos. (Volver al texto)
(2)Entiendo feminidad como una construcción cultural pensada desde la masculinidad y contenida en ésta. Ver El triunfo de la masculinidad, Margarita Pisano, 2000, Ed. Surada, Santiago de Chile.(Volver al texto)
(3)Sobre mentiras, secretos y silencios(Volver al texto)
(4)“Una de las maneras más comunes (y también más aceptadas) de no respetar a una persona –la experiencia de una persona- es correr en su ayuda cuando se siente “mal” o incómoda” en el Darse cuenta de John O. Stevens

 Fuente:  http://www.insurrectasypunto.org/