martes, 10 de julio de 2012

El feminismo radical de la diferencia












Andrea Franulic

“… y pensé en el órgano que retumbaba en la iglesia y en las puertas cerradas de la biblioteca; y pensé en lo desagradable que es estar excluida; y pensé en que tal vez sea peor ser metida dentro…”.[2]

Al “tomar las cosas desde la raíz” [3], nos damos cuenta de que las mujeres siempre hemos estado afuera de la cultura patriarcal. Nuestra diferencia respecto de los varones es esta: somos extranjeras de su civilización. Los varones con poder han construido su cultura, excluyéndonos como seres humanas y, en un mismo movimiento, incluyéndonos como femeninas. Los varones sin poder no son extranjeros de esta civilización, les pertenece igualmente. No tienen un podercontingente respecto de otros varones, pero siempre ejercen un poder necesario respecto de una mujer. Más profundo aún, la operación primaria[4] de negarnos como humanas e incluirnos como femeninas está presente tanto en la esfera personal como en la esfera pública. De ahí que lo personal sea político, puesto que el sistema patriarcal re-actualiza su dominio en las relaciones de cada ser humano. Margarita Pisano, teórica radical de la diferencia, proyecta, a partir de nuestra extranjería, una propuesta político-ética y afirma que para conocer cómo funciona el sistema vigente, analizando sus operaciones fundacionales (en perpetua renovación), y deconstruir el orden simbólico femenino/masculino, es necesaria la mirada del afuera[5]. Sin esta visión, los feminismos seguirán debatiéndose dentro de las lógicas instaladas.

Es en esta perspectiva del afuera donde se sitúa el feminismo radical de la diferencia[6]. Lo defino como una corriente de pensamiento feminista, en diálogo y confrontación con los feminismos de la igualdad, de la diferencia, el radical y el posmoderno. Entra en el debate actual de las corrientes ideológicas, no obstante,espiga en la brecha de la historia para darles continuidad y profundidad a los planteos teóricos –con nombres y apellidos- que engarzan esta línea de pensamiento y aportan las herramientas políticas necesarias para interpretar que “la derrota de nuestras antecesoras tiene más dignidad que el triunfo de nuestras contemporáneas.”[7]

Carla Lonzi, teórica radical de la diferencia, dice: “La diferencia de la mujer consiste en haber estado ausente de la historia durante miles de años. Aprovechémonos de esta diferencia…”[8] La lógica de la inclusión es un elemento fundamental del poder patriarcal. Le hemos pedido a lo largo de la historia, a quien domina, ser incluidas, reproduciendo y reforzando el orden de lo femenino; en lugar de darnos cuenta de que nuestra potencialidad política radica en haber sido excluidas. Por eso, Lonzi continúa: “una vez lograda la inserción de la mujer, ¿quién podrá decir cuántos milenios transcurrirán para sacudir este nuevo yugo?”[9]

Estar ausentes de la Historia, ser extranjeras de la civilización vigente y definidas constantemente por otros, proyecta una fuerza transformadora que ninguna rebelión masculina es capaz de contener. Antes que todo, nos resguarda de asumir una responsabilidad protagónica en la deshumanización que impera, resultado de la devastación del mundo y del planeta que ha llevado a cabo el sistema patriarcal. El fracaso de la civilización les pertenece; la derrota, como dice Lonzi, es del hombre. Ella nos interroga: “¿Nos parece gratificante participar en la gran derrota del hombre?”[10]. De esto se deduce que nuestras acciones no pueden ser reivindicativas ni salvadoras, no podemos seguir recogiendo los muertos de sus guerras y continuar reproduciendo la feminidad como destino político.

Es esta otra ventaja que podemos desprender de nuestra extranjería consciente, la de abocarnos a la tarea política de conocer cómo funciona la feminidad, lo que nos permitiría sostener discursos que desmonten el esencialismo patriarcal, una de las creencias más arraigadas de su dominio. Esto es así, porque la construcción de la feminidad se pierde en el origen, tanto en el nacimiento de cada mujer en este mundo como en las raíces de la historia. El patriarcado encubre el inicio de su cultura con la mitología y los libros sagrados. En ellos se habla de una creación más allá del tiempo y del espacio, es una creación divina (la idea delirante de dios). Así arma su esencialismo, al mismo tiempo que define nuestra “naturaleza” como mujeres. La cultura patriarcal es -a un tiempo- fundamentalista y misógina. Nos desprecia como personas y nuestra respuesta obediente es la feminidad. Ellos se aman, se legitiman y se admiran entre sí. Nosotras los amamos y admiramos a ellos. En tanto, nos despreciamos entre nosotras y a nosotras mismas. La misoginia atraviesa lo íntimo, privado y público[11], experiencia esencialista que no posee ninguna otra subyugación. Las desigualdades de raza y de clase no cuentan con una operación secundaria de este tipo. Me refiero al constructo de lo femenino, que encubre la negación primaria de nuestra existencia. Por eso, la opresión de las mujeres no es siquiera comparable a las otras opresiones. Eso sí, pueden profundizarla, porque nuestra dominación atraviesa clase, raza y edad.

La falta de amor propio y la inseguridad que esta ausencia proyecta, inseguridad profunda de no saber de dónde vienen nuestros miedos y, en especial, el impedimento emocional e intelectual para ejercer la capacidad humana de pensar autónomamente, son rasgos de lo femenino. En el vacío de amor propio, sobre esta carencia, se erige el escenario del romántico amoroso, cuya realización ideal es el modelo patriarcal de la “buena madre”: así justificamos nuestra permanencia en esta vida, sirviendo a los demás, viviendo –sexual, emocional e ideológicamente- en función de los otros. El amor, en este contexto, es el revestimiento más perverso, porque nos hace cómplices de nuestra dominación, nos vuelve vulnerables y permite que nos manejen con el sentimiento de culpa.

Estos mecanismos naturalizan la deshumanización de las mujeres, logran que cada cierto tiempo tengamos, una y otra vez, que “demostrar” que existe una civilización patriarcal. Asimismo, las mujeres seguimos divididas entre nosotras, pidiendo permiso en luchas ajenas, usando las herramientas ideológicas de ellos para denunciar discriminaciones. Leyéndonos en su historia, nuestra enajenación y la misoginia seguirán intactas.

Por eso, tenemos que aprovecharnos de haber estado ausentes de la Historia durante miles de años y situarnos afuera para mirar. Solo así podremos conocer cómo opera el sistema patriarcal y su feminidad. Solo así podremos desmontar nuestros deseos de pertenecer. Solo así podremos leer su historia de próceres como una historia de violencia contra nosotras. Solo así podremos recuperar a las mujeres que porfiadamente han ejercido la capacidad humana de pensar con independencia, aun cuando a muchas les haya costado la vida. El feminismo, así como yo lo entiendo, es un proyecto político en sí mismo, cuya posibilidad de transformación del mundo supera a la de cualquier movimiento subversivo que se haya dado en la historia, porque es el único que puede aportar un análisis radical del poder.

En el marco de la lógica incluyente, los varones construyen sus dicotomías. Etimológicamente, la palabra ‘dicotomía’ viene del griego y quiere decir, de manera literal, “yo corto en dos partes”[12]. Una vez que hemos sido incluidas por ellos como femeninas, surge ese yo masculino que corta en dos. Ellos piensan, nosotras amamos. Ellos producen, nosotras reproducimos. Y nos aseguran que esta dualidad es complementaria. Lo es para su civilización. En este sentido, Margarita Pisano afirma que masculinidad/feminidad es un todo indivisible, un solo constructo, un único cuerpo. Los varones se apropiaron de las capacidades de lo humano: crear cultura y sociedad, hacer filosofía y política, hablar y escribir, pensar el mundo, construir símbolos y valores[13]. Al mismo tiempo, envolvieron estas capacidades en una lógica de dominio, las empaparon del concepto de superioridad y lo disfrazaron todo con la idea de universalidad, neutra y abstracta. No pudo haber sido de otra forma si esta apropiación iba encadenada a nuestra exclusión del pensamiento.

A lo largo de la historia, a las mujeres nos han perseguido y nos han matado por pensar: a las mujeres de la revolución francesa, a las de la querella medieval, a las brujas de fines de la edad media, a las preciosas del XVII, a las sufragistas del siglo XIX y XX, entre otras. Pese a la violencia masculina, la única manera de trascender la negación originaria de nuestra existencia es mediante la expresión material de un pensamiento diferente. Y esto es justamente lo que el feminismo ha pretendido ser. Para eso, ha construido conocimientos, filosofía, teoría, ha diseñado una praxis política, ha interpretado la historia, ha producido movimientos sociales, ha organizado a las mujeres; pero muchas veces lo ha hecho sin abandonar la feminidad y esta carece de autonomía de pensamiento. Esto ha retrasado, junto a otros factores, la posibilidad de construir una visión propia que tenga una continuidad visible en el tiempo, que sea accesible para cualquier mujer (y varón) de este mundo y que aluda a un referente radicalmente distinto al que impone el sistema patriarcal, es decir, que no reproduzca su lógica de dominio.

La palabra ‘dicotomía’ no me causa problema en sí misma. El problema recae en ese yo que corta, que separa y que divide en la cultura vigente; pero no en la acción misma de cortar, separar y dividir, muchas veces en dos y tan necesaria para la vida. En este sentido, el feminismo debe marcar una dicotomía teórica, filosófica, política y ética respecto del patriarcado. Es a lo que se refiere, en parte, Teresa de Lauretis en la siguiente cita: “Pues en realidad hay, innegablemente, una diferencia esencial entre la comprensión feminista y la no-feminista del sujeto y su relación con las instituciones; entre los conocimientos, discursos y prácticas feministas de las formas culturales, las relaciones sociales y los procesos subjetivos; entre una conciencia histórica feminista y una no-feminista. Esa diferencia es esencial en tanto que es constitutiva del pensamiento feminista y, por tanto, del feminismo: es lo que hace al pensamiento feminista, y lo que constituye ciertas formas de pensar, ciertas prácticas de escritura, de lectura, de imaginar, de relatar, de actuar, etc., situándolas dentro del históricamente diverso y culturalmente heterogéneo movimiento social que, no obstante sus calificaciones y distinciones, continuamos con buenas razones llamando feminismo.”[14]

En cambio, para Margarita Pisano el feminismo está fracasado[15]. Y yo pienso que lo seguirá estando mientras no radicalice su diferencia, mientras no se bifurque ideológicamente de la civilización androcéntrica. En este sentido, el discurso del fracaso es una toma de conciencia, en especial en un contexto que pretende borrar –una vez más- la fuerza civilizatoria que potencialmente el feminismo posee. La posmodernidad y su feminismo propio, las políticas queer, el movimiento LGTB[16], el tema de las des-identidades o “diferencias” o el de las “nuevas masculinidades”, el tópico de la diversidad y la tolerancia, entre otros, forman parte del repertorio actual y sofisticado que el sistema vigente usa para que las mujeres sigamos sin historia. En esta oportunidad, arremetió más firmemente desde la academia, donde muchas, arrellanadas en el nicho cómodo de los “estudios de género”, irradian las corrientes de pensamiento masculinistas.

Mientras no se desmonte el sistema patriarcal desde sus fundamentos, no habrá cabida para la expresión radical de la diferencia, entendida como principio existencial. Si la experiencia fundante descansa sobre nuestra exclusión de lo humano y en la imposición de un único punto de vista legítimo para mirar la vida, interpretar la realidad y definir el mundo, en esta cultura androcéntrica solo puede haber uniformidad, disfrazada de la idea de un “sujeto universal”; y dentro de este marco, todo lo “diferente” es desigual. Para controlar la permanencia de una sociedad homogénea y contrarrestar la multiplicidad de la vida, el yo (masculino, jamás neutro) que corta y divide, bajo la apariencia de la inclusión, construye identidades. Y estas son manejables porque reproducen el principio de la uniformidad.

La feminidad es una identidad fundante del sistema patriarcal. Cuando Celia Amorós afirma que las mujeres somos idénticas quiere decir que somos reemplazables unas por otras, porque cumplimos la misma función social, es decir, prima entre nosotras, cultural y simbólicamente, la indiferenciación[17]. De ahí que buscar nuestra “diferencia” respecto de los varones en la identidad femenina que, además, ellos nos armaron, es una soberana estupidez. Esto no quiere decir que ahora nos arroparemos con una identidad propia, el propósito es construir una cultura sin identidades y, al mismo tiempo, llevar a cabo el pendiente histórico y político de simbolizarnos a nosotras mismas.

Los movimientos posfeministas y queer cuestionan el concepto de identidad, razón por la que desmantelan la categoría de “la mujer” y defienden, en cambio, la pluralidad de diferencias. Esta idea se traduce en el tópico de la diversidad, utilizado profusamente en la mayoría de los espacios feministas actuales y también en muchas instancias de la cultura establecida. No obstante, este discurso conforma un nuevo paradigma identitario, porque promueve, otra vez, la indiferenciación. Bajo su alero caben las lesbianas, los gays, los/las trans, los/las travestis, los/las bisexuales; o bien, las distintas ideologías, movimientos o tipos de feminismos[18]. La diversidad cubre razas y etnias, culturas, clases sociales, edades, discapacidades. Siempre incluyente, bajo su ancho paraguas las vivencias de un mismo dominio son intercambiables unas por otras.

Esto sucede porque el discurso de la diversidad es un mecanismo de neutralización de la expresión real de la diferencia que los análisis radicales del feminismo han sustentado. Son estos análisis los que oponen inicialmente la diferencia a la identidad. Tomando como punto de partida que las mujeres somos unadiferencia negada en esta cultura y que este hecho es el fundamento de su desequilibrio, podemos proyectar una propuesta política que desmonte el dominio como modo de relación y dé cabida a la diferencia como principio existencial, a la vez que dicha propuesta expresa concretamente nuestra diferencia y socava nuestra negación. Victoria Sendón de León lo dice de la siguiente manera: “Nosotras reclamamos, desde la diferencia, ‘las diferencias’ porque somos diferentes frente a un modelo construido según los privilegios de lo viril, así como frente a una identidad de género también construida desde fuera.”[19] El tópico de la diversidad articula objetivos similares, pero esto es solo en apariencia, porque, si bien se asienta en el discurso radical de la diferencia, lo absorbe y despolitiza, pues su propósito estratégico consiste en considerar la diversidad como obligatoriedad discursiva, de tal manera que la autonomía política de las mujeres desaparezca. De esta forma, en nombre de la diversidad, el patriarcado no se pone en cuestión desde sus apretadas raíces y, al mismo tiempo, se desarticula la fuerza transformadora del feminismo radical de la diferencia.

No obstante, al contrario de lo que plantea la posmodernidad, las categorías de “la mujer” y la de género no son solo cuestiones discursivas que se puedan desmantelar. Nacer mujeres es un dato de la realidad que implica un componente biológico que me parece indiscutible, es decir, somos un cuerpo sexuado; y este hecho es indisoluble con otro elemento, el histórico: somos seres históricos. Con otras palabras, nacemos mujeres para una cultura misógina, que reviste su desprecio hacia nosotras con el orden simbólico de la feminidad. Y aunque esta operación sucede en un solo escenario -el sistema patriarcal-, podemos separar y distinguir el hecho de nacer mujeres, del otro hecho: el revestimiento simbólico, ideológico y material de lo femenino, que padecemos. La historia milenaria de resistencias y rebeldías de las mujeres da cuenta de esta división, porque devela una feminidad impuesta y un sistema de dominio como lo es el patriarcado. Esta historia revela la violencia masculina sobre nuestros cuerpos sexuados y el control ejercido sobre nuestra capacidad reproductiva.

Por eso, entre gays, travestis y transgéneros, las lesbianas se disuelven. No podemos comparar la experiencia histórica de las lesbianas con la de los homosexuales varones. Justamente porque esta es una cultura centrada en el varón y las lesbianas somos mujeres. Por lo tanto, el discurso de la diversidad se nos vuelve totalmente inocuo en la medida de que encubre el abuso de poder de la civilización patriarcal y la potencialidad política del lesbianismo se ahoga en las estancadas aguas del movimiento LGTB. La fuerza transformadora del lesbianismo se sintetiza en la frase de Sheyla Jeffreys: “toda mujer puede llegar a ser lesbiana”[20], lo que significa que toda mujer puede abandonar el mandato patriarcal de servir a un varón y, al amar a otra mujer, puede romper, al mismo tiempo, con otro mandato: el de la misoginia. De esta manera, el lesbianismo pone en jaque la feminidad, el romántico amoroso, la traición de la madre, la ideología de la prostitución y la sexualidad reproductiva[21]. En este sentido, desechar la categoría mujer arrastra el control patriarcal sobre el lesbianismo; eLeGeTiBizarlo o incorporarlo en cualquier discurso que enfatice el tópico de la diversidad, implica imprimirle un sello identitario.

El concepto de identidad es equivalente al de lengua saussuriana[22], proyectada como un tablero de ajedrez donde cada pieza ocupa un lugar definido por su oposición con otras piezas. Es indiferente si juego con lentejas, botones, perlas o con las piezas genuinas del ajedrez; lo importante es que cumplan la función designada en el juego: el peón es tal porque no es caballo ni reina, da lo mismo si lo representa un poroto o un soldadito de plomo.

Así definió el concepto de lengua Ferdinand de Saussure en 1916 e inauguró la ciencia lingüística. Este es el lenguaje que la institucionalidad masculina impone para construir la realidad y relacionarnos. Además, la influencia de la lingüística -“la más natural de las ciencias sociales”, afirma Bourdieu[23]- en las disciplinas que estudian el comportamiento humano en sociedad, como la antropología y la sociología, es decisiva. Finalmente, todas aluden a una estructura neutra, universal y abstracta. Sin embargo, el tablero de ajedrez es el sistema androcéntrico, que define las identidades de su juego mediante oposiciones que no son neutras, al contrario, están impregnadas de la idea de superioridad: la feminidad está definida por la masculinidad. Es decir, son relaciones de oposición, pero de oposiciones basadas en una lógica de dominio incluyente.

El posfeminismo y las políticas queer -inspirados en la posmodernidad que, justamente, surge como contra respuesta a las instituciones monolíticas, como la ciencia- reestablecen la misma lógica. No escapan al tablero, solo revuelven sus piezas allí dentro. Revolución y revolver comparten el mismo étimo[24]. En esto han consistido las revoluciones masculinas: revolver las piezas, sin poner en cuestión el tablero; para hacerlo tendrían que asumir su profunda ignorancia respecto de la historia de las mujeres. En las prácticas queer el travestismo se convierte en una performance revolucionaria: da cuenta de la falacia del género, pero no devela ningún sujeto político e histórico tras el disfraz, por lo tanto, refuerza la idea androcéntrica de un “sujeto universal” y la práctica performática se transforma en un divertimento peligrosamente frívolo.

El discurso de la diversidad de razas, clases sociales, edades, discapacidades, opciones sexuales, etnias, etc., alude a una fragmentación sectorial que ha sido útil para desarticular la fuerza civilizatoria del feminismo. Al ser identitario, el tópico globalizador de la diversidad se traduce en demandas al sistema patriarcal, empoderándolo cada vez más. Y como dice Audre Lorde, “…las herramientas del amo no desmantelarán nunca la casa del amo. Nos permitirán ganarle provisionalmente a su propio juego, pero jamás nos permitirán provocar auténtico cambio.”[25] Es decir, desde la lógica de la inclusión no se deconstruye la visión androcéntrica, porque esta lógica es su principal herramienta. La misma que deja atrapados los análisis feministas en el género, principalmente los de la academia.

Nuestra potencia política está en la exclusión: las mujeres gozamos de una extranjería radical. Y desde este lugar, podemos “aprender cómo coger nuestras diferencias y convertirlas en potencias.”[26] En este sentido, “nuestras diferencias” -que en el contexto vigente son desigualdades- no debieran dividirnos, al contrario, tendrían que potenciarnos para profundizar en el conocimiento del dominio patriarcal y precipitar su desmontaje. Y cuando digo que no debieran separarnos no lo hago con inocencia, porque sé de las traiciones históricas entre las mujeres y de las representatividades autoconcedidas dentro del feminismo. Últimamente, la mayoría de los discursos feministas se entretiene en nombrar todos los ejes articuladores que marcan la diversidad entre las mujeres, pero muy pocos se detienen en un análisis deconstructivo de la feminidad, vista no como fachada, disfraz o rol social, sino, parafraseando a Virginia Woolf, como ese largo cautiverio que nos ha corrompido tanto por dentro como por fuera[27]. La intencionada moda epistemológica dicta, hoy en día, que es más importante insistir en las “diferencias” que nos separan a las mujeres, que en la experiencia en común que nos une. Y tras los devaneos intelectuales de la posmodernidad, tampoco se escucha una propuesta política y filosófica que contrarreste la macroideología patriarcal.

Desde el feminismo radical de la diferencia, en cambio, se trata de tomar esta experiencia en común para transformarla en proyecto político y filosófico que, situado desde afuera, ahonde en el conocimiento de los mecanismos fundantes y, también, en aquellos que perpetúan la cultura androcéntrica; todo esto para abandonarla y proponer otros modos de relacionarnos entre los seres humanos y con el mundo. En este sentido, las especificidades que efectivamente existen entre nosotras –la clase, la raza, la edad- debieran unirnos ideológicamente para sacar adelante la construcción de este foco de referencia que, esperamos, sea atractivo para muchas (y muchos) y que, con su sola presencia, desmonte el esencialismo de nuestras mentes. Y, en este sentido también, nuestras divisiones debieran estar motivadas por ideas –y no por la fragmentación identitaria del sistema patriarcal-, por diferencias ideológicas asumidas y explicitadas con total claridad para poder discutirlas y confrontarlas. Esto sería ensayar un modo de relacionarnos y de hacer política sin la lógica de la inclusión, sino, donde ladiferencia tenga cabida como principio existencial.

¿Hasta cuándo seguiremos participando de la gran derrota del hombre, de ese “sujeto universal” que no es tal y tras el cual se esconde nuestra negación? Cuánto tiempo más demoraremos en darnos cuenta de que esta idea es la base de una civilización desequilibrada. El yugo del que nos advierte Lonzi, provocado por la integración igualitarista, hoy se viste con un nuevo ropaje, el de la posmodernidad y su feminismo. Cada revestimiento profundiza el olvido de nuestra historia (“nos borran las huellas, las huellas de las huellas”)[28] y, al mismo tiempo, el poder patriarcal se vuelve cada vez más simbólico, invisible y tirano. Y es el sistema académico e intelectual uno de los principales mecanismos de la sofisticación de su dominio.

Al desmantelar la categoría de “la mujer”, el posfeminismo refuerza el más ignoto e intencionado vacío que mantiene esta cultura para perpetuarse, a saber: la milenaria historia de resistencias y rebeldías de las mujeres. Junto con esto, nos ata de manos para construir políticamente desde nosotras, porque sin conciencia histórica es imposible proponer un proyecto de futuro. Lo que, en última instancia, nos conduce a sostener la esencialista creencia de que esta civilización androcéntrica es la única versión de la humanidad que puede existir. Qué esperamos para radicalizar nuestra diferencia política y rechazar las ideologías masculinas que siempre nos han intervenido, absorbiendo y despolitizando nuestra fuerza transformadora para preservar su dominación, o bien, supeditándola a los objetivos de sus luchas, las que jamás desatarán los nudos originarios[29] de su cultura deshumanizada.

“Derechos reservados”
Fuente: 
http://www.radionumerocritico.cl/2010/04/el-feminismo-radical-de-la-diferencia/ 


Andrea Franulic

Número de inscripción 189650[1] Mi formación político-feminista se la debo a Margarita Pisano, con quien, hace más de 10 años, comparto una actuancia en los diferentes espacios que ella ha creado y que hemos ido enriqueciendo junto a otras.



[2] Virginia Woolf: Un cuarto propio. Horas y HORAS, la editorial. Madrid, 2003.

[3] La palabra ‘radical’ -proveniente del griego- quiere decir “que toma las cosas desde la raíz”. Ver Joan Corominas: Breve diccionario etimológico de la lengua castellana. Gredos. Madrid, 2000.

[4] Es primaria no solo linealmente, esta operación también es un presente continuo, un gerundio; es decir, en ella se asienta el fundamento de la cultura en vigencia.

[5] Margarita Pisano: Deseos de cambio o ¿el cambio de los deseos? Akí y Ahora. Chile, 1995; Un cierto desparpajo. Ediciones Número Crítico. Chile, 1996; El triunfo de la masculinidad. Surada. Chile, 2001; Julia, quiero que seas feliz. Surada. Chile, 2004. La pensadora, a lo largo de su producción teórica, ha desarrollado, entre otras ideas importantes, la del patriarcado como una civilización macro que cuenta con un inicio y un término posible, donde las mujeres somos extranjeras. Esta idea conforma una perspectiva de análisis desde donde nos situamos para interpretar la realidad existente y construir nuevas realidades.

[6] Defino por primera vez este concepto, en Andrea Franulic y Margarita Pisano: Una historia fuera de la historia. Biografía política de Margarita Pisano. Editorial Revolucionarias. Santiago, 2009.

[7] Andrea Franulic: Una historia fuera de la historia, ibidem.

[8] Carla Lonzi: Escupamos sobre Hegel. La mujer clitórica y la mujer vaginal. Editorial Anagrama. Barcelona, 1981.

[9] Carla Lonzi, ibidem.

[10] Carla Lonzi, ibidem.

[11] El concepto de lo íntimo, privado y público y el del romántico amoroso que uso en el párrafo siguiente, los define Margarita Pisano en sus libros.

[12] Joan Corominas, ibidem.

[13] Margarita Pisano, ibidem.

[14] En Debate feminista, año I, vol. 2, septiembre 1990. “El feminismo en Italia”. Editorial: Marta Lamas, México. El artículo de Teresa de Lauretis se encuentra en las páginas 77-115.

[15] Margarita Pisano, ibidem.

[16] Lesbianas, Gays, Travestis, Transexuales, Transgéneros, Bisexuales.

[17] Celia Amorós: Feminismo. Igualdad y diferencia. UNAM. México, 2001.

[18] Para profundizar en el uso que el feminismo institucional hace del tópico de la diversidad de feminismos, ver Andrea Franulic: Una historia fuera de la historia,ibidem.

[19] Victoria Sendón de León: Marcar las diferencias. Discursos feministas ante un nuevo siglo. Icaria, Más Madera. Barcelona, 2002.

[20] Sheyla Jeffreys: La herejía lesbiana. Ediciones Cátedra. Madrid, 1996.

[21] Para profundizar en la idea de la traición de la madre se puede ver Adrienne Rich: Nacemos de mujer. Ediciones Cátedra. Madrid, 1996; también Margarita Pisano, ibidem. Para la ideología de la prostitución, ver Charo Altable: Penélope o las trampas del amor. Mare Nostrum. Madrid, 1991.

[22] Ferdinand de Saussure: Curso de lingüística general. Editorial Losada. Buenos Aires, 1945.

[23] Pierre Bourdieu: ¿Qué significa hablar? Ediciones Akal. Madrid, 2008.

[24] Joan Corominas, ibidem.

[25] Audre Lorde en María Milagros Rivera Garretas: Nombrar el mundo en femenino. Icaria. Barcelona, 1994.

[26] Audre Lorde, ibidem.

[27] Virginia Woolf: Relatos completos. Alianza Editorial. Madrid, 2008.

[28] Celia Amorós: Feminismo: igualdad y diferencia. PUEG, UNAM. México, 2001, p.34.

[29] Las cursivas aluden –si bien, no de manera literal- a frases del libro ya citado de Carla Lonzi.

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