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martes, 2 de diciembre de 2014

Veinte años después en Ciudad Juárez. Entre feminicidio, desaparición forzada y trata de mujeres



 Emanuela Borzacchiello
Revista con la A 
Mexico 
 
Qué sentido tiene seguir usando la categoría de “feminicidio” si a la denuncia no sigue justicia, si al grito de la sociedad civil sigue el silencio de las desapariciones forzadas, qué eficacia tiene denunciar la violencia
¿Ciudad de Juarez sigue siendo la ciudad más peligrosa del mundo? En México hoy en día el nivel de violencia, en lugar de bajar, sube. Entonces, cabe preguntar: ¿Qué sentido tiene seguir usando la categoría de “feminicidio”? ¿Si a la denuncia no sigue justicia, si al grito de la sociedad civil sigue el silencio de las desapariciones forzadas, qué eficacia tiene denunciar la violencia?
En el marco del Capítulo México del Tribunal Permanente de los Pueblos, las comisiones organizadoras de las audiencias “Feminicidio y Violencias de Género” analizaron y visibilizaron cómo el feminicidio se ha extendido de manera capilar a otros Estados del país, al tiempo en que las redes de secuestro, trata y esclavitud sexual de mujeres, muy especialmente de niñas y niños, también crecen. Cada escenario se presta a una lectura ambivalente y la geografía del dolor cambia en manera constante. Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF), el Estado de México ocupa el primer lugar en feminicidios con 7.745 feminicidios, de los cuales 95% quedan en la impunidad. Hoy en día Juarez no es “la más peligrosa”, pero sigue siendo el lugar emblematico donde estallan con más fuerza todas las brutalidades de un sistema politico-económico neoliberal y currupto.
En Juarez, la sociedad civil sigue protestando y organizándose. La Red Mesa de mujeres, integrada por diez organizaciones juarences, presentó al Tribunal Permanente un informe respecto de la situación actual en Juárez. En el Tribunal Permanente de los Pueblos entrevistamos a las integrantes de la Red.
¿En estos últimos veinte años cómo cambia el perfil de las víctimas?
Desde 1993 hasta 2007, las primeras víctimas son mujeres entre 14 y 25 años, aproximadamente el 90% de ellas son trabajadoras de la industria de la maquila, habitantes de la zona poniente de la ciudad, pobres, que buscan una alternativa de trabajo. De 2007 a la actualidad, este perfil cambia: la mayoría son estudiantes o personas que están solicitando trabajo; la zona donde desaparecen la mayoría está localizada en el primer cuadro del centro, zona que se ocupa para trasladarse hasta el centro de la ciudad o la zona oriente.
¿Cuáles elementos podemos identificar que menoscaban el derecho a la debida diligencia en materia de sanción e investigación?
Son sobre todo tres: en primer lugar, la desaparición de mujeres en el Estado de Chihuahua no es un delito y, por lo tanto, se levanta solamente un reporte de extravío o de “ausencia”. Por muchos años, ni siquiera ésto se pudo realizar porque en muchos de los casos solamente existía el reporte de extravío, pero no se daba pie a la investigación. La segunda circustancia es que la carga de la investigación está a cargo de las familias que reportan a sus hijas como desaparecidas. Las modalidades de actuación de la policía con las familias no mejoró. Uno de los comentarios que reciben por parte de los agentes estatales o de los ministerios públicos (encargados de levantar las actas de denuncia y darles seguimiento) es: “¿señora ahora qué me trae de nuevo? porque yo no tengo nada de nuevo”. Eso es lo que reciben y, entonces, asumen el alto riesgo de la investigación en centros nocturnos, en bares, en hoteles, buscando a sus hijas desaparecidas, llevando las fotografias de sus hijas para poderlas localizar ellas mismas. En tercer lugar, es que no hay una coordinación entre la Fiscalía general del Estado de Chihuahua con la Secreteria de Seguridad Pública General y con la Secretaría de Seguridad Pública Municipal”.
¿Qué efectos producen estas circustancias?
El total de los casos recibidos, desde 2008 a marzo de 2014, es de 2.222, de los cuales tenemos corroborados sólo 123 reportes vigentes de mujeres desaparecidas. Además, hemos verificado que el Protocolo de Búsqueda Inmediata, denominado Protocolo Alba, se utiliza de manera discrecional, según cómo quieren aplicarlo el Ministerio Público y la Agencia de Investigación. Juarez es el símbolo, si en la Ciudad no se van a parar los feminicidios eso seguirá en otros Estados, como lo estamos viendo en la actualidad.
La Red asiste a muchas madres de víctimas, entre ellas la madre de Luna, que desapareció en 2010, quien explica:
“Como todas las madres de las chicas desaparecidas, nos volvemos investigadoras, llevamos informaciones a las autoridades, llevamos nombres, direcciones, llevamos, a veces, hasta a la persona, pero no hay resultados. No pasan las informaciones. No las utilizan. A mi hija la llevaron por dos años en el centro, prostituyéndola en los bares, en los hoteles, drogada y nadie vio nada. Nosotros la buscábamos también en el centro, pero nunca la vimos. Yo fui hasta los hoteles donde tienen atrapadas a jóvenes, allí me dijeron que había muchas niñas, y cuando fuimos la encargada del hotel dijo que no había visto a nadie. Hoy sabemos que allí la tenían y la sacaban a prostituirse afuera del hotel. Nosotras queremos seguir luchando para que no haya más familias destruidas. Tenemos que seguir de pie”.
Entrevista realizada por Redacción (México)

REFERENCIA CURRICULAR
Emanuela Borzacchiello es investigadora italiana y experta en estudios de género. En la actualidad, vive y trabaja entre Ciudad de México y Madrid. Sus principales temas de investigación son la violencia feminicida y derechos sexuales y reproductivos. En 2012 colaboró con el Senado de la Republica Italiana para construir un marco legislativo respecto del delito de feminicidio: “DDL 3390 recante norme per la promozione della soggettività femminile e il contrasto al femminicidio”.
REFERENCIA BIBLIOGRÁFICA
Ensayo: “Feminicidio: la potencia de la palabra, de la imagen y de la practica”, en el libro Regina José Galindo. Estoy viva. Milano, Skira editore, 2014.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

EL FEMICIDIO: UN CRIMEN DEL PODER PATRIARCAL



Columna de Opinión elaborada por Lily Muñoz, Investigadora de AVANCSO. Fue el Editorial del Noticiero Maya K’at de la Federación Guatemalteca de Educación Radiofónica FGER el 26 de noviembre del 2013.
Desde hace varios años, la violencia patriarcal contra las mujeres se ha convertido en uno de los problemas más graves de este país. Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a con-vivir con ella, y en cierto modo, ya la aceptamos como algo común, normal y contra la que no podemos hacer nada. Los medios masivos de comunicación han contribuido a normalizar esta violencia, por la forma tan grosera, prejuiciosa y sensacionalistacomo nos presentan diariamentelas cifras, las noticias y las imágenes acerca del problema.
El femicidio es la máxima expresión de la violencia patriarcal contra las mujeres. Muchas personas en esta sociedad, piensan todavía que los femicidios son los homicidios en los cuales las víctimas son mujeres y eso les ha llevado a afirmar que el femicidio es menos importante que el homicidio, porque en nuestro país mueren más hombres que mujeres cada día.
Esa forma de entender el femicidio es, a todas luces, incorrecta. Además, no todo asesinato de mujeres es un femicidio. La Ley contra el Femicidio y otras Formas de Violencia contra la Mujer que fue promulgada en Guatemala en el año 2008, define al femicidio como la “muerte violenta de una mujer, ocasionada en el contexto de las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, en ejercicio del poder de género en contra de las mujeres”.Eso significa que el femicidio siempre es resultado de la discriminación y del menosprecio de los hombres hacia las mujeres, por el solo hecho de ser mujeres. En otras palabras, el femicidio siempre está relacionado con el poder y sobre todo, con las relaciones desiguales de poder que en nuestro país −y en todo el mundo− se dan entre los hombres y las mujeres.
Las ideas que llevan a los hombres a pensar que son superiores a las mujeres y que por lo tanto, las mujeres somos inferiores y valemos menos que ellos, fueron construidashace miles de años, y se fueron difundiendo por todo el mundo, dando lugar al surgimiento de la sociedad patriarcal en la que vivimos actualmente. Por eso nos han enseñado desde la niñez, que es natural que los hombres ocupen el lugar del privilegio en la familia, en la escuela, en la iglesia, en el trabajo, en el Estado y en todas partes. Al mismo tiempo nos han dicho que las mujeres, que somos el “sexo débil”, tenemos que vivir siempre bajo la protección y la tutela de los hombres, como eternas niñas, como seres frágiles que necesitan ser cuidados.
Pero esa supuesta protección que los hombres nos dan a las mujeres,siempre tiene como consecuencia el control de nuestras vidas, de nuestros cuerpos, de nuestra sexualidad, de nuestras amistades y, en general, de todas las decisiones que tienen qué ver con nosotras. El control es siempre una forma del poder masculino (del padre, de los hermanos, de los tíos, de los hijos, de los gobernantes, etc.).
Otra de las evidencias del poder que los hombres ejercen sobre las mujeres, es la dependencia económica a la que la mayoría de las mujeres se ven obligadas a someterse ante sus esposos o convivientes, pues el hecho de no recibir un salario por el trabajo que realizan en la casa, hace que los hombres tengan el poder económico y ejerzan muchas veces, violencia económica contra ellas.
Varios estudios que se han realizado en distintos países del mundo, muestran que las principales razones por las que un hombre mata a su pareja o ex-pareja, son las siguientes: cuando ella le es infiel (o él supone que le es infiel); cuando ella decide terminar la relación y cuando ella decide trabajar fuera de la casa y ganar su propio dinero. Cualquiera de esas razones es vista como una afrenta por los hombres, porque sienten que ella, que es “de su exclusiva propiedad”,está desafiando su poder y tratando de escapar de su control y de su dominio. Por eso, en un femicidio que es cometido contra la pareja o ex-pareja, el asesinato de la mujer es la mayor muestra de violencia patriarcal contra las mujeres en el ámbito privado.
Pero el femicidio no se limita al espacio privado, también se da con mucha frecuencia en lo que llamamos el espacio público. Desde hace varios años, es común que aparezcan en la vía pública, en terrenos baldíos y en los barrancos, cuerpos sin vida de mujeres con evidencias de haber sido violadas, golpeadas y hasta descuartizadas, sin que se sepa quién o quiénes la asesinaron. Esos también son femicidios, desde el momento en que el cuerpo tiene evidencias de violencia sexual y haber sido asesinada con crueldad, con saña, entonces podemos afirmar que se trata de un femicidio, independientemente de si el victimario o los victimarios, conocían o no a la víctima.
Si la misma Ley dice que los femicidios se cometen siempre en el marco de las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, entonces tenemos, como sociedad, el reto de transformar esas relaciones, para erradicar el femicidio y todas las formas de violencia patriarcal contra las mujeres. Cualquier programa, proyecto o acción política que busque erradicar este flagelo, ya sea desde el gobierno, la cooperación internacional, las organizaciones sociales o cualquier otra entidad, debe, definitivamente, ir encaminado a transformar las relaciones desiguales de poder entre mujeres y hombres, para que las mujeres podamos un día, vivir sin miedo y sin control, y recuperarla dignidad que nos corresponde por nuestra condición humana,que ha sido injustamente degradada.

martes, 15 de marzo de 2011

FEMINICIDIO EN GUATEMALA: CRONOLOGÍA DE LA IMPUNIDAD






María Isabel Veliz Franco fue secuestrada y asesinada en diciembre de 2001, cuando tenía 15 años. Su cuerpo, destrozado por la violación sexual y múltiples torturas, fue abandonado en un terreno baldío. Este caso no es aislado. Es uno entre las más de cinco mil muertes violentas de mujeres que se han ejecutado en menos de una década en Guatemala, un país donde los índices de impunidad alcanzan el 98%, según la Comisión Internacional contra la impunidad en Guatemala.


Mercedes Hernández* - Fotos: Walter Astrada** - Feminicidio.net - 10/03/2011
Esta realidad, generalmente silenciada y ocultada tras el panorama de la violencia cotidiana,  revela la enorme misoginia y capacidad operativa de los asesinos, que permanecen sin atisbo de ser juzgados ni castigados.  Sin embargo cada vez más, gracias a las voces de cientos de activistas, una pregunta está en el ambiente: ¿Por qué estos hombres se organizan para torturar y matar mujeres de la forma más despiadada posible, para luego exhibir sus cuerpos en determinadas zonas?
Las respuestas empiezan a surgir a raíz del análisis cronológico determinado por dos puntos esenciales: el primero está descrito por el propio término feminicidio, que su autora Marcela Lagarde define como “una fractura del Estado de derecho que favorece la impunidad”. El segundo es que cualquier sistema ideológico autoritario -y el patriarcado lo es- necesita imponer sus postulados como verdades incuestionables.
Según Walda Barrios, académica y activista por los derechos de las mujeres, en Guatemala, tradicionalmente, la mayoría de las mujeres han sido consideradas como la propiedad de un hombre: padre, esposo, suegro, hermano, novio, autoridad religiosa o cualquier varón en quien haya sido delegado su tutelaje. Estos tutores están legitimados social y -en ocasiones- jurídicamente para decidir sobre la conducta productiva y reproductiva, el acceso sexual y otros roles de las mujeres que consideran suyas. Este sentido de la propiedad ha generado que, como en todo el mundo, “la casa sea el lugar más peligroso para las mujeres”, porque puertas adentro también se decide sobre su vida y sobre su muerte.

En los últimos años la violencia contra las mujeres ha sido instrumentalizada como un arma de terror utilizada por los grupos criminales para amedrentar a la población. En los cuerpos de las mujeres se han sellado pactos de sangre y se han enviado múltiples mensajes a los grupos enemigos y a los habitantes de los territorios en disputa. En estos casos, los vínculos entre los perpetradores y las víctimas han sido inexistentes: "Lo realmente nuevo es que se ha despersonalizado el asesinato, tanto respecto a las víctimas como respecto a sus asesinos”. (Rosa Cobo, 2009).

Históricamente estos crímenes, y su utilización como estrategia de guerra, tienen un importante  precedente en el conflicto armado interno que desoló Guatemala durante casi 40 años, donde fue el propio Estado quien declaró a las mujeres como el enemigo interno. En los cuerpos de las mujeres indígenas se firmó el discurso de los grupos de poder, y en ellos se dirimió la derrota y el holocausto del pueblo maya, ordenado desde la más alta dirigencia del Estado.


El pasado no está desvinculado del presente

A pesar de las alarmantes cifras de la actualidad, los feminicidios han sido una constante en Guatemala. La cosificación de los cuerpos de las mujeres ha sido la norma y nunca la excepción histórica, como afirma la antropóloga Marcela Gereda: “Antes sus cuerpos fueron invadidos y preñados por pieles blancas y europeas. Luego fueron movilizados, en camiones, como ganado, y explotados para cortar el café en las grandes fincas (...). En los ochenta sus cuerpos fueron, en muchos casos, masacrados, quemados o desaparecidos por el Ejército”.

Como afirma Catherine Mackinnon, no ha habido tiempos de paz para las mujeres.  Al patriarcado centroamericano precolombino siguieron las formas de subordinación basadas en la dominación racista impuesta por la invasión española. Hacia 1562 Diego Landa, quien dedicó su vejez a estudiar la cultura maya, quizá para tratar de recuperar la información que había destruido en su época de inquisidor, escribía en sus memorias: “Antiguamente se casaban de 20 años y ahora de 12 ó 13; en vista de que los españoles matan a las suyas, empiezan (los indígenas) a maltratarlas y aún a matarlas”.
Durante el conflicto armado interno, las fuerzas del Estado utilizaron la violencia sexual como una táctica de exterminio individual y colectivo. Al igual que en otros genocidios, la violencia sexual constituyó una práctica recurrente para someter a pueblos y bandos contrarios a través del cuerpo de sus mujeres, con la connivencia de la cúpula del Gobierno. El estudio Rompiendo el Silencio (2006), del Consorcio Actoras de Cambio, reflejó que en muchas comunidades los soldados violaron a las sobrevivientes después de masacrar a los hombres, mientras que en otras las mujeres eran violadas y torturadas públicamente delante de sus familias y del pueblo, antes de ser asesinadas. En las comunidades en donde los hombres huyeron o fueron asesinados, algunas viudas y huérfanas permanecieron durante años como esclavas sexuales de los comandantes del Ejército y de las Patrullas de Autodefensa Civil (PAC): “Ellos no sólo llegaban sino que instalaron un destacamento y a todas las que íbamos quedando viudas, porque mataban y ejecutaban a nuestros maridos no se sabe dónde, nos obligaban a ir a alimentarlos. Nos pusieron en grupos para hacer turnos, para hacer la comida y luego de cumplir con todo lo que nos imponían nos violaban una a una”. (Testimonio de una de las sobrevivientes ante el Tribunal de Conciencia contra la Violencia Sexual durante el Conflicto Armado. Marzo de 2010).

La violencia sexual fue una práctica masiva, sistemática y planificada dentro de la estrategia contrainsurgente del Estado y dirigida especialmente contra la población indígena durante la política de tierra arrasada (1982–1983). Según la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH), el 99% de las víctimas fueron mujeres, y de ellas un 88,7% eran mayas. En sus cuerpos fueron practicados todo tipo de humillaciones sexuales destinadas a “elevar la moral de la tropa”. Existen pruebas suficientes para determinar con certeza y claridad que la cadena de mando funcionaba en todo momento. Como indica Kate Doyle en su análisis sobre la Operación Sofía, una ofensiva militar del Ejército de Guatemala en el Área Ixil (formada por tres municipios, Nebaj, Cotzal y Chajul, en el departamento del Quiché), entre julio y agosto de 1982, con el objetivo de exterminar a las y los indígenas considerados subversivos en la zona: “Las actuaciones de los soldados en el campo eran resultado directo de las órdenes de los oficiales superiores y no sólo iniciaron las operaciones bajo sus órdenes sino que también las siguieron muy cuidosamente, se enteraron de todo en tiempo real, enviaron nuevas instrucciones durante las operaciones que se cumplieron por las tropas. En fin, que tuvieron control total sobre su desarrollo mientras se llevaron a cabo”.

En las conclusiones del Tribunal de Conciencia se declaró: “La violación sexual se cometió en concurrencia con otros delitos gravísimos como el genocidio y otros crímenes contra los deberes de humanidad”. Se trata de hechos directamente imputables al Estado, porque fueron realizados por funcionarios o empleados públicos y por agencias estatales, militares y civiles, en quienes se delegó, de jure o de facto, la potestad para actuar en su nombre. Sin embargo, la violencia sexual fue una política de Estado que la mayoría de análisis ha reducido y malinterpretado como una práctica aislada cometida por agentes castrenses en búsqueda de placer.

Después de 36 años de un conflicto armado que se cobró más de 200.000 vidas y que originó la diáspora de más de medio millón de personas, llegó la anhelada firma de Los Acuerdos de Paz, en 1996. Sin embargo, los verdugos se beneficiaron de normas jurídicas y sociales que bien pueden considerarse de punto final y que han permitido que ni uno solo de los autores, intelectuales o materiales, de estos delitos haya sido juzgado ni castigado.

Viejas formas de feminicidio se realimentan de nuevas modalidades y motivaciones

Si en el pasado la capacidad productiva de las mujeres fue explotada en los latifundios de los colonos y de los criollos asentados en Guatemala, en la actualidad no lo es menos por los herederos de estos, ni por los nuevos ofertantes de empleo en las maquilas y en el empleo doméstico, donde las mujeres son piezas intercambiables y cuerpos a los que se pueden acceder sexualmente con facilidad, siempre sustituibles y con características similares. Asimismo,
la economía criminal convierte a las mujeres en productos de venta, además de servirse de ellas como la mano de obra más barata. Miles de mujeres son convertidas cada año en mercancía del mercado de la prostitución, también en cobradoras de los impuestos de guerra establecidos por las pandillas, en transportistas de droga, en úteros productores de niños y niñas destinados a las adopciones (la mayoría de ellas ilegales) y a la trata, así como en proveedoras de otros de sus propios órganos.
En la actualidad, estas corporaciones nacionales y multinacionales están constituidas por los grupos del crimen organizado, de ciertos sectores de la oligarquía tradicional guatemalteca, de la policía y del Ejército, e inclusive de miembros de algunos partidos políticos. Los cuerpos de las mujeres son destruidos y exhibidos como un mecanismo de diálogo entre los destinatarios -directos e indirectos- de las zonas en disputa, de los mensajes enviados a través de la letalidad y misoginia imputadas y demostradas por el autor o autores de estos delitos contra las mujeres.

Torturas que se hicieron de forma pública durante el conflicto armado y que no terminaban con la muerte, pues se prohibía el entierro de los cadáveres y se exhibían a la vista de toda la comunidad, son prácticas utilizadas de la misma forma en los conflictos entre pandillas y otros grupos criminales de la actualidad. Hoy en día, los réditos obtenidos a través del terrorismo sexual continúan siendo la conquista del territorio; la derrota moral del enemigo a través de las depositarias del honor familiar o grupal; la interlocución y cohesión de las fratrías criminales, a través de los pactos de sangre donde mujeres jóvenes y trabajadoras que se atreven a salir de sus casas y a ocupar el espacio público, como María Isabel,  son sacrificadas todos los días.


El silencio y la impunidad recorren los tiempos como guardianes del Statu quo
La transmisión y el dominio del conocimiento sobre sus propios cuerpos y sobre su sexualidad les ha sido históricamente negado a las mujeres, utilizando para ello la imposición del silencio como garantía del no saber (Consorcio Actoras del Cambio. 2010). El desconocimiento de su sexualidad ha convertido a las mujeres en alumnas permanentes y subordinadas de los administradores de la pedagogía del sexo y del cuerpo femenino en quienes se ha delegado su tutelaje. Esta ignorancia, utilizada perversamente como sinónimo de inocencia, contiene un subtexto de libre acceso a los cuerpos femeninos y de capacidad de ocultar y de blindar los delitos en ellos cometidos. Por esta razón, romper el silencio es tremendamente peligroso para el statu quo ya que, como sostiene Ana Carcedo, “puede subvertir la relación de dependencia que articula la sujeción y la obediencia al poder supremo”.

La impunidad fomentada desde el Estado, sirviéndose para ello del silencio y del encubrimiento de información imprescindible para el abordaje y tratamiento de la violencia feminicida, permanece como una constante.
No se cuenta con información fidedigna, ni siquiera sobre la cantidad de mujeres asesinadas cada año. Según la experta Hilda Morales, directora de la Oficina de Atención a la Víctima del Ministerio Público, “hay irresponsabilidad del Estado en cuanto a proveer cifras estadísticas confiables. En la Ley contra el Femicidio y otras Formas de Violencia contra la Mujer se establece la creación del Sistema Nacional de Información sobre Violencia contra la Mujer, sin embargo aún (el Estado) no provee estadísticas y cada institución -INACIF, MP, PNC, OJ- continúa dando individualmente la información”. Asimismo, Morales, al ser consultada sobre la causa de la diferencia entre las cifras totales de mujeres asesinadas registradas por asociaciones civiles frente a las estatales, apunta: “Las cifras citadas por las organizaciones de mujeres no concuerdan con las del Estado, probablemente porque en las de este no se incluyen las mujeres heridas y que luego mueren en los hospitales”.
Carlos Castresana, ex director de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), afirmó en su discurso durante el Tribunal de Conciencia: “La impunidad es una invitación a la repetición de los crímenes. Los crímenes que no se castigan son crímenes que tarde o temprano se repiten. (…) Con los crímenes del conflicto armado sucede lo mismo. Si las personas que cometieron esos abusos durante el conflicto armado no han sido castigadas, están en libertad y siguen abusando”.



Política feminicida: institucionalizar la misoginia, por acción y por omisión


La elección arbitraria -que no inocente- de la información que se politiza haciéndola pública y la que, por el contrario, se invisibiliza y se censura, funciona como el conjunto de “códigos no jurídicos a los que un sujeto no reconocido como igual ha de amoldarse”. (Alicia Miyares. 2008). En la información ocultada por el Estado de Guatemala se esconde un subtexto, común a otros muchos países del mundo, que revela que la hegemonía del poder masculino está resquebrajándose porque las mujeres ocupan, cada vez más y de diferentes maneras, el espacio público. Según Giovana Lemus, directora del Grupo Guatemalteco de Mujeres: “Estas resistencias estatales son evidentes cuando existe un rechazo frontal a colocar la igualdad de género como uno de los elementos centrales de la agenda política”. Esta agenda pendiente, voluntariamente pendiente, institucionaliza la misoginia practicada desde los sectores de poder.
Los proyectos políticos más recientes han cedido, nunca de forma fácil, a algunas de las presiones de los grupos organizados de mujeres de la sociedad civil, quienes en los últimos 25 años han impulsado la mayoría de las legislaciones en materia de violencia contra las mujeres, incluida la propia Ley contra el Femicidio y la creación de los organismos que conforman la institucionalidad de las mujeres. Así como la derogación de leyes como la que permitía al violador casarse con su víctima, siempre que esta fuese mayor de doce años, para “reparar el daño”.

La violencia contra las mujeres aumenta en escenarios donde el Estado es débil. En Guatemala, una de las grandes causas de ese debilitamiento ha sido la privatización: muchas de las obligaciones estatales han sido trasladadas ,de forma tácita o explícita y formal, a manos de personas y grupos de personas ajenas a los ámbitos oficiales. Como explica Naomi Klein, con los ataques estructurales se han ido eliminando o limitando determinadas funciones que han cumplido históricamente los estados, entre ellas detentar el monopolio de la violencia y proteger a sus miembros. Esta pérdida del funcionamiento estatal ha contribuido a la emergencia y proliferación de las mafias y del mercado privado de seguridad nacional.  Una buena cantidad de los agentes estatales, por su parte, constituyen un recurso incrustado en el Estado al servicio de grupos criminales privados. “La Policía nacional civil es considerada hoy en día la fuente principal de violaciones de derechos humanos”. (Yakin Ertuk. 2006).

La privatización también actúa como blindaje de los feminicidios cuando se permite y se fomenta que sean silenciados -y con ello despolitizados- al convertirlos en delitos sexuales. En un país donde el sexo aún es el gran tabú, no lo es menos para quienes formulan las normas jurídicas y para el imaginario de los operadores de toda la cadena de justicia o para la mirada de los medios de comunicación que producen, en la mayoría de los casos, la sexualización de estos delitos. A esta privatización se une el cerco de las familias de las víctimas y de la sociedad en general, que esperan que se hable lo menos posible de los vejámenes sexuales y prefieren mantener esa información en la más estricta intimidad para evitar una penalización social que sigue ensañándose con las víctimas, aún después de su muerte. “Nada hay tan difícil como hablar de la violación cometida contra una hija. Sólo su ausencia y la impunidad de su muerte son un dolor más grande”, comenta Rosa Franco, madre de María Isabel.

Las políticas feminicidas concurren en cuadros de colapso institucional donde el Estado es responsable de los crímenes misóginos: por acción, cuando sus agentes ejecutan los feminicidios, y por omisión cuando no se implementan políticas de prevención, sanción y erradicación de la violencia contra las mujeres. La política feminicida hace constante dejación de la voluntad de verdad y de objetividad que deben regir la investigación. El Estado ha abdicado de las razones científicas y éticas como fundamento de los análisis teóricos que deben reflejar la realidad y politizarla –como única vía para desprivatizarla- e iniciar la creación de categorías jurídicas, tipos penales y políticas eficaces y eficientes contra la violencia feminicida.

Terminar con la impunidad generada por las políticas feminicidas exige desmantelar los mecanismos de silencio: deben abrirse los debates respecto a la utilización de los cuerpos de las mujeres en lo que Rita Segato ha llamado “el lenguaje del feminicidio” o lo que Victoria Sanford analiza como las amenazas dirigidas a un individuo o a un grupo a través del cuerpo de las mujeres de su entorno. Para combatir la impunidad de la violencia feminicida es necesario comprender que la violencia ejercida sobre el cuerpo de las mujeres “especialmente en escenarios bélicos, no es violencia sexual sino violencia por medios sexuales”. Julia Monárrez, quien se dedica a analizar los feminicidios desde hace más de diez años, afirma: “Para entender cómo surgen los feminicidios es imprescindible comprender teóricamente cómo funciona la política de la sexualidad en el sistema patriarcal” y cuáles son los mecanismos que generan estas formas sexualizadas de agresión, que deben ser desprivatizadas para desentrañar las identidades de las facciones que dominan las jurisdicciones en disputa, cuya superioridad se dirime a través del conjunto delitos de lesa humanidad que culminan con el asesinato de niñas y de mujeres que, como María Isabel, fueron utilizadas para emitir un mensaje que, después de nueve años, la justicia guatemalteca no pudo descifrar, ni mucho menos castigar a quien lo emitió a través de la destrucción de su cuerpo y de su asesinato.




fuente: Feminicidio . Net. 

martes, 21 de diciembre de 2010

Alzan la voz contra violencia feminicida en México y Guatemala



  CIMAC- 
Organizaciones de la Sociedad Civil (OSC) guatemaltecas manifestaron su dolor e indignación por la reciente muerte violenta de las activistas Marisela Escobedo, en México, y de Emilia Quan, en Guatemala, cuyos crímenes fortalecen la impunidad en ambos países.  

En un comunicado de prensa, Convergencia Cívico Política de Mujeres, el Centro de Investigación, Capacitación y Apoyo a la Mujer y la Fundación Red de Sobrevivientes de Violencia Doméstica, hicieron un llamado a la ciudadanía de su país y de México para que alcen la voz en contra de la violencia contra las mujeres de la región.

Después de que exigió justicia por el asesinato de su hija, Rubí Marisol Frayre, durante los últimos dos años, el pasado 16 de diciembre, Marisela Escobedo fue asesinada a quemarropa mientras realizaba una protesta frente al Palacio de Gobierno de Chihuahua, en el norte de México. 

 

En tanto, Emilia Quan, joven socióloga guatemalteca, participó durante sus últimos días de vida en la investigación del uso de recursos públicos en su país, ella fue secuestrada y asesinada el 7 de diciembre pasado en Huehuetenango, Guatemala.

Al respecto, las organizaciones, integrantes de la Alianza para la Acción: Previniendo los Femicidios en Guatemala y de la Campaña Regional por el Acceso a la Justicia para las Mujeres, señalaron que la falta de acciones concretas por parte de la sociedad para exigir a las autoridades castigo para los responsables de la muerte de Marisela y Emilia “nos hace cómplices de los delincuentes”.

Por lo que “es necesario exigirles a las respectivas autoridades a hacer los máximos esfuerzos para detener el río de sangre que corre por nuestro continente americano y lastima a miles de familias”.

De acuerdo con la Fundación Red de Sobrevivientes de Violencia Doméstica, el número de asesinatos de mujeres suman un total de 3 mil 774, del año 2000 al 2008.

Mientras que la Alianza para la Acción: previniendo los femicidios y otras formas de violencia contra las mujeres en Guatemala señala que el Procurador de Derechos Humanos de Guatemala informó que en 2009 existieron 720 muertes violentas de mujeres (Cimacnoticias 17 de feb de 2010).

Un estudio del Consejo de Ministras de la Mujer de Centroamérica señala que del 2000 al 2006, el feminicidio/femicidio en Guatemala aumentó un 183 por ciento, en estos años se registraron hasta 18 muertes por cada 100 mil mujeres, la mayoría de 20 a 29 años. 

Fuente: CIMAC

domingo, 28 de noviembre de 2010

Femicidio, realidades y tabúes



Susana Merino[1]
Adital -
No hay duda de que existe una taxativa diferencia entre, por ejemplo, la lapidación de mujeres en algunos países islámicos y la frecuente tortura y muerte de mujeres en Ciudad Juárez (México).
La primera está insólitamente amparada por la ley o por el estado mientras que las segundas parecieran estar protegidas más bien por el silencio cómplice de las autoridades civiles y policiales de la región.
Sin embargo en el primer caso, imagen mediante, nos sentimos horrorizados por la incalificable crueldad de un castigo que conduce a la muerte y en el otro la fría mención de las cifras aunque el número de mujeres asesinadas sea considerablemente mayor en la frontera del norte mexicano nos deja tal vez asombrados pero casi indiferentes.
Pareciera que la reiteración de tan incalificable fenómeno le otorgara a sus autores una especie de "patente de corso" para el crimen y pareciera también que al entrar en las estadísticas el horror dejara de golpear en la conciencia de la gente. Un asesinato, una muerte próxima, una víctima identificada nos conmueven pero los crímenes masivos no dejan huella y hasta en situaciones bélicas llegan a ser cínicamente calificados y aceptados como "daños colaterales".
Frente a la condena por lapidación de la iraní Sakineh Ashtianí, y de la nigeriana Amina Lawal la sociedad se movilizó y centenares de miles de personas en todo el mundo firmaron cartas en las que pedían, en ambos casos, y consiguieron la anulación del castigo. Un castigo que no está ciertamente ni aprobado ni establecido por el Corán sino que tiene su origen en la tradición judeo-islámica y puede aplicarse también, llegado el caso a los varones. Este tipo de movilizaciones aparentemente teñidas sin embargo de cierto tufillo islamofóbo no encuentran lamentablemente correlato para las múltiples denuncias mexicanas que afectan a un número creciente de mujeres de entre 14 y 25 años.
En Ciudad Juárez al borde de la frontera mexico-usamericana según organizaciones no gubernamentales se han producido más de 350 asesinatos de mujeres y alrededor de 400 desapariciones en la última década que las autoridades por incompetencia o amedrentadas suelen calificar como fruto de la violencia doméstica.
Sin embargo según las investigaciones llevadas a cabo por Amnesty Internacional muchos de los crímenes tienen sus raíces en la discriminación aunque también se manejan otras hipótesis relacionadas con el narcotráfico, la trata, el tráfico de órganos y las películas snuff un género también conocido como white heat o the real thing, en las que se tortura, viola y asesina con el único objetivo de registrar esos hechos con algún medio audiovisual y comercializarlos luego a valores incalculables. Sobre esta última suposición no se han hallado constancias que puedan acreditarla aunque no parece tan disparatado pensar que 
en nuestra enferma sociedad, no haya individuos que disfruten - intelectual o comercialmente - con este tipo de producciones.
Algunos analistas sostienen también que podría tratarse de macabros rituales celebrados con el objeto de establecer la cohesión entre los miembros de grupos mafiosos y sellar la pertenencia al grupo, por parte de los asesinos, con pactos de sangre.
Según la investigadora Rita Laura Segato, "los feminicidios de Ciudad Juárez no son crímenes comunes de género sino crímenes corporativos y, más específicamente, son crímenes de segundo Estado (…) que administra los recursos, derechos y deberes propios de un Estado paralelo, establecido firmemente en la región y con tentáculos en las cabeceras del país". Pero lo más alarmante es que esta lacra ha llegado también al llamado "triángulo de la violencia" Guatemala, El Salvador y Honduras, según la descripción acuñada por Naciones Unidas, que ha alcanzado las más altas tasas de femicidios de la región ya no relacionadas con los conflictos armados, que asolaron a esos países en un no muy lejano pasado. Y podría continuar extendiéndose.
Y si seguimos descendiendo hacia el sur vamos a encontrar que tampoco nuestro país se halla exento de un desmedido incremento de las consecuencias que hasta ahora parecieran limitarse a casos aislados pero cada vez más frecuentes de lo que aquí también se califica como producto de la violencia familiar. Las muertes de mujeres quemadas con alcohol o con bencina en "accidentes domésticos" que curiosamente no suceden en soledad sino ante la (¿impotente?) presencia del marido o compañero, han venido aumentando desde un primer suceso en el que la justicia determinó la imposibilidad de probar la culpabilidad del testigo presencial (en este como en casi todos los casos, el marido) por suceder en el ámbito privado y ser muy difícil establecer si realmente el hecho es atribuible a un accidente o a un asesinato.
Toda esta manifiesta agresividad masculina hacia la mujer no es una consecuencia más de las condiciones de vida contemporánea a las que solemos atribuir los males que nos circundan sino que pareciera arraigar en el más profundo primitivismo humano. Desde el principio de los tiempos privilegiar la muerte ha sido un denominador común de muchas culturas, no de otro modo se entiende la exaltación del héroe, del guerrero, del combatiente encarnando siempre los valores del arrojo, de la audacia, de la valentía, de la virilidad, del coraje, de la intrepidez en función de ¿qué? pues tan solo de la muerte, una función reservada a los hombres de la tribu, del estado, del imperio… en la que solo mitológicamente participaron alguna vez las mujeres o sus equivalentes las nórdicas walkirias o las amazonas griegas, compartiendo, en su condición de diosas, los campos de batalla.
Mientras que la función de dar vida que solo le ha sido conferida a la mujer fue secularmente subestimada y confinada al rutinario ámbito doméstico y su importancia diluida hasta casi desaparecer entre las pedestres tareas cotidianas, de las ollas y las sartenes, los biberones y los cuadernos escolares, producto de una cultura ciertamente elaborada por solo media humanidad. Media humanidad que necesitó construir un imaginario de fuerza, de vigor, de invencibilidad para disimular tal vez la frustrante sensación de esterilidad y de impotencia que debió provocarle al hombre, desde siempre, el misterio de la preñez y del alumbramiento en la mujer, junto a la menoscabante convicción de que es algo a lo que a pesar de su fuerza y de su ingenio jamás podría acceder.
Todo esto parece tener en realidad raíces tan profundas que no solo en nuestra civilización judeo-cristiana encontramos evidencias ciertas y reiteradas de subestimación, de sometimiento, de menosprecio como reacción al temor que genera la mujer al parecer dotada de "poderes" que escapan completamente al arbitrio de los hombres. Los estudios de antropología han demostrado que es habitual en todas las culturas que los hombres experimenten cierto sentimiento de inferioridad, frente a la capacidad procreadora de la mujer, sentimiento que tienden a revertir asumiendo para con ella conductas prepotentes teñidas de menosprecio y humillación. Un temor que también debe haber jugado un importante papel en el ajusticiamiento y condena de las brujas medievales.
Importantes y minuciosos estudios realizados en los códices mayas y aztecas ponen igualmente de relieve que "El hombre, en su función de genitor, brilla por su ausencia. Si el nacimiento por partenogénesis de dioses tan importantes como Quetzalcóatl y Huitzilopochtli no deja de reforzar la importancia de la figura materna puede suscitar también angustias e inquietudes en el seno de una población masculina incapaz de legitimar ahora la primacía del falo y, por lo tanto, de su poder".
Dice la antropóloga francesa Françoise Héritier que "no es el sexo sino la fecundidad lo que representa la verdadera diferencia entre lo masculino y lo femenino" y agrega Nicolas Balutet "que, en la sociedad azteca, la fecundidad estaba en la base de las angustias del hombre. El rechazo a las mujeres que expresan las creencias y las supersticiones va más allá que el tabú relacionado con los fluidos de las menstruas y del parto." (La puesta en escena del miedo a la mujer fálica durante las fiestas aztecas" - Contribuciones desde Coatepec, UNAM, México).
De modo que para terminar, pese a los grandes avances logrados por las mujeres en materia de igualdad de derechos en las sociedades contemporáneas es evidente que nos queda aún un largo camino por recorrer para superar y remover tabúes, usos y costumbres, que no por atávicos y ancestrales estamos condenadas a soportar eternamente. Ellos y nosotras debemos encontrar, en cambio el modo de integrar nuestras disímiles capacidades, de construir una relación hombre-mujer basada en el reconocimiento y la aceptación de nuestras diferencias, capaz de ahuyentar los fantasmas de ese pasado que ha generado y sigue generando tanto dolor y para poder entonar juntos un canto a la vida que es el prodigio más maravilloso con que Dios o la Creación nos han honrado.
Fuente: Desdemimesma - http://desdemimisma.blogspot.com]

[1]     Arquitecta argentina, editora del informativo semanal "El Grano de Arena" de ATTAC Internacional


"Guatemala necesita un cambio cultural urgente"



Paloma Lafuente*
Walda Barrios-Klee
En esta entrevista a la presidenta de la Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas, Walda Barrios-Klee, la dirigenta expresa su preocupación por el nivel de violencia contra la mujer que ha alcanzado este país y la falta de atención de la problemática por parte del Estado.
En abril de 2009, el Congreso de la República de Guatemala aprobó la Ley Contra el Femicidio, ley que tipifica el asesinato de mujeres como delito, estableciendo duras sanciones contra todo tipo de violencia por cuestión de género. El constante aumento de muertes violentas de mujeres, así como el nivel de impunidad por parte de las autoridades, demuestran la debilidad institucional de un estado que, cumplidos casi 12 años desde la firma de los acuerdos de Paz que pusieron fin a 36 años de una guerra civil, no logra atajar el problema de la violencia. Walda Barrios-Klee, presidenta de Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG), feminista, académica e investigadora, militante del Movimiento de Mujeres Guatemalteco (URNG) y ex-candidata a la Vice-Presidencia por la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG-Maíz), nos habla de los esfuerzos desarrollados desde la sociedad civil por atajar la violencia indiscriminada hacia las mujeres y de lo que supondrá, a partir de ahora, la aprobación de esta ley.

_¿Qué comporta la aprobación de la Ley contra el Feminicidio y qué acciones positivas prevé?
_Es importante que en sociedades patriarcales en las que las mujeres hemos tenido papeles subordinados se admita que hay violencia en contra de las mujeres, por el simple hecho de ser mujeres, este es el primer paso que contempla la ley. Pero, además de las sanciones, considera la prevención. Esto es quizás lo mejor, porque debe castigarse para evitar que las agresiones sigan sucediendo, pero lo que se necesita es un cambio cultural. Implica que no haya impunidad. La impunidad ha sido uno de los principales problemas en sociedades en dónde la violencia es cotidiana.

_¿Qué avances supone con respecto a la Ley para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Intrafamiliar de 1996?
_Esta Ley trata de evitar la normalización de la violencia doméstica que es un factor que influye en el posterior traslado de las agresiones en contra de las mujeres hacia el contexto social más amplio. Usamos aquí el término normalización, en el sentido de considerarla como normal y/o aceptable. En la concepción jerárquica de la familia patriarcal el hombre tiene derecho a corregir y a que sus prescripciones se sigan en el seno familiar. Así, se pasa de la violencia doméstica a la violencia social, como una extensión del dominio sobre las mujeres. Jurídicamente es importante diferenciar la violencia intra familiar o doméstica del feminicidio. En la primera el agresor es conocido, se sabe quién es. La mujer y el hombre tienen algún tipo de relación. En el feminicidio la víctima por lo general, es desconocida del agresor.
_¿Cuál es la postura desde su organización sobre esta ley?
_La Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas ha acompañado y apoyado todas las iniciativas de Ley en beneficio de las mujeres. En este caso concreto, nuestra organización ha realizado trabajo con las mujeres que fueron víctimas de violencia sexual durante la represión. Se ha denunciado la violación sistemática de mujeres como instrumento de guerra y hemos trabajado por construir una cultura de Paz. Nuestra organización trabaja en tres direcciones: primero, en la participación política y ciudadana, por eso en 2003 y en 2007 lanzamos la campaña “Más mujeres a cargos públicos”. El segundo es la justicia económica, y el tercero, no violencia y construcción de la paz. Los Acuerdos de Paz de 1996 parecieron ser una luz, tras los duros años de guerra indiscriminada, y una oportunidad para reivindicar los silenciados derechos de las mujeres, ¿cuáles fueron los logros conseguidos por el feminismo con dichos acuerdos? Son varios. El primero es el reconocimiento de las mujeres como actoras en la vida pública, la participación de mujeres en los Consejos Municipales y Departamentales de Desarrollo, la organización de mujeres en todos los niveles (rurales y urbanas); la co- propiedad de la tierra.
_¿Qué papel han desempeñado las organizaciones de mujeres en la implementación de dichos acuerdos de paz?
_Las mujeres hemos sido protagónicas. Todas las distintas organizaciones de mujeres hemos trabajado para tratar que los acuerdos de Paz se concreten. Uno de los propósitos de esta reflexión es visualizar el papel que las mujeres como colectivo tuvimos en tanto grupo de presión desde el Sector de Mujeres de la Asamblea de la Sociedad Civil y, posteriormente, en la lucha por el cumplimiento de los espacios abiertos por la Paz, para conseguir el ejercicio pleno de nuestros derechos como ciudadanas. A pesar que el movimiento de mujeres se encontraba en una etapa inicial de su desarrollo, tuvo la capacidad de alcanzar propuestas de consenso entre las diversas organizaciones de mujeres, y defenderlas ante la Asamblea de la Sociedad Civil, incorporando así demandas y propuestas específicas a favor de las mujeres en los documentos que esta asamblea presentó a la mesa de negociaciones. Si bien no fue firmado un acuerdo que directamente tratara la situación de las mujeres guatemaltecas, en seis de los acuerdos suscritos se logró incluir 37 compromisos específicos a favor de la igualdad de género. Con el propósito de ilustrar la dimensión de estos compromisos, pero perdiendo la riqueza de sus contenidos, podemos sintetizarlos así: primero, el reasentamiento de población desarraigada con la protección de familias encabezadas por mujeres y viudas, y de huérfanos. Segundo: el desarrollo económico y social que conlleva la Integración productiva y la participación, facilitar a mujeres indígenas acceso a la tierra, vivienda y crédito; igualdad de condiciones para acceso a vivienda propia; derecho al trabajo y capacitación; legislación laboral para el respeto de derechos y oportunidades incluyendo a trabajadoras de casa particular, así como el reconocimiento de las mujeres como trabajadoras agrícolas con derechos. En tercer lugar, en el terreno de la salud, programas nacionales de salud integral, con participación en planificación, ejecución y fiscalización y la reducción de la mortalidad materna en 50%. Cuarto, la lucha contra la discriminación, eliminar de la legislación toda forma de discriminación y cumplir la Convención respectiva. Quinto: los derechos de las mujeres indígenas: creación de la Defensoría de la Mujer Indígena; evitar perpetuación de la pobreza y discriminación étnica; medidas para luchar contra discriminación en el uso de traje indígena; gravar penas por violación a mujeres indígenas y tipificar el delito de acoso sexual. Por último, en educación: acceso de mujeres indígenas a la educación; eliminar estereotipos culturales y de género en contenidos educativos; igualdad de oportunidades y condiciones de estudio y capacitación.
_Según el Informe de Investigación sobre el Feminicidio en Guatemala, de la Federación Internacional de Derechos Humanos (FIDH), la muerte violenta de mujeres va en constante aumento; desde 2001 que se reportaron 303 muertes, hasta la terrible cifra de 591 mujeres asesinadas en 2007. Además, llama la atención el grado de violencia y ensañamiento con el que se actúa. ¿De dónde cree que procede tanto odio?
_Sostenemos la hipótesis que la violencia en contra de nosotras se ha incrementado en proporción geométrica a nuestra participación en la vida pública. Pareciera ser el mandato patriarcal: “mujeres regresen a sus casas y a las labores domésticas”. La mayoría de las asesinadas son obreras que salen por las noches de sus trabajos en las maquilas, o estudiantes que regresan de sus escuelas.
_Hablemos del Estado y las instituciones. La mayor parte de los casos quedan impunes. Concretamente y, según el Diagnóstico Situacional del Grupo Guatemalteco de Mujeres (GGM), el porcentaje investigado es de 26 de cada 100.
_Efectivamente, la impunidad ha sido una de las características de los asesinatos de mujeres. La nueva Ley intenta detener esta impunidad. Por eso, señalo que se necesita un cambio cultural, de una cultura de odio y agresión heredada del conflicto armado a una cultura de Paz y respeto por toda forma de vida. Esto es difícil de construir, pero no imposible, hay que trabajar mucho en esa dirección. En plantearnos una nueva ética y nuevas formas de relacionarnos como seres humanos. Para cambiar las cosas se necesita: un diagnóstico desde el Estado. Se cuenta con el diagnóstico elaborado por la bancada de la URNG sobre el femicidio; también, el Grupo Guatemalteco de Mujeres (GGM) llevó a cabo una investigación multidisciplinaria que ha registrado los casos a través de testimonios de cómo la familia, en especial las madres y hermanas, han vivido la tragedia. En mayo de 2005, GGM presentó un Diagnóstico Situacional de las Muertes Violentas de Mujeres en Guatemala, que incluye una gráfica de su número creciente por año: 307 en 2001, 317 en 2002, 383 en 2003, 527 en 2004 y 255 en los primeros cinco meses de 2005 (1). El Diagnóstico apunta a que la violencia se concentra en las zonas metropolitanas, y que la noche es el horario recurrente. IEPADES, ha realizado algunas aproximaciones y también la Red de la no violencia contra las mujeres (2). No obstante, todos estos esfuerzos, provienen de la sociedad civil. Es imperativo que el Estado elabore un diagnóstico propio sobre la alarmante situación que ha ido en aumento año con año. En segundo lugar, se necesita una Base de información confiable. Relacionado con el tema anterior es necesario disponer de una base de información confiable. A la fecha los datos mas fidedignos y completos son los de la Policía Nacional Civil (PNC), porque abarcan la República completa, en tanto los del Ministerio Público (MP) se refieren exclusivamente a la capital. A la fecha el papel del Ministerio Público ha sido bastante deficiente, y al parecer su capacidad de investigación es muy pobre. Además, hay que Aumentar la capacidad instalada y construir habilidades. Es necesario un plan de formación, entrenamiento y sensibilización en el Ministerio Público y en el Organismo Judicial.
_Para terminar, ¿cuál es el trabajo que desempeñan las organizaciones de mujeres en el proceso de cambio y cómo cree que será necesario actuar a partir de ahora?
_Nosotras tenemos escuelas de lideresas, enseñamos a las mujeres cuales son sus derechos y a defenderlos, a conocer las Leyes, a reconocer la diversidad y multi culturalidad que hay en Guatemala, que la diversidad es riqueza. Hay que continuar con la auditoria social y tratar que se haga justicia.

Notas:
(1) Para noviembre 2005 se habían cometido 563 muertes violentas de mujeres.
(2) Creada en 1990 integrada por diversas organizaciones de mujeres del movimiento amplio, se organiza después del asesinato de Dinora Pérez. Tuvo un papel relevante en el impulso de la Ley para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Intrafamiliar (Decreto 97-96) y su Reglamento (Acuerdos Gubernativos 831-2000 y 868-2000), realizó acciones de capacitación con operadores de justicia para la aplicación de dicha ley. Actualmente forma parte de la representación de la sociedad civil en la Coordinadora Nacional para la Prevención de la Violencia Intrafamiliar y Contra la Mujer (CONAPREVI).

Editado por Mujeres Hoy, agosto de 2009.
Fuentes: Revista Pueblos, Guatemala.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Guatemala. Ley contra el Femicidio. 2 años después aún no hay justicia para las víctimas


 
Cerigua

La Ley contra el Femicidio y otras formas de Violencia contra las Mujeres, promulgada por el Congreso de la República en mayo de 2008, es considerada una norma pionera a nivel mundial por tipificar el femicidio y por sentar precedentes para el debate de la problemática en el ámbito local y regional, sin embargo, la tasa de impunidad que rodea a los procesos, el 99 por ciento, así como la falta de conocimiento, ha impedido su óptima aplicación.
La norma refleja la lucha y el trabajo coordinado de las organizaciones de mujeres en Guatemala; diversos organismos internacionales la califican como uno de los avances legales más significativos en el ámbito mundial, ya que fue una de las primera en tipificar el femicidio, la violencia patrimonial y la violencia contra las mujeres.
El femicidio es la forma más extrema de violencia contra una mujer; la ley la define como la muerte violencia de una mujer por razones relacionadas a su género y usualmente en dichos casos se encuentra implícita la violencia sexual, la tortura y la mutilación.
Walda Barrios de la Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG), aseguró que las víctimas son principalmente trabajadoras, estudiantes y jóvenes que forma parte de la población económicamente activa.
Un mensaje subyace al conocer ese tipo de crímenes: la mujer debe quedarse en el hogar, porque ahí estará segura; existe una correlación entre el aumento del índice de la participación de las ciudadanas y el elevado número de asesinatos, añadió Barrios.
De acuerdo con datos del Ministerio de Gobernación, en el 2009 se registraron 847 muertes violentas de mujeres y aproximadamente 4 mil 300 casos de violencia sexual; en lo que va del 2010, se han conocido 152; pocos son los procesos que han alcanzado llegar a los tribunales y escasos los que han logrado una sentencia condenatoria.
Angélica Valenzuela, del Centro de Investigación, Capacitación y Apoyo a la Mujer (CICAM), aseguró que muchos de los investigadores y operadores de justicia desconocen los contenidos de la ley y su forma de aplicación; muchas veces los procesos son investigados como homicidios o asesinatos, cuando se podría hacer uso de la Ley contra el Femicidio para sentar precedentes en el país.
El movimiento de mujeres ha denunciado en distintas ocasiones que también existe discriminación de género a la hora de investigar los casos, situación que fue verificada por la Relatoría de la Mujer de la Organización de Estados Americanos (OEA), en el 2005.La Ley contra el Femicidio y otras formas de Violencia contra las Mujeres, promulgada por el Congreso de la República en mayo de 2008, es considerada una norma pionera a nivel mundial por tipificar el femicidio y por sentar precedentes para el debate de la problemática en el ámbito local y regional, sin embargo, la tasa de impunidad que rodea a los procesos, el 99 por ciento, así como la falta de conocimiento, ha impedido su óptima aplicación.
La norma refleja la lucha y el trabajo coordinado de las organizaciones de mujeres en Guatemala; diversos organismos internacionales la califican como uno de los avances legales más significativos en el ámbito mundial, ya que fue una de las primera en tipificar el femicidio, la violencia patrimonial y la violencia contra las mujeres.
El femicidio es la forma más extrema de violencia contra una mujer; la ley la define como la muerte violencia de una mujer por razones relacionadas a su género y usualmente en dichos casos se encuentra implícita la violencia sexual, la tortura y la mutilación.
Walda Barrios de la Unión Nacional de Mujeres Guatemaltecas (UNAMG), aseguró que las víctimas son principalmente trabajadoras, estudiantes y jóvenes que forma parte de la población económicamente activa.
Un mensaje subyace al conocer ese tipo de crímenes: la mujer debe quedarse en el hogar, porque ahí estará segura; existe una correlación entre el aumento del índice de la participación de las ciudadanas y el elevado número de asesinatos, añadió Barrios.
De acuerdo con datos del Ministerio de Gobernación, en el 2009 se registraron 847 muertes violentas de mujeres y aproximadamente 4 mil 300 casos de violencia sexual; en lo que va del 2010, se han conocido 152; pocos son los procesos que han alcanzado llegar a los tribunales y escasos los que han logrado una sentencia condenatoria.
Angélica Valenzuela, del Centro de Investigación, Capacitación y Apoyo a la Mujer (CICAM), aseguró que muchos de los investigadores y operadores de justicia desconocen los contenidos de la ley y su forma de aplicación; muchas veces los procesos son investigados como homicidios o asesinatos, cuando se podría hacer uso de la Ley contra el Femicidio para sentar precedentes en el país.
El movimiento de mujeres ha denunciado en distintas ocasiones que también existe discriminación de género a la hora de investigar los casos, situación que fue verificada por la Relatoría de la Mujer de la Organización de Estados Americanos (OEA), en el 2005.

 Fuente: http://www.insurrectasypunto.org