jueves, 27 de noviembre de 2014

Patriarcado versus el sentido holístico de la existencia:



                                                                
                                   
Por Yolanda Aguilar
 
Contradicción necesaria de trascender, desde nuestra propia experiencia corporal, no solo desde nuestros discursos

                                                                            
“La sociedad patriarcal está construida a partir de la ignorancia de cada persona sobre sí misma, y por consiguiente, a partir de la ignorancia de cada persona sobre las y los demás[1]
                                                                   

Para nadie de las que estamos reunidas aquí es un secreto que el Patriarcado es el sistema que funda todos los tipos de relaciones de poder que establecen los seres humanos desde hace 10,000 años. Los institucionaliza, los naturaliza, los normativiza, los ha ido estableciendo dependiendo de las necesarias adecuaciones que requieren los regímenes políticos, económicos, sociales y los grupos culturales a las que mujeres y hombres hemos pertenecido por siglos.

Desde Oriente hasta Occidente, el Norte o el Sur, se establecen diferentes modos de producción; se instituyen modelos jerárquicos que determinan regímenes sociales, políticos diversos; Estados basados en poderes que dividen las clases sociales, los credos religiosos, las ideologías, las pertenencias étnicas, genéricas, étareas, las opciones sexuales, etc. Todas y todos los seres humanos que nos hemos construido culturalmente desde entonces, hemos nacido, crecido y formado en la constitución cultural del Patriarcado. No hay quien se salve o haya nacido inmune.

Pero en realidad qué es éste sistema que ha determinado tanto nuestro sentido de la existencia, nuestras formaciones culturales, eróticas, biopsicosociales, emocionales, físicas, políticas, familiares, estructurales, espirituales, etc? Cómo se ha conformado? Por qué se inició?

Es necesario comprender su origen, pues ésta es la única forma en que es posible comprender la trascendencia que tiene superarlo, desde nuestra experiencia personal/relacional y social. Empecemos por ello.

Aunque las feministas nombremos que es el Patriarcado el sistema que nos interesa derrumbar pues funda todos los tipos de desigualdades sociales, NO ES SUFICIENTE CON OPONERSE A EL o a las desigualdades sociales que funda, ni siquiera es suficiente con nombrar a los grupos sociales que discrimina, victimiza y violenta. También desde la oposición permanente estamos en la lógica binaria que es la que funda el sistema. O se es blanco o negro y no hay matices. No nos damos cuenta que el blanco o el negro son colores que están hechos de la luz y que incluyen por tanto en sí mismos a los otros colores.

Tampoco es tan trascendental que digamos cómo lo hace, porque cada una de nosotras podría contar su propia historia y reconocer el patriarcado en su memoria personal, emocional, biopsicosexual, mental, espiritual, familiar o social. Sin embargo lo que sí es fundamental es que de-construyamos el patriarcado en nuestros cuerpos, en nuestras mentes y en nuestro corazones. No como un discurso político o ideológico, sino como una apuesta revolucionaria de transformación personal, relacional y social que va más allá de lo racional, de nuestros discursos, de nuestra imagen pública como feministas.

En realidad, de lo que se trata es de hacer un ejercicio honesto desde cada una de nosotras, inclusive sin que ello signifique un protagonismo político evidente, sino un ejercicio para reflexionar cada una, cómo ha de-construido el patriarcado en su vida. Y no me refiero a las decisiones trascendentales, de ruptura, grandes decisiones políticas, evidentes cambios, activismos políticos protagónicos, etc.
Ni siquiera me refiero solamente a cómo han podido cambiar sus relaciones con las mujeres, con los hombres, con su madre, con su padre, sus hijas e hijos, sus parejas, sus colegas feministas, sus seres queridos ausentes, sus amigas y amigos. Me refiero a lo que cada una ha transformado para sí misma, consigo y con nadie más. Cómo ha transformado su relación con su propia existencia, con su sentido de ser, cómo se cuida, cómo se erotiza, cómo disfruta y en general, como se conecta con la vida desde la trascendencia de su ser.

Que conste que no me estoy refiriendo ni al ejercicio de sus propios derechos, ni a si ya paró la violencia en sus vidas, o si reproducen o no la maternidad o la pareja desde la posesión, o a si su sexualidad la consideran tan sólo desde la genitalidad. Me refiero a cómo cada una ha aprendido desde lo más profundo a Bien-tratarse, a respetarse.

En ese sentido es que retomo, la reflexión acerca del origen del Patriarcado que plantea Riane Eisler en el Caliz y la Espada[2]

Reexaminar la sociedad humana desde la perspectiva genérico-holística, surge como resultado de una nueva teoría de la evolución cultural...o de la transformación cultural. Esta teoría propone que bajo una superficie de la gran diversidad en la cultura humana, subyacen dos modelos de sociedad:

El primero que denomina modelo dominador, que es lo que generalmente se designa como patriarcado: La jerarquización de una mitad de la humanidad sobre la otra (desde todas las perspectivas y puntos de vista); el segundo, en el cual las relaciones sociales se basan primordialmente en el principio de vinculación, este modelo puede describirse como el Modelo Solidario. En este modelo, la diversidad no se equipara con la inferioridad o superioridad.

La Teoría de la Transformación Cultural propone además que el curso original de la corriente principal de la evolución cultural fue hacia la solidaridad, pero que tras un período de caos y casi total quiebre cultural, se produjo un vuelco social básico.

Y continúa: “En esta bifurcación cardinal, se interrumpió la evolución cultural de las sociedades que adoraban a las fuerzas del universo generadoras y mantenedoras de la vida, simbolizadas por el antiguo cáliz o grial”. En lugar de ello, el patriarcado instituyó el poder mortífero de la espada, el poder de quitar o dar la vida, el de imponer la dominación.

En otras palabras, lo que se institucionalizó a partir de las relaciones de dominación de unos contra otras y otros, fue un sistema complejo de relaciones de poder que a su vez conectó a la cultura occidental sobre todo, con el sufrimiento -como aprendizaje fundamental de dolor interminable-, en la medida en que el maltrato es el vínculo fundamental en que se establecen las relaciones entre los seres humanos.

El patriarcado, por supuesto, se fue modernizando según los estadios históricos que le tocó ir viviendo a la humanidad, y eso, finalmente nos lleva a considerar que en rasgos generales todas las instituciones, religiones, familias, relaciones, leyes, formas de ciudadanía, tipos de sexualidades, opciones diversas, grupos étnicos, ideologías, espiritualidades, formas de vernos, discursos políticos, formas culturales, conformaciones comunitarias, etc. Han estado permeadas por un tipo de pensamiento y actuación patriarcal que nos incluye y que por lo tanto, a partir de nuevos estadios de conciencia, nos invita a hacer ejercicios de humildad para con nosotras mismas. No desde la omnipotencia, sino desde el reconocimiento de que cada una de nosotras tiene algo que cambiar, resolver, desapegarse, decidir, transformar. Nadie mejor que otra, todas en sus tiempos, desde sus espacios, desde una experiencia corporal única y particular. Cada una desde sí misma.
En ese sentido, es importante recordar que nadie se hace así misma sin ser parte del medio social y que el medio social está determinado por historias individuales que la conforman.
 En ese sentido, me gustaría debatir acerca de los matices que tiene esto de retomar el “estar afuera” como método de deconstrucción de lo nombrado patriarcal.


1. Si el Patriarcado tiene 10,000 años de existencia, ni siquiera el feminismo se salva de nacer, crecer y desarrollarse en ese sistema. Es decir, al surgir como ideología, en realidad lo que se pretende es desmontar la maquinaria del sistema que al mismo tiempo lo originó. De tal manera que como se entenderá, el feminismo es limitado en lo que puede hacer sólo, pues no parte del afuera desconocido, sino del conocimiento y reproducción del sistema – del cual mujeres y hombres somos parte-, para desmontarse asimismo.

Esto significa desde mi perspectiva, que si el Patriarcado surgió como un sistema que se estableció a partir del miedo al poder creativo de la vida, de la sexualidad, de la fertilidad de las mujeres, al poder de conexión de todos los seres del Universo, del erotismo como lugar y espacio sagrado, es entonces fundamental reconocer que las feministas debamos empezar por trabajar la conexión profunda de nuestra sexualidad sagrada. Es decir, el erotismo entendido no solo como genitalidad, sino como globalidad[3] y por lo tanto, como integración sanadora de nuestro ser. En otras palabras, el vínculo entre sexualidad y espiritualidad, entendidas éstas no desde la ideología que nos moviliza, sino desde procesos de transformación que nos conectan en lo personal/relacional y social de manera holística.

2. Si bien el Feminismo nace a partir de la experiencia cotidiana de las mujeres, reconociendo cómo hemos vivido la opresión de género en su sentido más amplio, la violencia en todas sus expresiones, su carácter sexual y la explotación, el racismo, la discriminación y la injusticia de maneras que han sido las más extremas y despiadadas, tan solo porque somos mujeres. En el camino, desde los discursos de género, transversalidad o inclusivo desde el feminismo, se nos ha olvidado que el lugar de las mujeres en las sociedades matrizticas (pre-patriarcales) fue de gran autoridad, de dignidad, reconocida y honrada. De sabiduría vinculada al cuerpo, las plantas, la sexualidad, la sanación, la fertilidad[4], etc.

La gran victoria del Patriarcado es que ha “minorizado a las mayorías” como dice Marta Casaus[5], esto significa que no solo las ha explotado, oprimido, violentado, discriminado, sino que las ha satanizado a tal punto que las ha convencido de que su condición es naturalmente vulnerable. En otras palabras, ha creado los mecanismos que contribuyen a la reproducción del pensamiento opresor entre los mismos seres que viven las consecuencias de esa opresión.

En otras palabras, respecto de las mujeres, el mismo hecho que el feminismo en Guatemala se haya dedicado a luchar contra la violencia hacia nosotras, contra la desigualdad social, contra la pobreza de las mujeres, contra, contra, contra todos los males de la sociedad que aquejan a las mujeres, nos ha situado en la posición de las organizaciones que, como dice una amiga “anunciamos en lugar de denunciar”.

En ese sentido, mi mayor crítica, es que así como la victimología “toma, entiende, asume, comprende a la persona a partir de que le son violados sus derechos, …lo que la hace limitada porque parte de la persona cuyos derechos han sido violados, en lugar de partir de la persona como portadora de dignidad, en todo momento”[6]. El feminismo, se ha quedado en el anuncio que plantea que las mujeres hemos sido oprimidas, discriminadas y violentadas, etc. lo que ha hecho que al final de cuentas, sin proponérselo, ni siquiera nos demos cuenta que hemos hablado por ya demasiado tiempo de la demanda en lugar de la oferta, es decir, hemos nombrado, renombrado, hecho énfasis, en la carencia de las mujeres, en su “vulnerabilidad”, en su victimidad[7], en lugar de nombrar la profunda fuerza que hay en cada una y en todas, que es en primera instancia, lo que nos hace seguir viviendo cada día. A esa fuerza interior, llámesele como se le llame es lo que hemos nombrado como empoderamiento. Solo que lo hemos vaciado de contenido al adscribirlo solamente a los factores externos del contexto social, olvidándonos que es de ese “espacio sagrado” del que parte nuestra fuerza y nuestro sentido de existencia, razón por la cual existieron los modelos solidarios de la Pre-historia, antes que se impusiera el patriarcado. Es por esa misma razón que el patriarcado nos violenta.

En ese sentido, mi mayor preocupación, respecto de lo nombrado en el feminismo guatemalteco y las mujeres, es que muchas veces potenciamos más la opresión de la que hemos querido salir, que la propuesta a la que aspiramos. Es la potenciación de la propuesta y no la de la carencia la que nos ubicará en un contexto en dónde sea posible vivir sin que medien opresiones.

Creemos realmente en eso? ¿O también hemos llegado a creer que las relaciones de poder, son la única forma de vivir y convivir entre seres humanos?
Voy a poner algunos ejemplos:

  • Aún existen organizaciones de mujeres y algunas feministas que han dado los miles de talleres, cursos, pláticas, etc. impartiendo conocimientos acerca de lo que es “el género” como construcción social, y en esa misma manera de enseñar lo que se pretende cambiar, se han quedado en explicar que porque somos diferentes, es que “somos” desiguales.  Recuerdo hace 20 años cuando empezamos a formarnos en “la perspectiva de género”, esa fue una de las formas en que lo aprendimos o en que lo tergiversamos, lo paralizante de seguirlo haciendo es que no permite subvertir el orden del patriarcado, sino solamente, nombrar la desigualdad, darle nombre, pero sin ningún tipo de propuesta.

  • Ya no se trata de nombrar lo desigual solamente, sino que se trata de potenciar la propuesta y la propuesta es compleja, de-constructora de lo discursivo para nombrar y transformar procesos que partan del empoderamiento corporal y, por tanto, de los procesos de transformación desde lo personal hasta lo relacional y lo social.

  • En el caso de la propuesta de la lucha contra la violencia hacia las mujeres, me parece que ha pasado lo mismo. Hasta ahora, lo que más se trabajado son los daños o el impacto que ha generado la violencia en las mujeres, sin embargo, a pesar que la violencia sexual es considerada como la síntesis política de la opresión de las mujeres[8] y el principal instrumento para garantizar la permanencia del contrato sexual establecido como fundamento del patriarcado[9], es muy preocupante darse cuenta que desde el activismo político y en la reflexión de las organizaciones aún no se profundiza acerca de la manera cómo las mujeres hemos internalizado la violencia de género, inclusive las mismas mujeres que se dedican a luchar contra ella.
Es obvio, que la violencia genera violencia, y en muchas de nosotras que trabajamos por muchos años desde esa perspectiva, puedo decirles con certeza que no solo ha habido agotamiento, extenuación y muchas veces frustración, sino que además ha habido daño acumulado manifestado claramente en el deterioro de la salud, la alegría o la esperanza.

No es extraño encontrar además que las mismas mujeres que trabajan en el tema, reciban ellas mismas violencia o en todo caso, se hagan daño a partir de “atender” o escuchar a otras mujeres, que al igual que ellas, no han sanado sus propias heridas. Creo que lo peor de todo, es que no existe una conciencia clara acerca de por qué se está en estos temas, les puedo asegurar que no es solo para que se acabe la violencia, muchas veces las mismas mujeres que trabajan los temas buscan respuestas propias para resolver heridas personales.

Ello no es bueno, ni malo. Simplemente nos refiere al hecho que como mujeres hemos acumulado violencias en nuestra memoria corporal, que, así como las otras mujeres, necesitamos nosotras trabajar.

Como en alguna ocasión reflexione desde mi experiencia personal:

“Necesitaba parar y paré para recolocarme en un lugar interior. Cada quien escoge su lugar interior, y es desde ese espacio personal en donde se aprende a negociar consigo misma y/o con el entorno. Hasta ese momento, yo había estado respondiendo a laberintos que me cuestionaban desde el exterior mi propio recorrido interior, pero no tenía las herramientas necesarias para desarrollar tal introspección.

En la distancia y como resultado de años de búsqueda, empecé a encontrarme con heridas ocultas en mi cuerpo emocional, empecé a reconocerme con un cuerpo que había seguido funcionando desde la paralización de las emociones que dolían, entendí que no había cerrado duelos y que tendría que aprender a vincularme con la alegría, permaneciendo en el bienestar”[10]

Les parece conocido? A partir de entonces, fue cuando asumí que sanar implicaría un compromiso personal y parte de mi responsabilidad colectiva.

Estas son algunas de mis inquietudes, la intención es generar debate, contribuir a la meditación desde otra perspectiva y construir junto a uds. esa nueva propuesta que parte de nosotras, y se retroalimenta de la experiencia colectiva.

Quisiera para terminar, proponerles que cada una se pregunte:

1. ¿Por qué cada hago lo que hago dentro del feminismo? ¿Qué relación tiene eso con mi propia historia y mis propios procesos de transformación personal?

2. ¿Qué heridas de mi historia personal y social he ido sanando desde el feminismo? ¿Qué mecanismos he utilizado para amortiguar o contener, o para soltar y desapegarme?

3. ¿Es acaso mi posición feminista una verdad absoluta para defenderme de quienes opinan de manera diferente o ha sido una herramienta para transformarme y conectarme con el entorno de manera integral?
4. ¿Me siento agredida o violentada con lo que hago por alguna razón especial? ¿Cómo tiene que ver eso con mi historia personal y la construcción de mi intimidad?

5. ¿Acaso mi introspección desde el erotismo no tiene que ver con mi sentido sagrado de la existencia?

6. ¿Qué planteo desde el discurso que no se corresponde con mi lenguaje corporal?
Las invito a que desde la complejidad del análisis de la realidad, nos interpelemos. Esa puede ser una de las vías para construir la propuesta integral que nos permita seguir caminando.




[1][1] Aguilar, Yolanda. Tesis de Maestría. Inédita. Alcalá de Henares, Madrid, 2008.
[2] Eisler, Riane, El Caliz y la Espada. Nuestra Historia nuestro futuro. Santiago de Chile, Cuatro Vientos Edit. 10° edición, 2006. Introducción.
[3] Sanz, Fina. Psicoerotismo femenino y masculino. Ed. Kairos, 1999; Los vínculos amorosos, ed. Kairos, 2000.
Madrid, España.
[4] Auel, Jean M. Los Hijos de la Tierra. Colección. Ed. Oceano, México, DF. 1985
[5] Cazaus, Marta. El Genocidio, la máxima expresión de racismo en Guatemala. Una reflexión histórica y una reflexión. En: Dossier Guatemala. Universidad de Buenos Aires, Argentina, 2010.
[6] Reyes, Anantonia. Apuntes sobre visiones de los Derechos Humanos. Notas.
[7] Paniagua, Walter. La victimidad. Una aproximación desde el proceso de resarcimiento en la Región Ixhil del Noroccidente de Guatemala. Tesis de Doctorado en Psicología Social. Inédito, 2010.
[8] Aguilar, Yolanda; Fulchiron, Amandine. El carácter sexual de la cultura de violencia contra las mujeres. En: Las violencia en Guatemala. Algunas Perspectivas. Proyecto Cultura de Paz, UNESCO. Guatemala, 2005
[9] Consorcio Actoras de Cambio. Tejidos que lleva el alma. Memoria de las mujeres mayas sobrevivientes de violación sexual durante el conflicto armado. ECAP-UNAMG. F&G Editores. Guatemala, 2010.
[10] Aguilar, Yolanda. Centro Q’anil. Tesis de Master en Autoconocimiento, sexualidad y Relaciones Humanas en Terapia de Reencuentro. Univ. Alcalá de Henares, Madrid, 2008.

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