martes, 8 de julio de 2014

La experiencia común de las mujeres. Notas sobre diferencia sexual




Andrea Franulic

“¿Quién apalea a las focas? Que yo sepa, hombres; ¿quiénes están destruyendo bosques y selvas? Hombres; ¿quién dirige todo el comercio mundial de armamento? También hombres; ¿en manos de quiénes están las riquezas de la tierra? Pues el 98% está en manos de hombres y sólo un 2% corresponden a las mujeres (…) En la prostitución ‘infantil’ el 90% son niñas y los beneficiarios en un 100% hombres también. ¿Existe, pues, el ‘sujeto universal’ que representa al ‘género humano’ indistintamente? Definitivamente, no” (Victoria Sendón de León, 2000).

Este texto desarrolla algunos principios teóricos del feminismo radical de la diferencia, todavía en términos muy generales. A la base de la discusión, están los conceptos de universalidad y dicotomía. Considero que estos conceptos constituyen la marca de separación entre las distintas posiciones políticas del feminismo. Por ejemplo, hablar de “las mujeres” o dividir el mundo en hombres y mujeres son anatemas para las tendencias postmodernas. En este escrito, me interesa comenzar a despejar aspectos como este, porque el feminismo radical de la diferencia ha sido objeto de rumor, es decir, ha sido desprestigiado mediante argumentos que lo descontextualizan y las nuevas generaciones de feministas (o de estudiantes del género, más precisamente) lo han dejado en el vacío, adjudicándole epítetos fundados en la ignorancia. No obstante, este feminismo es una corriente de pensamiento que cuenta con una gran capacidad para transformar el mundo y las relaciones humanas. El rumor siempre opera como estrategia de poder con fines des-articuladores… Entonces, ahí vamos.
 
Las autoras del feminismo radical de la diferencia, cuando se refieren a “las mujeres”, aluden a la experiencia común de las mujeres, no a la idea de que sea un grupo homogéneo, esto se da por descontado. Es esta experiencia común la que constituye la diferencia sexual y su fuerza creativa. Lo común es transversal a las desigualdades de raza, de clase, etarias, étnicas, entre otras. Es transversal y primario. Esto quiere decir que una mujer afrodescendiente, una mujer burguesa, una mujer campesina, una mujer profesional, etc., si bien viven realidades que difieren radicalmente, todas comparten la experiencia común de la ausencia de referentes propios, lo cual las sitúa, en sus diversos contextos vitales, en un lugar de vulnerabilidad existencial.
 
La ausencia de referentes propios se despliega en la totalidad de la vida de las mujeres. Esto quiere decir que las definiciones del mundo han sido construidas, durante varios milenios, por el colectivo de varones, cuya concepción de la realidad ha marcado las ciencias, la filosofía, la Historia, la justicia, las religiones, el pensamiento político, la educación, el deporte, el arte y la literatura. Asimismo, ha perpetuado instituciones como la iglesia, el estado, el tribunal, el ejército, la escuela, la academia, los medios de comunicación, los partidos políticos, la familia, el matrimonio y la maternidad. La participación de las mujeres, en estos campos simbólicos y materiales patriarcales, ha adoptado dos formas: la de la mujer individual que se destaca de manera excepcional y, la más normativa, la de las mujeres como colaboradoras de los hombres (una colaboración en distintas esferas de la vida, muy eficiente y desde la sombra). Incluso la participación creadora, destacada o protagónica de las mujeres, ya sea individual o colectiva, continúa siendo secundaria en tanto refuerza, mejora o resuelve los espacios ya constituidos por la visión del mundo masculina, su lógica y sus reglas. Estas dos formas de participación las observamos en la práctica diaria, pero también las heredamos de los relatos androcéntricos de la Historia y de las diferentes tradiciones de pensamiento.
 
Las definiciones masculinas también recaen sobre el cuerpo y la sexualidad de las mujeres, sus modos de ser y comportarse, de sentir y de pensar. La feminidad, el ser femeninas o el comportarse de manera femenina no es propio de la naturaleza de las mujeres; es una construcción sociocultural del colectivo de varones y todos los espacios de la civilización, arriba mencionados, promueven dicha configuración. La masculinidad, a su vez, es un conjunto de significaciones que los hombres han elaborado para sí mismos. Así, el orden simbólico masculino/femenino constituye una unidad complementaria en la jerarquía y, por lo mismo, dicotómica. Esto es, lo femenino representa lo NO masculino, en consecuencia, se conforma como negación. Sin embargo, lo masculino, que representa lo que ES, lo necesita para completarse; lo femenino es su condición de existencia (Violi, 1991).

 En este sentido, las teóricas de esta tendencia afirman que lo masculino se ha auto-concedido la representación del género humano. Pisano (2001) plantea que los hombres se han apropiado de las condiciones de lo humano, vale decir: pensar, hablar, crear símbolos y valores, producir conocimientos y cultura; y han relegado a las mujeres al plano de lo animal, de lo natural, de lo reproductivo. En definitiva, de lo no pensante. Por esta razón, conceptos como la universalidad, la neutralidad o la objetividad son falacias, pues ocultan el sesgo masculino que ha determinado, históricamente, los productos de su civilización.

 De lo anterior se desprende que la lógica imperante de la cultura patriarcal es la inclusión en el dominio (no existe otro tipo de inclusión) y los cortes dicotómicos operan dentro de esta. Estos cortes simbólicos constituyen una extensión de la división primaria masculino/femenino e impregnan todos los ámbitos de la cultura: mente/cuerpo, objetivo/subjetivo, público/privado, cultura/naturaleza, racional/irracional, normal/anormal, entre otros (Violi, 1991). Las desigualdades de clase, raza, etarias u otras son construcciones socioculturales motivadas por la misma lógica. En este sentido, Rivera (1994) señala que, en el patriarcado, rige el régimen del uno y la salida política sería crear una cultura fundada en el régimen del dos, por lo tanto, no jerárquica y no complementaria, que diera cabida a la multiplicidad de la vida y no a la homogeneidad de la misma, menos aún al dominio. Esta tarea cuenta con más posibilidades de ser desarrollada por las mujeres, cuya potencialidad radica en que el régimen del uno las niega como diferencia primaria.

 Tomando en cuenta todo esto, las feministas radicales de la diferencia consideran que el patriarcado es una civilización fracasada (Lonzi, 1981; Pisano, 2012). Por lo tanto, rechazan la demanda de igualdad entre hombres y mujeres, lo cual implica el deseo de estas de ser legitimadas por aquellos y la necesidad de acceder y pertenecer a sus instituciones. Lonzi (1981), fundadora del feminismo de la diferencia italiano, afirma en 1970 que la igualdad es el nuevo ropaje con el que se disfraza la inferioridad de las mujeres, quienes no debiesen participar de la gran derrota del Hombre. Asimismo, el análisis político y teórico basado en el género, y desarrollado por los estudios de género en las universidades, comprende la misma falla. Implica quedarse en la construcción sociocultural que los hombres han elaborado sobre sí mismos y sobre las mujeres, es decir, el análisis permanece atrapado en la unidad masculino/femenino. Aun cuando se estipulen alternativas de salida desde este lugar (si es que las hay), para las feministas radicales de la diferencia, están destinadas a fracasar, porque no abandonan la lógica que ha dado origen a la misma opresión de la que se intentan liberar.


En cambio, la fuerza creativa de la diferencia sexual radica en la exclusión de las mujeres, en la ausencia de referentes propios, puesto que la inclusión sucede en tanto reproducen el orden simbólico de la feminidad. Lonzi (1981) afirma que la diferencia de las mujeres consiste en haber estado ausentes de la Historia durante miles de años y conmina a aprovecharse de dicha diferencia. Woolf (2003) en Un cuarto propio piensa que es peor ser metida dentro (de iglesias y bibliotecas) que ser excluida. Cabe aclarar en este punto dos cosas. La primera es que en ningún caso se apela a una esencia o naturaleza de algo, es decir, la exclusión e inclusión son situaciones históricas, enmarcadas en los límites conocidos del contexto sociocultural vigente. La segunda es que tampoco existe una separación clara y tajante entre un adentro y un afuera, porque la diferencia sexual funciona como una bisagra.


Como plantea Violi (1991), la diferencia sexual es una realidad que ya ha sido semiotizada, en consecuencia, para las mujeres, lo que permanentemente se ha dicho sobre ellas constituye un punto de partida, pero, al mismo tiempo, cuentan con la posibilidad de abrir una brecha con nuevos contenidos que pueden darse a sí mismas y que escapen del orden patriarcal. A propósito de esto último, Lonzi (1981: 17) señala que la diferencia sexual contiene el principio existencial que afirma que ningún ser humano y ningún grupo “deben ser definidos por referencia a otro ser humano o a otro grupo”. Esto quiere decir que las mujeres no deben seguir siendo definidas ni malinterpretadas por los hombres, pero además, cada mujer debe encontrar, de acuerdo a sus vivencias y su contexto vital, las pautas para su propio sentido de la existencia.


Desde la ausencia de referentes se puede construir el régimen del dos, porque esta ausencia no es muda. Las feministas radicales invitan a las mujeres a sacar a la luz los sentidos que guarda el silencio, invitan a profundizar en este para hablar y escribir (Rich, 1983; Lorde, 2003). Siguiendo a Bengoechea (1993), quien extrae de la teoría feminista de Adrienne Rich una propuesta lingüística, estos silencios se anclan especialmente en tres ámbitos de la vida de las mujeres: la Historia, la relación entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas. En estos tres ámbitos descansaría la principal ausencia de referentes.


Como señalamos antes, la Historia es un relato androcéntrico, y por lo mismo, controlado y sesgado. Asimismo sucede con la tradición de pensamiento filosófico y político. En ambos discursos se observa la presencia mayoritaria y abrumadora de los hombres. Las acciones y los pensamientos de las escasas mujeres, que son incluidas en estos relatos, son socializados en el orden simbólico de la feminidad, ya sea porque predominantemente reprodujeron este mandato en sus vidas, o bien, si no lo encarnaron o no lo encarnaron del todo, han sido igualmente interpretados desde dicha perspectiva, seleccionando aquellos que le son más funcionales y útiles a la cultura patriarcal. Frente a esto, las autoras del feminismo radical de la diferencia proponen descubrir a las mujeres que, a lo largo de la historia, organizadas o individualmente, por sus acciones o ideas, han resistido o se han rebelado a los mandatos de la civilización androcéntrica, otorgándose significados propios y definiendo sus vidas fuera de los parámetros e instituciones establecidos. También proponen re-socializar a aquellas que ya han sido relatadas y tergiversadas por la visión masculina para conocerlas con profundidad y/o recuperarlas. Indagar en el silencio de la historia de las mujeres no debe entenderse ni debe constituirse como una acción compensatoria, al contrario, es fundamental para comprender, con una mirada amplia, el mundo y la cultura. Con otras palabras, la historia de las mujeres es la historia de la humanidad, es decir, no debe proyectarse como un relato paralelo, sino, como aquel que ha estado ausente, imposibilitando comprender en profundidad el pasado.


Los otros dos silencios, la relación entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas, están estrechamente conectados; prácticamente es uno solo que se bifurca. Ya se ha dicho que la feminidad es una construcción sociocultural del patriarcado, por lo tanto, las mujeres nacen en un mundo donde los referentes más accesibles y presentes para verse a sí mismas son los proyectados por las fantasías, las representaciones, los deseos, las perversiones y los miedos masculinos. El desafío, entonces, consiste en que las mujeres se re-simbolicen a sí mismas (Rivera, 1994) o, como plantea Pisano (1996), se simbolicen como humanas, porque, según esta autora, el epítome de la feminidad es lo NO humano, que se entiende como lo no pensante. Con este fin, las mujeres deben tomar consciencia y verbalizar sus propias necesidades y experiencias, así como ponerle atención a la información emanada de sus cuerpos, las comodidades e incomodidades, y dejar de hacerles caso omiso a sus sensaciones, percepciones y sentimientos. Ahora bien, este proceso autoconsciente requiere de soledades, pero también del vínculo con otras mujeres. 


No obstante, los lazos entre las mujeres han sido intervenidos culturalmente. Nacer mujer en el patriarcado conlleva una connotación de inferioridad, desprecio y desconfianza. En este sentido, la misoginia, que es el odio contra las mujeres, no solo se expresa en los hombres hacia las mujeres, sino también, en las mujeres consigo mismas y con sus congéneres. En una cultura androcéntrica, lo valorado, admirado y respetado es lo masculino y sus productos. Además, como la creación de la sociedad ha estado en manos de los hombres, estos han adquirido la práctica de trabajar, pensar y producir juntos, de formar equipos, partidos políticos, cofradías, etc., y también de hacer la guerra, colonizar pueblos, depredar la naturaleza, entre otras nobles acciones. A las mujeres se las ha mantenido divididas entre sí en la búsqueda de que un varón las legitime o bajo su custodia (padre, hermano, esposo, jefe, profesor, compañero de lucha o, de manera más abstracta, la institución) y encerradas en el cautiverio del trabajo doméstico, aun cuando accedan al espacio público. La obediencia al orden de lo femenino implica transformarse en la condición de existencia de lo masculino.


Al igual que sucede con la historia, los vínculos entre mujeres, aquellos que rompen el orden de lo femenino, han permanecido en el silencio. Según Rich (1986), las mujeres, en diferentes épocas y lugares, han construido asociaciones entre sí para rebelarse al yugo de los hombres o, al menos, para resistir a este. La autora denomina “continuum lesbiano” a esta corriente subterránea de lazos entre mujeres a lo largo de la historia. El concepto no se reduce solo a las relaciones sexuales y amorosas entre mujeres, sin embargo, “la sensualidad erótica (…) ha sido, precisamente, el hecho más violentamente eliminado de la experiencia femenina” (Rich, 1986: 71). De manera similar, Pisano (2001) plantea que el lesbianismo posee potencialidad política al desafiar el orden de la sexualidad reproductiva (lo que Rich (1986) llama la institución de la heterosexualidad obligatoria) y del amor romántico amoroso, posibilitando que las mujeres se sanen de su misoginia interna mediante “el amor al propio reflejo”.


Otro punto de vista en este ámbito es aquel que afirma la necesidad de re-simbolizar la relación entre madres e hijas, puesto que este vínculo ha sido cortado por la presencia del Padre: su falo, su voz y su ley. La madre es la primera mujer con quien otra mujer tiene contacto y es su igual. Según Muraro (1994: 43), es ella quien da la vida y, junto a esto, “aire y respiración, indispensables para la fonación”, en consecuencia, es quien también enseña a hablar. No obstante, la lengua se institucionaliza y es la lengua androcéntrica la que se hereda, aun cuando se denomine “lengua materna”. Asimismo, el lazo amoroso entre madres e hijas es intervenido, pues la institución de la heterosexualidad obligatoria comienza a operar desde temprana edad. Este hecho produce una carencia afectiva profunda en las hijas, que se extiende hasta la adultez; no así en los varones quienes continuarán recibiendo los servicios emocionales de otras mujeres (esposas, amantes, hermanas, hijas) (Eichenbaum & Orbach, 1988).


Para Rich (1987), la maternidad tiene doble significado. Por un lado, es una institución patriarcal. Por el otro, es una experiencia única entre cada madre y cada hija. Como institución, las madres cumplen la función social de reproducir el sistema de valores del patriarcado. En este sentido, Pisano (1996) habla de la “traición de la madre”, que marcaría las relaciones misóginas entre mujeres, la desconfianza y el miedo a ser traicionadas por otra. Si la maternidad se considera como experiencia única entre cada madre y cada hija, aunque se carezca de palabras y referentes, cuenta con la capacidad de ser re-significada.


Todas las acciones de re-simbolización que he descrito hasta ahora: de la historia de las mujeres, de las mujeres consigo mismas, de las mujeres entre sí, del lesbianismo y del vínculo con la madre, así como la búsqueda y el descubrimiento de una historia de rebeldías y de los lazos rebeldes entre mujeres a lo largo de la historia, cuyas expresiones escapan de la unidad patriarcal masculino/femenino, requieren de manifestaciones y espacios políticos organizados y autónomos, que tengan la intención de intervenir radicalmente el mundo para que en este exista el régimen del dos. Esto es, la pluralidad frente a la unilateralidad, la diferencia frente a la jerarquía, la horizontalidad frente al dominio (Pisano, 2012), la libertad frente al sacrificio, el desprendimiento frente a la posesión (Pisano, 1990), el movimiento frente a la rigidez, la apertura frente a la sanción, el amor propio frente al amor al prójimo (Savater, 2008), el libre pensamiento frente al dogma, entre muchos otros. En definitiva, la vida (el nacimiento) frente a la muerte (Arendt, 2003). En este sentido, el feminismo radical de la diferencia no solo es una teoría filosófica o un cuerpo de conocimientos, también es una tendencia política.


Entre las prácticas políticas de la diferencia sexual, el affidarse una mujer a otra se considera de importancia vital para realizar proyectos creadores, grandes y originales. El affidamento es la relación de una mujer que se confía a otra para poder intervenir en el mundo con una adscripción simbólica mediada por su igual. Se inscribe en una genealogía de pensamiento de mujeres. El fin último es que la mediación que una mujer realiza entre su igual y el mundo, para darle sentido a este, permita que cada una proyecte libremente su propia existencia.


Por esta razón, una relación de affidamento –siempre política- no se asimila a una del tipo maestra/discípula o a cualquiera que establezca un verticalismo o jerarquía, pues esto es fuente de anulación para la diferencia existencial, pérdida fundamental de libertad e inevitable escisión entre ser cuerpo y ser palabra. El reconocimiento de la autoridad de otra mujer (en el sentido de augere, hacer crecer) es radicalmente distinto a la identificación jerárquica. El encanto de una relación de affidamento se basa en la disparidad entre las mujeres que la conforman. Es decir, si bien una se confía a otra, cada una sobresale por su diferencia, la que debe ser potenciada en sus cualidades y comprendida en sus miserias.


Por último, cabe señalar que estas relaciones entre mujeres han existido siempre a lo largo de la historia, pero han sido patriarcalmente intervenidas, en algunas generaciones más que en otras. Han adoptado la forma de la amistad o de la sociedad intelectual, y también, en la soledad de algunas, han sido las voces impresas en el papel las que constituyen el principal referente simbólico (Bofill (Dir.), 1991; Rivera, 1994).

En síntesis, por un lado, la experiencia común de las mujeres, su diferencia sexual, consiste en la ausencia de referentes propios, en especial en tres ámbitos vitales: la historia, los lazos entre mujeres y la relación de las mujeres consigo mismas. Esta ausencia de referentes se explica por razones culturales e históricas, y en ella subyace la fuerza política y creativa del feminismo radical de la diferencia. La búsqueda, descubrimiento y construcción de referentes propios se realiza en diálogo con las representaciones de lo femenino como realidad semiotizada por el patriarcado. Esto quiere decir que las mujeres nacen en un mundo donde la diferencia sexual ya está inscrita en el imaginario como negación y condición de existencia de lo masculino (Violi, 1991), lo cual se transforma, la mayoría de las veces, en un punto de partida para el cambio, e implica también que muchas fuentes de conocimientos que les competen a las mujeres hayan sido socializadas (tergiversadas) por la civilización androcéntrica y deban ser re-simbolizadas. Otras, ni siquiera son visibles.  
 
Por otro lado, la inclusión del femenino por el masculino conforma una unidad complementaria y jerárquica, que arma una cultura fundada en el establecimiento de categorías dicotómicas para representar el mundo y para construir relaciones sociales (clase, raza, edad) y la creencia de un humano genérico que es el Hombre, de la mano de las falacias de la universalidad, la neutralidad y la objetividad. De esta manera, el patriarcado, regido y perpetuado bajo estos principios, solo ha producido dominio, cuyos resultados son un devastador desequilibrio en el planeta, una deshumanización vertiginosa y un completo fracaso cultural.

Referencias bibliográficas:
Arendt, H. (2003). Entre pasado y futuro. Barcelona: Península.
Bofill, M. (Dir.) (1991). No creas tener derechos. España: Horas y horas.
Bengoechea, M. (1993). Adrienne Rich: Génesis y esbozo de su teoría lingüística. España: Ayuntamiento de Alcalá de Henares. 
Eichenbaum, E.L. & Orbach, S. (1988). ¿Qué quieren las mujeres? Madrid: Editorial Revolución.
Lonzi, C. (1981). Escupamos sobre Hegel. Barcelona: Anagrama.
Lorde, A. (2003). La hermana, la extranjera. Madrid: Horas y Horas.
Muraro, L. (1994). El orden simbólico de la madre. Madrid: Horas y Horas.
Pisano, M. (1990). Reflexiones feministas. Santiago: Cuadernos de La Morada.
Pisano, M. (1996). Un cierto desparpajo. Santiago: Ediciones Número Crítico.
Pisano, M. (2001). El triunfo de la masculinidad. Santiago: Surada.          
Pisano, M. (2012). La civilización de los creyentes: una civilización fracasada.     [En línea]. Disponible en: www.mpisano.cl
Rich, A. (1983). Sobre mentiras, secretos y silencios. Barcelona: Icaria.
Rich, A. (1986). Blood, bread and poetry. Selected prose 1979-1985. New York: W.W. Norton & C°.
Rich, A. (1987). Nacida de mujer. Barcelona: Noguer.
Rivera, M.M. (1994). Nombrar el mundo en femenino. Barcelona: Icaria.
Savater, F. (2008). Ética como amor propio. Barcelona: Editorial Ariel.
Sendón de León, V. (2000). ¿Qué es el feminismo de la diferencia? [En línea]. Disponible en: http://www.mujeresenred.net/victoria_sendon-feminismo_de_la_diferencia.html
Violi, P. (1991). El infinito singular. Madrid: Cátedra.
Woolf, V. (2003). Un cuarto propio. Madrid: Horas y Horas.

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